Es probable que quienes hayan leído la Ilíada recuerden el nombre de Teucro. Era un guerrero griego tan diestro en el manejo del arco que varias veces estuvo a punto de matar al héroe troyano Héctor con sus flechas de no ser por la intervención de Zeus, que las desviaba. Pero Teucro, que fue uno de los que se escondieron dentro del Caballo de Troya, tiene un interés especial porque además guarda una curiosa relación con España; algunas leyendas cuentan que, tras acabar aquella guerra, cruzó el Mediterráneo y llegó a la Península Ibérica, donde fundó las ciudades de Cartagena y Pontevedra.

Telamón, uno de los argonautas embarcados con Jasón, llegó a reinar en Salamina y tuvo un hijo con su esposa Peribea al que llamó Áyax (el que sería conocido como Áyax el Grande para diferenciarlo de Áyax el Menor, hijo del rey Oileo de Lócrida). Posteriormente contrajo segundas nupcias con Hesíone, hija de Laomedonte, monarca de Troya, y por tanto hermana de Príamo, el heredero del trono. Hesíone le dio a Telamón otro vástago, Teucro, que consecuentemente era sobrino de Príamo y primo de los hijos de éste, Héctor y Paris. Ese parentesco no impidió que cuando empezó la guerra se uniera a los demás aqueos para ayudar al espartano Menelao a recuperar a su esposa Helena, fugada con Paris tras enmarorarse de él gracias a la intervención divina de Afrodita.

Tampoco fue óbice para que, como decíamos al comienzo, intentase matar a Héctor con sus flechas, fallando porque Zeus lo impedía. Y es que Teucro tenía fama de ser el mejor arquero de Grecia gracias a que no manejaba un arco normal sino uno que le regaló el dios Apolo. Sólo Meríones, nieto ilegítimo del rey de Creta, amigo íntimo del hijo de éste, Idomeneo, y antiguo pretendiente de Helena, había demostrado ser más diestro durante los juegos fúnebres celebrados en honor de Patroclo (el compañero de Aquiles muerto a manos de Héctor), ganando diez hachas dobles frente a las diez sencillas que ganó Teucro; los cretenses tenían fama de ser grandes arqueros.

Procedencia de los héroes de la Guerra de Troya/Imagen: Pinpin en Wikimedia Commons

Durante los combates, Teucro disparaba sus flechas a cubierto tras el escudo gigante de su hermanastro Áyax. Entre sus víctimas estuvo Arqueptólemo, el conductor del carro de Héctor, aunque cuando intentó hacer lo mismo con éste Apolo se lo impidió. Así lo narra Homero:

«Teucro armó nuevamente el arco, envió otra saeta a Héctor, con ánimo de herirlo, y también erró el tiro, por haberlo desviado Apolo; pero hirió en el pecho cerca de la tetilla a Arqueptólemo, osado auriga de Héctor, cuando se lanzaba a la pelea. Arqueptólemo cayó del carro, cejaron los corceles de pies ligeros, y allí terminaron la vida y el valor del guerrero. Hondo pesar sintió el espíritu de Héctor por tal muerte; pero, aunque condolido del compañero, dejólo y mandó a su propio hermano Cebríones, que se hallaba cerca, que empuñara las riendas de los caballos. Oyóle éste y no desobedeció. Héctor saltó del refulgente carro al suelo, y, vociferando de un modo espantoso, cogió una piedra y encaminóse hacia Teucro con el propósito de herirlo. Teucro, a su vez, sacó del carcaj una acerba flecha, y ya estiraba la cuerda del arco, cuando Héctor, el de tremolante casco, acertó a darle con la áspera piedra cerca del hombro, donde la clavícula separa el cuello del pecho y las heridas son mortales, y le rompió el nervio: entorpecióse el brazo, Teucro cayó de hinojos y el arco se le fue de las manos. Ayante no abandonó al hermano caído en el suelo, sino que, corriendo a defenderlo, lo cubrió con el escudo. Acudieron dos fieles compañeros, Mecisteo, hijo de Equio, y el divino Alástor; y, cogiendo a Teucro, que daba grandes suspiros, lo llevaron a las cóncavas naves».

Luego, ya repuesto de sus heridas, sería uno de los responsables de que fracasara el contraataque troyano lanzado contra los argivos, que había obligado a los aqueos a retirarse hacia sus barcos varados en la playa:

«Habló así y oyóle Teucro, acudiendo con su curvo arco y el carcaj lleno de flechas. Y las disparó una a una contra los troyanos. Y alcanzó a Cleito, hijo de Peisenor y compañero del ilustre pantoida Polidamas, cuyo carro y caballos conducía entre las falanges en desorden por complacer a los troyanos y a Héctor. Pero se cebó en él la desgracia sin que nadie pudiera socorrerle; y la flecha le penetró en el cuello por detrás, haciéndole caer y retrocediendo los caballos con el carro vacío».

De nuevo intentó abatir a Héctor, aunque hubo una nueva intervención divina, en este caso del padre de los dioses:

«Y Teucro disparó contra Héctor una flecha, que le habría excluído del combate junto a las naves de los aqueos si le hubiese alcanzado, arrancándole el alma; pero no pudo escapar a la vista del sabio Zeus, que velaba por Héctor y privó al telamonio Teucro de esta gloria, pues rompió el tenso nervio cuando Teucro aprestaba el escelente arco. Y la flecha de broncínea punta se desvió, cayendo el arco de las manos del arquero».

El triunfo de Aquiles sobre Héctor, obra de Franz von Matsch/Imagen: Eugene Romanenko en Wikimedia Commons

A partir de ahí, siguiendo el consejo de Áyax, Teucro sustituyó su arma por lanza y escudo, protegiéndose con un casco empenachado, e incluso desafió a Héctor, quien le lanzó una jabalina que no le alcanzó por poco. Más tarde, fallecido ya el hérore troyano a manos de Aquiles, decíamos antes que Teucro fue uno de los elegidos para esconderse en el interior del caballo de madera que supuso la perdición de Troya. En total, mató a una treintena de enemigos: Homero cita, además del reseñado Arqueptólemo, a Aretaón, Orsíloco, Ormeno, Ofelestes, Daetor, Cromio, Licofonte, Amopaón, Melanipo, Protoon y Perifetes; asimismo hirió al licio Glauco.

Lamentablemente para él, su hermano Áyax también cayó; igual que Aquiles, había sido adiestrado por el centauro Quirón pero fue el único héroe de la guerra que combatió sin recibir ayuda de los dioses. La única influencia de éstos fue la de Atenea, que le hizo enloquecer de ira cuando Agamenón entregó la armadura de Aquiles a Odiseo en vez de a él y le llevó a matar a todos los animales de los griegos; como se consideraba una deshonra manchar la espada con sangre no humana, Áyax se quitó la vida (irónicamente, con una espada que Héctor le había regalado tras su primer enfrentamiento personal).

Eso llevó a que Agamenón se negarse a autorizar su incineración, siendo el único combatiente enterrado y eso gracias a la mediación de Odiseo a insistencia de Teucro. Sin embargo, no fue suficiente para absolver a éste ante su padre cuando regresó a Salamina; Telamón le acusó de negligencia por no traer el cuerpo consigo ni vengar la muerte de su hermano y, pese a que Teucro trató de explicarle que no podía haber venganza ya que él mismo se había quitado la vida, y que había logrado que se inhumara en cadáver, la disputa terminó con el hijo repudiado por su padre.

Estatua griega de un arquero, procedente del templo de Afaya y conocida como Teucro/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Teucro tuvo que embarcarse para dejar la isla en busca de un nuevo hogar. En sus Odas, el poeta Horacio pone en su boca palabras de despedida a los suyos para que no desesperen ante el hecho de que «cras ingens iterabimus aequor » («mañana partiremos hacia el vasto océano»). Empezó así un periplo que le llevó primero a Tiro ¿Por qué? Quizá porque allí reinaba el rey Belus; algunos expertos creen que el nombre Teucro derivaba de Tarku, dios hitita de las tormentas, que estaría relacionado con Belus, a su vez derivado de la divinidad Baal Hammon, divinidad fenicia.

En cualquier caso, ayudó al monarca en su campaña contra Chipre, donde Teucro fundó una ciudad que bautizó como Salamina en recuerdo de la suya natal y contrajo matrimonio con la princesa Eune, hija del monarca local Cíniras, con la que tuvo una hija llamada Asteria. Pero, a semejanza de casi todos los griegos veteranos de Troya, todavía le quedaba mucho por vagar de un sitio a otro. En su obra Helena, Eurípides dice que se dirigió a Egipto para consultar a Teónoe, hija del rey Proteo que, al igual que su hermano Teoclímeno, tenía poderes proféticos porque su madre era la nereida Psámate.

En esa tragedia, Eurípides cuenta que Paris no se había llevado realmente a Helena sino a un fantasma con su apariencia porque la verdadera fue trasladada por Hermes a Egipto, donde Teoclímeno aspiraba a casarse con ella. Sin saber su identidad, Teucro le cuenta a Helena la guerra de Troya. Entonces llega el barco de Menelao -otro que no pudo volver a casa pronto-, quien escapa con su esposa ayudado por Teónoe porque ésta se enamoró de Canopo, el piloto de la nave, aunque él no la quiere y ella se queda en tierra. Está a punto de ser asesinada por su hermano, pero se salva gracias a la intervención de Cástor y Pólux, semidioses, hijos de Zeus y Leda… y hermanos de Helena.

Crátera griega encontrada en el poblado ibérico de Los Nietos y conservada en el Museo Arqueológico de Cartagena/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Ahí termina la obra, pero el viaje de Teucro todavía habría de continuar si atendemos las leyendas -muy posteriores- que comentábamos al principio; en una de ellas, recogida por el historiador romano Justino en su obra Epítome de las Historias Filípicas de Pompeyo Trogo, el héroe griego retornó a Salamina al enterarse de la muerte de Telamón, pero se encontró con que Eurísaco, el hijo de Áyax, le negaba el acceso, por lo que tuvo que renunciar definitivamente y seguir navegando hacia el oeste, alcanzando Iberia.

Varios autores clásicos como Estrabón, Pompeyo Trogo y Silio Itálico, concuerdan en que desembarcó en el Levante en el siglo XII a.C. y fundó una ciudad a la que bautizó Tucria, donde actualmente está Cartagena. Tras derrotar a los massienos o mastiotas (un pueblo de la confederación tartésica que dominaba la zona), y con el objetivo de asimilarlos en paz, reabutizó a la nueva ciudad como Mastia. En realidad, los historiadores actuales opinan que esa urbe debía de estar situada más al sur, quizá en Carteia, en la provincia de Cádiz.

Como sabemos, Cartegena fue construida por los cartagineses (la llamaban Quart Hadasht, o sea, Ciudad Nueva; los romanos la rebautizaron Cartago Nova); ¿es posible, aunque no se pueda demostrar, que antes hubiera un asentamiento griego o, para ser más exactos, pelasgo (protogriego)? ¿Sería el legendario rey Testa el auténtico fundador y Teucro sólo un visitante? En algunas fuentes antiguas se llama teucros a los pelasgos, confundiendo al personaje homérico con su tocayo rey de Tróade, lo que enmaraña todavía más la cuestión.

Estatua pontevedresa que representa a Teucro-Hércules luchando con el león de Nemea/Imagen: Adrián Estévez en Wikimedia Commons

Según el relato, Teucro se casó con la princesa ibera Turtuna, con la que tuvo media docena de hijos. Ahora bien, Justino, dice que el griego no se quedó sino que se embarcó otra vez, pasó las Columnas de Hércules y, siguiendo en cabotaje por el litoral atántico -guiado por una ninfa o sirena llamada Leucoina o Leucoiña, en su versión más poética-, llegó hasta lo que hoy es Galicia. Habría bajado a tierra y fundado una colonia con el nombre de Hellenes. San Isidoro también cuenta lo mismo en su obra Etimologías:

“Éstos [los gallegos] se arrogan origen griego y por ello están ejercitados en inteligencia natural, puesto que, después del fin de la guerra troyana, Teucro, odiado por su padre Telamón por la muerte de su hermano Áyax, al no ser recibido en el reino, se retiró a Chipre y allí fundó la ciudad de Salamina con el nombre de su antigua patria, de donde marchó a Galicia y al establecerse allí, dio nombre a un pueblo del lugar.”

El asentamiento en cuestión sería lo que hoy es Pontevedra, cuyo nombre actual es más tardío, derivado del latín pontem veteram, alusivo a un puente construido por los romanos, a los que hay que considerar genuinos fundadores a partir de una mansión de la via XIX; este último punto se llamaba Turoqua, que se ha pretendido relacionar con Teucro por mera similitud fonética, ya que viene de su construcción junto al río Lérez («torre sobre el agua», significaría) y en el registro arqueólogico no hay constancia de un asentamiento anterior a la presencia romana.

Otra estatua dedicada a Teucro en Pontevedra/Imagen: Zarateman en Wikimedia Commons

Existen más rincones gallegos que se vinculan con un pasado helénico por la misma razón homofónica: Tuy, por ejemplo, que Silio Itálico atribuye a Diomedes porque el padre de éste se llamaba Tideo. A eso son añadibles el faro coruñés identificado con Herakles (Hércules), a quien se terminó fundiendo con Teucro sincréticamente; o el río Miño, donde se dice que tomó un baño Anfíloco, uno de los pretendientes que había tenido Helena y líder de una oleada migratoria, aunque también se le supone llegado acompañando a Teucro. Son historias reseñadas por autores como Estrabón en su Geografía o Plinio el Viejo en su Historia natural.

Ese presunto origen griego de Galicia se fundamenta en la posibilidad de que comerciantes helenos hubieran navegado hasta esas latitudes y contactado con los callaicos indígenas; al fin y al cabo, Gémino de Rodas en su Sobre el océano, da cuenta de cómo el focense Piteas navegó hacia el norte del Atlántico, hasta más allá de las ilsas Británicas, en busca de estaño y ámbar, siendo el primero en comprobar el carácter peninsular de Iberia. ¿Haría una escala en el noroeste hispano, tal cual hizo en la Galia? Puede, pero su viaje fue más tardío, en el siglo IV a.C.

Por su parte, San Isidoro apuntalaba el origen griego en un dato tan curioso como discutible, combinando el gentilicio galaico con el término galáctico alusivo a la blancura de la leche:

«Se llaman gallegos por la blancura, al igual que los galos. En efecto, destacan por su blancura sobre los demás pueblos de Hispania».

En fín, el ayuntamiento pontevedrés reivindica a Teucro como ancestro en una placa a la entrada del consistorio («Fundóte Teucro valiente…») y hay un equipo de balonmano en la ciudad que lleva su nombre, la Sociedad Deportiva Teucro. Por cierto, él habría muerto allí, ahogado mientras nadaba intentando alcanzar en vano a aquella Leucoina que antes le había guiado.


Fuentes

Homero, La Ilíada | Eurípides, Helena | San Isidoro, Etimologías | Estrabón, Geografía | Justino, Epítome de las «Historias Filípicas» de Pompeyo Trogo | Horacio, Odas | Silio Itálico, La Guerra Púnica | Wikipedia


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