Como ya vimos en otro artículo, el Imperio Romano de Oriente tuvo siete emperadores simultáneos durante la Edad Media, a caballo entre los años 1203 y 1204 d.C. Todo un récord con el que los bizantinos hicieron honor a la acepción más retorcida de su nombre y siguieron el ejemplo de sus hermanos de Occidente, donde durante la Antigüedad una situación similar se repitió varias veces demostrando que, pese a que el trono solía convertirse en una bomba de relojería para la mayoría, ello rara vez sirvió para disuadir de intentar ocuparlo. Por eso se dieron episodios como el año de los cuatro emperadores en el 68 d.C., el año de los cinco emperadores en el 193 d.C. y el año de los seis emperadores en el 238 d.C.

El primero llegó como consecuencia de la falta de un heredero tras la muerte de Nerón, lo que provocó en Roma la que era la primera guerra civil desde aquella que había enfrentado a Marco Antonio y Octavio hacía casi cuatro décadas. Servio Sulpicio Galba, el gobernador de la Hispania Tarraconense que había liderado una rebelión contra el emperador junto al senador Cayo Julio Vindex, se hizo con el poder, pero no pudo mantenerlo más de siete meses porque su política represora, unida a la impopularidad que se granjeó entre la gente y las tropas por su tacañería (motivada por la escasez en las arcas estatales), llevaron a las legiones de Germania a aclamar a otro militar como sustituto, Aulo Vitelio.

Galba designó entonces un heredero que, sin embargo, no fue bien visto por ciertos círculos que encabezaba Marco Salvio Otón, frustrado aspirante a esa elección. Otón organizó una conspiración sobornando a la Guardia Preoriana, que acabó con el asesinato de Galba y su proclamación como emperador por el Senado.

Busto de Vitelio | foto Luis García en Wikimedia Commons

Se esperaban grandes cosas de él; sin embargo, no pudo hacer frente a la marcha sobre Roma que realizó Vitelio con sus tropas y terminó por quitarse la vida al caer derrotado en el campo de batalla, habiendo gobernado apenas tres meses.

Vitelio aguantó ocho meses, los que tardó en enfurecer a todos con un comportamiento caprichoso, frívolo y cruel que llevó a las legiones de Oriente Próximo a amotinarse en favor de su general, Tito Flavio Vespasiano. Era éste un veterano que encargó a su hijo Tito concluir la represión de la revuelta judía mientras él marchaba hacia Roma para hacerse con el poder.

Y, en efecto, a su paso se le fue uniendo una legión tras otra, de manera que Vitelio cayó y el 21 de diciembre Vespasiano cerraba aquel ciclo iniciado el 9 de junio.

El Imperio Romano en el año de los cuatro emperadores/Imagen: Rowanwindwhistler en Wikimedia Commons Crédito: Steerpike & ArdadN / Rowanwindwhistler / Wikimedia Commons

El 31 de diciembre de 192 d.C. empezó uno nuevo con el asesinato de Cómodo y la proclamación del praefectus urbi, Publio Helvio Pértinax, como sustituto. Sólo pudo mantenerse un trimestre, acosado por conspiraciones continuas y una penuria económica que le impedía satisfacer las promesas salariales hechas a los pretorianos. Fueron éstos los que le mataron, subastando a continuación el trono; quien más pagó, imponiéndose al suegro del difunto, Tito Flavio Sulpiciano, fue el senador Didio Juliano.

Sesenta y seis días duró su mandato, al que se oponían tanto el ejército como la plebe. En pocas semanas tres gobernadores provinciales se alzaron en armas: Clodio Albino, Pescenio Níger y Septimio Severo. Este último, el más fuerte, logró entrar en Roma y hacerse proclamar por el Senado en junio de 193 d.C.; a continuación ordenó la muerte de Juliano y posteriormente derrotó al inconforme Níger.

Albino, que apoyaba a Severo esperando ser su heredero, se volvió en contra de él al descubrir que había reservado el puesto para su hijo Caracalla; sin embargo, también fue vencido.

Busto atribuido a Pértinax | foto Codrin.B en Wikimedia Commons

Por último, en el 238 d.C. se produjo un tour de force histórico: el año de los seis emperadores. El contexto de la famosa crisis del siglo III -en el que únicamente Severo y Claudio II murieron de forma natural- llevó a que hasta media docena de personajes reclamaran la púrpura imperial, caracterizando todavía mejor que antes la anarquía política y militar a que se veía abocada Roma entre guerras civiles, invasiones bárbaras, rebeliones campesinas, epidemias, subida de precios, depresión económica y creciente poder de los foederati.

Todo empezó con Maximino el Tracio, un gigante de origen humilde, hijo de un campesino godo y una alana. Tras tres años de reinado se había ganado fama de tirano, lo que, fuera real o exagerado por la propaganda opositora (por sus ancestros, su mala relación con el Senado y la nobleza, o el hecho de que nunca pisara Roma), provocó un motín en el norte de África dirigido por el procónsul Marco Antonio Gordiano Semproniano, al que los senadores se apresuraron a nombrar emperador aprovechando que el titular estaba de campaña en Panonia.

Gordiano, una persona afable y querida, nunca llegó a asumir la púrpura pues se quitó la vida veinte días más tarde, al enterarse de que su hijo, al que había designado co-emperador (porque él tenía ochenta años) y que viajaba hacia Roma para asumir el poder, murió cerca de Cartago a manos del gobernador de Numidia, que permanecía fiel a Maximino.

El Imperio Romano y su entorno en el año 230 d.C., poco antes de la subida al poder de Maximino el Tracio/Imagen: Richard Ishida en Wikimedia Commons

Dos senadores fueron nombrados entonces sustitutos para enfrentarse al Tracio, que regresaba a marchas forzadas para afrontar la insurrección: Décimo Celio Calvino Balbino y Marco Clodio Pupieno.

Ambos eran también ancianos, y lo que resultaba aún peor, bastante impopulares; por eso el Senado decidió añadir al equipo un césar que gozase de legitimidad y cariño popular; el elegido fue Marco Antonio Gordiano Pío, nieto y sobrino respectivamente de los dos gordianos fallecidos, aunque tenía el problema de contrastar en edad con sus superiores: apenas había cumplido trece años. No parecería gran cosa al lado de Maximino, a quien las crónicas atribuyen una altura de más de dos metros y medio, con lo que sería el gobernante más alto de la Historia.

En su marcha, el Tracio descubrió que la mayor parte del imperio le era adversa y lo corroboró de forma fatal tras el fallido asedio de Aquilea, cuando los soldados de la Legio II Parthica le asesinaron en su propia tienda junto a su hijo, al que había nombrado co-emperador.

Era abril del año 238 y en un mes ya se habían consumido cuatro mandatarios, lo que no era un buen indicio de estabilidad. De hecho, cuando Pupieno retornó a Roma con las cabezas de los fallecidos encontró la ciudad inmersa en una oleada de disturbios ante la impotencia de Balbino.

La presencia de ambos sirvió para tranquilizar la situación, pero aunque las monedas que acuñaron les mostraban con las manos entrelazadas en señal de su poder conjunto, en realidad desconfiaban entre sí y cada uno temía un golpe de mano del otro.

Para evitarlo, planearon una doble campaña: Pupieno contra los partos y Balbino contra los carpos de Dacia, cada uno por su cuenta. Incapaces de colaborar y cada vez más recelosos mutuamente, esa suspicacia se volvió en su contra a los noventa y nueve días de iniciar su mandato.

De forma tajante, además: el 29 de julio, con Roma de nuevo sumida en el caos, los pretorianos sorprendieron a los dos emperadores reunidos, los apresaron y los arrastraron desnudos por las calles antes de torturarlos y matarlos.

Acto seguido divinizaron a los fallecidos Gordiano I y II, además de reconocer a Gordiano Pío (Gordiano III) como único emperador; con su juventud, no sería más que un títere, pero puso fin al año de los seis emperadores permaneciendo un bienio en el trono, antes de caer combatiendo a los persas y pasar el testigo a su tutor y jefe de la Guardia Pretoriana, Filipo el Árabe.

Medio siglo más tarde, Diocleciano intentó solucionar el problema de la inestabilidad aumentando la ya probada fórmula de la diarquía para pasarla a una tetrarquía que equilibrase el poder de sus titulares… y que se desvaneció en cuanto él abdicó. La ambición siempre había sido y seguiría siendo más fuerte.


Fuentes

Vicente Picón y Antonio Cascón (eds.), Historia Augusta | Sergei Ivanovich Kovaliov, Historia de Roma | Adrian Goldsworthy, La caída del Imperio romano. El ocaso de Occidente | F. W. Walbank, La pavorosa revolución. La decadencia del Imperio Romano en Occidente | José Fernández Ubiña, La crisis del siglo III y el fin del mundo antiguo | Wikipedia


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