¿Recuerdan el Áuryn, aquel misterioso medallón que la Emperatriz Infantil entrega como amuleto al héroe Atreyu en la novela de Michael Ende La historia interminable? Era una alhaja formada por dos serpientes que se mordían mutuamente sus colas como símbolo de la relación entre el mundo real y el fantástico, así como de su colaboración para sostener el orden del universo. Pues bien, el concepto de esa pieza no es original. Se basa en otro existente desde la Antigüedad, el uróboro, del que los primeros ejemplos gráficos los tenemos en el arte del Egipto faraónico.

En su representación más simple, el uróboro o ouroboros consiste en una serpiente o dragón que se muerde su propia cola y forma así un círculo, metáfora del ciclo eterno de las cosas, de la vida, muerte y renacimiento. Que sea un ofidio el animal designado con más frecuencia para plasmarlo iconográficamente no es casualidad, ya que esos reptiles mudan su piel como si de un renacimiento se tratase, si bien en algunas culturas se usa un signo más abstracto, como pasa con el taijitu, el famoso símbolo usado en el taoismo para el yin y el yang (y que también figura en un escudo romano incluido en Notitia dignitatum).

El uróboro fue aprovechado por corrientes filosóficas occidentales, como la teosofía o el gnosticismo (en este último, una serpiente mordiéndose la cola simboliza la eternidad y el alma del mundo), y orientales, pues textos védicos como el Aitareya Brahmana (una colección de himnos sagrados del primer milenio a.C.) dicen que sus rituales son comparables a una serpiente que se muerde la cola, al igual que el Yoga-kundalini Upanishad (un texto medieval) equipara al Kundalini (una forma de energía femenina residente en la columna vertebral) a «una serpiente, enroscada sobre sí misma, que tiene la cola en la boca y yace medio dormida como base del cuerpo».

El uróboro que aparece en Chrysopoeia, de Cleopatra la Alquimista/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Pero toda esa parafernalia simbólica aparecía ya en la mitología, tanto la nórdica (la serpiente Jörmundgander era tan grande que podía morderse la cola abrazando toda la Tierra) como la griega (el mito de Sísifo, el hombre condenado por los dioses a empujar cuesta arriba una roca a lo alto de una montaña para, al llegar, rodar la piedra ladera abajo empezando otra vez el ciclo, es una forma de uróboro), de algunas tribus amazónicas (para las que una gigantesca anaconda que se muerde la cola rodea las aguas del límite del mundo) e incluso la hebrea (según el libro Zohar, el Leviatán biblico «coloca su cola en la boca»).

Y no hay que olvidar al famoso psiquiatra Carl Jüng, para quien el uróboro era un arquetipo de la alquimia como «símbolo dramático de la integración y asimilación del opuesto». De hecho, en la alquimia se usaba ese signo para expresar la unidad de las cosas, ya fueran materiales, ya espirituales, que no cambian sino que se transforman. Cleopatra la Alquimista ya lo reseñaba en su obra Chrysopoeia, escrita en el siglo III d.C., mostrando una ilustración de una serpiente que se muerde la cola enmarcando la expresión griega hen to pan, es decir, «todo es uno».

Incluso la ciencia ha aprovechado las posibilidades del uróboro. El químico alemán August Kekulé aseguraba haber descubierto la estructura del benceno tras tener una visión de uno, mientras que el cosmólogo y astrofísico británico Martin Rees empleaba el uróboro para ilustrar las diversas escalas del universo, desde 10 −20 cm (subatómico) en la cola, hasta 10 25 cm (supragaláctico) en la cabeza.

Horus niño en un disco solar envuelto por un uróboros que descansa sobre los leones de Akhet (papiro de Dama-Heroub, dinastía XXI)/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

El lingüista Marinus van der Sluijs y el físico Anthony Peratt sitúan su origen en el cuarto o quinto milenio a.C., relacionándolo con un fenómeno natural: una aurora especialmente intensa.

Hablando del origen, antes decíamos que la idea del uróboro se remonta a la Antigüedad, pero resulta imposible determinar con exactitud dónde y cuándo. Documentado, se ha encontrado en la cuenca del río amarillo, China, un uróboro grabado en una vasija de cerámica al que la datación sitúa cronológicamente en la cultura neolítica de Yangshao, entre el 5000 y el 3000 a.C. Sin embargo, los arqueólogos creen que se trata de un mero motivo decorativo, sin significado específico, lo que obliga a seguir buscando en otro lugar y tiempo.

Eso nos lleva a otra civilización, en este caso ya histórica, la egipcia, en la que aparece documentado más prolijamente. En Egipto, se puede ver el uróboro en muchos más sitios, casi siempre asociado al disco solar; al fin y al cabo, el astro rey es otro ejemplo de proceso cíclico de muerte y resurrección diaria.

Imagen completa de Ra-Osiris en la segunda capilla de la tumba de Tutankamón, con Mehen, en forma de sendos uróboros, rodeando su cabeza y pies /Imagen: A. Loro en Wikimedia Commons

La representación más antigua documentada de uróboros egipcios se encontró en el que posiblemente sea el hallazgo arqueológico más mediático de todos los tiempos: la tumba de Tutankamón. En concreto, en los jeroglíficos que decoran las paredes de la segunda capilla con textos del Libro de los Muertos, referentes a la unión de Ra y Osiris en el Duat (Inframundo). El uróboro aparece dos veces: una, rodeando la cabeza y el torso de una gran figura que se supone que representa a Ra-Osiris como personaje unificado (Osiris renaciendo como Ra); y otra dando la vuelta a sus pies por debajo de las rodillas.

Esas dos serpientes, que por supuesto se muerden la cola, son manifestaciones de Mehen, «la que se enrosca», una divinidad con aspecto de ofidio pero considerada benévola y protectora de la Barca Solar de Ra, durante el recorrido nocturno de ésta por el citado Duat. Por eso suele mostrarse envolviendo dicha barca a manera de escudor protector contra Apofis, otra serpiente que encarna las fuerzas del mal y el caos universal.

Los egipcios continuaron usando el uróboro, de ahí que se pueda ver en muchos más sitios: los relieves y pinturas de los templos de Abidós, Dendera, Kon Ombo, Edfú y Karnak, la estela de Ra-Horakhty, la tumba de Hatshepsut, papiros diversos, etc. Griegos y romanos recogieron ese legado en talismanes y amuletos, e incluso algún autor clásico como Servio el Gramático interpretó en el siglo IV d.C. el uróboro faraónico como una representación de los ciclos agrarios anuales en el capítulo correspondiente a la Eneida de su obra In tria Virgilii Opera Expositio («Exposición de tres obras de Virgilio«).


Fuentes

Guillermina Martín Reyes, Breve historia de la alquimia | Eric Hornung, The Ancient Egyptian Books of the Afterlife | Eric Hornung, The secret lore of Egypt. Its impact on the West | Mario Servio Honorato, In Virgilii Opera Expositio | Juan Esteva, La química sagrada. De la alquimia a la química en el siglo XVII | Charles Dailey, The serpent symbol in tradition | Wikipedia


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