«Entonces, en esa historia suya, Procopio menciona que durante el término de su prefectura en Constantinopla, se capturó un gran monstruo marino en el cercano Propóntide o mar de Mármara, después de haber destruido barcos, de vez en cuando, en esas aguas, durante un período de más de cincuenta años (…) No se menciona de qué especie determinada era ese monstruo marino. Pero puesto que destruyó barcos, así como por otras razones, debió de ser una ballena, y me inclino mucho a creer que un cachalote».

Moby Dick (Herman Melville)

En su novela Moby Dick, Herman Melville reseña numerosos casos de cetáceos que se revolvieron contra los balleneros que les daban cazan, atacando sus botes e incluso los barcos. Sabemos que el creador de la ballena blanca literaria se inspiró en el caso del Essex, hundido por un cachalote, combinándolo con un relato de la misma época sobre otro gigante, albino por añadidura, al que se conocía como Mocha Dick. Pero Melville también dedica unas líneas a recordar un caso muy anterior, ocurrido en el siglo VI d.C.: el de Porfirio, un monstruo marino que sembró el terror entre los marinos bizantinos, hundiendo tantas naves que preocupó al mismísimo emperador Justiniano.

Como se lee en el texto inicial, el principal testimonio sobre la amenaza de Porfirio lo ha dejado Procopio de Cesarea, un historiador cuyas obras constituyen las principales fuentes para conocer el reinado de Justiniano I. Tanto en Historia de las guerras como en Historia secreta habla de aquella bestia, a la que identifica con una ballena y hasta proporciona sus medidas: 45 pies de largo (13,7 metros) por 15 de ancho (4,6 metros). Como señala Melville, Procopio no especifica si se trataba de macho o hembra ni qué tipo de ballena era, entre otras cosas porque en su época no se sabía gran cosa sobre la vida marina; el escritor estadounidense opina que se trataba de un cachalote.

En realidad no está claro ni hay ninguna prueba que permita establecer a qué especie pertenecía. Algunos autores aventuran que pudo ser una orca, habida cuenta que suele haberlas en el Mediterráneo, pero eso no corresponde con las dimensiones que dice Procopio, ya que las orcas no suelen rebasar los ocho metros y eso los machos, pues las hembras son más pequeñas. Por tanto está más extendida la opinión de que Porfirio era un cachalote, un mamífero marino que puede alcanzar más de 20 metros de longitud y superar el medio centenar de toneladas, suficiente para atreverse a enfrentarse con barcos.

Tamaño de un macho y una hembra de cachalote comparado con un ser humano/Imagen: Kurzon en Wikimedia Commons

De hecho, decíamos antes que abundan los testimonios de cachalotes que, bien por sentirse acosados, bien para proteger a sus crías, embisten los cascos de las embarcaciones que les persiguen con sus enormes cabezas -que ocupan un tercio de su longitud total-, aunque a veces se confunden meros choques con ataques. Y es que viven en manadas y carecen de depredadores naturales, aun cuando orcas y tiburones puedan cazar algún ejemplar demasiado joven, viejo o enfermo, e incluso así necesitan hacerlo en grupo para salvar la llamada formación de Margeurite, que esos cetáceos adoptan para defender al débil rodeándolo.

En contra de la hipótesis del cachalote para taxonomizar a Porfirio está el que Procopio reseñe que comía delfines -aunque eso podría ser un adorno del relato o una confusión al verlos nadar juntos- y que los cachalotes no suelen acercarse al Mediterráneo oriental -sí los hay en el occidental-, que es el área geográfica donde se registraron los ataques referidos por Procopio.

En concreto el mar de Mármara, por entonces llamado Propóntide, que separa el mar Egeo del Negro a través de los Dardanelos y el Bósforo, y a cuyas aguas se asomaba Constantinopla, la capital del Imperio Romano de Oriente. Sin embargo, en el mismo pasaje de Moby Dick, Melville no tiene las cosas tan claras:

«Durante mucho tiempo se me antojaba que el cachalote había sido desconocido en el Mediterráneo y en las aguas profundas que comunican con él. Incluso ahora, estoy seguro de que esos mares no son, ni quizá pueden ser nunca, en la actual disposición de las cosas, un lugar a donde habitualmente acudan en manada. Pero posteriores investigaciones me han demostrado recientemente que en tiempos modernos ha habido ejemplos aislados de la presencia del cachalote en el Mediterráneo. Me han dicho, con buena autoridad, que en la costa de Berbería cierto comodoro Davis, de la Armada británica, encontró el esqueleto de un cachalote. Ahora, dado que un barco de guerra pasa muy bien por los Dardanelos, según eso, un cachalote, por la misma ruta, podría pasar desde el Mediterráneo al Propóntide».

Distribución mundial de los cachalotes según los registros de avistamientos/Imagen: Curzon en Wikimedia Commons

Hay otro punto a favor y es su edad. Los cachalotes son longevos; pueden alcanzar los 70 años y se da la circunstancia de que los informes sobre ataques a embarcaciones bizantinas se sucedieron durante más de cinco décadas, con períodos de actividad alternados con otros de calma que quizá respondían a una migración estacional («…desaparecía a veces durante un intervalo bastante largo» cuenta Procopio). Por lo visto, Porfirio no hacía distinciones y lo mismo embestía humildes pesqueros que naves mercantes y hasta de guerra, generalmente en las cercanías del Bósforo, lo que sin duda debía ser todo un espectáculo porque, aparte de los marineros que lo sufrieron, a veces hubo testigos desde tierra.

La frecuencia de aquellos incidentes llevó a los marinos a dar un rodeo para evitar tan tremebundos encuentros, algo que provocó la procupación del emperador Justiniano I por si desembocaba en un obstáculo para el comercio marítimo o la simple navegación («Y hundió muchos barcos y aterrorizó a los pasajeros de muchos otros, desviándolos de su rumbo y llevándolos a grandes distancias», según Procopio); se sabe que los soldados bizantinos que viajaban a Italia para combatir a los ostrogodos iban provistos de amuletos para protegerse. Sin embargo, poco podía hacer para atajar el problema, ya que, si bien la caza de ballenas existe desde la prehistoria, hasta la Edad Moderna las presas solían ser cetáceos menores (delfines, belugas, marsopas…) y, en cualquier caso, no había tradición ballenera entre los bizantinos.

Algunos artículos y libros cuentan que la emperatriz Teodora encargó al famoso general Belisario que solucionase el asunto y éste embarcó arqueros y una catapulta para tratar de asaetear y arponear al animal, sin resultado. Es apasionante pero ficticio porque en realidad tiene su origen en la imaginación de un escritor; hablamos de Robert Graves, quien juzgó interesante establecer un paralelismo entre la emperatriz y Porfirio en su novela El conde Belisario, publicada en 1938 y que, por cierto, está basada en las obras ya citadas de Procopio, de igual manera que sus famosas Yo, Claudio y Claudio el dios y su esposa Mesalina lo están en Vida de los doce césares, de Suetonio.

Orcas asediando a una foca/Imagen: Callan Carpenter en Wikimedia Commons

Graves se inclina por identificar a Porfirio con una orca que se venga del maltrato a que la sometieron unos pescadores (como en aquella película que protagonizó Richard Harris en 1977, Orca, la ballena asesina). Curiosamente, desde 2020 se han documentado medio centenar de ataques de orcas a embarcaciones en la zona del estrecho de Gibraltar y el Levante español (sin contar los choques fortuitos); para explicarlos, los expertos manejan dos hipótesis: la que denominan situación aversiva (una mala experiencia del animal con un barco le empuja a enfrentrarse con otros) y la del comportamiento autoinducido (un juego).

En cualquier caso, el verdadero Porfirio siguió ampliando su mala fama año tras año hasta tal punto que los bizantinos terminaron por ponerle nombre, algo que se repetiría a lo largo de los siglos con los cetáceos más tremebundos; ya mencionamos a Mocha Dick y hubo más. Lo curioso de la gracia elegida está en que no se sabe exactamente la causa y se han propuesto varias explicaciones. Para unos, Porfirio (Porphyrios, en el griego original) sería una alusión a Porfirio Caliopas (famoso auriga homónimo, considerado el mejor de su tiempo) o a Porfirión (un gigante mitológico, hijo de Gea, que se rebeló contra los dioses y fue fulminado por Zeus con un rayo).

No obstante, la mayoría de los investigadores creen que Porfirio era un nombre derivado de porphyra, la palabra que designaba el color púrpura, ya fuera como referencia al tono reservado a las vestiduras imperiales -reconociendo así la majestuosidad de aquel animal-, ya a la coloración que tendría la piel del cetáceo.

El imperio romano de Oriente a mediados del siglo VI d.C., con las conquistas de Justiniano I en verde. Se aprecia la ubicación de Constaninopla en el mar de Mármara/Imagen: Rowanwindwhistler en Wikimedia commons

Respecto a esto último, los cachalotes son grises y las orcas negras, pero quizá el sol reflejado sobre su superficie diera la impresión de un tono rojizo oscuro, al menos en determinados momentos del día, confundiendo a los testigos. Recientemente se ha sugerido que la traducción literal debería ser «niño púrpura».

Lo verdaderamente importante es que, a pesar de que Edward Gibbon insinúa que la excepcionalidad de Porfirio en tamaño y lugar podría ser indicativa de que no existió en realidad y no era más que una metáfora, quedaba documentado por primera vez el ataque de una ballena a humanos (el episodio biblico de Jonás no cuenta porque no hay una agresión animal en sí, ya que el pez que menciona el texto se limita a tragar al profeta por orden de Yahvé, dejando marchar el barco en el que viaja). Ya vimos que, además, aquellas acciones se repitieron una y otra vez en el tiempo sin que nadie pudiera impedirlo ¿Qué pasó entonces con Porfirio y su furia incontenible? Pues tuvo un triste final; lo mejor es dejar que lo cuente Procopio:

«Aconteció que mientras reinaba una profunda calma sobre el mar, se reunió una gran cantidad de delfines cerca de la desembocadura del mar Euxino. Y de repente vieron la ballena y huyeron por donde cada uno pudo, pero la mayoría de ellos llegaron cerca de la boca del Sangarios. Mientras tanto, la ballena logró capturar algunos, que se tragó de inmediato. Y entonces, empujada todavía por el hambre o por un espíritu contencioso, prosiguió la persecución no menos que antes, hasta que, sin darse cuenta, llegó ella misma muy cerca de la tierra. Allí corrió sobre un lodo muy profundo y, aunque luchó y se esforzó al máximo para salir de él lo más rápido posible, aún así fue completamente incapaz de escapar de este bajío, sino que se hundió aún más en el lodo. Ahora bien, cuando esto se supo entre toda la gente que habitaba alrededor, inmediatamente se abalanzaron sobre la ballena, y aunque la atacaron con hachas muy persistentemente por todos lados, aun así no la mataron, sino que la arrastraron hacia arriba con algunas cuerdas pesadas. Y la pusieron sobre los carros y hallaron que su largo era como de treinta codos, y su ancho de diez. Luego, después de formar varios grupos y dividirlos en consecuencia, algunos comieron la carne inmediatamente, mientras que otros decidieron curar la porción que les tocó».


Fuentes

Procopio de Cesarea, Historia de las guerras | Herman Melville, Moby Dick | Edward Gibbon, Historia de la decadencia y caída del Imperio Romano | Robert Graves, El conde Belisario | Sergi Alcalde, Esto es lo que sabemos sobre los ataques de las orcas Gladis (en National Geographic) | Wikipedia


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