«Mientras que en Roma César festejaba sus victorias y distribuía recompensas, en la lejana España los restos del antiguo partido pompeyano renacían milagrosamente de sus cenizas». Así empieza el capítulo dieciocho de Julio César, la biografía que el historiador francés Gérard Walter dedicó al famoso personaje romano, en el que cuenta cómo fue aquella especie de epílogo de la Segunda Guerra Civil en el que disputó su último combate: la batalla de Munda, el 15 de marzo de 45 a.C., que tuvo lugar en un lugar indeterminado de la Bética, en Hispania.

Decimos indeterminado porque no se ha podido ubicar con exactitud dónde se produjo el choque, ya que las crónicas coetáneas hablan de un Campus Mundensis que podría corresponder a varios sitios: las malagueñas localidades de Monda o Ronda, la cordobesa de Montilla, el entorno de la sevillana Osuna, la también hispalense Herrera… Dado que las fuentes resultan insuficientes o están incompletas, el asunto se zanja remitiendo simplemente a la Bética, la provincia meridional que abarcaba casi toda la actual Andalucía y parte de Extremadura.

Como es sabido, las costuras del primer triunvirato que unía a Craso, Julio César y Pompeyo empezaron a deshacerse en el 53 a.C., con la muerte del primero a manos de los partos en la batalla de Carras. Su rivalidad con Pompeyo había servido, irónicamente, para mantener el equilibrio entre este último y César, los dos pesos pesados del trío, pero cuatro años después terminaron por estallar sus respectivas ambiciones y se sumieron en una guerra civil por hacerse con el poder en solitario. El triunfo fue para César, que primero derrotó a las fuerzas de su adversario en Hispania para, una vez asegurada la retaguardia, vencerle a él en Farsalia (Grecia), consiguiendo que le nombrasen cónsul por segunda vez y dictador.

Posibles localizaciones de la batalla de Munda/Imagen: NACLE en Wikimedia Commons

La muerte de Pompeyo en el 47 a.C. le dejó las manos libres para expandir el dominio romano a costa de Egipto, el Ponto y el norte de África. Pero al año siguiente se llevó una desagradable sorpresa: los hijos de su malhadado rival, Cneo Pompeyo el Joven y Sexto Pompeyo, y su antiguo legado en las Galias, Tito Labieno, que habían logrado escapar a África y unirse a otros opositores pompeyanos a César como Metelo Escipión y Catón el Joven, iniciaban una rebelión resucitando el fantasma de la guerra civil. Hasta crearon en Útica el Senado Pompeyano, un gobierno paralelo al de Roma.

El dictador se apresuró a hacerles frente ese mismo año, aplastándolos en la batalla de Tapso pese a que contaban con la alianza del rey númida Juba I. Catón y Escipión se quitaron la vida, pero los hermanos Pompeyo lograron escapar y apoderarse de las Islas Baleares, desde las que pasaron a Hispania para aprovechar que las tiránicas maneras del pretor Quinto Casio Longino habían llevado a algunas legiones a amotinarse. Aunque César sustituyó a Longino por Cayo Trebonio, el descontento permanecía y el nuevo gobernante fue expulsado, abriéndosele las puertas a los pompeyanos.

Aprovechando el buen recuerdo dejado por su padre, Cneo consiguió aglutinar a todos en torno suyo, se apoderó de la Bética y fue proclamado imperator. Contaba con un nuevo ejército de trece legiones, la mitad de las cuales destinó a controlar la Hispania Ulterior (la mitad sur) mientras que con el resto puso sitio a Cartago Nova (Cartagena), enclave estratégico porque su puerto marino constituía una base perfecta para su poderosa flota, dirigida por Publio Atio Varo, y que era la única ciudad que se mantenía leal a César junto con Tarraco (Tarragona).

La batalla de Tapso según un esquema hecho por Andrea Palladio en el siglo XVII/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

El resto de los hispanos trataron de mantenerse neutrales, pero eso les exponía a sufrir ataques de los dos bandos contendientes, así que no tuvieron más remedio que tomar partido por uno, dividiéndose. Muchos optaron por los cesarianos al recibir noticia de lo que los lusitanos al servicio de Pompeyo habían hecho en Ategua, la ciudad donde se había atrincherado Cayo Trebonio, masacrando a todos los habitantes, mujeres y niños incluidos, repitiendo luego ese comportamiento en otros lugares.

Al principio, César no dio mayor importancia a todo aquello y envió a Hispania dos generales, Quinto Fabio Máximo y Quinto Pedio, con la misión de frenar la insurrección. Sin embargo ésta siguió adelante, incluso cuando la flota mandada por Cayo Didio tuvo éxito en romper el sitio de Cartago Nova. Los dos militares empezaron a remitir solicitudes desesperadas de ayuda; consecuentemente y pese a que se había planteado dejar ya la vida militar para centrarse en la política -y en disfrutar de las atenciones de Cleopatra, el dictador decidió ocuparse personalmente del asunto.

En parte temía que se repitiera el caso de Sertorio de décadas atrás (un militar romano que, en el contexto de la primera guerra civil, se proclamó procónsul de la Hispania Citerior y mantuvo una guerra de diez años), haciendo imposible la estabilidad necesaria para aplicar sus reformas políticas. Pero contaba con que su ausencia sería mínima y, de hecho, cuenta Dión Casio: «César fue aprisa en su marcha que los suyos y los enemigos le vieron antes de tener la menor noticia de su llegada». Ésta resultó disuasoria per se, pues Cneo abandonó buena parte del territorio que controlaba para atrincherarse en la Bética, donde, no obstante, algunas urbes se unieron a su enemigo.

Ruinas del templo romano de Cordoba/Imagen: Alessandro Bonvini en Wikimedia Commons

César empezó aplicando una táctica de sus tiempos en la Galia, poniendo sitio a Corduba (Córdoba) para obligar a su defensor, Sexto Pompeyo, a solicitar ayuda a su hermano, que estaba asediando Ulia, liberando así ésta. Así pasó, aunque surgió un imponderable: cuando se disponía a enfrentarse a ellos para solventarlo todo de un solo golpe, enfermó y tuvo que posponer su plan. Tardó en reponerse y entretanto sus tropas comenzaron a sufrir desabastecimiento. Para solucionarlo tomó la ciudad de Ategua, donde le aclamaron imperator.

Pese a tratarse de una victoria modesta, Cneo continuó su repliegue evitando un choque directo y no atendió los ruegos de los hispanos para poner fin a una guerra que sólo podía traer hambre y destrucción, por lo que empezaron a abandonarle, algo que quiso solucionar a sangre y fuego. Luego tomó posiciones en Munda; tan ventajosas -dominaban desde una colina- que se animó a probar un enfrentamiento abierto, pese a los consejos en contra de sus generales, para intentar calmar a sus aliados. Sorprendentemente, César se mostró dubitativo, quizá aún no recuperado del todo.

Ahora bien, la razón más importante era que se encontraba en manifiesta inferioridad, tanto sobre el terreno como en fuerzas: sus ocho legiones y ocho mil jinetes mauritanos sumaban unos cincuenta mil hombres frente a las trece y varias auxiliares de Pompeyo, que suponían cerca de setenta mil. Pero lo peor estaba en que únicamente eran veteranas la III, la V y la X, en contraste con otras situaciones anteriores. Claro que tampoco los pompeyanos acreditaban demasiada experiencia, pues nueve de sus legiones habían sido formadas precipitadamente con hispanos.

Busto de Julio César/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Los presagios resultaron adversos, pues al sacrificar a un animal no encontraron el corazón. Paradójicamente aquello enardeció a César y le hizo recobrar su espíritu. Tras decir que los presagios serían favorables cuando él quisiera y aprovechar una circunstancia intrascendente para envalentonar a sus soldados (mientras talaban un bosquecillo para instalar el campamento encontraron una solitaria palmera que él ordenó respetar como augurio de victoria; poco después al árbol le crecieron retoños y varias palomas pusieron allí sus nidos), el 17 de marzo mandó avanzar.

Los legionarios marcharon por la llanura y se detuvieron al pie de la colina, temerosos ante el temible muro de escudos y pila que tenían enfrente. César volvió a dudar. No sabía si jugársela en un ataque o no, pero tampoco estaba contento viendo a sus soldados en la misma tesitura. Cneo Pompeyo solucionó la cuestión ordenando adelantar las líneas para aprovechar aquel desconcierto. Eso empeoraba ligeramente su posición y, entonces, los cesarianos cargaron contra los pompeyanos.

Un lanzamiento masivo de pila les detuvo, amenazando con romper su frente. Percatándose del peligro, César desmontó, arrojó sus armas y, con la cabeza descubierta para ser reconocido, corrió hacia allí para poner orden y animar a su gente, impidiendo la retirada de los más asustados y exhortando a todos a gritos, ora de mando, ora de súplica. Pero sólo obtuvo un éxito parcial, de modo que, según Apiano, arrebató el escudo a un soldado y exclamó emotivamente: «¡Ahí voy a morir y veréis el final de la guerra!». Luego avanzó en solitario, en medio de una lluvia de flechas, lo que finalmente arrastró a sus hombres.

No obstante, la batalla no acababa de decantarse hacia ningún bando y, según Lucio Anneo Floro, fue un ingenioso subterfugio lo que la decidió. César ordenó a la Legio X Gemina atacar el flanco izquierdo rival y Cneo, percatándose de la jugada, pidió a Labieno, que protegía el flanco derecho, en ese momento tranquilo, que enviase refuerzos. Labieno mandó tres legiones, confiando cubrir su hueco con los auxiliares. Desde lejos, aquel movimiento parecía una retirada y César, bien porque así lo creyó, bien porque quiso aprovechar la ocasión, envió allí a su caballería mauritana, con la idea de penetrar, rodear el campamento y atacar por retaguardia.

Formación inicial de los dos ejércitos en la batalla de Munda/Imagen: Wikimedia Commons

Labieno se percató y tomó cinco cohortes de aquellas legiones que cambiaban de posición para dar media vuelta y rechazar la carga. Lamentablemente para él, los demás legionarios interpretaron la situación como una desbandada y cundió el pánico entre ellos, haciéndoles romper su formación y permitiendo que los cesarianos los masacrasen. «Los de Pompeyo -sigue Floro-, persuadidos de que sus compañeros emprendían la huida, hicieron lo mismo». La caballería mauritana, como estaba previsto, rodeó al enemigo, que quedó embolsado.

Cneo resultó herido en una pierna y tuvo que retirarse a Corduba con su hermano y las nueve legiones supervivientes, mientras la caída de la noche determinaba su derrota final. Sus últimas tropas en Munda no pudieron escapar y se atrincheraron en el campamento, que los cesarianos prefirieron no tomar al asalto, optando por rendirlo rodeándolo con los cadáveres de los vencidos clavados en estacas. Los pompeyanos sufrieron cerca de treinta mil muertos -entre ellos Labieno-, frente a sólo un millar de sus rivales, aunque en esa cifra se incluye el total de la guerra.

Pero, dice Velayo Patérculo, «nunca César había dado batalla más sangrienta y peligrosa». Él mismo reconoció, en palabras de Plutarco, que a menudo había combatido para ganar pero ese día, por primera vez, lo había hecho por su vida; algo discutible porque en Alesia, por ejemplo, también pasó serias dificultades. Pero es que Suetonio y Floro incluso le ponen al borde del suicidio al ver a sus legiones vacilar ante las enemigas al pie de la colina, temiendo acabar como su amigo/enemigo Pompeyo el Grande.

Muerte de César (Gerome)/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Quizá por eso al regresar a Roma se permitió celebrar un triunfo, algo que estuvo mal visto porque eso se hacía por vencer a extranjeros, no a romanos. Pero ese malestar no se plasmó en oposición patente, como se demostró cuando le nombraron dictador vitalicio, por lo que, recuperado el ánimo guerrero, César volvió para proyectar nuevas campañas contra los partos, escitas, dacios y germanos sucesivamente. Pronto iba a comprobar, sin embargo, que no todos estaban dispuestos a permitirle esa autocracia.

La guerra terminó con la conquista de otras ciudades y la progresiva pacificación de Hispania, que sufrió demográficamente los efectos de la contienda (un censo reveló que había perdido la mitad de la población). Además, la flota de Didio destruyó a la enemiga impidiendo así la huida de Cneo Pompeyo, que fue capturado y ejecutado (como había pasado con su padre, la cabeza le fue mostrada a César). Sexto sí pudo escabullirse, refugiándose entre los lacetanos de los Pirineos hasta que reunió nuevas fuerzas -seis legiones- y volvió a adueñarse de la Bética como imperator.

Sexto Pompeyo sobrevivió a César, asesinado exactamente un año después de su victoria, pero no a Marco Antonio, al que se enfrentó apoyando a Lépido en las luchas intestinas del Segundo Triunvirato. El vencedor final de ese lance, Octavio, sobrino-nieto de César, había sido designado heredero por éste en su testamento al interpretar como una revelación en ese sentido el rápido crecimiento de aquella providencial palmera a la que indultó en Munda.


Fuentes

Anónimo, De bello Hispaniensi | Veleyo Patérculo, Historia romana | Floro, Epítome de la historia de Tito Livio | Apiano, Historia romana. Las guerras civiles | Suetonio, Vidas de los doce césares | Plutarco, Vidas paralelas | Dión Casio, Historia romana | Gérard Walter, Julio César | Sergei Ivanovich Kovaliov, Historia de Roma | Miguel Ángel Novillo López, Breve historia de Julio César | Miguel Ángel Novillo, Julio César en Hispania | Adrian Goldsworthy, César. La biografía definitiva | José Ignacio Lago, Munda 45 a.C. La última batalla de César | Pierre Grimal, La formación del Imperio Romano. El mundo mediterráneo en la Edad Antigua | Wikipedia


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