Probablemente el lector nunca habrá oído hablar de Habeshi Mehmed. Es el nombre de un esclavo que en la segunda mitad del siglo XVI se convirtió en el primer jefe de los eunucos palaciegos del Imperio Otomano. Dieciocho años más tarde, en el marco de una reforma administrativa necesaria por el crecimiento del número de eunucos en Topkapi, se separaron las funciones de los eunucos blancos y negros, quedando los primeros para ocuparse de las estancias masculinas y los segundos de las femeninas, más prestigiosas. El nombre de aquella dignidad era Kizlar Agha, traducible como «de las mujeres», aunque el nombre oficial, Darüssaade Ağası, significa Agha (Jefe) de la Casa de la Felicidad.

En 1574 una hemorragia cerebral, resultante de golpearse la cabeza contra el suelo de mármol en una fatal caída, mató al sultán Selim II. El trono fue heredado por Murad III, su primogénito, que siguiendo la costumbre mandó ejecutar a sus cinco hermanos menores para evitar posibles conspiraciones. Su madre, Nurbanu, que había ejercido la regencia mientras Murad llegaba a Constantinopla para la sucesión, se convirtió en valide sultan (sultana madre), título instituido por su suegro pocos años antes y que, siguiendo la tradición islámica («derecho de madre es derecho de Dios»), dotaba a su poseedora de un enorme poder.

De hecho, el período que abarca aproximadamente de 1534 a 1715 -desde el reinado de Soleimán el Magnífico hasta el de Mehmed IV- se conoce como «Sultanato de las mujeres», por la influencia que tuvieron en los sultanes sus madres, esposas, concubinas y familiares femeninas cercanas en general. Nurbanu no sólo ayudaba al gran visir, Sokollu Mehmet Pasha, sino que dirigía el nutrido harén real. La relación entre éste y Murad fue encomendada al eunuco Habeshi Mehmed, para el que se estableció el mencionado cargo de kizlar agha.

Un kizlar agha y otros funcionarios otmanos junto al sultán, en una ilustración de Claes Rålamb/Imagen: Claes Rålamb en Wikimedia Commons

Hasta entonces, ese trabajo correspondía al kapi agha, jefe de la Puerta de la Felicidad que separaba el Birûn (la corte exterior, donde se trataban los asuntos estatales), del Enderûn (la corte interior y los apartamentos privados del sultán en el palacio de Topkapi). El puesto lo ocupaba un eunuco blanco que controlaba las entradas y salidas del personal desde una oficina junto a la puerta (de ahí el nombre), así como las comunicaciones, además de dirigir la Escuela donde estudiaban los futuros funcionarios reclutados y seleccionados de la Devşirme. También era nazir (administrador) de los vakifs, es decir, las importantes partidas económicas destinadas a financiar las ciudades santas del islam (La Meca y Medina).

Los eunucos blancos procedían de países cristianos, bien esclavizados en razias, bien a través de la reseñada Devşirme (tributo de sangre) a que estaban obligados los estados vasallos de los Balcanes y el Cáucaso. Se los destinaba a las içoğlan, es decir, las estancias masculinas, y tenían su propia mezquita dentro del recinto palaciego, quedando así patente la importancia de su jefe, que alcanzaba el rango de visir aunque supeditado al gran visir, a quien a veces, no obstante, podía hacer la competencia. Sin embargo, pese a haber demostrado extraordinarias dotes de gobierno en circunscripciones locales, en general los kapi agha no aprovecharon esa capacidad de influencia para ir más allá de sus competencias.

Sí lo harían el agha de los jenízaros y, como vamos a ver, el kizlar agha. Éste último se distinguió como una figura independiente del kapi agha a partir de 1587, al asumir el control del harén imperial. Su origen, como el de los esclavos negros, era el África nilótica (actuales Sudán y Etiopía), donde algunos niños comprados en los mercados de Nubia (a los aunucos se les llamaba despectivamente haıllı, mercancía) eran seleccionados para su castración y posterior incorporación al servicio del palacio como guardias del harén. Podían ir subiendo en el escalafón y tras unos años de servicio optaban a pasar a ser sirvientes personales del sultán o de los príncipes, aparte de otros puestos (imán, tesorero, supervisor, etc).

Retrato de un kapi agha del siglo XVIII, por Jean-Baptiste Vanmour/Imagen: Wikimedia Commons

El considerado más apto estaba abocado a ser kizlar agha, recibiendo una túnica identificativa y un feudo, y convirtiéndose en un privilegiado. Frente al resto de eunucos, que vivían hacinados en un cuartel, él residía en una estancia personal situada cerca de la Puerta del Aviario y una vez terminaba su mandato era manumitido, recibiendo además una pensión. A partir de 1644 los kizlar agha retirados se establecían en Egipto, donde solían tener propiedades adquiridas previamente y fomentaban la economía local; otros preferían ir a Arabia, a Medina concetamente, aceptando el nombramiento de jefe de los eunucos que vigilaban la tumba de Mahoma.

Sus funciones en Topkapi eran diversas, desde asegurar el adecuado aprovisionamiento del harén a transmitir las comunicaciones con el selamlik (mundo masculino exterior), pasando por ser un nexo entre el visir y el sultán, supervisar la educación de los príncipes durante su infancia, participar en determinados actos públicos…

A priori, el kizlar agha también estaba supeditado al gran visir; sin embargo, en la práctica, el sultán solía consultar sus decisiones con su madre o esposa, si no directamente con el eunuco jefe, algo que se intensificó a partir de 1579, cuando el asesinato del citado Sokollu Mehmet Pasha supuso una injerencia más intensa en el gobierno por parte de las mujeres, primero de Nurbanu y después, al fallecer ésta en 1583, de la concubina albanesa Safiye. El kizlar agha constituía, pues, un poder en la sombra, especialmente en asuntos como nombramientos o la sucesión misma, que en el Imperio Otomano siempre resultaba turbulenta.

Un kizlar agha del siglo XVIII/Imagen: Rijksmuseum en Wikimedia Commons

Así llegó el año 1592, en el que el sultán emprendió una reestructuración de la administración palaciega para adecuarla a los nuevos tiempos. Y es que las escasas cuatro decenas de eunucos que había en Topkapi en tiempos de su abuelo Selim I (el creador de la dignidad de valide sultan) se habían incrementado hasta superar el millar para atender las necesidades burocráticas, pues Murad III, siguiendo el ejemplo de su padre, permaneció siempre en la capital sin ponerse al frente de sus campañas militares, para asegurarse de mantener el gobierno bajo control personalmente (en sus últimos años ni siquiera salía de palacio).

Por razones que no están claras, se decidió separar en dos bloques a los eunucos blancos de los negros, hasta entonces juntos en sus quehaceres; es posible que se pretendiera acentuar las diferencias culturales entre los africanos y las mujeres a las que custodiaban para evitar tentaciones sexuales.

En cualquier caso, los primeros fueron destinados exclusivamente a las içoğlan, es decir, las estancias masculinas, al mando del referido kapi agha, mientras que los africanos se ocuparían de los aposentos privados del sultán y del harén.

Kisler Agha, jefe de los eunucos negros, en una pintura dieciochesca de Francis Smith/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Puede parecer un descenso de categoría para éstos pero, como hemos explicado, se trataba exactamente de lo contrario: los eunucos negros pasaron a ser los protagonistas por su cercanía a los círculos del poder, quedando su jefe por encima del otro en importancia.

Esa preeminencia, que a partir del siglo XVII se subrayó equiparando al kizlar agha con un visir -lo que le situaba en el tercer lugar de la jerarquía, tras el gran visir y el shayj al-islam (la principal autoridad religiosa)- aumentó cuando Murad III le otorgó la dirección de los reseñados vakifs, para lo que disponía de un yazici (secretario) y un müfettiş (inspector), así como de una Agencia de Cuentas (para las provincias europeas) y otra de Arrendamientos (para las africanas y asiáticas). Todas las semanas se analizaban los gastos e ingresos en un diván o consejo que presidía pesonalmente el kizlar agha, del que salían las cuentas del llamado Tesoro del Vakif.

También eran competencia suya las partidas presupuestarias destinadas a las mezquitas de Constantinopla primero y las de otros sitios del imperio después, quedando así en sus manos vastos recursos que en la práctica le conferían el control de ciudades enteras. Una leyenda dice que Basílica, la concubina favorita del sultán Ahmed I, gobernó en su Atenas natal desde el harén hasta que falleció y entonces el kizlar agha consiguió que se le adjudicase a él. Así, no resulta extraño que su retiro egipcio o árabe fuera dorado. Tampoco era raro su papel en el nombramiento y derrocamiento de sultanes.

Jefe del harén a comienzos del siglo XX | foto Frank and Frances Carpenter Collection/Library of Congress en Wikimedia Commons

En efecto, su creciente poder terminó por animarlos a intervenir en la política de forma más directa y contundente a partir del siglo XVII. Si Hacı Mustafa Agha fue determinante para la subida al trono de Mustafá I en 1617 y luego apoyó decisivamente las reformas militares de Osmán I, uno de sus sucesores menos contenido, Agha Uzun Süleyman Agha, asesinó a la valide sultan Kössem en favor de su nuera, Turhan. La situación se tornó tan delicada que en 1715 el gran visir Silahdar Damat Ali Pasha prohibió el reclutamiento de más esclavos negros, aunque su fallecimiento impidió llevarlo a la práctica.

Es más, empezó el período de apogeo del kizlar agha en la figura de Beshir Agha, cuyos veintidós años de mandato entre 1717 y 1749 son conocidos como la «Época de los tulipanes», pues éso significaba su nombre (los eunucos recibían nombre de flores). Se caracterizó por su labor de mecenazgo intelectual y religioso, pero también por su poner y deponer grandes visires, así como por la imposición de sus directrices en política exterior durante el reinado de Mahmud I.

Eso sí, fue el canto del cisne, pues en lo sucesivo los sultanes fueron reduciendo las competencias de sus jefes de eunucos y, si en 1704 las del kapi agha se transfirieron al Silahdar Agha (un funcionario más militarizado, que en 1831 se fusionó con el de Khazine Khetüdasi o administrador del tesoro), las del kizlar agha quedaron limitadas al aspecto ceremonial palaciego en la primera mitad del siglo XIX para terminar por ser abolido el cargo en 1908, al triunfar la Revolución de los Jóvenes Turcos.


Fuentes

Jane Hatthaway, The chief eunuch of the Ottoman harem. From African slave to power-broker | Leslie, P. Peirce, The Imperial Harem. Women and Sovereignty in the Ottoman Empire | John Freely, Inside the Serrallo. Private lives of the sultans in Istanbul | George Junne, The black eunuchs of the Ottoman Empire. Networks of power in the court of the Sultan | Wikipedia


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