Si recuerdan la adaptación cinematográfica que Francis Ford Coppola hizo de Drácula, al comienzo se veía a Vlad Tepes, el personaje real en que se inspiró el escritor Bram Stoker para el conde vampiro, atacando a los otomanos en una batalla nocturna y empalando luego a los prisioneros. Aunque parezca un recurso sintético del cineasta para explicar cómo Vlad acaba convirtiéndose en un ser maligno, lo cierto es que refleja un episodio histórico: el ataque nocturno de su ejército al campamento del sultán Mehmed II en Târgovişte y el posterior levantamiento de un bosque de miles de empalados que llevaron al sultán a poner fin a su campaña y regresar.

A estas alturas no es necesario explicar que Drácula se basa en un voivoda (gobernador) de Valaquia llamado Vlad III Drăculea (Vlad III hijo de Dracul, en alusión a su padre, Vlad II Dracul, llamado así por pertenecer a la Orden del Dragón -eso significa Dracul-), que con el tiempo adquirió el apodo de Tepes (Empalador) por su método favorito de ejecución. Vlad nació entre 1428 y 1431, unos años en los que su tierra ejercía de estado tapón entre el Reino de Hungría y el Imperio Otomano, y cuyos gobernantes trataban de mantener cierta independencia pese a que el poder del sultán les obligaba a rendir vasallaje.

En ese contexto, y siguiendo la costumbre de la época medieval, en 1442 Dracul tuvo que dejar a sus dos hijos, Vlad y Radu, como rehenes de Murad II. Se criaron, pues, en Eğrigöz (en la actual Turquía) y no pudieron regresar hasta 1447, el mismo año en que Dracul y su primogénito, Mircea, fueron asesinados por los boyardos (alta nobleza) valacos. Vladislao II, primo segundo del padre, se quedó con el trono con la ayuda de Janos Hunyadi, voivoda húngaro de Transilvania, a quien devolvió el favor apoyándole en una campaña contra los otomanos.

El retrato más famoso de Vlad Tepes/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Vlad aprovechó aquella circunstancial ausencia para invadir Valaquia y apoderarse del trono de su padre, contando con el visto bueno del sultán, que le proporcionó un ejército y le exigió a cambio la fortaleza de Giurgiu. Sin embargo, la campaña de Hunyadi fracasó y Vladislao retornó al principado, recuperando el poder y obligando a Vlad a refugiarse otra vez con los otomanos, en Edirne. Luego pasó a Moldavia, donde le acogió el príncipe Bogdan II, su tío materno. Pero Bogdan también fue asesinado y Vlad, tras acudir a Transilvania pidiendo ayuda infructuosamente a Hunyadi, estuvo un tiempo dando tumbos.

Finalmente, habiendo pactado una alianza con Hungría, volvió a Valaquia en 1456 y derrocó a Vladislao. Inmediatamente dio rienda suelta a su venganza contra los boyardos por la muerte de su padre y su hermano, para el año siguiente ayudar a Esteban, el hijo de Bogdan, en su lucha por hacerse con el trono húngaro. Al mismo tiempo irrumpió en Transilvania con el objetivo de hacer frente a Dan, el hermano de Vladislao, combatiendo a la población sajona, que era renuente a reconocerle.

En 1458 Matías Corvino fue elegido rey de Hungría, que decidió apoyar a Dan en Transilvania y a un hijo de éste, Basarab Laiotă, en Valaquia. Vlad derrotó y ejecutó al primero en 1460, empalando a todos los prisioneros que le hizo. Así estaban las cosas cuando el sultán Mehmed II empezó a recelar de la alianza entre Vlad y Corvino que apuntaba a deslealtad del primero porque además llevaba ya un tiempo negándose a pagar la yizia (el impuesto que se cobraba a los vasallos dhimmíes, es decir, los no musulmanes) y a enviar la preceptiva cuota de niños del Devşirme (reclutamiento para convertirlos en soldados y funcionarios imperiales).

Valaquia hacia 1360, durante el reinado de Mircea I, el abuelo de Vlad/Imagen: Rowanwindwhistler en Wikimedia Commons

Hay que tener en cuenta que el Imperio Otomano había conquistado Constantinopla en 1453 y dominaba lo que antes había sido territorio del Imperio Bizantino (del que sólo quedaba el Imperio de Trebisonda). Vlad, que había aducido no disponer de fondos para hacer efectivo el pago, se quitó la máscara acudiendo entusiasmado a la cruzada convocada por el papa Pío II… pero el único que le secundó, el ex-regente húngaro Mihály Szilágyi, fue apresado por los turcos y ejecutado despiadadamente (le cortaron por la mitad). Mehmed envió entonces una delegación a Vlad exigiéndole el tributo; él contestó matando a los embajadores. La guerra estaba servida.

El ejército otomano cruzó el Danubio y marchó sobre Valaquia en 1461. Una propuesta de negociación abierta no tenía más intención que engañar a Vlad para apresarle, pero no sólo no cayó en la trampa sino que organizó la suya propia y en una novedosa táctica que usó la artillería en una emboscada, le dio la vuelta al ardid capturando y matando al militar que lideraba la fuerza enemiga, Hamza Bey, que era hermano del visir y había sido comandante de la flota cuando se tomó Constantinopla. Nadie de los suyos sabría que fue de él hasta un año más tarde, como veremos.

Continuando ese sistema de engaños, Vlad volvió locos a los otomanos durante los meses siguientes: ora se disfrazaba con ropajes orientales para (aprovechando que hablaba también la lengua desde su infancia) entrar en una ciudad y rendirla por sorpresa, ora dividía a los suyos en pequeños grupos que atacaban al enemigo inesperadamente y se retiraban, en guerrillas que anulaban la superioridad numérica de los otros. Y, entretanto, recurrió a la guerra psicológica con ejecuciones masivas de los soldados turcos que caían cautivos, bien decapitándolos, bien con su método favorito del empalamiento (que, irónicamente, había aprendido de ellos en su infancia).

Vlad Tepes y los emisarios turcos, obra de Theodor Aman/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Esa victoriosa campaña hizo muy popular a Vlad, que al contrario que en la actualidad se convirtió en un personaje admirado y glosado en toda Europa. Por supuesto, el sultán no podía permitir tal descrédito so pena de que su imperio se tambalease, así que organizó una nueva invasión y esta vez se puso personalmente al frente. Sus cuantiosas tropas, que algunos cifran en trescientos mil hombres aunque los historiadores actuales calculan más bien unos noventa mil, se pusieron en marcha en la primavera de 1462; había jenízaros (soldados de élite), sipahis (caballería feudal), saiales (esclavos que eran manumitidos si sobrevivían), akinji (arqueros), azabs (piqueros), beshlis (escopeteros), silâhdars (guardia de corps), etc.

Entre los capitanes, al mando de cuatro mil jinetes, iba Radu, el hermano menor de Vlad, que se había convertido en un otomano más, no se sabe si seducido por el poder -al parecer se le prometió el trono de Valaquia- o por una relación afectiva con Mehmed Celebi, el hijo del sultán. También llevaban ciento veinte cañones y estaban apoyados desde el mar por una flota de veinticinco trirremes y ciento cincuenta barcos menores. En su momento se comparó aquella fuerza con la que tomó Constantinopla.

Para enfrentarse a ella se movilizó casi toda Valaquia; recurriendo a boyardos, campesinos, niños mayores de doce años, esclavos y mercenarios, se reunieron unos treinta mil efectivos, la mayoría armados precariamente pero con la promesa de ayuda húngara -que nunca llegaría-. No obstante, su abnegación resultó suficiente como para poner en aprietos al adversario en los primeros compases, aunque la superioridad numérica de éste hacía casi imposible frenarlo. Vlad recurrió entonces a la táctica de tierra quemada, destruyendo sus propias cosechas, envenenando los pozos de agua y optando una vez más por la acción guerrillera.

Expansión del Imperio Otomano en los siglos XIV-XV/Imagen: Rowanwindwhistler en Wikimedia Commons

Los otomanos no encontraban suministros a su paso y las necesidades se agravaron con una epidemia de peste bubónica, que la leyenda atribuye a que Vlad les enviaba enfermos para mezclarse con ellos e infectarlos. La flota tampoco logró sacar nada en limpio, ya que los puertos habían sido abandonados sin dejar nada aprovechable. Mehmed mismo dijo en una ocasión que su enemigo podría conquistar el mundo si tuviera más soldados. Pese a todo, los invasores continuaron su marcha hacia Bucarest, mas, al no poder conquistarla, se desviaron a la capital extraoficial, Târgoviște, acampando cerca.

Pero los valacos estaban allí, escondidos, acechando, y la noche del 17 de junio de 1462 atacaron el campamento otomano con su caballería. Otra leyenda dice que, previamente, Vlad en persona se puso ropa de mercader turco y entró en el recinto, amparado en la oscuridad y haciendo uso de su conocimiento del idioma, para localizar la tienda del sultán. La incursión se hizo con mucho ruido, con toques de trompeta y antorchas, con el objetivo de sembrar el pánico, irónicamente aprovechando que los soldados otomanos tenían orden expresa de dormir obligatoriamente dentro de sus tiendas para evitar el caos ante un posible asalto.

No se sabe con exactitud cómo transcurrió aquel episodio. Unas fuentes dicen que Mehmed II sufrió cuantiosas bajas mientras que otros las rebajan mucho. Sí perdieron bastantes monturas -caballos y camellos- y el sultán se vio perrsonalmente amenazado, salvándose gracias a que los jenízaros formaron a su alrededor para protegerlo y a que, en medio de la confusión, los valacos se lanzaron contra las tiendas de los dos visires creyendo que eran las de su líder. También se acusó a un boyardo llamado Galeş, que debía atacar desde otro flanco, de no hacerlo con el suficiente ímpetu. Un legado del Papa cuenta que los turcos registraron quince mil muertos, por cinco mil los valacos, aunque las cifras de las crónicas son siempre dudosas.

Ruinas de la corte principesca en Târgoviște/Imagen: Nicubunu en Wikimedia Commons

La osada acción de Vlad fracasó, y él mismo resultó herido, pero en cualquier caso Mehmed II debió de acusar el golpe porque primero renunció a sitiar Târgoviște, donde sólo había un puñado de defensores, y prefirió luego ir contra Bucarest. Sin embargo, la ciudad había sido abandonada, así que finalmente ordenó regresar a casa y fue entonces cuando se llevó la que quizá constituyó una de las mayores impresiones de su vida.

Al incorporarse al camino principal, descubrió que a cada lado de éste estaban empaladas miles de personas, entre soldados otomanos y sospechosos de deslealtad, estos últimos incluían mujeres y niños. Era lo que pasó a conocerse como el Bosque de los Muertos.

Si hacemos caso a una carta que escribió a Matías Corvino el propio Vlad -que se ganó merecidamente el apodo de Tepes (Empalador), el número de víctimas fue espeluznante:

«He matado a campesinos, hombres y mujeres, viejos y jóvenes, que vivían en Oblucitza y Novoselo, donde el Danubio desemboca en el mar, hasta Rahova, que se encuentra cerca de Chilia, desde el bajo Danubio hasta lugares como Samovit y Ghighen. Matamos a 23.884 turcos sin contar a los que quemamos en las casas ni a aquellos cuyas cabezas fueron cortadas por nuestros soldados… «

Xilografía alemana de 1499 que muestra a Vlad Tepes almorzando ante los empalados de su Bosque de Muertos/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Por encima de todos los despojos descollaba -«en atención a su rango»- el cadáver de Hamza Bey, aquel que había fracasado meses antes en apresar al escurridizo Vlad y del que por fin se desvelaba su trágico destino. En su obra Historia de los turcos, el erudito ateniense Demetrios Calcondilas, que fue coetáneo a los hechos, cuenta que ante aquel macabro espectáculo Mehmed II consideró «que no era posible despojar de su país a un hombre que había hecho tan grandes hazañas, que tenía una comprensión tan diabólica de cómo gobernar su reino y su gente». Claro que Calcondilas no estaba allí para haberlo oído y además no tenía buena opinión de los otomanos, a los que consideraba «abominables, monstruosos e impíos bárbaros».

Es posible que el número de ajusticiados sea exagerado; que Vlad tratase de mostrarse fuerte ante el vecino húngaro al remitirle aquella carta. En cualquier caso, en su siguiente acampada Mehmed II se aseguró de excavar un foso alrededor del perímetro y poner más guardia de la habitual, para al día siguiente ordenar reanudar la vuelta a Edirne, la antigua Adrianópolis. Durante la ruta atacó la ciudad de Brăila, haciendo cuantiosos prisioneros y capturando decenas de miles de reses y caballos, todo lo cual le sirvió para reivindicar la victoria. De hecho, dejó a Radu como voivoda.

Pero esa pesadilla llamada Vlad Tepes no terminaría hasta 1477, cuando una nueva campaña acabó triunfalmente esa vez y culminó con la muerte del Empalador. Eso sí, a costa de convertirlo en una leyenda.


Fuentes

M. J. Trow, Vlad el Empalador. En busca del auténtico Drácula | Radu R. Florescu y Raymond T. McNally, Dracula, prince of many faces. His life and his time | James Waterson, Dracula’s wars. Vlad the Impaler and his rivals | Franz Babinger, Mehmed the Conqueror and his time | Wikipedia


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