En el año 138 d.C., veintiuno después de subir al trono, el emperador Adriano fallecía habiendo nombrado un heredero in extremis, tras una crisis sucesoria en la que hubo una serie de muertes y traiciones que muy bien podían considerarse un augurio de la crisis que iba a sacudir el Imperio romano en el siglo III. Al final quien vistió la púrpura fue Antonino Pío, al que Adriano había adoptado puesto que no tenía descendencia. La condición que le puso fue que, a su vez tomase como hijos adoptivos a Marco Aurelio y a Lucio Vero que, como sabemos, cogobernarían después. El primero era su sobrino-nieto; el segundo, el primogénito del hombre al que inicialmente se había designado sucesor, Lucio Elio César.

Para ser exactos se llamaba Lucio Ceyonio Cómodo (no confundirlo con el hijo de Marco Aurelio), pues lo de César vino cuando fue incorporado a la familia imperial en el 136 d.C. Nadie sabe con certeza qué llevó a Adriano a tomar esa decisión, puesto que se trataba de un simple senador carente de experiencia militar y que llevaba una vida más bien frívola, de lujos extravagantes. De hecho, la iniciativa del emperador se llevó a cabo invitis omnibus, es decir, «contra los deseos de todos»; especialmente de su cuñado Lucio Urso Julio Serviano y su sobrino-nieto Gneo Pedanio Fusco Salinator, que aspiraban a ser elegidos.

Serviano, que era originario de Hispania como Adriano, participaba activamente en política desde tiempos de Vespasiano, habiendo sido gobernador de Germania Superior y Panonia. Participó en las Guerras dacias al lado de Trajano, razón que le llevó a creer que éste le legaría el trono; si se llevó un chasco al ver que se llevaba el gato al agua Adriano (al fin y al cabo el único familiar del emperador), no lo demostró, manteniendóse leal. Sin embargo, en el 136 ya era muy anciano y eso llevó al emperador a descartarlo, aunque, como la atención se decantó hacia su nieto Salinator, siguió satisfecho.

Busto del emperador Adriano/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Todo parecía zanjado y Salinator, hijo de Elia Domicia Paulina (o Domicia Paulina la Menor, hermana de Adriano), incluso recibió preparación para su futura dignidad, por eso hubo sorpresa general cuando Adriano, tras superar a duras penas una hemorragia a finales del 136 d.C., volvió a cambiar de opinión y eligió a Lucio Ceyonio Cómodo. Esta vez Serviano no se tomó las cosas tan bien y trató de impugnar la decisión primero, para sumarse después a un golpe de estado organizado por Salinator. No salió como esperaban y el emperador, que quería evitar una guerra civil a toda costa, mandó ejecutarlos. Cuenta Dión Casio que las últimas palabras del reo fueron:

«Sabéis muy bien, dioses, que no soy culpable de nada malo. En cuanto a Adriano solamente pido esto: que ansíe la muerte y no pueda morir».

Palabras proféticas porque los sirvientes de Adriano frustraron más de un intento de suicidio de su señor. El fondo del problema era la falta de hijos del emperador. Casado en el año 100 d.C. con la bella pero rebelde Vibia Sabina -una sobrina de Trajano- a instancias de la emperatriz Pompeya Plotina, que la había criado en palacio, no tuvo un matrimonio feliz, patente en la nómina de amantes masculinos que él acumulaba, lo que llevó a Sabina a mantener también una relación extraconyugal con el historiador Suetonio, secretario de su marido. Fueron descubiertos y el cronista acabó expulsado de la corte.

Busto de Lucio Urso Julio Serviano/Imagen: Olga Lyubimova en Wikimedia Commons

En tal estado de cosas, ella consideraba que engendrar un hijo con su marido era «dañar la raza humana» y procuró tomar medidas contraceptivas; aunque es probable que llegara a quedar embarazada, se habría autoprovocado un aborto. Sabina falleció un año antes que su esposo y, como se desconoce la causa y se decía que Adriano la trataba peor que a una esclava, una dudosa leyenda atribuye el óbito a un envenenamiento ordenado por él, aunque otra habla de suicidio. Ninguna de las dos concuerda con los honores que le dispensó, declarándola augusta y divinizándola post mortem.

Ahora bien, en sus dos últimos años y medio de vida, Adriano tuvo una vejez meláncólica. Deprimido por la infausta tragedia que sufrió el bitinio Antínoo, su amante favorito, ahogado en el Nilo ante la mirada impotente de su mentor, el emperador se enclaustró en su lujosa villa de Tívoli, coleccionando objetos raros de arte y curiosidades de la naturaleza que le traían de todo el mundo conocido. Hay quien cree que todo esto resultó decisivo a la hora de adoptar a Lucio Ceyonio Cómodo, que si no destacaba por sus méritos ni virtudes sí lo hacía, al parecer, por su belleza y elegancia, así como por su extravagancia.

Esta última especialmente en dos campos. Uno, el amoroso, en el que era un amante incansable hasta el punto de que su esposa se le quejó de las infidelidades, aunque él, ávido lector de Ovidio y Marcial, y seguidor de la escuela retórica del filósofo Herodes Ático (que además era pariente suyo), respondió taxativa e ingeniosamente: «Déjame desahogar mis deseos con las demás porque la palabra esposa es sinónimo de dignidad, no de voluptuosidad». El otro campo era el culinario; no sólo guardaba como oro en paño la famosa De re coquinaria, recetario del gastrónomo Marco Gavio Apicio, sino que él mismo inventó un elaborado plato al que llamó tetrafarmacum, hecho con carnes de cerdo, faisán, pavo real, jamón y jabalí; al parecer gustaba mucho a Adriano y posteriormente a Alejandro Severo.

Apoteosis de Vibia Sabina/Imagen: Jean-Paul GRANDMONT en Wikimedia Commons

En fin, si la designación de Adriano como sucesor de Trajano había sido controvertida -circuló el rumor de que la emperatriz escondió a un esclavo bajo la sábana de su difunto marido para que susurrase el nombre de Adriano como si fuera su última voluntad-, la de él alcanzó el grado de auténtico embrollo. Zanjada radicalmente la disconformidad de Serviano y Salinator, como hemos visto, el adoptado Lucio Ceyonio Cómodo -que pasó a llamarse Lucio Elio César-, parecía inevitablemente destinado a reinar en Roma y durante los años 136 y 137 fue consul ordinarius.

Pertenecía a la gens Ceionia, familia de origen etrusco de la que no empieza a haber datos hasta que uno de sus miembros obtuvo el consulado en el año 78 d.C. El heredero tenía uno de los praenomen habituales en esa gens (los otros eran Cayo y Marco), siendo el cognomen Cómodo («agradable») y el agnomen Vero («verdadero») algunos de los apodos frecuentes junto con Rufo («rojo») y Baso («robusto»), aunque estos dos últimos en otra rama de la gens, la de los Albinos.

Su padre, que se llamaba como él, había sido cónsul ordinario con Vespasiano en el 78 d.C. y con Trajano en el 106 d.C. Su madre, Plaucia Fabia, al quedar viuda, contrajo segundas nupcias con Cayo Avidio Nigrino, consul suffectus (interino) en el 110. Nigrino, militar experimentado, senador prestigioso, amigo de intelectuales como Plutarco y Plinio el Joven, acabó ejecutado en el año 118 sin que las causas estén del todo claras. La Historia Augusta, principal fuente escrita para conocer los hechos -aunque de fiabilidad irregular-, dice que sonaba como potencial candidato al trono; quizá pecó de exceso de ambición. Adriano estaba en Siria cuando se le condenó y negó haber sido él quien diera la orden, culpando a Publio Acilio Atiano, prefecto del pretorio, de sobrepasarse en su celo.

El emperador le destituyó pero no fue suficiente para lavar el daño que sufrió su imagen, posible razón por la que adoptó al yerno de Nigrino. Dicho yerno era Lucio Ceyonio Cómodo, pues Nigrino y Plaucia habían tenido una hija a la que pusieron el nombre de Avidia Plaucia y casaron con el vástago del anterior matrimonio en el 130. Tuvieron dos hijos y dos hijas, de los que cabe destacar al primogénito, Lucio Ceyonio Cómodo, que pasaría a la historia como el emperador Lucio Vero, y a Ceyonia Fabia, prometida desde niña a Marco Annio Vero, el futuro Marco Aurelio (aunque el compromiso no llegó a materializarse).

Cabe reseñar que tras la ejecución de Nigrino, Plaucia, la madre de Lucio, encontró un tercer marido en el senador Sexto Vetuleno Cívica Pompeyano, quien compartiría consulado con su hijo en el 136. Fue precisamente en ese año decisivo, en el que Lucio debía de rondar los treinta y cinco, cuando Adriano enfermó gravemente y le designó sucesor, otorgándole el nombre de César y entregándole la tribunicia potestas, como era costumbre hacer con los designados como herederos imperiales. Cuenta la Historia Augusta que los fastos incluyeron el reparto de trescientos millones de sestercios entre la plebe y los soldados, así como juegos circenses.

A principios del 137, tras renovar su consulado, Lucio fue enviado a Carnuntum, la capital de Panonia Superior (una provincia que abarcaba partes de las actuales Austria, Eslovaquia, Croacia, Bosnia-Herzegovina, Eslovenia y Hungría), como legatus Augusti pro praetore (gobernador). La idea era que fuera ganándose el aprecio del ejército y aquel era el lugar más apropiado al haber destinadas numerosas legiones, ya que el Danubio constituía el limes con cuados y marcomanos. Pero surgió un problema: Lucio también estaba enfermo (probablemente de tuberculosis, ya que vomitaba sangre) y el clima de esa zona centroeuropea le empeoraba.

Estatua de Antonino Pío/Imagen: Carole Raddato en Wikimedia Commons

Por tanto regresó a Roma en enero del año 138 para agradecer en el Senado la confianza del emperador. No tuvo tiempo. La noche antes del discurso murió en su cama mientras dormía, según la Historia Augusta por la hemorragia que le provocó un medicamento. No puede decirse que fuera una sorpresa, ya que el propio Adriano había dicho una vez, metafóricamente, que se apoyaba «en un muro que se derrumba». De hecho, se cree que su idea era que Lucio fuera un mandatario de transición hacia el que realmente consideraba capaz, Marco Aurelio.

En cualquier caso, como se había quedado sin ese puente y necesitaba otro, convocó a algunos senadores en su villa de Tívoli para anunciarles quién sería ahora el sucesor: Tito Aurelio Fulvo Boyonio Arrio Antonino, un acaudalado patricio que había sido cónsul y procónsul de Asia, y estaba felizmente casado con la sabia Anna Galeria Faustina (Faustina la Mayor). Adriano le adoptó con la condición de que él, a su vez, debía hacer lo mismo con el joven hijo de Lucio Elio César (que sólo tenía siete años) y con su sobrino, Marco Annio Vero (el mencionado Marco Aurelio, que tenía dieciocho); además, prometería al primero la mano de su hija Faustina.

El elegido, que había perdido a sus hijos legítimos siendo aún niños, aceptó y ese verano, al fallecer su mentor, fue proclamado emperador pasando a la historia con el nombre de Antonino Pío (que no se sabe si se le dio por divinizar a su predecesor tras el ascenso al trono o por amnistiar a los condenados a muerte). Mantuvo el poder mucho tiempo, hasta su muerte por fiebres en el 161, lo que da una idea de su buen hacer. Como estaba previsto, Lucio Vero, el citado hijo de Lucio Elio César, y Marco Aurelio le sucedieron como coemperadores durante ocho años; luego, el óbito del primero dejó al segundo como gobernante en solitario.


Fuentes

Vicente Picón y Antonio Cascón (eds.) Historia Augusta | Dión Casio, Historia romana | Sergei Ivanovich Kovaliov, Historia de Roma | Anthony Birley, Adriano | José María Blázquez, Adriano | Anthony R. Birley, Marco Aurelio | Wikipedia


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