Charles Darwin, Richard Burton, John Hanning Speke, John Franklin, David Livingstone, George Everest, Alfred Russel Wallace, Henry Morton Stanley, James Augustus Grant, Francis Galton, Ernest Schackleton, Edmund Hillary… ¿Qué tienen en común todos estos personajes, aparte de sus contribuciones a diversas ciencias? El haber sido miembros de la Royal Geographical Society, la famosa institución británica dedicada al estudio de la geografía. También el hecho de que todos eran hombres; la primera mujer, una exploradora y naturalista que recorrió casi todos los continentes, fue admitida en 1892 y se llamaba Isabella Lucy Bird.

Fue coetánea de muchos de los nombrados, pues nació en 1831. Lo hizo en Boroughbridge (Yorkshire), un pequeño pueblo inglés que constituyó el primer destino de su padre al hacerse sacerdote. Edward Bird, se llamaba, y tras conocer allí a Dora Lawson se casaron y tuvieron a Isabella. Al año siguiente la familia se mudó a Maidenhead y en 1834 a Tattenhall (Cheshire). Entremedias Isabella perdió a un hermano menor y ganó una hermana, Henrietta.

Ya desde pequeña, la primogénita de los Bird demostró tanto carácter como incontinencia verbal. Cuentan que apenas tenía seis años cuando desarmó a un diputado local, el baronet Sir Malpas de Gray Tatton Egerton, preguntándole con infantil sinceridad qué ofrecía de interés para que su padre le apoyase en las elecciones y si había alabado la belleza de Henrietta para ganarse su voto. La anécdota podría considerarse todo un augurio, teniendo en cuenta que Sir Malpas era paleontólogo, miembro distinguido de la Royal Society of London for Improving Natural Knowledge y comisario del British Museum.

Grabado de juventud de Isabella basado en una fotografía/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Sin embargo, aquella personalidad no era sino un reflejo de la paterna. El reverendo Bird, enrocado en su postura en contra de que el domingo fuese día laborable, notó que cada vez acudían menos fieles a sus sermones, así que solicitó un nuevo traslado en 1842. Se le asignó la iglesia de Saint Thomas, en Birmingham, pero también allí provocó polémicas en la congregación, que terminó por expulsarlo, entre insultos y pedradas. La familia Bird continuó mudándose de un lugar a otro, primero a Eastbourne y después a Wyton, en Huntingdonshire (actual Cambridgeshire); algo que quizá también se podría considerar un auspicio del futuro de Isabella.

Y es que, pese a los problemas de salud que padecía (dolores de espalda, jaquecas, insomnio), o precisamente para intentar ponerles remedio, su médico le recomendó hacer vida al aire libre, lo que la llevó a practicar remo y equitación. Esa preparación física, unida a la formación en botánica y otras ciencias que le dieron sus progenitores, así como a su avidez lectora, la llevaron primero a publicar artículos en varios periódicos y, tras una operación de columna para extirparle un tumor, realizar su primer viaje propiamente dicho: a Escocia, donde estuvo veraneando de forma regular hasta 1854.

Fotografía tardía de Isabella/Imagen: Wikimedia Commons

Como su estado seguía siendo frágil, un médico visionario le recetó los aires marinos y ese mismo año se embarcó hacia Estados Unidos, aprovechando que unos primos emigraban a aquel joven país en formación. Ella les acompañó y se quedó allí algo menos de un año, recorriendo las tierras norteamericanas y describiéndolas fascinada en la correspondencia que mantenía con su familia; especialmente con Henrietta, a la que estaba muy unida. Esas cartas constituyeron la base de su primer libro, An Englishwoman in America («Una inglesa en América»), publicado en 1856 por el que iba a ser su editor y amigo el resto de su vida.

Se trataba de John Murray III, el mismo que al año siguiente editaría a David Livingstone sus Missionary Travels (en 1865 también Narrative of an Expedition to the Zambesi and its Tributaries; and of the Discovery of the Lakes Shirwa and Nyassa) y otros dos años más tarde El origen de las especies, de Charles Darwin. En 1859, Isabella insistió con otro título de un tema al que se sentía cercana por su padre: The aspects of religion in the United States of America («Aspectos de la religión en los Estados Unidos de América»). Los augurios ya habían trocado en realidad. La editorial Murray, cuya especialidad eran los libros y guías de viajes, seguiría comercializando las obras que Isabella escribía al conocer nuevos lugares.

En 1872, tras una estancia en su Inglaterra natal, se embarcó hacia Australia, pero no se sintió a gusto allí y saltó a las Islas Sandwich, como todavía se conocía a Hawai. Las sensaciones fueron completamente opuestas; enamorada del archipiélago, no sólo escaló los volcanes Mauna Loa y Mauna Kea sino que descubrió que montar a caballo a horcajadas, como hacían las hawaianas, le aliviaba su dolor de espalda. Encargó que le confeccionaran un pau como el que usaban (una especie de falda-pantalón de gran anchura) y nunca más volvió a hacerlo de lado, que era la costumbre en su tiempo para las damas. Su pluma alumbró cuatro libros (y otro sobre Australia, pese a todo), los cuales irían saliendo entre 1874 y 1875.

Una amazona hawaiana montando con pau. Ilustración de uno de los libros de Isabella sobre Hawai/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Dado que sus achaques no remitían, y habiéndose enterado del excelente clima de Colorado -que todavía no era un estado de EEUU-, hizo las maletas y allá fue, recorriendo las Montañas Rocosas y, como siempre, dejando testimonio en papel con el acertado título A lady’s life in the Rocky Mountains. En aquellos tiempos pioneros en los que a menudo era necesario recorrer cientos o miles de kilómetros a caballo, Isabella lo hizo por estrechos cañones infestados de serpientes de cascabel y montando durante horas con el recién descubierto estilo masculino. Eso sí, una cosa era montar de esa forma y otra que vistiera ropas de hombre, como publicó erróneamente The Times antes de rectificar ante la amenaza de una demanda de ella.

Se trataba de una cuestión de mentalidad decimonónica; una compatriota coetánea suya, Mary Kingsley, recorrió las selvas de los actuales Angola, Gabón y Camerún sin plantearse siquiera desprenderse de sus aparatosos vestidos victorianos. No obstante, aquellas intrépidas mujeres traspasaban a veces la estrechez de los esquemas. Si, a pesar de su conservadurismo político, Mary Kingsley defendió el derecho de los pueblos indígenas africanos a mantener su cultura frente al intento de cambio llevado por los misioneros y encima rompió la línea supremacista blanca negando la inferioridad de los negros, Isabella mantuvo una ambigua relación con un hombre de vida turbulenta que hubiera desatado el escándalo en Inglaterra de haberse conocido.

Aquel individuo era James Nugent, alias Rocky Mountain Jim, un guía que trabajaba en lo que hoy es Estes Park. No se sabe prácticamente nada de él antes de 1868, cuando construyó allí una cabaña y, tras resultar malherido por el ataque de un oso en el que quedó tuerto, conoció a Isabella gracias a que ésta visitó la zona siguiendo la recomendación de George Kingsley, padre de la citada Mary y también un empedernido viajero. A Nugent, del que Isabella dijo que poseía «un rostro extraordinario» y «una belleza excepcional» le gustaba además la poesía, así que la dejó hondamente impresionada hasta el punto de dejar esta interesante descripción de él:

«Un hombre ancho, fornido, de estatura media, con una gorra vieja en la cabeza y vestido con un traje de caza gris muy deteriorado (…) Un ojo había desaparecido por completo y la pérdida hacía que un lado de la cara fuera repulsivo, mientras que el otro podría haber sido modelado en mármol (…) De su genio y caballerosidad con las mujeres no parece haber ninguna duda; pero es un personaje desesperado y sujeto a ‘reacciones feas’, y es cuando la gente piensa que es mejor evitarle».

Parece un personaje fordiano y no extraña que ambos se enamoraran. Ahora bien, la cosa no pasó de ahí; Isabella nunca llegó a perder el norte porque era consciente de que se trataba de «un hombre que cualquier mujer podría amar, pero con el que ninguna en su sano juicio se casaría». Además, Nugent mantenía dura rivalidad con otro guía llamado Griffith Evans que apoyaba la idea del inglés Lord Dunraven y su ayudante Haigh de convertir Estes Park en un coto de caza, frente a su opinión en contra. El hecho de que Evans tuviera una hija adolescente por la que Nugent se interesó no hizo sino agravar las cosas e Isabella, que fue testigo de aquella tensa situación, escribió que más de una vez oyó a Jim amenazar a Haigh con pegarle un tiro.

Un juglar japonés fotografiado por Isabella/Imagen: digital.nls.uk en Wikimedia Commons

Sin embargo, al final fue él quien recibió un disparo anónimo en junio de 1874. A Evans y Haigh, principales sospechosos -por no decir únicos-, les absolvieron por falta de pruebas y el crimen quedó impune. Para entonces, Isabella ya había dejado América, aunque mantenía correspondencia con Nugent, quien aparte de colaborar con ella en el pastoreo de ganado para el rancho de un amigo escocés -lo que la convertía en una auténtica cowgirl-, la había guiado en una ascensión al Long Peak (4.346 metros de altitud que coronaron, sin equipo ni ropa adecuada) durante la que le abrió su alma, contándole que un gran dolor de juventud le empujó a embarcarse en esa «vida sin ley y desesperada».

La de ella, en cambio, seguía en la residencia familiar de Escocia. Tras esquivar los requiebros amorosos del doctor John Bishop, un joven cirujano de Edimburgo de treinta años al que no parecía importarle que su amada fuera quince mayor que él, puso rumbo a otro continente, Asia, cautivada por el relato sobre Japón que había escrito John Francis Campbell.

Era éste un erudito escocés especializado en estudios celtas, pero que había estado en el país del sol naciente a finales de 1874 acompañando al topógrafo Colin Alexander McVean, al que el gobierno nipón contrató en plena modernización Meiji oara dirigir las obras públicas. A su regreso, Campbell publicó My circular notes y un ejemplar cayó en manos de Isabella, que emprendió la ruta hacia el país del sol naciente vía Canadá y Nueva Zelanda.

Cristianos chinos fotografiados por Isabella/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

No se limitó al archipiélago, extendiendo su radio de acción a la mayor parte de los demás países orientales, los actuales China, Vietnam, Corea, Singapur y Malasia. Y lo hizo ligera de equipaje, como solía, llevando sólo tres vestidos (uno de tweed para el frío, otro de seda para eventos y el mencionado pau), una almohada hinchable, una bañera de caucho y una mosquitera. Por supuesto, también contó la experiencia con títulos que seguían la línea de los anteriores, como Unbeaten tracks in Japan. Travels of a lady in the interior of JapanJapón inexplorado. Viajes de una dama por el interior de Japón«).

No obstante, el regreso resultó amargo porque una fiebre tifoidea mató a su hermana Henrietta en 1880 y, acaso para compensar la pérdida, aceptó la propuesta de matrimonio del insistente Bishop. Se casaron en 1881, el mismo año en que el rey Kalākaua de Hawái otorgó a Isabella la Real Orden de Kapiolani, y ella empleó el tiempo libre que le proporcionaba su nuevo estatus en otro tipo de aventura: decidió aprovechar el abundante tiempo libre en estudiar y se matriculó en la universidad para hacer la carrera de Medicina.

Fanny Jane Butler, colaboradora de Isabella en la India/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Por desgracia no estuvieron mucho tiempo juntos; cinco años después se quedó viuda y sus propias enfermedades se ampliaron con un ataque de escarlatina en 1888 que, sin embargo, superó. Para entonces, aprovechando que gozaba de una cómoda posición económica gracias a su marido y considerando que sus viajes anteriores habían sido casi amateurs, consiguió terminar la carrera y resolvió marchar a la India como misionera sin que le importase haber rebasado los sesenta años de edad y peinar canas.

Llegó a principios de 1889 y visitó numerosas misiones. En Ladakh (Cachemira) el maharajá le cedió unos terrenos para construir un hospital que, una vez listo, bautizó con el nombre de John Bishop Memorial. Tenía seis decenas de camas y una sección para mujeres -que legalmente no tenían derecho a asistencia sanitaria-, trabajando en él junto a la célebre Fanny Jane Butler, una de las primeras doctoras de Inglaterra, que llevaba siete años de misionera en la India y que desgraciadamente falleció ese mismo año (cabe añadir, por cierto, que Isabella fundó otros dos hospitales en Escocia para personas sin recursos).

Isabella permaneció en el subcontinente hasta 1890 y entonces se unió a un destacamento militar británico que se dirigía a Oriente Medio. El camino era peligroso, así que, aparte de un botiquín donado por una empresa farmacéutica, portaba su propio revólver. Viajó de Baluchistán a Persia y Armenia, exploró las fuentes del río Karun (el único navegable del actual Irán) y en Turquía reclamó al Gran Visir protección para los cristianos kurdos, tal como ella misma explicó más tarde, al retornar, a un comité de la Cámara de los Comunes.

Isabella en 1899, ataviada con ropa manchú/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

A esas alturas, con tantos libros y artículos publicados, su nombre se pronunciaba con respeto y su palabra era escuchada. Como decíamos al comienzo, en 1892 se convirtió en la primera mujer en ser admitida en la Royal Geographical Society; antes lo había sido en la Royal Scottish Geographical Society y posteriormente, en 1897, en la Royal Photographic Society. Parecía que le había llegado la hora de descansar y disfrutar de los verdes laureles, pero ese último año todavía volvió a recorrer China y Corea, remontando los respectivos ríos Yangtsé y Han.

Posteriormente se fue a Marruecos, donde confraternizó con los bereberes y recibió un espléndido caballo negro como regalo del sultán; siendo como era una anciana, para montarlo necesitaba una escalerilla. Fue el último capítulo de sus ajetreados vaivenes, en los que nunca cedió ante las adversidades (sus achaques, una tormenta de nieve en el Kurdistán, una costilla rota al cruzar un torrente en el Tíbet, un brazo fracturado al volcar su carro en Manchuria, una revuelta xenófoba en China…).

Al regresar enfermó y esta vez fue la definitiva. Murió en su casa de Edimburgo en octubre de 1904; tenía setenta y tres años… y estaba planeando otra visita a China.


Fuentes

Isabella Bird, A lady’s life in the Rocky Mountains | Alexandra Lapierre y Christel Mouchard, Grandes aventureras. 1850-1950 | Anna M. Stoddart, The life of Isabella Bird | Jacki Hill-Murphy, The life and travles of Isabella Bird | Tracy Ross, Seven reasons Isabella Bird should be your new role model (en visitestespark.com) | Wikipedia


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