El Gran Juego, la rivalidad entre los imperios Británico y Ruso por el control de Asia central

Entrada de las tropas rusas en Samarcanda. cuadro de Nikolay Karazin | foto dominio público en Wikimedia Commons

«Tienes un gran juego, un juego noble, ante ti». Ésta es la frase que Arthur Conolly, capitán del 6º de Caballería de Bengala y oficial del servicio de inteligencia de la Compañía Británica de las Indias Orientales, le escribió por carta en julio de 1840 al comandante Henry Rawlinson cuando supo que acababan de nombrarlo agente del Indian Political Department (un departamento gubernamental de la India Británica creado en 1783 para desempeñar asuntos «políticos y secretos»). La expresión «gran juego» haría fortuna y se usaría en lo sucesivo para referirse a la rivalidad entre los imperios Británico y Ruso por controlar el centro y sur de Asia.

Conolly insistió en el concepto diciéndole a su compañero: Si el gobierno británico jugara el gran juego, ayudara cordialmente a Rusia en todo lo que tiene derecho a esperar, le diera la mano a Persia, obtuviera todas las enmiendas posibles de Oosbegs, obligara al emir de Bujara a ser justo con nosotros, los afganos, y otros estados de Oosbeg, y su propio reino, pero ¿por qué continuar? ya conoces mis, al menos en un sentido, amplias vistas. ¡InshAllah! Se verá la conveniencia, más aún, la necesidad de ellos, y jugaremos el papel noble que la primera nación cristiana del mundo debe cumplir.

Toda una declaración de intenciones que reflejaba indirectamente aquel contexto que se vivía tras el final de las guerras napoleónicas, en el que los rusos habían dejado de ser aliados para tratar de hacerse un hueco en la zona meridional que les abriera una salida al océano Índico y controlar las regiones centrales para explotar sus riquezas minerales, en un continente del que, al fin y al cabo, formaban parte. Ellos, por cierto, usaban otra expresión, Torneo de las Sombras, siendo las dos el equivalente a la Guerra Fría del siglo XX porque, salvo en Crimea, ambos bandos nunca llegaron a enfrentarse directamente.

Arthur Conolly, creador de la expresión «Gran juego», en una acuarela de James Atkinson/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Como término historiográfico, «Gran Juego» no se empezó a utilizar hasta mucho más tarde. Fue John William Kaye, un militar autor del ensayo History of War in Afghanistan, el primero en aprovecharlo en 1857 un poco como homenaje a Conolly, que había sido ejecutado quince años antes por el emir de Bujara, acusado de espionaje mientras intentaba rescatar al teniente coronel Charles Stoddart (lo vimos en el artículo dedicado al misionero Joseph Wolff). Después, Rudyard Kipling lo difundió al reflejarlo en su novela Kim, pero en realidad no llegó al ámbito académico hasta 1926, de la mano del historiador Henry William Carless Davies, catedrático en la Universidad de Oxford que ese año presentó su obra The Great Game in Asia (1800–1844).

Sin embargo, más allá del léxico, el Gran Juego como realidad política hundía sus raíces mucho antes. Sin necesidad de remontarse a la expedición enviada por el zar Pedro I el Grande para hacerse con los territorios mineros de la ribera del río Oxus (actual Amu Daria), que terminó aniquilada en Jiva, hay que situarse en 1798, cuando Henry Dundas advirtió del peligro que suponía para la soberanía británica de la India la conquista de Egipto y Siria por Napoleón. Peor aún fue el intento del emperador de persuadir al zar Alejandro I para formar una alianza con el mismo objetivo, aunque el ruso no aceptó.

El zar tenía sus propios planes, consistentes en expandir su imperio por los territorios limítrofes -algo que inició en el siglo XVI- sobre todo a costa del Imperio Otomano, ocupando el Cáucaso. La invasión sufrida a manos de la Grande Armée, le obligó a reconducir tropas y medios, con lo que los británicos cogieron al vuelo la oportunidad de cartografiar subrepticiamente Beluchistán y Persia central, firmando un tratado con el sha iraní en 1808 que, a cambio de financiación y adiestramiento militar, cerraba el paso de otras potencias a la India a través de sus fronteras. Posteriormente, en 1826 Rusia invadió Irán sin que los británicos pudieran hacer nada. Era el inicio del Gran Juego.

Lámina de W.H. Payne mostrando el acceso a la India británica a través de Afganistán, clave de el Gran Juego/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

La India volvía a estar amenazada. No por mar, donde la Royal Navy era prácticamente insuperable, ni por el norte, con el Himalaya cerrando el paso como una colosal muralla natural, ni por el oeste, con la selva birmana muy difícil de atravesar. Pero sí por el noroeste, a través de un Afganistán que no estaba controlado por ninguna potencia. Por eso los británicos decidieron convertirlo en un estado tapón, como eran Persia, Turquía, y los janatos de Bujara y Jiva. El problema estaba en que los rusos pensaban algo parecido a la inversa, y Palmerston lo expresó gráficamente: «Aquí estamos, tal como estábamos, gruñéndonos, odiándonos, pero sin desear la guerra».

En realidad, Rusia no tenía capacidad logística para invadir la India. Mientras se expandía hacia el noreste a través de Siberia, insistía en tener salidas al mar, ya fuera al Índico, ya a los Dardanelos, y además sufría periódicas incursiones de tribus afganas en sus fronteras, que solían esclavizar a los habitantes de esas zonas. Por eso ocupó el janato kazajo y empezó a enviar agentes, tratando de urdir una telaraña de alianzas… que los británicos no podían permitir so pena de que el país se les volviera en contra. De hecho, fue lo que pasó: la Primera Guerra Anglo-Afgana estalló en 1838.

La expansión rusa entre los siglos XIV y XX/Imagen: Milenioscuro en Wikimedia Commons

Fue el resultado de la campaña militar iniciada por Lord Auckland, gobernador general de la india, tras enterarse de una operación rusa -fallida- para establecer una relación con Kabul. La invasión resultó fácil gracias a la táctica de pagar a las tribus, pero en 1841, cuando dejaron de recibir dinero, los afganos se rebelaron y expulsaron a los británicos del país (lo vimos en el artículo dedicado a la desastrosa retirada de 1842). Un poderoso ejército dirigido por el general George Pollock se tomó cumplida venganza, pero luego se retiró; con los indomables afganos era preferible buscar la vía diplomática.

Paralelamente hubo otras iniciativas militares, como el rescate en Jiva de casi medio millar de esclavos rusos por parte del capitán James Abbott, en una astuta maniobra que buscaba privar al zar de pretextos para realizar su propia intervención. También las dos guerras Anglo-Sij, mediante las cuales los británicos se anexionaron el Punjab, convirtiéndolo en una provincia limítrofe que cerraba aún más el perímetro. Y la Guerra Anglo-Persa de 1856, que permitió apropiarse de la ciudad afgana de Herat, hasta entonces en poder persa. Un año más tarde, la Rebelión de los Cipayos supuso la asunción directa de la administración de la India por parte del gobierno en detrimento de la Compañía, estableciéndose el llamado Raj Británico.

Tropas rusas repeliendo un ataque turcomano, por Vasili Vereshchaguin/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Tampoco el Imperio Ruso permaneció quieto. La expansión hacia el noreste no afectaba a los intereses del Imperio Británico y las intervenciones en Jiva y Bujara parecían perseguir el bandidaje contra las caravanas y el fin de las razias, más que otra cosa, de ahí que Afganistán y más concretamente el río Amu Daria, se perfilase como un territorio de nadie, que servía de frontera.

Sin embargo, los rusos consideraban al entorno del Mar Negro y el Golfo Pérsico como zona estratégica, por lo que las potencias occidentales decidieron frenarlos acudiendo en ayuda del Imperio Otomano, en lo que fue la Guerra de Crimea (1853-1856).

Dado que ya había un enfrentamiento abierto, el zar Nicolás I recibió de su estado mayor dos planes sucesivos, el Duhamel en 1854 y el Jrulev en 1855, para invadir la India por el Paso del Khyber; como requerían desviar tropas del escenario principal, fueron desestimados. Al terminar la contienda, y pese a la derrota sufrida, se apoderaron de los tres janatos del Turquestán (los citados de Bujara y Jiva más Joqand), sumándoles Kirguistán y quedando con el estatus de protectorados. La explicación oficial, típica del colonialismo decimonónico, fue desempeñar una labor «civilizadora».

El Turquestán ruso a finales del siglo XIX/Imagen: Wassily en Wikimedia Commons

En 1873 Londres y Moscú firmaron un acuerdo que materializaba el carácter de linde del río Amu Daria para separar sus respectivas áreas de influencia y que en la práctica sirvió de apoyo jurídico ruso para la ocupación de Jiva. Cinco años más tarde Rusia atendió una petición de negociación diplomática del emir afgano, que antes había desechado una propuesta británica en ese sentido. El virrey de la India acometió entonces una invasión preventiva que terminó con la conversión de Afganistán en un protectorado. Obviamente, eso no gustó a los afganos, que se alzaron en armas y sumieron el país en un estado de guerra continuo, azuzados por los rusos.

El Tratado de Gandamak de 1879 preveía que Afganistán mantuviera su soberanía excepto en puntos meridionales y en política exterior. Como fue rechazado, continuaron hablando las armas hasta la victoria definitiva británica a finales de 1880. Eso dio cierta posición de fuerza a Londres para volver a negociar las fronteras con una Rusia que, a su vez, seguía avanzando en Turkmenistán y llegó casi a las puertas de Herat: al distrito de Panjdeh, que los afganos consideraban suyo mientras que los otros decían que formaba parte histórica del janato de Jiva. Ambos bandos se enfrentaron en una pequeña batalla que ganaron los rusos y el emir, que esperaba una ayuda británica que nunca llegó, decidió romper con Londres.

Curso del río Amu Daria, frontera natural/Imagen: Shannon1 en Wikimedia Commons

Entretanto, Bismark jugó a dos barajas, ora apoyando al Imperio Británico para asegurarse de que el ejército ruso se mantenía lejos de Alemania, ora a la inversa con el objetivo de limitar el acceso de la Royal Navy al Bósforo. En 1885 se reavivó la voluntad de alcanzar un acuerdo mediante la firma del Protocolo de Delimitación, que situaba la frontera desde Oxus hasta Harirud con el Amur Darya otra vez de referencia, si bien sería necesario ir recortando flecos a lo largo de los años siguientes, salvando incidentes menores entre guarniciones hasta alcanzar cierto statu quo a principios de la década de los noventa.

En 1893 Londres también acordó con Kabul la aprobación de lo negociado en 1873. Con esto y la resolución dictada por la mixta Comisión de Límites de Pamir en 1895, se considera que este año terminó el Gran Juego. Los rusos se quedaban todas las tierras al norte del Amu Daria, incluyendo las reclamadas por el janato de Jiva -entre ellas los accesos a Herat- y las reclamadas por el janato de Joqand -entre ellas la meseta de Pamir-. Los británicos conseguían mantener a salvo el acceso a la India al dar a Afganistán la anhelada consideración de estado tapón, al igual que pasó con Persia y el Tíbet.

Los respectivos conflictos que tuvieron que afrontar ambos imperios en otros rincones del mundo al empezar el nuevo siglo (la Segunda Guerra Bóer, la Guerra Ruso-Japonesa), más la Revolución Rusa de 1905, ayudaron a poner fin a su rivalidad, pasando a ser aliados contra terceros, como Alemania. Prueba de ello fue el Tratado Anglo-Ruso de Mutua Cordialidad de 1907, que los llevó a intervenir conjuntamente en la Revolución Constitucional Persa, repartiéndose el país en 1914.


Fuentes

Rudyard Kipling, Kim | Malcolm Yapp, The legend of Great Game | Riaz Dean, Mapping the Great Game. Explorers, spies and maps in 19th-Century Asia | Peter Hopkirk, The Great Game. On secret service in High Asia | El Gran Juego (nº 11 monográfico de la revista Desperta Ferro) | Wikipedia


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