Es probable que para la mayoría de los lectores Stamford Bridge sea sólo el nombre del estadio de fútbol donde juega el Chelsea, pero los muy aficionados a la Historia seguramente sabrán que también se trata del lugar donde en 1066 se libró la batalla homónima en la Edad Media. Un combate que frustró el intento vikingo de invadir Inglaterra aprovechando una crisis sucesoria al trono y provocó la muerte del rey noruego Harald Hardrada… debilitando también a los defensores anglosajones lo suficiente como para que en menos de un mes tuviera éxito una segunda tentativa, esta vez a cargo de los normandos de Guillermo el Conquistador, poniendo fin aquellos episodios a la denominada Era Vikinga.

El 5 de enero de 1066 fallecía Eduardo el Confesor, después de veinticuatro años de reinado en Inglaterra. Era el último representante de la dinastía Wessex, ya que su profunda religiosidad no sólo le llevó a ser canonizado sino también, según la Vita Ædwardi Regis, a permanecer célibe; algo puesto en duda hoy. En cualquier caso, no pudo engendrar un hijo con su esposa Edith -otra hipótesis apunta a que no quiso, al tenerle cierta antipatía- y, consecuentemente se presentó el siempre espinoso problema de quién habría de sucederle, máxime teniendo en cuenta que el inicialmente destinado a ello, Eduardo Etheling, vástago del otrora rey Edmundo II, falleció antes que él, en 1056.

Fueron cuatro los candidatos que se postularon entonces: Edgar, el hijo de Eduardo Etheling; Harold Godwinson, earl (conde) de Wessex y hermano de la reina Edith; Harald Hardrada, monarca noruego; y Guillermo, duque de Normandía, del que algunas fuentes dicen que era el favorito del difunto por ser primo suyo. El primero era el que presentaba mayor legitimidad, pero quedó descartado por ser un niño de trece años de edad. La decisión final la tomó la Witenagemot (también llamada Witan), una asamblea de nobles sabios de origen germánico que, aparte de ejercer como contrapoder del rey, tenía la facultad de designar al heredero porque originalmente la monarquía era electiva, no hereditaria.

El funeral de Eduardo el Confesor representado en el tapiz de Bayeux/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Y el escogido fue Harold Godwinson, basándose en que su poder (dominaba directamente un tercio del reino al unir Wessex con Anglia oriental y ejercía como primer ministro de Eduardo el Confesor) constituía una garantía contra el perenne rumor que atribuía a Harald Hardrada y Guillermo de Normandía la intención de apoderarse de las Islas Británicas. Efectivamente Haroldo II, como pasó a ser conocido, fue coronado y asumió poderes casi absolutos, desarrollando una política antinormanda al considerar que los nobles de ese origen habían ejercido excesiva influencia sobre su predecesor.

Esas amplias competencias le llevaron también a contraer matrimonio con Edith de Mercia, viuda de Gruffydd ap Llywelyn, rey de Gwynedd (Gales), al que derrotó y mató en 1064 para incorporar su territorio a sus dominios. No le importó el hecho de que ya estaba casado con otra Edith, la apodada Cuello de Cisne, puesto que le amparaba la ley danesa, vigente en el occidente inglés desde la conquista vikinga del siglo XI. No fue la única cuestión familiar a resolver ni la más grave, ya que Tostig, el hermano de Harold, se enfrentó con él por enésima vez, en lo que constituía ya una relación fraterna más que turbulenta.

La coronación de Harold Godwinson como Haroldo II en una edición miniada de The Life of King Edward the Confessor hecha en el siglo XIII/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Todo empezó el mismo año de la segunda boda citada, cuando Tostig se rebeló contra Eduardo el Confesor y Harold, como primer ministro, tuvo que reprimir la revuelta, desterrando a su hermano. Éste naufragó en Normandía y quedó prisionero de Guillermo, quien le retuvo como rehén ofreciendo su libertad a Harold a cambio de su apoyo en la sucesión a Eduardo, quien, al parecer, había cambiado de opinión y ya no le quería como futuro rey de Inglaterra. Harold accedió y Tostig pudo regresar… para continuar conspirando hasta que Harold rompió con él definitivamente sustituyéndole por otro noble, Morcar, al frente del condado de Northumbria.

Con esa contundente acción, Harold se ganó el respeto general, pero también la enemistad abierta de Tostig, que no sólo no secundó la candidatura al trono de su hermano sino que se alió con uno de sus rivales, el rey Harald III Hardrada de Noruega. Éste había sido uno de aquellos vikingos que llegaron a Constantinopla e integraron la Guardia Varega. Según la saga que lleva su nombre, tuvo que escapar de allí tras sacarle los ojos al emperador Miguel V, que había ordenado arrestarlo acusado de robar el tesoro imperial; retornó a Noruega -de donde había huido tras una rebelión fomentada por los daneses contra su hermanastro, el rey Olaf II-, heredó el trono y trató de crear un imperio norteño, aunque fracasó en conquistar Dinamarca.

Gobernaba el país con brazo de hierro (no en vano Hardrada significa «Despiadado») cuando recibió la visita de Tostig y empezó a preparar la invasión de Inglaterra, sabiendo que contaría con ayuda in situ. Según cuenta la Anglo-Saxon Chronicle («Crónica Anglosajona», una colección de anales en inglés antiguo, probablemente del siglo IX), reunió trescientos barcos, entre naves de guerra y embarcaciones de suministros, en los que embarcó un ejército de entre siete y nueve mil hombres, algunos recogidos durante las preceptivas escalas en las islas Shetland y Orcadas (hoy escocesas, pero entonces noruegas) y posteriormente reforzados con mercenarios frisios reclutados por Tostig y dos mil soldados aportados por el rey Malcolm III de Escocia.

Vidriera representado a Harald Hadrada / foto Colin Smith en Wikimedia Commons

La flota vikinga se dirigió al norte de Inglaterra, aprovechando que las tropas inglesas habían sido desplegadas por el sur para prevenir un ataque normando de Guillermo -que no se produjo porque en realidad se trataba de un rumor difundido por Tostig-, y arribó en septiembre a Tynemouth, usando los ríos como vías de penetración gracias al poco calado que tenían los barcos. Encontraron la primera resistencia en Scarborugh, superándola y llevando a cabo varias incursiones en poblaciones locales para a continuación alcanzar Ricall. Allí establecieron el cuartel general y, dejando un tercio de las fuerzas, remontaron el Ouse hacia York.

El día 20 les salió al paso en Fulford una fuerza combinada del conde de Mercia, Edwin, y el conde de Northumbria, el citado Morcar, que eran hermanos. Pero ambos cometieron el error de presentar batalla en campo abierto -en la época se pensaba que los vikingos resultaban más vulnerables así-, en vez de atrincherarse tras las murallas de York, teniendo en cuenta que apenas disponían de cinco mil hombres. Eso, junto con la posición elevada que ocupó el enemigo y la existencia de unas marismas que dificultó los movimientos anglosajones, llevó a éstos a la derrota y a la pérdida de la ciudad. Los noruegos no la saquearon por espeto a su aliado Tostig; se reaprovisionaron, tomaron rehenes y emprendieron una negociación para que los condados reconocieran como soberano a Harald III.

El lugar de la batalla de Stamford Bridge en la actualidad | foto Martin Dawes en Wikimedia Commons

Ese impasse se le iba a volver en contra porque hacia allí acudía, a marchas forzadas, el ejército real. Haroldo II ya había sido informado de la presencia de intrusos y marchaba hacia ellos desde Londres, a donde se había retirado al ver que no se producía el desembarco normando en el sur; lo hizo tan rápido como pudo para intentar sorprender al enemigo, cubriendo los trescientos veintiún kilómetros que los separaban en apenas cinco jornadas. Y, en efecto, el 25 de septiembre los invasores, que habían acampado junto al río Derwent, en un lugar denominado Stamford Bridge (cuya ubicación exacta no se sabe con certeza porque el puente que le da nombre ya no existe), se quedaron desconcertados al ver ante sí una fuerza que no esperaban.

Estaba compuesta, en primer lugar, por dos millares de jinetes más entre diez y quince mil infantes, que se dividían en dos tipos. Por un lado los huscarles, modelo introducido en Inglaterra por el rey danés Canuto el Grande, que formaban un cuerpo de élite denominado Hird y funcionaban de modo similar a la guardia pretoriana romana. Por otro el Fyrd o Here, una milicia de leva obligatoria constituida por un núcleo de soldados veteranos y un grueso de campesinos libres, armados y equipados por cuenta de su comunidad, y dirigidos por una autoridad local (conde, sheriff, obispo…).

Seria entonces cuando se produjo una célebre anécdota, recogida a caballo entre los siglos XII y XIII tanto por el historiador y archidiácono Enrique de Huntingdon en su Historia Anglorum («Historia de los ingleses»), como por el escaldo (poeta) islandés Snorri Sturluson en su Heimskringla («Crónica de los reyes nórdicos»). Haroldo II envió un mensajero para ofrecer a Tostig el perdón y la devolución del condado de Northumbria si se pasaba a su bando, a lo que el aludido preguntó qué le daría a su aliado noruego para compensarle. La respuesta fue: «Seis pies de terreno o cuantos necesite, puesto que es más alto que la mayoría de los hombres«. Harald Hardrada superaba los dos metros y medio de estatura, y aquella frase no era sino la metáfora de una tumba.

Huscarles sajones combatiendo a jinetes normandos en Hastings, tal como aparecen en el tapiz de Bayeux (el herido de la izquierda posiblemente sea el rey Haroldo II)/Imagen: Myrabella en Wikimedia Commons

Los vikingos adelantaron un contingente al otro lado del puente fluvial para proteger el paso mientras organizaban una defensa en High Catton. Los anglosajones se toparon así con un doble obstáculo en aquel cuello de botella, ya que un gigantesco berserker (un tipo de guerrero que luchaba en una especie de trance psicótico, inmune al dolor y de forma tan feroz que ni siquiera era capaz de distinguir entre adversarios y compañeros, lo que ha llevado a conjeturar que quizá se drogaba con setas alucinógenas o pan afectado de cornezuelo de centeno), armado con un hacha, contuvo al ejército de Haroldo matando a cuarenta de sus hombres hasta que un soldado, flotando sobre un barril, se situó debajo del puente y le atravesó con una lanza a través del maderamen.

Las tropas pudieron entonces cruzar el río, pero el berserker había ganado tiempo suficiente para que el ejército vikingo formase en falange con su famoso fylking (muro de escudos, parecido al testudo romano). Los huscarles no fueron capaces de desbaratarlo y fueron relevados por los fyrd, que también fracasaron y se retiraron precipitadamente. Los vikingos creyeron ver la victoria cercana y, rompiendo la formación, corrieron tras ellos…. para llevarse una nueva y desagradable sorpresa: los milicianos daban media vuelta para hacerles frente y encima se les unían los huscarles para rodearles. Era una astuta trampa.

La batalla de Stamford Bridge vista por Matthew Paris en The Life of King Edward the Confessor/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Tres factores contribuyeron al triunfo anglosajón: su superioridad numérica, el desconcierto de los noruegos y el hecho de que éstos no llevasen puestas sus cotas de malla, ya que no habían tenido tiempo de equiparse adecuadamente por la imprevista aparición del enemigo. Las tropas de Haroldo II embolsaron a las de Harald III y las diezmaron; su propio rey fue abatido de un flechazo en el cuello, si bien Sturluson cuenta que antes de morir tuvo tiempo de decir a un ayudante que aunque se trataba sólo de una pequeña flecha estaba cumpliendo su objetivo. Tostig también estuvo entre las bajas mortales. No extraña que más de medio siglo después se continuase hablando de un pequeño paisaje blanqueado por las osamentas de los caídos.

El yerno del malhadado monarca vikingo, Eynstein Orre, que se había quedado con un tercio del ejército en Ricall vigilando los barcos, creía que su suegro estaba negociando la imposición de una autoridad noruega en York. Corrió en su ayuda al recibir la noticia de que libraba una batalla, pero sus hombres, éstos sí equipados con sus cotas, alcanzaron Stamford Bridge completamente agotados. Intentaron un contraataque enarbolando el Landøyðan (estandarte real) y estando a punto de romper las líneas anglosajonas (lo que la literatura escandinava bautizó como «la tormenta de Orre»), pero el esfuerzo por llegar a tiempo les pasó factura y terminaron igual que sus compañeros.

Sí sobrevivió Olaf, el hijo de Harald III, porque Orre le dejó a cargo de la flota con una pequeña guarnición. Haroldo II le permitió volver a casa a cambio del compromiso firmado de renunciar a otra invasión (asimismo, se firmó un tratado del mismo tipo con el conde de las Orcadas, Paul Thorfinsson). No obstante debió de ser un triste retorno, pues únicamente pudo llenar una veintena de naves. Olaf sucedió a su padre en el trono de Noruega con el nombre de Olaf III Kyrre (o sea, «el Pacífico», ya que evitó los conflictos exteriores y fue el primero en aprender a leer y escribir con caracteres latinos), aunque compartido con su hermano Magnus, que había quedado como regente, durante los tres primeros años (Magnus falleció en el 1069, no se sabe si de tiña o de un envenenamiento por cornezuelo).

El avistamiento del cometa Halley representado en el tapiz de Bayeux/Imagen: Myrabella en Wikimedia Commons

El paso del cometa Halley en 1066 -plasmado en el archiconocido tapiz de Bayeux- había sido interpretado como un mal augurio para el comienzo del reinado de Haroldo II. La victoria en Stamford Bridge parecía borrar esa impresión, pero pronto quedó patente que los pesimistas presagios eran más acertados de lo previsto. Tres días después de la batalla, el 28 de septiembre, mientras los heridos del diezmado ejército anglosajón estaban aún recuperándose y se preparaba la disolución de los fyrds (que normalmente sólo se movilizaban durante un par de meses), los normandos desembarcaron en Pevensen Bay (Sussex) reforzados por contingentes bretones y flamencos.

Haroldo II reorganizó a los suyos como pudo y emprendió una frenética marcha hacia el sur. Como les había pasado a los soldados de Eynstein Orre, aquello, junto con las heridas que tenían muchos y las enfermedades habituales en las campañas bélicas, mermó la capacidad física de los hombres y no quedó más remedio que concederles una semana de descanso en Londres, tiempo que Guillermo de Normandía aprovechó para asolar los pueblos de los alrededores y construir un fuerte en Hastings, cimentando así aquella cabeza de playa.

Allí se iba a librar la batalla homónima el 14 de octubre, esta vez con descalabro total para el rey inglés, que incluso perdió la vida. Su sitio fue ocupado por Guillermo, quien se coronó en la Navidad de ese mismo año y se hizo acreedor del apodo el Conquistador, iniciando la etapa normanda de la historia inglesa. Una vinculación que, con el tiempo, sería el germen de la Guerra de los Cien Años, pero ésa es ya otra historia, como lo era ya la Era Vikinga.


Fuentes

Snorri Sturluson, Heimskringla. History of the kings of Norway | Henry of Huntingdon, Historia Anglorum | Carlos Canales y Miguel del Rey, Demonios del norte. Las exepdiciones vikingas | Michael Livingston y Kelly DeVries, 1066. A guide to the battles and the campaigns | Peter Marren, 1066. The battles of York, Stamford Bridge & Hastings | John Marsden, Harald Hardrada. The warrior’s way | Maurice Keen, Historia de la guerra en la Edad Media | Kelly DeVries, The Norwegian invasion of England in 1066 | Wikipedia


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