Guerra Vándala, la campaña de Justiniano I para recuperar las provincias romanas de África

Guerrero vándalo a caballo en un mosaico hallado en Cartago/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

«Nuestros predecesores no merecieron este favor de Dios, ya que no sólo no se les permitió liberar África, sino que incluso vieron la propia Roma capturada por los vándalos y todas las insignias imperiales llevadas de allí a África. Ahora, sin embargo, Dios, en su misericordia, no sólo ha entregado a nuestras manos África y todas sus provincias, sino también las insignias imperiales, que, habiendo sido arrebatadas en la conquista de Roma, Él nos ha restituido.

Este texto pertenece al Codex Iustinianus, una recopilación de leyes y normas jurídicas incluida en el Corpus iuris civilis, antología de derecho romano realizada por el emperador Justinano I en el siglo VI d.C. En concreto, este fragmento se refiere a la recuperación de las provincias africanas del Imperio Romano de Oriente tras la decisiva batalla de Tricamarum, que supuso la victoria definitiva en la llamada Guerra Vándala. Ya nos hemos referido contextualmente a esta contienda en otros artículos, así que vamos a ver por qué se produjo y cómo se desarrolló.

Tanto cuando hablamos de Flavio Aecio como cuando lo hicimos de Gala Placidia, vimos que los vándalos, bajo el reinado de Genserico, se habían asentado en el norte africano, ocupando las que eran algunas de las mejores tierras agrícolas del Imperio Romano. Era el culmen de una larga emigración que empezó cuando ese pueblo dejó atrás su originaria región escandinava para ir al sur de Polonia y a continuación establecerse entre los ríos Oder y Vístula hacia el siglo II a.C. Mucho después, durante las Guerras Marcomanas del siglo III d.C., se expandieron hacia Dacia y Panonia, quedándose en esta última zona con la autorización de Constantino el Grande.

Allí permanecieron hasta que, a principios del siglo V, la presión de los hunos los empujó en dirección oeste, pasando primero a la Galia y luego a Hispania. En esta última entraron acompañados de suevos y alanos, escindiéndose en dos grupos, los vándalos asdingos, que junto a los suevos se instalaron en Gallaecia (al noroeste) y los silingos, que lo hicieron en la Bética (sur). Roma reclutó como foedus a otro pueblo ambulante, el visigodo, para echarlos. Los silingos y alanos fueron aniquilados y los supervivientes se unieron a los asdingos, que también aceptaron ser foederati de los romanos.

La emigración de los vándalos/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Sin embargo, no tardaron en emprender un nuevo éxodo, dado que los suevos habían conseguido mantenerse en tierras galaicas, los visigodos recibían permiso del emperador para fundar un reino en la Península Ibérica y el gobernador romano de África, Bonifacio, los quería reclutar como mercenarios para enfrentarse a Aecio, el hombre fuerte de Roma en ese momento, quien había convencido a la emperatriz Gala Placidia (regente durante la minoría de edad de su hijo Valentiniano III) de que Bonifacio tramaba un complot. Así fue cómo, dirigidos por el mencionado Genserico, unos ochenta mil vándalos cruzaron el Estrecho de Gibraltar en el 429, alcanzaron Tingi (Tánger) y Septem (Ceuta), y marcharon hacia el este.

Cuando por fin llegaron, resultó que Bonifacio había recuperado el favor de Gala Placidia y era Aecio el que había tenido que huir a la corte de los hunos buscando su ayuda. Los servicios de los vándalos ya no eran necesarios, un inesperado cambio de planes que no le hizo ninguna gracia a Genserico porque le ponía en la tesitura de regresar a Hispania; en lugar de eso, decidió quedarse. En el 430 derrotó a Bonifacio en Numidia obligándolo a atrincherarse en Hippo Regius (Hipona), que fue sitiada. Tres meses duró el asedio, levantado ante la inminente llegada de un ejército de socorro enviado por Gala Placidia, que no podía permitirse perder la riqueza cerealística africana que aprovisionaba a Roma.

Retrato de Justiniano I en un mosaico de la basílica de San Vitale, en Rávena/Imagen: Petar Milosevic en Wikimedia Commons

Ese contingente, dirigido por el magister militum Aspar, se unió a las fuerzas de Bonifacio… y resultó derrotado por Genserico, que conquistó así Hippo Regius convirtiéndolo en la capital del nuevo reino vándalo. Éste terminó reconocido oficialmente por Roma en el 435, tras la firma de un tratado que otorgaba a los vándalos el control de Mauritania y la mitad occidental de Numidia. Genserico lo rompió cuatro años después para invadir la provincia del Africa Proconsularis y apoderarse de Cartago sin necesidad siquiera de luchar. De este modo no sólo obtuvo una nueva capital sino también un estratégico puerto desde el que continuar su expansión por el Mediterráneo.

En efecto, poco más tarde caían en sus manos Cerdeña, Córcega y el Archipiélago Balear, intentando asimismo hacerse con Sicilia pero infructuosamente; únicamente se pudo ocupar Agrigento durante ocho años, antes de tener que cedérsela a Odoacro (el caudillo hérulo al servicio de Roma que terminaría por deponer al último emperador, Rómulo Augústulo, para quedar él como soberano con el reconocimiento del emperador de Oriente, Zenón). La pérdida de todos esos territorios fue tradicionalmente descrita por los romanos como una catástrofe destructiva, de la que deriva la acepción que las palabras vándalo y vandalismo tienen todavía hoy, aunque los historiadores actuales lo consideran más propaganda que realidad.

De hecho, los vándalos trataron de continuar el estilo de vida romano que había en el norte de África y el propio Valentiniano III firmó la paz con ellos en el 442, cediéndoles Bizacena (Túnez), Tripolitania (Libia) y la mitad oriental de Numidia, aparte del control del África Proconsular, lo que implicaba que en lo sucesivo Roma debería comprarles el grano. Aquel fue el primer reino bárbaro que lograba ser independiente en territorio romano, en vez de foederati. Contaba con una gran flota que le permitió adueñarse del Mediterráneo, hasta el punto de que se llegó a conocer en inglés antiguo como Wendelsæ (Mar de los Vándalos).

Los pueblos bárbaros en la Península Ibérica/Imagen: PANONIAN P4K1T0 en Wikimedia Commons

Pero no era suficiente para la ambición de Genserico, que en el 455, encontró un perfecto casus belli para embarcar a sus guerreros y desembarcar en Italia: Valentiniano III, que le había prometido su hija en matrimonio, fue muerto por un senador llamado Petronio Máximo que ocupó el trono y obligó a la emperatriz viuda, Licinia Eudoxia, a casarse con él. Ésta pidió ayuda a Genserico y ese mismo año Roma fue saqueada por los vándalos durante dos semanas; la tradición dice que la intercesión del papa León Magno redujo aquel episodio a un simple pillaje, sin destrucción, incendios ni muertes (salvo el de Petronio, que murió a manos de los propios romanos), a cambio de no ofrecer resistencia.

En cualquier caso, Genserico se llevó consigo un buen número de esclavos, así como a la emperatriz y sus dos hijas, Placidia y Eudocia; la segunda se casaría con su heredero, Hunerico. Claro que no todo fueron victorias. Algunos generales romanos emergentes, como Ricimero, propinaron más de una derrota a los vándalos, que habían pasado a ser un problema evidente. El emperador Mayoriano intentó frenarlos en el 460, pero sufrió un descalabro en la batalla de Cartagena, por lo que se intentó una acción conjunta a gran escala entre los imperios de Occidente y Oriente… que también fracasó en la batalla del Cabo Bon, cerca de Túnez.

El saqueo de Roma por Genserico, obra de Karl Bryullov/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

La respuesta vándala fue acometer la conquista del Peloponeso; al ser rechazados por los maniotas mataron salvajemente a medio millar de rehenes. Tampoco pudieron mantener su única colonia siciliana, Lilibea. No obstante, en el último cuarto del siglo V volvieron a acordar la paz, tanto con Roma como con Constantinopla, lo que les permitió recuperar su economía -incluso empezaron a acuñar moneda- para afrontar su asignatura pendiente: la tranquilidad interna, amenazada por los bereberes y por las diferencias religiosas, al estar divididos entre arrianos y trinitarios (católicos y donatistas).

Esa disputa dogmática no murió con Genserico (que falleció en el 488) sino que siguió y se agudizó con su hijo y sucesor, Hunerico, que se decantó por el arrianismo. La situación fue cambiante en los siguientes reinados, pero para entonces ya había un problema mayor que se llamaba Justiniano I. Este emperador de Oriente entendió que aquella turbulenta situación del reino vándalo era una oportunidad perfecta: las poblaciones romano-africanas nunca habían estado cómodas con su dominio ni llegaron a mezclarse, como tampoco hubo una asimilación cultural; una hambruna asolaba el reino, las élites eran perseguidas y, como vimos, los bereberes empezaban a rebelarse.

El pretexto fue el derrocamiento en el 530 del rey vándalo Hilderico, que había concedido libertad religiosa dando así un respiro a los católicos, por parte de una facción arriana que puso en su lugar a su primo Gelimer y provocó un éxodo de cristianos calcedonios (los fieles al Concilio de Calcedonia, en el que se ratificó el trinitarianismo y se declaró herejía el arrianismo, sentando así las bases del catolicismo en adelante). Justiniano declaró la guerra con el objetivo anunciado de reponer al monarca legítimo y en el 533 envió un ejército al mando de Flavio Belisario, un joven pero hábil general que ya había sido decisivo para enfrentarse a los persas y reprimir los Disturbios de Niká.

Imagen: Rowanwindwhistler en Wikimedia Commons

La decisión del emperador no fue bien recibida: el pueblo temía un desastre, nobleza y comerciantes opinaban que sería un freno a la economía, los militares estaban cansados tras años luchando contra los sasánidas y además veían su flota de guerra inferior a la del adversario… Únicamente la Iglesia aprobó aquella campaña, aunque lo cierto es que salvo el prefecto pretoriano Juan el Capadocio nadie se atrevió a llevar la contraria a Justiniano. Empezaba la Guerra Vándala, que en el imperio se bautizó con un nombre mucho más épico: Recuperatio imperii (o Restauratio imperii), ya que el objetivo de la campaña era recuperar las provincias perdidas.

En realidad, la posición de Gelimer era bastante inestable. Su ascenso al poder no gustó a muchos nobles, a los que persiguió, ejecutó y confiscó sus propiedades, de manera que su imagen se degradó aún más. Fuera coincidencia o no, paralelamente estallaron dos rebeliones, una en Tripolitania (donde los nativos se pusieron a las órdenes de un tal Pudencio) y otra en Cerdeña (cuyo gobernador, Godas, se declaró independiente); ambas solicitaron ayuda a Constantinopla, que envió sendos contingentes. Gelimer reaccionó postergando atender la primera, menos acuciante, y mandando su flota a la isla al mando de su hermano Tzazon, ya que los ostrogodos de Italia eran aliados del emperador y podían poner barcos y puertos a su disposición.

Retrato de Belisario en un mosaico de la basílica de San Vitale (Rávena)/Imagen: Petar Milosevic en Wikimedia Commons

Eso, sin embargo, permitió que Belisario desembarcase sin oposición cerca de Leptis Magna, avanzando por tierra hacia Cartago, algo que supuso la ejecución de Hilderico. Sus fuerzas eran parte romanos y parte foederati, de número no muy abundante -unos quince mil hombres- pero profesionales, por lo que podían compensar esa escasez frente a un ejército vándalo formado por más del doble, aunque reclutados entre la población y, por tanto, de menor calidad. Además, Belisario contaba con catafractos y arqueros a caballo (seiscientos hunos y cuatrocientos hérulos), mientras que los vándalos eran fundamentalmente jinetes ligeros.

Gelimer le salió al paso en la batalla de Ad Decimum, pero, a pesar de que inicialmente cobró ventaja, salió vencido y Cartago quedó en manos enemigas. El rey vándalo se refugió en Bulla Regia y reunió las fuerzas que le quedaban, incluyendo las de Tzazon, que regresó apresuradamente desde Cerdeña tras haber acabado con Godas y restaurado el dominio. Tres meses más tarde se enfrentaron a Belisario a una treintena de kilómetros, en la batalla de Tricamerón, en cuyo transcurso murió Tzazon justo cuando tenía las cosas a favor, invirtiéndose a partir de ahí el resultado final. Belisario continuó su marcha sobre Hipona y la tomó, aprovechando que la población le recibía como a un libertador.

Estas derrotas obligaron a Gelimer a escapar a las montañas, quedando bloqueado en la fortaleza de Medeo (en el monte Papua) hasta que la falta de víveres no le dejó otra opción que entregarse en marzo del 534. Era el fin del Reino Vándalo. Belisario tuvo que retornar precipitadamente a Constantinopla para desmentir el rumor de que planeaba crear su propio reino africano. Lo hizo llevando consigo a Gelimer y el tesoro real, capturado a un emisario al que el rey vándalo encargó la fallida misión de ponerlo a salvo en Hispania (en dicho tesoro había muchas piezas rapiñadas en el saqueo de Roma del 455, entre ellas insignias imperiales y la menorah que Tito se había llevado como botín del segundo Templo de Jerusalén en el año 70).

Desarrollo de la Guerra Vándala/Imagen: Stegop en Wikimedia Commons

La llegada del general con el botín -incluyendo miles de prisioneros vándalos que pasarían a formar unas unidades militares de caballería llamadas los Vandali Iustiniani– disolvió las sospechas y se le nombró cónsul ordinario, otorgándosele un triunfo, el primero concedido a un ciudadano particular en más de cinco siglos y medio, en el que fue llevado en su silla curul a hombros por los vándalos cautivos. También se imprimieron medallas en su honor con la inscripción Gloria romanorum (Gloria de los romanos).

A Gelimer se le ofreció la dignidad de patricio si renunciaba a su fe arriana; como se negó, acabó recluido en una hacienda gálata. A su gente se le prohibió tener propiedades y acceder a cargos; de hecho, la mayoría de los vándalos varones fueron reducidos a esclavitud y sus mujeres entregadas a los soldados. Lo que quedó de población vándala terminó absorbida por la indígena -concentrada especialmente en Saldae, en la actual Argelia- o emigrada a Hispania, mientras en África se restauraba la administración provincial romana, sólo que sustituyendo la autoridad del vicario diocesano por la de un prefecto pretoriano, a la par que un magister militum se ocupaba de las tropas ayudado por varios duces y se fortificaban las ciudades.

Nada de eso sirvió para afianzar el control romano, que se limitó a la zona costera porque el interior quedó dominado por las tribus mauri, tal cual había pasado en tiempos del Reino Vándalo. Los mauros, inicialmente leales al emperador, se rebelarían en breve y no se las pacificaría hasta la campaña que llevó a cabo en el año 548 el general Juan Troglita, un veterano que había servido con Belisario en la Guerra Vándala.

El imperio de Justiniano I/Imagen: Rowanwindwhistler en Wikimedia Commons

Fuentes

Procopio de Cesarea, Historias de las guerras. Guerra Vándala | Georg Ostrogorsky, Historia del Estado Bizantino | José Soto Chica, Imperios y bárbaros. La guerra en la Edad Oscura | José Soto Chica, El águila y los cuervos. La caída del Imperio romano | Daniel Gómez Aragonés, Bárbaros en Hispania. Suevos, vándalos y alanos en la lucha contra Roma œ Andrew Merrills y Richard Miles, The Vandals | Wikipedia