Quizá los lectores más cinéfilos recuerden que en 1987 el premio Goya a la Mejor Película Extranjera de Habla Hispana fue para La película del rey, una producción argentina escrita y dirigida por Carlos Sorín, y protagonizada por el actor Ulises Dumont. El argumento del film trata sobre las vicisitudes del rodaje cinematográfico de la insólita aventura de un hombre que se autoproclama monarca de una parte de Sudamérica en la segunda mitad del siglo XIX. Lo interesante es que, aunque pueda resultar sorprendente, esa trama no es inventada y realmente hubo un ciudadano francés que lo llevó a cabo entre 1860 y 1862; se llamaba Orélie-Antoine de Tounens y creó el Royaume de Nouvelle-France (Reino de Nueva Francia), más conocido como Royaume d’Araucanie et de Patagonie (Reino de la Araucanía y la Patagonia).

Ese pretendido reino se extendía por el extremo meridional del subcontinente americano: la Patagonia y su prolongación más allá de los Andes hasta el Pacífico, una zona que todavía no habían podido ocupar las jóvenes repúblicas de Argentina y Chile, si bien ambas la reivindicaban como herederas del dominio español. Sin embargo, eran territorios que ocupaban los mapuches y tehuelches, aquellos pueblos indígenas a los que los españoles habían denominado araucanos y patagones respectivamente, sin poder llegar a someterlos y estableciendo con ellos una frontera natural en el río Biobío.

Uno de los mejores testimonios de esa frustrada conquista es La Araucana, cuyos tres volúmenes fue escribiendo el soldado Alonso de Ercilla entre 1569 y 1589 contando su propia experiencia en la Guerra del Arauco: la historia del adelantado Pedro de Valdivia y los toquis (caciques militares) que se le resistieron, como Lautaro, Fresia, Colo Colo y Caupolicán. La obra es tan bella y apasionante que Cervantes la incluyó entre los libros de caballerías que se salvaban de la quema en el Quijote, Voltaire la elogió y en Chile está considerada el poema épico nacional. No resulta demasiado extraño, pues, que su lectura también emocionase a un procurador francés de treinta y tres años, allá por 1858.

Mapa del Reino de la Araucanía y la Patagonia oficializado por la Casa Real de Tounens/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Era el protagonista de los hechos: Orélie-Antoine de Tounens, natural de La Chaise (un pueblo de la Dordoña), donde nació en 1825, octavo de los nueve hijos (cinco niños y cuatro niñas) de un matrimonio de campesinos formado por Jean Tounens y Catherine Jardon. La buena situación económica de sus progenitores permitió a éstos pagar sus estudios y, en 1851, comprarle el cargo de procurador del tribunal de Perigueux, lugar en el que también ingresó en la masonería local tres años más tarde. Pero, pese a la seriedad de su profesión, Orélie-Antoine estaba insatisfecho con su monótona vida y soñaba con restituir a Francia las perdidas Luisiana y Canadá, lo que, combinado con su afición a lecturas de viajes y aventuras, iba a decantar su futuro; también en eso hay similitud con don Quijote.

Fue La Araucana la que le decidió a dar el paso, opinando que su escenario era Terra nullius, no dominada por ningún estado como decíamos antes. Los nativos vivían al margen de los estados argentino y chileno, aunque ocasionalmente se involucraban en sus guerras civiles, como hicieron algunos loncos (jefes) mapuches en 1851 al apoyar el golpe del general José María de la Cruz. La derrota los llevó a retirarse y practicar el pillaje, lo que originó una campaña contra ellos en 1856. Su apoyo a los liberales tres años después les hizo ganarse el resentimiento gubernamental, pero, en cualquier caso, tal cual pasó en EEUU, para la sociedad desarrollada no eran más que bárbaros que no aportaban nada y cuyo salvajismo frenaba el progreso.

Orélie Antoine de Tounens en su despacho de abogado en 1857/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Orélie-Antoine comunicó su intención a la logia a la que pertenecía, la Loge des Amis Persévérants, vendió su empleo, consiguió un préstamo de veinticinco mil francos a través de su familia y viajó a Southampton para embarcarse rumbo a Chile, donde desembarcó en agosto de 1858. Se estableció en Valparaíso y estuvo un par de años, aprendiendo español gracias a las logias locales, para luego marchar a Santiago y desde allí iniciar la parte clave de su plan. Entró en la Araucanía gracias a un acuerdo que hizo con el lonco mapuche Quilapán, a quien prometió la entrega de armas para defenderse de las incursiones de los soldados huincas (extranjeros, chilenos) y convenció para que le apoyase en su idea de fundar un estado mapuche con apoyo diplomático francés.

Era el 17 de noviembre de 1860, fecha que pasaría a la historia como la de la promulgación del decreto con el que se autoproclamaba rey de la Araucanía con el nombre de Orélie Antoine I, completado tres días más tarde con otro que unía ese reino con el anexionado de la Patagonia, para dar lugar al Reino de la Araucania y la Patagonia. Las inciertas fronteras de sus dominios se situaban en los ríos Biobío y Negro por el norte, el océano Atlántico por el este, el Pacífico por el oeste y el Estrecho de Magallanes por el sur.

Ahora bien, aunque en sus cartas decía que le habían nombrado toqui y señor de Mapu (o sea, de todas las tierras) y manifestaba la intención de «civilizar a los araucanos», lo cierto es que no hay prueba alguna de que éstos aprobaran realmente su iniciativa o que la entendieran en toda su dimensión. De hecho, nunca llegó a contactar con los tehuelches y es probable que únicamente unas decenas o cientos de mapuches de los de Quilapán asistieran al acto que, según su propio testimonio, recibió reconocimiento público a lo largo de los días 25, 26, 27 y 30 de diciembre.

Una familia mapuche en torno a 1860/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Por tanto, todo iba saliendo como había pensado y con una facilidad pasmosa. Incluso se inventó la existencia de dos ministros, el primer ministro Lachaise y el guardián del sello Desfontaines, con cuyos nombres firmaba actas y ordenanzas -con distinta letra- para dar empaque a su imaginario gobierno, cuando esos nombres no eran más que adaptaciones de los de dos pueblos de la Dordoña, La Chèze y Les Fontaines. También designó una capital, Perquenco (en la actual provincia chilena de Cauquín), oficializó una bandera, un himno (un fragmento de una opereta sobre él, compuesta por el alemán Wilhelm Frick Eltze) y mandó acuñar monedas de oro con la leyenda Nouvelle France (Nueva Francia).

Asimismo redactó una constitución de nueve títulos y sesenta y cuatro artículos, la Charte Constitutionnelle du Royaume d’Araucanie, que nunca entró en vigor y que, pese a ser democrática, bastante adelantada para su tiempo (tomaba como modelo la del Segundo Imperio Francés de 1852), carecía de atención alguna hacia las costumbres, tradiciones o estructuras políticas mapuches, a los que obviamente no consultó siquiera. Establecía una monarquía hereditaria, un gobierno con ministros dependientes del rey, un Consejo de Privilegiados (nobles), un Consejo de Estado y un cuerpo legislativo elegido por sufragio universal.

En la práctica, aquel montaje carecía de poder ejecutivo real y por tanto no alteró la vida cotidiana de los nativos, que continuaron con sus costumbres esperando que se materializaran sus promesas, pues Antoine había solicitado ayuda a Francia recibiendo el silencio por respuesta. Algunas tribus, como las abajinas de los llanos del Valle Central, ni siquiera le brindaron su apoyo y corrieron a denunciarlo a Cornelio Saavedra Rodríguez, intendente del Arauco. Enterado de ello, Orélie-Antoine I viajó a Valparaíso para intentar que el gobierno del presidente Manuel Montt reconociese su reino.

Bandera del reino con su escudo y la divisa Expecta dum reoiero («Espera hasta que regrese»)/Imagen: Samhanin en Wikimedia Commons

Fracasó, evidentemente, y el siguiente presidente, José Joaquín Pérez, entendiendo aquella excéntrica situación como un peligroso precedente que podía atraer a vividores de todo el mundo -o peor, potencias coloniales-, fue un paso más allá ordenando su búsqueda y captura por perturbación del orden público. Entregado por un colaborador criollo a Saavedra en enero de 1862, fue juzgado en julio de ese año por el juez Matus, que le condenó primero a diez años de cárcel; después le consideró loco, suspendió el proceso y mandó recluirlo en el manicomio de Santiago hasta que un familiar viniera a recogerlo y se lo llevase a Europa con gestión del consulado francés. Orélie-Antoine, que enfermó de disentería y perdió su cabello, vio cerca la muerte y declaró sucesor a su padre. Sin embargo, sobrevivió y apeló la sentencia… que fue confirmada en septiembre.

Todo debía haber terminado ahí, ya que al mes siguiente el cónsul obligó al derrocado monarca a embarcar en el vapor Dugay-Trouin rumbo a Francia. Pero él no renunció a su sueño. Instalado en París en marzo de 1863, creó una corte en el exilio que algunos tomaron por auténtica, repartió títulos y condecoraciones, solicitó ayuda a los políticos para regresar y abrió una suscripción popular para conseguir ingresos destinados a su reino, ya que carecía de medios para afrontar sus deudas. Finalmente encontró a un empresario llamado Antoine Planchu que le alivió económicamente a cambio de participar en un nuevo capítulo de aquella ficción: a finales de 1869, ambos cruzaron el océano rumbo a Chile y pasaron a la Araucanía dispuestos a revitalizar el virtual reino.

Orélie-Antoine I ataviado al estilo mapuche, como acostumbró a hacer en Francia tras su expulsión/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Lo que ignoraban era que, entretanto, las cosas habían cambiado en la región. El alegato de Orélie-Antoine I ante el tribunal, dando a entender que en el resto del mundo nadie consideraba chilena la Araucanía ni argentina la Patagonia, hasta el punto de que los mapas de la época no las adscribían a esos países, hizo que a Saavedra, nombrado comandante en jefe del ejército en territorio araucano en 1867, se le encomendase la misión de pacificar a los indígenas, para lo que se entrevistó con muchos mientras construía una línea de fortines y planeaba repartir las tierras entre colonos, asentando así la cultura moderna con telégrafo, carreteras, escuelas, hospitales, etc.

No era, pues, el mejor momento para que un visionario lo estropease todo uniendo a las tribus y armándolas (al parecer, Orélie-Antoine y su socio llevaban consigo un cargamento de armas y pertrechos militares que sería incautado en Buenos Aires). Los mapuches de Toltén advirtieron a Saavedra y en el verano de 1871 el rey tuvo que huir apresuradamente a Argentina, donde el acorazado francés Entrecasteaux, sea casualidad o no (algunos historiadores opinan que Napoleón III había dado el visto bueno a una intervención en la Araucanía, como había hecho ya en México y Cochinchina), estaba anclado levantando sospechas en Chile.

Así fue cómo el frustrado monarca acabó otra vez en Francia, publicando sus memorias y enterándose de que, entretanto, Antoine Planchu había usurpado su fantasmagórico trono, ganando el apoyo de los araucanos y manteniendo enfrentamientos armados con el ejército chileno. Él publicó una nota de prensa negando legitimidad a su ex-socio e, inasequible al desaliento, en abril de 1872 lanzó otra suscripción de treinta millones de francos, prometiendo que ganaría doscientos para devolver. Con lo recaudado financió otra expedición a la que incorporó a cuatro socios y en la primavera de 1874 volvía a navegar rumbo a América. Nunca llegó, pues en plena alta mar fue detenido, dando con sus huesos en la cárcel de Buenos Aires, antes de que le expulsaran de nuevo.

Cornelio Saavedra negociando con loncos mapuches en 1869 (ilustración de Manuel Olascoaga)/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

A finales de 1874 se hallaba en el punto de partida y arruinado, aunque la pobreza que pasaba esos días no le impidió diseñar un modelo de moneda para el Reino de la Araucanía y la Patagonia. No había forma de quitarle su fantasía de la cabeza, llevaba el pelo largo como los nativos, vestía ropas mapuches… hasta que dos años más tarde se las arregló para retornar a Argentina. Lamentablemente para él, estaba ya muy enfermo y acabó operado en un hospital, después de desvanecerse en la calle. El consulado francés lo repatrió con un pasaje de cuarta clase y no se quedó en París sino que se estableció en Burdeos, donde subsistía vendiendo títulos y con la ayuda del obispo. Su salud, muy quebrantada, resistió hasta el 17 de septiembre de 1878.

Sólo tenía cincuenta y tres años y al final estaba alojado en Tourtoirac, en casa de su sobrino Jean Adrien, a quien nombró heredero… de nada, puesto que si su reino nunca había sido tal, ahora lo era menos al estar ya en guerra abierta. Los mapuches arribanos de Quilapán se habían unido en una rebelión a los abajinos costeros de los loncos Catrileo, Coñoepan, Marileo y Painemal, formando una fuerza de unos cuatro mil guerreros que atacaron algunas localidades. Saavedra logró vencerlos parcialmente en 1869, pero se alzaron otra vez y en 1871 cambió de táctica, adoptando una conquista lenta para consolidar lo ganado, a la par que procuraba ganarse a algunos jefes para desunirlos.

La tumba de Antoine I en el cementerio de Tourtoirac. A la izquierda está la de su sucesor, Gustave Achille Laviarde/Imagen: Bordeaux en Wikimedia Commons

Tras una década de tranquilidad, acentuada por la necesidad de tropas para combatir a los peruanos y bolivianos en la Guerra del Pacífico, los chilenos se encontraron una nueva insurrección mapuche en 1880 y esta vez masiva. A costa de un gran esfuerzo, el ejército fue imponiéndose paulatinamente y alcanzó la victoria definitiva en 1883, sometiendo a los nativos, repartiéndolos por reservas distantes entre sí -con áreas pobladas con colonos inmigrantes de por medio- y obligándolos a practicar la agricultura en un porcentaje mínimo de tierras que no obstante, al ser infértiles por el duro clima, los redujo a la miseria. La loca aventura del francés resultó contraproducente para ellos y los tehuelches argentinos, que sufrieron su propia maldición en la llamada Conquista del Desierto entre 1878 y 1885; a continuación, les tocaría el turno a los selknam de Tierra del Fuego.

No era, desde luego, un reino que ambicionar, si es que lo había sido en alguna ocasión. Pero hubo quien no lo vio así, ya que empezaron a brotar presuntos sucesores de Antoine I, pese a que un tribunal de París había dictaminado en 1873 que éste no acreditó jurídicamente su condición de rey y a que ninguno era familiar suyo porque no tuvo descendencia. El primero fue su secretario Gustave Achille Laviarde, que en 1882, tras conseguir la renuncia del sobrino, hizo público el testamento que le designaba a él como heredero del trono y se hizo llamar Achille I. La cosa no pasó de ahí y, como el resto, nunca pisaría el pretendido reino.

Porque hubo más. El siguiente, Antoine-Hippolyte Cros, había sido médico privado del emperador Pedro II de Brasil y en la Comuna parisina, actuando como testigo del citado testamento esgrimido por Achille I. Como éste falleció en 1902 sin designar sucesor, el Consejo de Estado del reino, formado por los siete miembros de la Société Royale de la Constellation du Sud (una sociedad fundada en 1875 por Antoine I para introducir la civilización entre los mapuches), le escogió a él; otra versión más divertida dice que le ganó la corona a Achille I en una partida de naipes celebrada en el cabaret Le Chat noir. En cualquier caso, Antoine II murió en 1903 y esta vez sí que se estableció una dinastía.

Frédéric Rodriguez-Luz/Imagen: Kppcom en Wikimedia Commons

Y es que fue su hija Laure-Thérèse Juliette Cros la que ascendió al trono (además de recibir los títulos de duquesa de Niacalel y princesa de Aucas), tras la renuncia del segundo hombre del reino, Georges Sénéchal de La Grange. No obstante, Laure-Thérèse I no puso un interés especial en todo aquello y a su muerte, que acaeció en 1916, la sucedió su hijo, el editor Jacques-Antoine Bernard, que «reinó» como Antoine III. Pero a él le interesó menos aún y después de su óbito, en 1952, terminó la dinastía, recogiendo el testigo el periodista Philippe Boiry como Philippe I, ya que su predecesor había abdicado en su nombre.

Boiry murió en 2014 y al siguiente lo eligió un consejo de regencia: Jean-Michel Parasiliti, ex-militar y profesor que se hizo llamar Antoine IV. Como suele pasar, surgieron problemas sucesorios cuando un pequeño grupo de miembros del consejo no estuvo de acuerdo y nombraron a otro candidato, Stanislas Parvulesco.

La controversia duro poco porque en 2017 Antoine IV perdió la vida en un accidente de ciclismo y así, tras una corta regencia ejercida por su esposa, llegamos al último monarca del Reino de la Araucanía y la Patagonia, al menos por el momento y al margen de Parvolesco: el que era su ministro de comunicaciones y juez de armas, el heraldista y ensayista Frédéric Rodriguez-Luz; o Frédéric I, para sus inexistentes súbditos.


Fuentes

Andrés Vicente Nievas, Reino de la Araucanía y Patagonia. Ficción vs. realidad | Alberto Sarramone, Orllie-Antoine I: un rey francés de Araucanía y Patagonia | José Bengoa, Historia del pueblo mapuche. Siglo XIX y XX | El Reino de Araucanía y Patagonia | Royaume d’Araucanie et de Patagonie | Reino de Araucanía y Patagonia-Portal Mapuche | Wikipedia


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