En 1975 Sean Connery interpretó el papel de Daniel Dravot, un británico que tras múltiples aventuras conseguía ser monarca del reino asiático de Kafiristán y terminaba muriendo a manos de sus súbditos al descubrirse que no era el dios que decía. Fue en la película El hombre que pudo reinar, en la que John Huston adaptaba un cuento publicado por Rudyard Kipling en 1888. Pero la realidad supera a menudo a la ficción y resulta que entre medias, cincuenta y cuatro años después del libro y cuarenta y uno antes del film, ocurrió algo muy parecido: un inglés musulmán se convertía en rey del estado de Islamistán, casi tan efímeramente como Dravot, aunque con un destino final menos trágico. Se llamaba Jalid Sheldrake y vamos a contar sucintamente su historia.

Sheldrake no pudo ser fuente de inspiración para Kipling porque, por ironías del destino, nació el mismo año en que el escritor publicó su obra (en una antología de relatos cortos titulada The Phantom ‘Rickshaw and Other Tales). De hecho, se han propuesto varios candidatos que pudieron servir de modelo para el personaje de Danny Dravot: desde las vivencias de William Watts McNeir (que visitó Kafiristán disfrazado de curandero nativo) hasta Adolf Schlaginweit (un explorador alemán ejecutado por el emir de Kashgaria, acusado de espionaje), pasando por Josiah Harlan (cirujano del ejército de la Compañía Británica de las Indias Orientales) y Frederick Wilson (nombrado rajá de Harsil).

En todos ellos se pueden encontrar detalles que aparecen en El hombre que pudo reinar, si bien los exégetas literarios se decantan más bien por Alexander Gardner, un estadounidense de ascendencia escocesa que visitó Kafiristán dos veces en la primera mitad del siglo XIX, viéndose envuelto en la turbulenta vida política afgana y punyabí. Según esos críticos, Kipling aprovechó buena parte de la experiencia que había contado este aventurero en su autobiografía (Soldier and traveller. Memoirs of Alexander Gardner).

Cartel de la película El hombre que pudo reinar

En cualquier caso, 1888 fue el año en que May, la esposa de un viajante comercial llamado William Mullander Sheldrake, dio a luz a un hijo al que ambos pusieron el nombre de Bertram William. Los Sheldrake trabajaban en la fábrica de encurtidos familiar llamada Sheldrake’s Pickles, fundada en 1870 por el abuelo Gosling detrás de su casa de Albany Road, en el céntrico barrio de Walworth, aunque luego se trasladó a Cobourg Road. Bertie, como llamaban al niño, fue bautizado en St. Luke’s (Peckham, un barrio londinense meridional) y educado en la fe anglicana, pero en la adolescencia hizo amigos de otros credos, lo que le llevó a estudiar religiones orientales por su cuenta.

Así fue cómo descubrió el islam, convirtiéndose en un musselman (como se denominaba entonces en Inglaterra a los musulmanes) en 1904 y trocando su nombre por el de Jalid. No se sabe qué le decidió a dar tan trascendental paso y no faltaron maledicencias posteriores sobre un hipotético deseo de tener varias esposas, lo que era una visión bastante burda y simplista de esa religión, propia de la época (y en realidad sólo tuvo una mujer, como veremos). También está la hipótesis -bastante forzada- sobre la fascinación que desde la segunda mitad decimonónica había en Inglaterra por Arabia y el orientalismo en general; al fin y al cabo, en la primera década del siglo XX el Imperio Británico tenía noventa y cuatro millones de súbditos musulmanes frente a cincuenta y ocho millones de cristianos.

Abdullah Al-Mamun Suhrawardy en 1929/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

El caso es que, pese a su juventud -acababa de alcanzar la mayoría de edad-, su entusiasmo hizo que le apadrinase Abdullah Al-Mamun Suhrawardy, un abogado y erudito bengalí que impartía clases de jurisprudencia en la Universidad y había fundado la Pan-Islamic Society of London (Sociedad Panislámica de Londres). El mismo Sheldrake fundó en 1908 la Young England Islamic Society (Sociedad Islámica de la Joven Inglaterra), todo lo cual le hizo tener roces con su familia. No obstante, cogió el testigo de su padre como delegado comercial para ganarse la vida; no duraría mucho en el empeño.

Y es que empezó a publicar artículos en la revista mensual The Minaret, a menudo planteando cuestiones tan sensacionalistas como una supuesta intención de conversión islámica de Napoleón, lo que le sirvió para darse a conocer y, ayudado por el dinero que generaba la fábrica, crear sus propios medios de comunicación: Britain and India y Muslim News Journal. La Primera Guerra Mundial interrumpió esa actividad propagandística porque Sheldrake corrió a alistarse, junto a algunos amigos que también habían abrazado la fe de Mahoma. Ésta provocó desconfianza suficiente como para que no les enviasen al frente, destinándoles a servicios en suelo británico.

De hecho, circularon rumores negativos y a menudo se referían a él como English Muhammadan crank («chiflado mahometano inglés»). Eso no impidió que incluso antes de acabar la contienda, en 1917, contrajera matrimonio con una joven veinteañera llamada Sybil Gilbert, a la que convenció para que también abrazase el islam, por lo que pasó a llamarse Ghazia. Vivieron en Tarbert Road y Melbourne Grove antes de instalarse en Fenwick Road tres años después; allí se quedarían una década y tuvieron a sus dos hijos: Rashid en 1922 y Kemal en 1926.

Inauguración de la mezquita Fazl en 1926/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

En esa década de los veinte, Sheldrake colaboró en la construcción de la mezquita Fazl (en Southfields), así como en las de Peckham Rye y East Dulwich (en el suroeste de Londres); incluso adaptó parte de su casa como una y ofició las exequias funerarias de un cuidador de elefantes musulmán del zoo muerto por un rival. También fundó la Western Islamic Association (Asociación Islámica Occidental), tradujo El Corán al esperanto -idioma que había aprendido a manejar con fluidez por su potencial capacidad de comunicación universal- y alcanzó notoriedad suficiente como para que en Ecuador le concedieran un doctorado honoris causa en literatura.

El islam encontró un magnífico paladín en aquel singular inglés, siempre dispuesto a difundir su doctrina. De sus conversiones más destacadas -toda una moda entonces entre los notables británicos- figura la de una aristócrata, Gladys Milton Palmer, hija del dueño de galletas Huntley & Palmer. La cosa tenía un toque irónico, pues Gladys estaba casada con Bertram Brooke, vástago de James Brooke, el llamado rajá blanco de Sarawak, al que Emilio Salgari ponía como antagonista de Sandokán en su novela Los tigres de Mompracem y que pudo ser otro de los que inspiraron también a Kipling para el protagonista de El hombre que pudo reinar.

Ubicación de Sinkiang/Imagen: TUBS en Wikimedia Commons

Ella, conversa católica -su familia era cuáquera y su marido protestante- insistió en que la ceremonia de conversión se celebrase en algún sitio más allá de cualquier frontera, por lo que se hizo a bordo de un avión en vuelo, fletado ex profeso, sobre el Canal de la Mancha rumbo a París. Sheldrake ofició el acto ataviado con su característico fez rojo y le puso el nombre de Jair-ul-Nissa («La más bella de las mujeres»), pero como aquella extravagante frivolidad no gustó a Lord Headley, presidente de la Sociedad Musulmana Británica, lo compensó redoblando sus esfuerzos: giras, conferencias… No faltó autocrítica, responsabilizando a la división entre los propios musulmanes británicos de limitar la difusión de esa religión en el país.

Ésa era la situación en 1933 cuando su creciente fama y el contexto internacional se aliaron para originar la sorprendente propuesta de reinar. Todo empezó en lo que hoy es Sinkiang, una región autónoma del noroeste de China situada en pleno eje de la Ruta de la Seda y que antaño se llamaba Turquestán Oriental o Turquestán Chino; también Uiguristán, debido a que sus habitantes -unos dos millones- son de etnia uigur, pueblo de lengua túrquida que posiblemente tenga ascendencia mixta, indoeuropea y kushán (irania). Sinkiang estaba en abierta rebelión contra los chinos, que la ocuparon en el siglo XVIII al considerarla suya desde el año 200 a.C., reinando la dinastía Han.

Los uigures lo veían de otra forma, evidentemente, y además son mayoritariamente musulmanes, por lo que su diferencia respecto a los chinos es más acusada. Una primera rebelión en 1930 dio origen tres años más tarde a la Primera República del Turquestán Oriental, en el extremo noroeste, con capital en Kashgar, que envió representantes a varios países en busca de un reconocimiento oficial; no lo consiguió porque ninguna potencia quería un enfrentamiento con la Unión Soviética o China por una causa tan modesta y además se habían producido agresiones a cristianos e hindúes. Pero una de aquellas delegaciones diplomáticas llegó a Londres y se puso en contacto con la comunidad islámica local… cuya cabeza era Jalid Sheldrake.

Sabit Damolla, primer ministro de la República Islámica del Turquestán Oriental/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Los uigures pensaron que quizá con un inglés de por medio recibirían más atención, así que le hicieron una oferta concreta: ser proclamado rey de Sinkiang, que rebautizarían como Islamistán. Él aceptó entusiasmado e inmediatamente se puso en marcha hacia Asia; durante el largo viaje, que realizó en barco, visitó Filipinas, Borneo, Singapur y Hong Kong, entrevistándose en cada sitio con su comunidad islámica. Todavía no desveló públicamente su futuro, aunque sí se lo confió a algunas personas de su círculo más cercano. En octubre de 1933 desembarcó del trasatlántico President Coolidge en Hong Kong, impartió una serie de conferencias e informó de su destino al South China Morning Post, pidiendo eso sí que guardase el secreto de momento.

El periódico chino cumplió su promesa, lo que le costó perder la primicia porque en marzo de 1934 se le adelantó The New York Times, mientras Sheldrake estaba en ruta desde Shanghái a Pekín, a donde llegó en mayo. Allí, pese a la estrecha vigilancia a que fue sometido por el gobierno chino, pudo entrevistarse con otra delegación del Turquestán Oriental, que reiteró su oferta y fue entonces cuando el inglés, debidamente ataviado para la ocasión merced a unas túnicas que su esposa había adquirido para ambos, pasó a ser rey de Islamistán. Ahora empezaban las verdaderas dificultades, ya que unos meses antes, el 12 de noviembre de 1933, el abogado uigur Sabit Damolla había proclamado la República Islámica del Turquestán Oriental.

Khoja Niyaz, presidente de la República Islámica del Turquestán Oriental/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Damolla fue elegido primer ministro de aquel neonato estado cuya presidencia se entregó a Khoja Niyaz, líder del movimiento independentista uigur. Ayudado por dos señores de la guerra, el hui (un pueblo chino mayoritariamente musulmán) Ma Chung-Yin y el manchú Sheng Shicai, y equipados todos con abundante material proporcionado por la Unión Soviética, se habían levantado contra la autoridad del gobernador chino Jin Shuren, consiguiendo expulsarlo de Sinkiang. China aceptó conceder una autonomía; sin embargo, al asumir la presidencia, Niyaz traicionaba su pacto con Sheng Shicai, lo que llevó a éste a detenerlo y acusarlo de trotskista para condenarlo a muerte; antes, él también había detenido a Damolla y ambos murieron en abril de 1934.

Tras terminar el ciclo de conferencias previstas en Tailandia y Japón, y mientras Jalid y Ghazia, emulando a Danny Dravot y su inseparable amigo Pecky Carnehan, recorrían en una caravana de camellos los más de cuatro mil kilómetros que les separaban de su reino, la prensa mundial dio la noticia del nuevo monarca con un inevitable tono de sarcasmo: «rey de los encurtidos de Tartaria» o «emir inglés de Kashgar» fueron algunos de los apelativos que le dedicaron, añadiendo que había «‘abandonado las cubas de encurtidos ancestrales de 295 Albany Road» para enfrentarse a «cincuenta y siete tipos de problemas». Algunos ni siquiera tenían una foto suya y usaban las de un musulmán cualquiera con fez, prenda que él solía usar.

Ciertamente, el hecho de que el real matrimonio llevara consigo dos grandes bañeras de metal compradas en Croydon (Londres) podía ser un símbolo de la inconsciencia que tenía sobre su futuro. Porque no se habían informado de la complejidad geopolítica de aquel territorio y, al estar atravesando las estepas asiáticas, tampoco tenían acceso a la prensa ni sabían que el último gobernante había muerto ejecutado, como tampoco que su trono tenía otros aspirantes: unos cuantos señores de la guerra, respaldados por China y la Unión Soviética para fomentar el caos y tener un motivo de intervención. El Gran Juego -la metafórica partida de ajedrez entre Rusia y Occidente por el control de Asia- todavía daba sus últimos coletazos.

Sheng Shicai en 1928/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

En ese sentido, la llegada de los Sheldrake estuvo precedida de rumores aviesos que identificaban al rey con un agente inglés que dejaría Sinkiang en la órbita del Imperio Británico, de forma similar a como Japón se había anexionado Manchuria imponiendo como gobernante títere del llamado Menchukúo a Puyi, el destronado emperador de China; Londres no sólo lo desmintió sino que negó que fuera a permitir que un ciudadano suyo operase por su cuenta. Pero, peor aún, otros le consideraban un simple filibustero que quería saquear los ricos yacimientos de jade de la región. Los improvisados reyes empezaron a abrir los ojos a medida que se iban acercando a Kashgar y veían el panorama que les esperaba, con el Turquestán Oriental envuelto, como hemos visto, en una espiral de violencia y enfrentamiento entre facciones.

Una de ellas estaba encabezada por Sheng Shicai un junfa (señor de la guerra) comunista y nacionalista que se había formado militarmente a las órdenes de otro poderoso señor llamado Zhang Zhuolin, contra el que se revolvió financiado por Chiang Kai-Sek, entrando al servicio de éste. Sin embargo, Sheng Shicai se situaba ideológicamente a la izquierda del Kuomintang (Partido Nacionalista Chino) y se desligó para acercarse a la Unión Soviética, cuyo respaldo le sirvió para fomentar un golpe de estado contra los rusos blancos que defendían Sinkiang y apoderarse de la región. Los chinos reconocieron su autoridad y le nombraron gobernador.

Con ello esperaban recuperar el control del Turquestán Oriental, pero al ver que pretendía operar por su cuenta organizaron un movimiento contra él. Sheng Shikai recurrió otra vez a los soviéticos, obteniendo considerable asistencia militar (dos brigadas y apoyo aéreo). De ese modo, consiguió vencer al enemigo, cimentar su posición y abolir la república para crear un estado pro-marxista pero autocrático, dispuesto a iniciar una guerra contra China junto a Stalin. Éste rechazó la propuesta porque no consideraba a Sheng Shicai más que «un provocador o un ‘izquierdista’ desesperado que no tiene idea de marxismo».

Extensión de la Primera República del Turquestán Oriental/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Entre la batería de medidas promulgadas por el gobierno, figuraba una referente a la «protección de los derechos nacionales y religiosos de las nacionalidades de Sinkiang» que reflejaba un latente enfrentamiento entre creencias. Se manifestó en el verano de 1934, cuando un contingente formado por cuatrocientos soldados chinos y dos mil uigures musulmanes, al mando del acaudalado ex-comerciante Mahmud Muhiti, tomaron Kashgar. Sheng Shicai fingió colaborar primero, pero después destituyó al cabecilla y designó como administrador a su ayudante, un nacionalista cristiano llamado Liu Pin.

Liu actuó sin tacto alguno, colgando en la mezquita retratos de Sun Yat-sen (el primer presidente de la República Popular China y fundador del Kuomintang), lo que popularmente fue considerado por los uigures un ataque de los bolcheviques al islam, algo que ya interpretaban igual con las leyes educativas dictadas, de carácter laicista. Los musulmanes fundaron la Sociedad de Defensa Nacional e iniciaron un movimiento de resistencia con la desesperada búsqueda de un candidato como jefe de estado; entre ellos estaban el exiliado Mahmud Muhiti -que había sido ministro de Defensa en el gabinete de Damolla- y Jalid Sheldrake.

Ahora bien, al percatarse de aquel caos, Sheldrake renunció sobre la marcha. Ni siquiera llegó a su reino porque en junio de 1934 cambió de dirección hacia la India Británica, acompañado de muchos de los que iban a constituir su gobierno. A salvo con ellos y su esposa en Haiderabad, en la zona central del subcontinente, hizo una declaración oficial explicando los motivos de su renuncia: «No estoy listo para ser el peón de ningún juego político ni el candidato de ningún poder político en particular. Por ahora prefiero ser un rey ausente. Estoy a la espera de los acontecimientos antes de proceder realmente a mi reino». Es decir, calificaba su situación de temporal y no descartaba que algún día pudiera asumir el trono.

La evolución detallada del régimen de Sinkiang escapa al análisis de este artículo, pero podemos resumirla en que Muhiti también huyó y el país quedó envuelto en una guerra civil: musulmanes uigures y kirguís contra el régimen de Sheng, quien finalmente se impuso con ayuda soviética y china, instaurando una dictadura de corte estalinista -incluyendo su propia Gran Purga contra los uigures-. En 1942, con la Unión Soviética en apuros por la invasión alemana, dio un giro a su política y se echó en brazos de China; cuando ésta fue invadida por los japoneses, y viendo que el Ejército Rojo se imponía a la Wehrmacht, trató de reconciliarse con los soviéticos, lo que le costó el puesto: los chinos le destituyeron y a cambio le nombraron ministro de Agricultura.

Extensión de la Segunda República del Turquestán Oriental/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Moscú aprovechó la circunstancia para, denunciando el reaccionarismo del Kuomintang, acceder a los yacimientos minerales de la región creando un estado títere, la Segunda República del Turquestán Oriental, algo más al norte. Con el triunfo de la Revolución China en 1949, la ideología comunista común permitió negociar la incorporación del territorio a China rebautizándolo como Región Autónoma Uigur. Actualmente, pervive la conflictividad al haber surgido un movimiento separatista uigur que reivindica el nombre de Turquestán Oriental o Uigurstán, que Pekín combate de forma contundente.

En cuanto a Jalid Sheldrake, como hemos visto se equivocó en lo de juzgar eventual su renuncia. La situación era irreversible y tuvo que regresar a Inglaterra, para alivio del Foreign Office, que se quitaba de encima un entuerto no buscado. En un primer momento continuó impartiendo conferencias -despertando cada vez menos interés- y reuniendo fondos para la beneficencia musulmana. Paralelamente, se movía por todo el mundo en viajes de negocios para la empresa familiar de encurtidos y trabajó en Ankara para el British Council (un instituto cultural de Reino Unido para fomento de la lengua inglesa).

Al acabar la Segunda Guerra Mundial el mundo había cambiado y todavía iba a hacerlo más con el inicio de los procesos descolonizadores, lo que condenaba su frustrada aventura a la categoría de anécdota de otros tiempos. Sheldrake se estableció definitivamente en el municipio londinense de Harrow, donde falleció en 1947 (Ghazia le sobrevivió treinta y un años). No se publicó ningún obituario en la prensa; todos habían olvidado al hombre que pudo reinar.


Fuentes

Jonathan Clements, A history of the Silk Road | James A. Millward, Eurasian crossroads. A history of Xinjiang | Jamie Gilham, Loyal enemies. British converts to Islam, 1850-1950 | Andrew D. W. Forbes, Warlords and muslims in Chinese Central Asia. A political history of Republican Sinkiang 1911-1949 | Justin M. Jacobs, Xinjiang and the modern Chinese state | Paul French, The last king of Xinjiang: how Bertram Sheldrake went from condiment heir to muslim monarch (en South China Morning Post) | Khalid Sheldrake: the man who would be king (en The Dulwich Society) | Wikipedia


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