En 1983, el famoso escritor Norman Mailer publicó una novela titulada Ancient evenings (aquí Noches de la Antigüedad), que tardó una década en escribir por un minucioso proceso de documentación sobre el Egipto faraónico y fue un éxito de ventas, aunque cosechó tanto críticas negativas como positivas (muchos la consideran su mejor obra). El caso es que el argumento está planteado de forma muy similar al de un insólito texto egipcio del segundo milenio a.C. que pasa por ser uno de los primeros de la literatura de fantasmas y, de hecho, suele ponérsele por título Khonsuemheb y el fantasma.

El libro de Mailer empieza con un personaje que se despierta en una tumba sin recordar nada de su identidad ni de su pasado, para poco a poco ir descubriendo que es Meni, un campesino al que Ramsés II convirtió en su auriga personal y con el que combatió en la batalla de Qadesh contra los hititas.

Tal como relata posteriormente a Ramsés IX, luego vivió otras vidas siendo sucesivamente general, jefe de harén, mago, sumo sacerdote y ladrón de tumbas. Casi un siglo separaba a ambos faraones, por lo que es deducible que en realidad Meni está muerto -de ahí el sitio donde se despertó- y se trata de un espíritu.

Glifo egipcio del Aj/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Nadie en 1883 pareció percatarse del parecido entre ese planteamiento y el de Khonsuemheb y el fantasma, un relato cuya fecha de redacción se ha datado entre las dinastías XIX y XX (Imperio Nuevo), aunque quizá basado en otro popular anterior y retomado a causa del contexto que se vivía, de abundantes saqueos de tumbas. Se encontró en diversos fragmentos de ostraca (cerámica, en este caso terracota, sobre la que los escribas o sus aprendices esbozaban textos o dibujos, ya que los papiros eran muy caros y no se podían usar para simples borradores), descubiertos por egiptólogos como Gaston Maspero o Ernesto Schiaparelli en Deir el-Medina a caballo entre los siglos XIX y XX.

¿El argumento? Empieza cuando el protagonista, Khonsuemheb, sumo sacerdote de Amón (no se conoce ninguno con ese nombre, así que seguramente sea un personaje imaginario), recibe la visita de un hombre que se ha visto obligado a pasar la noche en la necrópolis de Tebas y al que despertó de su sueño el aj de uno de los difuntos enterrados allí. Según las concepciones egipcias, la multifacética personalidad humana, extendida en una vida después de la muerte, permitía pues que una de las formas adoptadas en el más allá regresara con diversos fines, ya fueran positivos (ayudar a familiares o amigos), ya negativos (vengarse de los enemigos). No es algo, sin embargo, frecuente en su literatura.

Dibujo de una estela egipcia del British Museum que muestra al faraón Rahotep haciendo una ofrenda a Osiris/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

El aj, resultante de la unión del bai (alma, iconográficamente representada mediante un pájaro con cabeza humana) y el ka (fuerza vital), era la fuerza divina vinculada a la inmortalidad y la resurrección. Inicialmente exclusivo de los faraones y posteriormente ampliado a todo el pueblo, se representaba mediante un glifo con forma de ibis con cresta o un ushebti (estatuilla) momiforme.

Tras la muerte del cuerpo físico, el bai y el ka se unían para reanimar el aj, pero éste podía pasar a ser una especie de fantasma errante si por alguna causa la tumba no estaba en orden, provocando a los vivos pesadillas, enfermedades, remordimientos, etc. Algo que, como vamos a ver, tiene una relación directa con el relato de Khonsuemheb y el fantasma.

Por lo tanto, el aj venía a ser la compleja versión egipcia de un concepto de entidad de ultratumba que ya aparecía en textos mesopotámicos (gidim en sumerio, etemmu en acadio), cuya presencia, motivada por falta de ofrendas o el culto correspondiente, se asociaba a desgracias. Por ejemplo, en la Epopeya de Gilgamesh, un poema acadio del tercer milenio a.C. basado a su vez en otros cinco sumerios, el héroe homónimo se encuentra con el fantasma de su antiguo compañero Enkidú. Retomando el hilo de la narración egipcia, Khonsuemheb sube a la azotea del templo e invoca a los dioses para conseguir que acuda ese espíritu o aj. Cuando por fin éste se materializa, dice llamarse Nebusemekh, hijo de Ankhmen y Tamshas, que fue un personaje destacado de la corte del faraón Rahotep.

Estatua de Mentuhotep II/Imagen: Prof. Mortel en Wikimedia Commons

Rahotep reinó entre los años 1622-1619 a.C., perteneciendo a la dinastía XVII (aunque no se sabe si fue el primero de ella o le precedió Nubjeperra Intef), la cual se adscribe al llamado Segundo Período Intermedio. Fue ésta una etapa de transición del Imperio Medio al Nuevo, caracterizada por la simultaneidad de monarcas debido a la invasión de Egipto por los hicsos.

Nebusemekh, aparte de ostentar un mando militar, ejerció para Rahotep como supervisor de las dos tesorerías del faraón (o de la tesorería, simplemente), un cargo funcionarial del Antiguo Egipto que aparece documentado por primera vez durante la dinastía IV y perduró hasta el Período Tardío (712-332 a.C., aproximadamente), asumiendo su titular labores de administrador de la hacienda real.

La razón de que Nebusemekh haya regresado del más allá es que su sepulcro (probablemente ubicado en el cementerio de Dra abul Naga, donde fue inhumado Rahotep y que está enfrente del templo de Karnak) se ha derrumbado y el viento penetra en la cámara funeraria, impidiéndole descansar en paz. Dice haber fallecido durante el reinado de Mentuhotep, por lo que hay que aclarar que hubo siete faraones llamados así (o Montuhotep): cuatro en la dinastía XI (a caballo entre el Primer Período Intermedio y el Imperio Medio), uno en la XIII (Imperio Medio) y dos en la XVI (Segundo Período Intermedio). Dado que a Rahotep le sucedieron primero Sobekensaf I (que gobernó dieciséis años) y después Dyehuti (un año), antes de llegar a Mentuotep VII, en cuyo decimocuarto año dice haber muerto Nebusemekh, la cronología se vuelve muy confusa.

Vista general del poblado de obreros de Deir el_Medina/Imagen: Roland Unger en Wikimedia Commons

Cada investigador tiene su hipótesis. Unos piensan que Rahotep y Mentuhotep son el mismo rey, mientras que otros opinan que el segundo sería Mentuhotep II debido a que más adelante de Khonsuemheb y el fantasma se le vuelve a mencionar. El problema de esto último es que el reinado de Mentuhotep II tuvo lugar cinco siglos antes de Rahotep, así que de nuevo se presenta un lío que, por otra parte, es bastante habitual en egiptología por la lejanía en el tiempo y la escasez de fuentes, a menudo contradictorias. O no se trata de él o el anónimo autor del relato no conocía bien la historia egipcia. En ese sentido, se cree que éste probablemente era un modesto escriba de los equipos de obreros y artesanos que construían tumbas en el poblado de Deir el-Medina y que plasmó por escrito un viejo cuento popular transmitido de generación en generación por tradición oral.

En cualquier caso, Mentuhotep -dejémoslo así, a secas- le había regalado a su funcionario una tumba de fosa (un enterramiento basado en un pozo estrecho y profundo, en cuyo fondo se colocaba el cuerpo, a veces con cámaras anexas), un sarcófago de alabastro y hasta los vasos canopos (los que servían para guardar las vísceras, tras el proceso de momificación), todo lo cual corría ahora peligro de ruina. Apiadado del pobre fantasma, el sacerdote Khonsuemheb se ofrece a ayudarle, comprometiéndose a reparar su tumba y proporcionarle un nuevo sarcófago, esta vez de madera de azufaifo (un arbusto caducifolio endémico del Mediterráneo) dorado. Pero Nebusemekh no queda convencido de su sinceridad porque le han engañado otras veces.

Para demostrarle su buena fe, Khonsuemheb decide privarse de comida, agua, aire y luz del día, sentándose a llorar a su lado y asegurando que cada día enviará una decena de criados -cinco hombres y cinco mujeres- para realizar ofrendas en la tumba. Algo loable pero inútil, a juicio del fantasma.

El templo de Hatshepsut en Deir el-Bahari; detrás se ve el de Mentuhotep II/Imagen: Ian Lloyd en Wikimedia Commons

En ese punto la narración queda interrumpida, ya que, recordemos, está en varios pedazos descubiertos en Deir el-Medina (cerca de Tebas) y repartidos por el Museo Egipcio de Turín, el Kunsthistorisches Museum de Viena, el Museo Archeologico Nazionale de Florencia y el Louvre parisino, con el problema de no saberse con seguridad cómo ordenarlos (generalmente se acepta este orden reseñado de los museos).

El último fragmento, el conservado en París, cuenta cómo Khonsuemheb cumple su promesa y envía tres sirvientes en busca de un sitio adecuado para hacer una nueva tumba, encontrándolo «a veinticinco codos de distancia del rey en Deir el-Bahari» (donde se alza el templo funerario de Mentuhotep II, lugar famoso hoy porque allí, justo al lado pero cinco siglos más tarde, construyeron también los suyos la reina Hatshepsut y su hijo, el poderoso Tutmosis III, de la dinastía XVIII). Tras informar a su señor, éste, feliz, corre a explicar su plan a su superior Menkau… y no se han encontrado más pedazos de Khonsuemheb y el fantasma, así que ignoramos el final del cuento.

La última frase dice ambiguamente: «Y al anochecer regresó para dormir en el Ne y él …» (el Ne es la necrópolis tebana), lo que da pie a suponer que el sumo sacerdote iba a informar a Nebusemekh de que pronto tendría un nuevo sepulcro. ¿Conseguiría devolverle la paz eterna?


Fuentes

Normal Mailer, Ancient evenings | Jesús López, La historia del fantasma (Khenshemhab and the spirit) | William Kelly Simpson, The literature of Ancient Egypt. An anthology of stories, instructions, stelae, autobiographies, and poetry | Gaston Maspero, Les contes populaires de l’Égypte | Colleen Manassa, Imagining the past. Historical fiction in New Kingdom Egypt | Joshua J. Mark, A ghost story of Ancient Egypt (en World History Encyclopedia) | Fernando Schwarz, Egipto revelado. Nuevas claves para comprender toda su grandeza | Wikipedia


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