Paso honroso, el torneo considerado el episodio caballeresco más importante de la Edad Media española

Pintura de Zygmunt Ajdukiewicz/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

«…digan que fueron burlas las Justas de Suero Quiñones del Passo, las empresas de Luis de Faces contra don Gonzalo de Guzmán, caballero castellano, con otras muchas hazañas hechas por caballeros cristianos, tan auténticas y verdaderas, que torno a decir que el que las negase carecería de toda razón y buen discurso».

Estas palabras que Cervantes puso en boca de Don Quijote se refieren a Suero de Quiñones, caballero leonés protagonista de un curioso episodio histórico ocurrido ciento setenta y un años antes de la publicación de la famosa novela: un torneo medieval en el que, durante un mes, obligó a pelear contra él o sus compañeros a todo aquel que quisiera cruzar un puente en pleno Camino de Santiago. Fue lo que pasó a conocerse históricamente como el Paso Honroso, que algunos consideran el episodio caballeresco más importante de la Edad Media española.

Suero de Quiñones, nacido en León hacia 1409, era hijo de Diego Fernández de Quiñones y María de Toledo. El padre había recibido de su tío, Pedro Suárez, el cargo de merino mayor de Asturias, es decir, que era el designado por la Corona de Castilla para impartir justicia en un territorio, aunque las competencias rebasaban las estrictamente judiciales para extenderse a otras ejecutivas. Equivalente al adelantado mayor típico de Andalucía, el merino mayor debía proceder de la alta nobleza y de hecho, don Diego, que llegó a fundar cuatro mayorazgos como veremos, descendía de un rancio linaje.

En aquella época León, un reino nacido de la expansión del de Asturias hacia la Meseta, ya llevaba casi dos siglos integrado en la corona castellana, después de que en 1230 Fernando III el Santo hubiera consolidado definitivamente la unión de ambos reinos, iniciada por Sancho II el Fuerte (y exceptuando un pequeño intermedio de cuatro años entre 1296 y 1300).

Los reinos de la corona castellana a comienzos del siglo XV/Imagen: HansenBCN en Wikimedia Commons

Uno de los factores que contribuyeron a facilitar ese proceso fue el papel que jugó el Camino de Santiago. Aquella ruta seminal que enlazaba Oviedo, la capital asturiana, con el lugar donde aparecieron los presuntos restos del apóstol en el siglo IX, se había multiplicado y varias ramas vertebraban buena parte de la península ibérica, estableciéndose así un canal de comunicación cultural y económica entre su reinos.

Fue precisamente en un punto de la Ruta Jacobea, en el llamado Camino Francés (o Ruta Interior, por contraposición al Camino del Norte; era el itinerario que seguían los peregrinos europeos, atravesando los Pirineos desde la aquitana localidad de Saint-Michel a la navarra de Puente la Reina para continuar hacia Compostela vía La Rioja, Burgos, Palencia, León, Lugo y La Coruña, con multitud de «afluentes»), donde se dio el Paso honroso. A la altura de un pequeño poblado, que se había ido formando en la Edad Media en torno a la iglesia de Santa María, había un puente de veinte luces en arco, construido de piedra en el siglo XIII en sustitución del romano anterior, que permitía cruzar el río Órbigo.

El condestable Álvaro de Luna retratado en un retablo de la catedral de Toledo, atribuido al Maestro de los Luna/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

La tradición dice que el mismísimo Almanzor lo utilizó para vadear el cauce fluvial cargando con las campanas que se llevó de la catedral de Santiago de Compostela en el 997. El caso es que, muy cerca, los caballeros hospitalarios (de la orden de San Juan de Jerusalén) levantaron un hospital de peregrinos, germen de un segundo pueblo ya en el siglo XVI que tomaría el nombre del sitio, Hospital de Órbigo. Ha perdurado hasta hoy y sus vecinos todavía rememoran los hechos que protagonizó Suero de Quiñones. Porque, ahora que hemos explicado el contexto, ha llegado el momento de entrar en materia.

Aquel joven noble leonés fue educado por el ayo Gómez Téllez de Gavilanes y después completó su formación en la casa del condestable de Castilla, Álvaro de Luna. Eso le abrió la puerta -a él y a su hermano Pedro, los supervivientes de otros ocho- a formar parte de la vida cortesana y política, así como las guerras que por entonces resultaban frecuentes, bien contra enemigos exteriores (combatió contra los granadinos en varias batallas, entre ellas la de La Higueruela), bien interiores (partidarios y detractores del condestable) o incluso en la compleja situación de Castilla, parte de cuyos territorios reclamaba Aragón, lo que llevó a una contienda en 1429.

Se había convertido en un guerrero, pero también en un hombre culto, de trato ameno y carácter juicioso, que era aficionado a las letras y a la poesía, hasta el punto de que a él mismo se atribuye alguna que otra composición en verso de carácter amoroso. El código caballeresco no limitaba la formación exclusivamente a la guerra, sino que la extendía a otras virtudes como mesura (templanza), gentileza, honorabilidad y hasta galantería. En su Libro del cavallero e del escudero, don Juan Manuel dice al respecto: «Este estado non puede aver ninguno por sí, sy otri non gelo da, et por esto es como manera de sacramento».

Retrato imaginario decimonónico del rey Juan II de Castilla, por Juan María Rodríguez de Losada/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Corría 1434, año santo jacobeo (que es aquel año en que el 25 de julio, festividad de Santiago Apóstol, cae el domingo), cuando Suero viajó hasta el castillo de La Mota (Medina del Campo, Valladolid) para solicitar audiencia al rey Juan II de Castilla (el padre de la futura Isabel la Católica). Éste vivía por fin un período de tranquilidad, tras haber conseguido la victoria en una guerra contra la alianza navarro-aragonesa que, en las llamadas Treguas de Majano -corroboradas en 1436 mediante la Concordia de Toledo-, permitió al monarca castellano ampliar sus dominios.

Lo que el joven leonés pidió al soberano fue el permiso para celebrar un torneo en el mencionado puente sobre el Órbigo que, durante un mes, obligase a participar a todo aquel que quisiera cruzarlo; quien se negase, debería vadear el río por el agua, no sin antes dejar un guante como prueba de su cobardía. Dado que resultaba muy improbable que un caballero asumiese tan deshonrosa condición y que serían cientos los que pasasen por el lugar en el tiempo establecido, habida cuenta de su ubicación en el Camino, se esperaba que todos aceptarían.

Eso era importante porque la propuesta de Suero de Quiñones no salía de un mero capricho. Estaba enamorado de una dama de la que no dijo el nombre, por lo que se presentó en la corte, acompañado de nueve caballeros, llevando una argolla de hierro al cuello -símbolo de esclavitud, en este caso amorosa- como señal de un voto del que únicamente podría liberarse tras haberse roto trescientas lanzas, tres por individuo en cada duelo, y peregrinar a Compostela. Se pusieron por escrito veintidós capítulos que detallaban las condiciones: lugar (el puente del Órbigo), fecha (los días anteriores y posteriores a la celebración de la festividad del apóstol), costes de equipos rotos y curas médicas (a cargo del convocante), etc.

El puente del Paso honroso, en Hospital de Órbigo/Imagen: Estevoaei en Wikimedia Commons

Juan II accedió a la petición y lanzó una invitación a todos los caballeros para que hicieran el Camino pasando por el Órbigo. Porque, en realidad, aquello no era nuevo ni infrecuente: el propio Álvaro de Luna había organizado unas justas, pero el infante don Enrique también había dispuesto unas para festejar el paso por Valladolid de doña Leonor, infanta de Aragón, en su viaje para contraer matrimonio con el infante don Duarte de Portugal (Paso de la Fuerte Ventura, 1428), que opacaron por su magnificencia a las del condestable, y éste vio la oportunidad de resarcirse con las de su pupilo, el joven Suero, al que dio todo su apoyo.

Cabe fijarse en un dato menos poético que el ideal caballeresco: al margen de que hubiera una dama de por medio, lo cierto es que la repercusión que tuvo aquel desafío de grandes proporciones sirvió para que Diego Fernández de Quiñones, padre de Suero, demostrase su poder económico y mejorase aún más su posición social, lo que le avaló para, en 1440, obtener de la corona el citado privilegio de constituir mayorazgo de sus bienes (lo que permitía no dividir la herencia y el patrimonio familiar, que siempre aumentaba); algo que beneficiaría a sus dos hijos varones. El puente en cuestión estaba cerca de la villa de Benavides, capital del señorío que él mismo había fundado, algo que favorecía la utilización de los recursos económicos de dicho señorío para el montaje de aquel pas d’armes.

Dos caballeros en liza, obra de Delacroix/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Se denominaba paso de armas a ese tipo de hastiludium (lance deportivo armado) en el que un caballero o un grupo de ellos (tenants o mantenedores) se establecían en un lugar de paso (en este caso un puente, pero podía ser también la puerta de una ciudad o un sendero) y retaban a otros caballeros (venans o comers) a combatir, so pena de deshonra. Si no llevaban armas, se les proporcionaban y si se negaban debían dejar las espuelas como signo de humillación; las damas sin escolta dejaban un guante o pañuelo que podría rescatar el siguiente caballero que pasase por allí.

El Paso honroso de Órbigo es el pas d’armes más célebre, aunque hay otros también renombrados; ya vimos el vallisoletano de Fuerte Ventura y podríamos añadir alguno peninsular, el del Pino de las Manzanas de Oro (Barcelona, 1455), aunque la mayoría tuvieron lugar en la Francia de aquella época, como los del Árbol de Carlomagno (Dijon, 1443), la Bergére (Tarascon, 1449), la Dame Sauvage (Gante, 1470), etc. Eso sí, todavía hay una razón asaz prosaica a tener en cuenta más allá de la nobleza caballeresca: Suero de Quiñones había sido condenado recientemente a pagar una fianza para evitar ser encarcelado y el torneo podría constituir una forma de aplazar -y posiblemente eludir- esa incómoda situación.

Se podrá pensar que no parece una buena alternativa jugarse la vida en un combate, pero es que no resultaba frecuente un final con muerte en ese tipo de lances, que estaban reglamentados para evitar desenlaces fatales: no se podían usar las armas de punta, sólo estaba permitido golpear en cuerpo y cabeza, las lanzas se remataban con un tope para amortiguar el impacto, etc. De hecho, en ese período bajomedieval y en la posterior Edad Moderna se siguieron celebrando justas y torneos (las primeras eran los combates individuales, mientras que los segundos eran colectivos) con carácter deportivo y, además, la mayoría de los caballeros peregrinos no llevaban consigo sus armas pesadas, lo que les restaba posibilidades en un enfrentamiento.

Un paso de armas dibujado por Howard Pyle para una edición de The story of king Arthur and his knights/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

En cualquier caso, el 10 de julio de 1434 Suero de Quiñones y sus camaradas estaban en el extremo del puente, donde se colocó una figura de Santiago a tamaño natural como reclamo, esperando entrar en liza. Un monolito erigido in situ en 1951 registra los nombres de aquellos nueve caballeros que acompañaban a su amigo: Lope de Estúñiga, Diego de Bazán, Pedro de Nava, Suero Gómez, Sancho de Rabanal, López de Aller, Diego de Benavides, Pedro de Ríos y Gómez de Villacorta.

La principal fuente coetánea es Pero Rodríguez de Lena, escribano (notario) real de Castilla enviado para levantar acta y, por tanto, testigo presencial de los hechos, los cuales plasmó en su obra Libro del Passo Honroso defendido por el excelente caballero Suero de Quiñones. Está considerada la primera historia de un hecho particular en el período de la Reconquista, aunque hay que tener en cuenta que Pero estuvo al servicio de los Quiñones como historiador familiar.

Según cuenta, entre la jornada inaugural y el 9 de agosto, y con la excepción del Día de Santiago (festivo y por tanto de descanso), se rompieron ciento sesenta y seis lanzas y participaron setenta y ocho caballeros de diversas nacionalidades; castellanos la mayoría, pero también algunos gallegos, un bretón, un alemán, un italiano… Curiosamente, como decíamos antes, sólo se produjo una muerte, resultado de un fatal accidente: la del caballero aragonés Asbert de Claramunt, al que una lanza atravesó el visor del yelmo penetrándole por un ojo hasta el cerebro, tal cual le ocurriría en 1559 al rey Enrique II de Francia.

Un grupo de caballeros del siglo XIII, obra del artista Quinto Cenni en 1909/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Suero, que luchaba los jueves con la argolla al cuello en recuerdo de su voto (algo típico; por ejemplo, Miquel d’Orís se ponía un pasador en el muslo y Juan de Bonifacio un grillete en el pie), resultó herido en la última jornada luchando contra Gutierre de Quixada; sus amigos lo habían sido antes, de modo que cada vez les era más difícil mantener el desafío sin ser derrotados. Al final estaban tan maltrechos que se vieron imposibilitados de continuar y dieron por terminado el evento. Algo que de todos modos se hubieran visto obligados a hacer por orden de Álvaro de Luna, a quien llegaban quejas de los peregrinos por las incomodidades que provocaba el no poder pasar el puente y el montaje en torno a éste (aparte del palenque y otras instalaciones, cada mañana había una misa y al acabar el día se celebraba un banquete en un campamento montado ad hoc), que obstaculizaba el comercio.

En suma, Suero consideró cumplido su propósito y pudo así quitarse la argolla, que, como tenía previsto, dejó en Compostela tras peregrinar. Hoy se custodia en la catedral, colocada en el busto de Santiago Alfeo (el Menor) a manera de ofrenda y como parte de su relicario, aunque con una forma más lustrosa que la que él portaba al combatir en sus justas: una gargantilla de oro y plata dorada, rematada por un broche de perlas y un rubí. Hecha en Francia, al parecer, lleva inscrita por fuera una leyenda en verso escrita en francés, que era el idioma del amor cortés; dice así:

Si à vous ne plait de avoir mesure, / certes je dis que je suis sans venture. (Si no os place corresponderme, / en verdad que no hay dicha para mí).

Este sarcófago conservado en la Hispanic Sociaty of America de Nueva York, suele confundir: pertenece a un descendiente de Suero de Quiñones llamado como él que vivió en el siglo XVI, como se aprecia por sus vestiduras; de hecho, la obra es de Pompeo Leoni/Imagen: Sailko en Wikimedia Commons

Suero de Quiñones consiguió su propósito y en 1435 contrajo matrimonio con su amada, que resultó ser Leonor de Tovar, hija de Juan de Tovar, guarda mayor del rey; o quizá ésta asistió al torneo y se enamoraron, casándose al quedar libre de su voto, no está claro. Lo cierto es que no sólo obtuvo premio sentimental sino también económico y social, pues recibió de su padre el mayorazgo que comprendía las tierras de Villanueva de Simón Sánchez y los lugares de Santa Elena, Herreros, Congosto, Quintana de Jamuz, todos en la diócesis de Astorga, además del concejo de Ribadesil de Yuso y la villa de Gordaliza del Pino, en el obispado de León.

Con todo ello fundó el señorío de los Quiñones de Valdejamuz, del que fue el primer titular y que no tardó en incrementar con el concejo asturiano de Navia, aunque en 1448 se lo vendió al conde de Ribadeo por cuatrocientos florines de oro porque adivinó que traería problemas: cuatro años antes, el rey había concedido a su heredero, el futuro Enrique IV, el privilegio de que todas las ciudades, villas y lugares de las Asturias de Oviedo fueran mayorazgo exclusivo suyo.

Irónicamente, Suero y su hermano se fueron alineando con los opositores a Álvaro de Luna, quien terminó apresándoles en la batalla de Olmedo y privándoles de sus bienes. Consiguieron recuperarlos gracias a su apoyo al infante Enrique, que también se enfrentó al condestable, lo que permitió a Suero hacerse con más territorios asturianos (Tineo, Allande y Somiedo), que hicieron que tuviera más propiedades allí que en León incluso. La guinda del pastel fue empezar a recibir una quitación regia por valor de once mil maravedís.

Suero no tuvo nada que ver con los acontecimientos que supusieron la caída de Álvaro de Luna, pero sí se vio inmerso en intrigas políticas y tanto él como Pedro acabaron presos por la corona y expoliados de su patrimonio hasta 1454, en que les indultaron y devolvieron los bienes. Cuatro años más tarde fallecía en la comarca de Tierra de Campos (concretamente en el pueblo vallisoletano de Barcial de la Loma), de aquella herida aparentemente sin importancia que le había infligido Gutierre de Quixada, quien debió de alegrarse porque nunca le perdonó la humillación de haber sido derrotado.

El palenque montado para la fiesta del Paso honroso en Hospital de Órbigo/Imagen: María Teresa García Montes en Wikimedia Commons

Su cuerpo se enterró en el ya desaparecido monasterio leonés de San Francisco, del que únicamente queda la iglesia. Dejó tres hijos, Pedro, Diego y Leonor, aunque el primero murió muy joven y fue el segundo el que sucedió a su progenitor al frente del señorío. No obstante, su recuerdo pervive hoy gracias a la fiesta que se celebra en Hospital de Órbigo cada primer fin de semana de junio desde 1997. Se trata de una recreación del torneo medieval calificada De interés turístico regional, en la que la localidad viaja al pasado medieval con todo su colorido: caballeros, damas, bufones, artesanos, monjes,… y, la tarde del domingo, una justa entre caballeros por el Paso honroso.


Fuentes

Pero Rodríguez de Lena, Libro del Passo Honrosso | Betsabé Caunedo del Potro, Suero de Quiñones (en Diccionario Biográfico de la RAH, Real Academia de la Historia) | Brian R. Price, What is the pas d’armes? | Martín de Riquer, Caballeros andantes españoles | José Avelino Gutiérrez González, La formación del dominio político y territorial: del Realengo al Señorío en León | Wikipedia