El escocés Francis Buchanan-Hamilton, nacido en 1762, fue un sabio multidisciplinar (médico, zoólogo, botánico y geógrafo) que, tras una etapa profesional como galeno naval, sirvió en el IMS (Indian Medical Service, Servicio Médico de la India) de Bengala entre 1794 y 1815. Allí ejerció como cirujano personal de Lord Wellesley, hermano mayor del futuro duque de Wellington y a la sazón gobernador general, además de recorrer aquel vasto subcontinente estudiándolo para la Compañía Británica de las Indias Orientales.

En 1811, durante uno de esos viajes, unos lugareños de la antigua región de Magadha le hablaron sobre unas ruinas cercanas con restos de arte brahmánico y decidió acercarse a inspeccionarlas. Sin saberlo, estaba descubriendo al mundo lo que había sido la primera universidad residencial conocida: Nalanda.

Buchanan-Hamilton no era arqueólogo ni la Historia entraba entre sus especialidades, así que, aunque llevaba en la India tiempo suficiente para haber oído sobre Nalanda, en aquel momento no asoció aquellos montículos tapizados de vegetación con la famosa universidad. Hubo que esperar hasta 1847 para que el mayor Markham Kittoe, oficial del 6º de Infantería Nativa de Bengala e investigador arqueológico del gobierno de las provincias del noroeste, se percatara de la magnitud de las ruinas.

Campus universitario de Nalanda | foto Tajdaar Aman en Wikimedia Commons

Pero fue otro militar, Alexander Cunningham, del Grupo de Ingenieros de Bengala, que era un experto en budismo, el que comenzó a excavar el sitio en 1861, año en que fundó el Archaeological Survey of India (Servicio Arqueológico de la India).

Los trabajos se prolongaron década tras década, alcanzando su mayor intensidad durante las campañas que se sucedieron entre 1915 y 1937, que no sólo limpiaron el terreno, hicieron aflorar estructuras arquitectónicas y recuperaron piezas, sino que también desarrollaron labores de mantenimiento, conservación y restauración. El agotamiento presupuestario y la Segunda Guerra Mundial lo frenaron todo y no se reanudaron las intervenciones hasta 1974, ya con la India independiente, prolongándose hasta 1982. En 2016 , Nalanda quedó incorporada al Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO.

Plano de los restos excavados en Nalanda | foto CarryAlong en Wikimedia Commons

Para entonces hacía un par de años que se había creado allí una nueva universidad que emulaba a su predecesora, tanto en contenidos como en tamaño. No era éste nada desdeñable, pues los restos de la Nalanda histórica, entre escuelas, residencias, monasterios, estupas, santuarios y templos, se extienden por unos 150.000 metros cuadrados, aunque esa superficie es únicamente la excavada y algunos piensan que no representa más que una décima parte de lo que realmente alcanzaba, permaneciendo el resto todavía enterrado. Hay que tener en cuenta que aquella institución impartía prácticamente todas las materias estudiables en su momento y contaba con profesores procedentes de multitud de lugares: China, Corea, Tibet, Japón, Indonesia, Persia, Turquía…

Situada al noroeste del pueblo de Bargaon (que probablemente se cimenta sobre parte de esas ruinas inexcavadas), a pocos kilómetros de la ciudad de Rajgir, hoy es un sitio arqueológico convertido en destino turístico, muy especialmente para viajeros budistas. Por eso cuenta con un pequeño museo para exhibir algunas de las piezas rescatadas y otro multimedia anexo, donde se cuenta su historia mediante animaciones 3D. Una historia que, según la tradición, inició Buda en persona al pasar por el pueblo de Nalanda en una peregrinación a Rajagriha, capital de Magadha, y aprovechar para impartir enseñanzas en un bosque cercano, lo que originaría la fundación de un monasterio.

Así lo narran textos budistas que, en realidad, son muy posteriores a los hechos. Otros documentos, de corte jainista, engrosan la leyenda contando que Mahavira (supremo predicador), estuvo allí un tiempo a caballo entre los siglos VI y V a.C.; el problema es que también fueron escritos tardíamente, un milenio después. Hay que recurrir a la datación científica de la cerámica negra y otros artículos encontrados en la vecina Juafardih para determinar que en al 1200 a.C., mucho antes de Buda y Mahavira, ya estaba habitada la región.

Mapa decimonónico mostrando la ruta seguida por Fa Xian/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

A caballo entre los siglos IV y V, entre el 399 y el 414, un monje chino llamado Fa Xian viajó a Nalanda para adquirir libros budistas y sutras (discursos de Buda). Como, antes de regresar y traducir lo recopilado, pasó diez años moviéndose por la India, Nepal y Sri Lanka, decidió escribir una especie de guía para sus compatriotas peregrinos en la que reseñaba la localización de monasterios y templos; Nalanda no figura en esa lista, de lo que se deduce que aún no existía ninguno en ese lugar.

Así que la respuesta a la fundación la encontramos en un sello de arcilla en el que se cita al rey Śakrāditya como responsable de construir el cenobio, algo confirmado en varias monedas. A este monarca se le identifica con Kumaragupta I, quinto gobernante del Imperio Gupta, cuyos dominios abarcaban lo que hoy es la mitad norte de la India más Pakistán y Bangladesh. Otros soberanos descendientes suyos fueron ampliando el monasterio añadiéndole templos y otras estructuras, de modo y manera que Nalanda vivió un momento de esplendor en el siglo VI.

Estructuras residenciales en Nalanda | foto CarryAlong en Wikimedia Commons

En el siguiente, la dinastía Gupta cedió su posición a la Pushyabuthi, de la que el principal representante fue el emperador Jarsha Vardhana, que, aunque hindú, era tolerante con las otras religiones y no tuvo reparos en colmar de donaciones al monasterio de Nalanda. Entre ellas decretó los tributos de un centenar de pueblos de su entorno, más tarde aumentados a doscientos, lo que da una idea de las dimensiones que alcanzaba ya aquella universidad monástica; la cifra de 10.000 alumnos y 1.500 profesores que dice el erudito chino Xuanzang es claramente exagerada, pero Yijing, otro peregrino que visitó el sitio, habla de 3.000, que sí parece factible.

Xuanzang, que era monje, peregrinó a la India entre el 629 y el 645, regresando con más de medio millar de cajas llenas de reliquias y textos budistas en sánscrito que él mismo iba a traducir. Dos de esos dieciséis años los pasó en Nalanda, donde le dieron el nombre de Mokshadeva y estudió gramática, lógica y Yogachara (una escuela filosófica budista poco conocida en China) con el maestro Shilabhadra, que además de abad del monasterio fue su tutor personal. Dejó un relato de su experiencia, tal cual hizo luego Yijing, que llegó unos treinta años más tarde y permaneció del 673 al 695, retornando también con una ingente cantidad de libros. Gracias al testimonio de Yijing sabemos cómo era la vida cotidiana en el monasterio.

No todos los visitantes procedían de China; también los hubo coreanos como Hyon-jo y su alumno Hye-ryun (rebautizado Prajnavarman), tibetanos como Thonbi Sambhota (considerado el inventor de la escritura tibetana a partir del sánscrito) y de otras muchas tierras, algunas de las cuales ya enumeramos antes. De hecho, hasta se impuso una nueva dinastía, la Palas, que venía de Bengala, donde gobernaba desde el 750, expandiéndose hacia el oeste hasta que llegó a su apogeo en el siglo IX. Los Pala eran budistas, no hindúes, lo que en principio favorecía a Nalanda. Sin embargo, practicaban la rama Vajrayana, tántrica y esotérica, frente a la Mahayana tradicional del monasterio, que era la que atraía a los peregrinos de Asia oriental.

Dominio de los Palas y los otros imperios indios medievales/Imagen: Planemad en Wikimedia Commons

Quiźa por eso, Gopala I, creador de la dinastía, fomentó la construcción de otros cenobios cercanos para hacerle la competencia. Aún así, Nalanda no decayó y con reyes posteriores -Dharmapala, Devapala- las cosas volvieron a su cauce, colmando de dádivas al cenobio; al fin y al cabo, se trataba de un quid pro quo, ya que los mandatarios también obtenían beneficios comerciales y diplomáticos gracias a las rutas de peregrinaje con el sudeste asiático. Eso llevó al apogeo del lugar, que se mantuvo hasta que cambió el viento político y llegó una nueva dinastía, la gúrida, derrocando a la anterior.

Los gúridas eran de origen iranio, de la región de Ghor que les da nombre, sita en Afganistán. Reinaron del 1149 al 1212 y, de cultura persa, no eran budistas ni hindúes sino musulmanes sunitas. En su cénit alcanzaron la India septentrional e incluso Bengala, en una campaña de conquista liderada por el general turcomano Muhammad Bajtiiar Jalyi, quien se afanó en destruir cuanto símbolo budista encontraba en su camino. Nalanda fue destruida junto con su espléndida biblioteca en el 1193, y con ella otros monasterios y templos, tal como narran fuentes indias, tibetanas e islámicas, provocando el éxodo de monjes, profesores y estudiantes.

Ruinas de la Universidad de Nalanda | foto Hideyuki Kamon en Wikimedia Commons

Eso no significó el abandono total, ya que consta que siguió habiendo actividad docente hasta buena parte del siglo XIII. Pero, claro, no era lo mismo. Casi todo el complejo arquitectónico había sido pasto de las llamas y los pocos libros que se salvaron se los llevó al Tíbet, en su exilio y junto a un puñado de profesores, el que fue el último gran erudito surgido de sus aulas, Shakyashri Bhadra. Por eso se considera que el budismo tibetano es hijo de la tradición de Nalanda, como el propio Dalai Lama ha reconocido.

Los restos arqueológicos que quedan hoy están compuestos por el complejo universitario, formado por once monasterios y seis templos de ladrillo que se reparten por una docena de hectáreas; en ellos se han hallado multitud de sellos, monedas, esculturas, estelas y otras piezas. Todo el conjunto está, además, rodeado por una serie de pokhar (estanques), más de una docena de diversos tamaños que lo integran en superficie con la vecina Bargaon (decíamos antes que el pueblo se asienta encima de más restos sin excavar).

Mención aparte merecería la impresionante biblioteca, que recibía el nombre de Dharmaganja y cuya sede eran tres edificios de varias plantas cada uno; el mayor tenía nueve y en la última se guardaban los manuscritos sagrados más valiosos. Es imposible saber con exactitud cuántos ejemplares tenía la biblioteca, pero teniendo en cuenta el volumen de donaciones internacionales y los numerosos libros que se cedieron a los monjes chinos, se calcula que cientos de miles. Lo más curioso es que estaban catalogados siguiendo el método del gramático indio Panini.

Estupa destinada a la meditación de los estudiantes/Imagen: Sibhushan en Wikimedia Commons

Durante siete siglos y medio, aquella singular universidad ejerció docencia en un amplio abanico de materias que incluía filosofía, teología, astronomía, derecho, matemáticas, medicina o gramática, por ejemplo, atrayendo a estudiantes y profesores de todo el mundo, publicando miles de textos, y ejerciendo un importante papel impulsor del budismo Mahayana y Vihjarana. En resumen, le corresponde parte de responsabilidad en el florecimiento de la llamada Edad de Oro de la India, que tuvo lugar entre los siglos IV y VI, y durante la cual se idearon avances como el sistema numérico decimal o el concepto del número cero, entre otros.

El paso de los gúridas y el de la posterior dinastía mameluca del Sultanato de Delhi, éste en 1202, pusieron punto y final al esplendor de la que se considera la primera universidad residencial conocida de la historia. Se acababa la enseñanza y, tras unos siglos de olvido, se recuperaba la memoria del sitio para una nueva actividad: el turismo.


Fuentes

Archeological Survey of India, Excavated remains of Nalanda Mahivara | Kamlesh Kapur, History of Ancient India. Portraits of a nation | M. B. Rajani, The expanse of archaeological remains at Nalanda: a study using remote sensing and GIS | Manoj Kumar, Ancient Nalanda University | Wikipedia


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