El 15 de julio de 1341 la malaria crónica que arrastraba desde tiempo atrás acabó con la vida del emperador bizantino Andrónico III Paleólogo. El imperio quedaba en una delicada situación, puesto que el heredero del trono, su hijo Juan, sólo tenía nueve años y se vería obligado a defender su derecho sucesorio ante un tocayo, el megas domestikós (comandante en jefe del ejército) Juan Cantacuceno, lo que derivó en seis años de guerra civil.

Pero no era ése el único peligro. La pretenciosa política exterior del difunto emperador supuso la ruptura definitiva de una asentada alianza con los mongoles, que en su momento habían sido de una gran ayuda para detener a los enemigos de Constantinopla (búlgaros, tesalios, turcomanos…), y una de las últimas acciones de Andrónico III fue enviar una embajada a la Horda de Oro rogando que no atacara la capital imperial.

Esa relación amistosa se basaba en el hecho de que buena parte de los mongoles fueran cristianos nestorianos. El nestorianismo o difisismo se diferenciaba de otras doctrinas del cristianismo en considerar que Cristo tenía dos naturalezas, humana y divina, completamente independientes entre sí. Tenía su origen en las predicaciones de un monje sirio llamado Nestorio que en el siglo V fue patriarca de Constantinopla, ciudad en la que se enfrentó teológicamente a Cirilo de Alejandría, quien sostenía que en Cristo no había dos prosopōn (personas) sino una, Dios y Hombre al mismo tiempo.

Extensión de la diócesis de la Iglesia Ortodoxa Oriental entre los siglos VIII d.C. y XIV d.D. Las cruces señalan las diócesis nestorianas altomedievales/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

El Concilio de Éfeso, celebrado en el año 431, proscribió el nestoranismo y sus seguidores se dispersaron, encontrando acogida entre los lájmidas (árabes cristianos de Mesopotamia) y los persas occidentales, donde las respectivas iglesias locales se separaron de la católica bizantina. Más tarde expandieron su fe hacia el este, llegando a China hacia el 635 de la mano del monje Alopen, razón por la que Marco Polo encontraría allí comunidades cristianas en el viaje que realizó en el siglo XIII. Para llegar a Extremo Oriente, Alopen había seguido la Ruta de la Seda, atravesando Asia Central y, por tanto, territorio de los mongoles, donde también logró conversiones.

En el 476 cayó el Imperio Romano de Occidente y su legado quedó representado por el de Oriente, creado por Teodosio I al partir en dos el anterior en el 395: aquella síntesis de la cultura helenística y la religión cristiana con la forma romana de estado iba a pervivir diez siglos, aunque no sin sobresaltos lógicamente. Si en un primer momento la mayor amenaza fueron los persas, luego surgieron otros como el expansionismo del islam, las incursiones búlgaras y lombardas, la agresividad de los selyúcidas (que arrebataron Asia Menor al imperio) e incluso, eventualmente, los propios cristianos (los cruzados que tomaron Constantinopla en 1204).

Estados surgidos de la fragmentación del Imperio Bizantino tras la Cuarta Cruzada/Imagen: Rowanwindwhistler en Wikimedia Commons

Los sucesos de la Cuarta Cruzada no sólo habían dividido a la población bizantina entre latinos y griegos, sino que originaron varios estados ante el caos que vivía la capital. Uno de ellos, el llamado Imperio de Nicea, consiguió suplir la presencia bizantina en Asia Menor hasta que 1261 Miguel VIII Paleólogo reconquistó Constantinopla y trasladó allí su capital, restableciendo de facto el imperio. Pero la dinastía que fundó Miguel VIII se encontró con graves obstáculos económicos, sociales y políticos que proyectaban una oscura sombra sobre el futuro bizantino.

Entre esos problemas tenía importancia especial la cada vez mayor presión de los otomanos, que todavía no eran un imperio pero lo serían pronto, en 1299. También parecían amenazadores los mongoles, que en 1243 se apoderaron del Imperio de Trebisonda, otro de los estados greco-bizantinos surgidos del caos instaurado en Constantinopla por los cruzados. Sin embargo, los mongoles, fieles a su estilo, se contentaron con establecer un vasallaje y eso permitiría dos cosas. La primera fue que Trebisonda perdurase hasta su caída definitiva en manos otomanas en 1461 (ocho años después de que Mehmed II conquistase Constantinopla).

La otra, que el emperador Balduino II enviase una embajada al Gran Kan en el 1250. Encabezada por Balduino de Hainaut, descendiente del emperador Balduino VI de Hainaut, se encontró con un Imperio Mongol en guerra interna por ocupar el poder que había dejado Kuyuk, hijo de Ogodei y nieto de Gengis Kan. Finalmente, al año siguiente y gracias a la ayuda de Batú Kan, nieto también de Gengis y señor de la Horda de Oro, se impuso Möngke (¡otro nieto más de Gengis!), hermano de Hulagu y Kublai. Eso facilitaba las cosas para una negociación diplomática.

Imperio Bizantino y dominios mongoles hacia el año 1265/Imagen: William Robert Shepherd en Wikimedia Commons

De hecho, ya había empezado toda una tendencia en ese sentido. A su regreso, Balduino se encontró en Constantinopla con un monje franciscano flamenco llamado Willem van Ruysbroeck; un experto geógrafo que se disponía a partir hacia la corte del Gran Kan por cuenta del rey Luis IX de Francia. El monarca galo acababa de ser estrepitosamente derrotado en la Séptima Cruzada y decidió que si no podía vencer al islam en el campo de batalla lo haría en el espiritual, convirtiendo a los mongoles masivamente al cristianismo (como vimos, muchos de éstos practicaban el nestorianismo pero otros eran musulmanes). A ese monje lo conocemos hoy por su nombre hispanizado, Guillermo de Rubruquis; ya le dedicamos un artículo.

Rubruquis, en efecto, partió hacia Crimea, pasó a Tartaria, cruzó el Don y se entrevistó primero con Sartak Kan (señor de la Horda de Oro), luego con Batú Kan (que gobernaba la región del Volga) y finalmente con Möngke, donde también estaba un embajador del Imperio de Nicea. Rubruquis retornó en 1254 y contó la predisposición del caudillo mongol a ayudar a los cristianos occidentales porque, al fin y al cabo, había renunciado a las incursiones en Europa para centrarse en la conquista de China. Cinco años más tarde, Miguel VIII Paleólogo subió al trono de Nicea y en 1261 lo hizo al del Imperio Bizantino, iniciando ya un acercamiento abierto a los mongoles.

Retrato anónimo de Möngke /Imagen: Wikimedia Commons

Möngke murió en 1259, por lo que no pudo cumplir su promesa de atacar Bagdad y entregar Jerusalén a los cristianos si le ayudaban a conquistarla. Además, la habitual lucha por su sucesión devino en una guerra civil entre sus hermanos pequeños, Kublai y Arik Böque, que, aunque ganó el primero, supuso la disgregación de la unidad mongola en cuatro kanatos (hasta que Timur Kan devolvió la unidad en 1304): la Horda de Oro (en Europa del este), el Chagatai (Asia central), el Ilkanato (suroeste asiático) y la China Yuan (en el extremo oriente, con capital en Pekín).

No obstante, esa división no impidió que se afianzase el compromiso de alianza con los europeos; simplemente, los titulares de los kanatos lo hicieron por su cuenta, en vez de forma unitaria. La vía, como era común, fue la matrimonial: en 1266, Miguel VIII concedió la mano de dos de sus hijas a sendos kanes: Eufrosina Paleóloga con Nogai, de la Horda de Oro, y María Paleóloga con Hulagu Kan, del Ilkanato Persa. Es cierto que se trataba de hijas ilegítimas, engendradas con su amante Diplovatatzina, pero lo importante era estrechar lazos sanguíneos.

Nogai, que acaba de invadir Tracia, se vio envuelto en una compleja trama en la que también jugó un papel su nueva esposa. Los búlgaros se había levantado en armas y su líder, un campesino llamado Ivailo (al que también dedicamos un artículo), se proclamó emperador, ofreciendo una alianza a la Horda de Oro. Viendo el peligro, Miguel VIII casó a su hija Irene con un noble búlgaro al que nombró déspota y presentó como legítimo heredero al trono con el nombre de Iván Asen III. Nogai tenía que elegir y se decidió -dicen que influido por Eufrosina- por el segundo, que tenía detrás el apoyo bizantino (hasta colaboró con su ejército contra el déspota de Tesalia).

Retrato de Miguel VIII Paleólogo/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Nogai falleció en 1299 a manos de su primo Tokta en una batalla de otra contienda civil. No se sabe qué fue de Eufrosina: si murió antes que su esposo, si lo hizo durante la lucha por el poder de la Horda de Oro o si simplemente, al no haber tenido hijos, la enviaron de regreso a Constantinopla. Más suerte tuvo María con Hulagu; o, mejor dicho, con el vástago de éste, Abaka, que fue el que se casó con ella porque su progenitor había muerto mientras esperaba la llegada de su prometida. Abaka prometió unirse a la Octava Cruzada y su mujer se convirtió en una líder religiosa de los mongoles nestorianos, siguiendo los pasos de sus suegra Dokuz Katun.

Eso sí, las cosas cambiaron un poco en 1282, al quedar viuda, porque su cuñado Ahmad, nombrado sucesor, era musulmán. Y aunque siempre la respetó a ella y su religión, que trataba de aprender por deferencia a los numerosos súbditos que la practicaban, María prefirió regresar a Constantinopla. En 1307 fue prometida a Ölyeitü, octavo kan del Ilkanato, en el contexto de una guerra contra los otomanos -ahora sí, constituidos en imperio-. Como éstos habían sitiado Nicea, María visitó la ciudad durante el viaje e intentó negociar con el sultán Osmán I, pero no llegaron a un acuerdo y fue expulsada. Los sitiadores lograron tomar la ciudad y ella tuvo que volver a Constantinopla, sin Nicea y sin boda; terminó tomando los hábitos en un convento.

Esos acontecimientos tuvieron lugar ya durante el reinado de Andrónico II, el primogénito de Miguel VIII, que falleció en 1282, el mismo año en que María perdió a su esposo. Andrónico carecía de las virtudes de su padre y se ocupó más de las disputas religiosas que de la política, con lo que el esfuerzo de Miguel por mantener el imperio cayó en saco roto. Cierto que la mala marcha de la economía no ayudó, impidiendo financiar adecuadamente el mantenimiento de la flota, que fue desmantelada confiándose la defensa marítima a los aliados genoveses; en la práctica se limitaron a defender sus intereses en la región.

Asia en el primer tercio del siglo XIV/Imagen: Rowanwindwhistler en Wikimedia Commons

Venecia y Nápoles aprovecharon esa debilidad para declararle la guerra, mientras serbios y búlgaros también se expandían a costa de territorios bizantinos. Pero la principal amenaza era otomana. Ya vimos cómo se apoderaron de Nicea e hicieron otro tanto con Bitinia, barriendo a las tropas de Miguel IX, el hijo del emperador. Éste continuó el recurso de contratar fuerzas extranjeras, primero a los alanos y después al Ilkanato. Al séptimo kan persa, Mahmud Gazhán, le prometió un enlace matrimonial de estado a cambio de que frenase a los turcomanos que amenazaban las fronteras orientales y él aceptó, aunque su muerte en 1304 proyectó una sombra de inquietud sobre Constantinopla.

Afortunadamente, el octavo kan, el mencionado Ölyeitü, renovó el acuerdo y fue con él con quien se concretó el casamiento con María, tal como como contamos antes. Y, en efecto, en 1308 envió a Bitinia un ejército de treinta mil hombres, gracias al cual se recuperaron muchas ciudades perdidas. El problema estaba en el propio imperio, que se pudría interiormente. Andrónico había contratado a la Gran Compañía Catalana, los mercenarios almogávares que comandaba Roger de Flor, para frenar los ataques búlgaros y turcos. Los genoveses, que no vieron con buenos ojos su llegada, acabaron derrotados por ellos mientras la campaña resultaba victoriosa, expulsando a los otomanos en dos años.

Roger de Flor y sus almogávares entran en Constantinopla, recibidos por el emperador Andrónico II. Obra de José Moreno Carbonero/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Pero Andrónico reclamó la presencia almogávar en Bulgaria y todo se complicó con la muerte de Roger de Flor, que llevó a sus hombres a abandonar el servicio al emperador y dedicarse a asolar Tracia, Tesalia y el sur de Grecia, lo que permitió a los musulmanes recuperar Asia Menor. Cuando todo parecía estabilizarse, los nietos del emperador -de esposas distintas- se enzarzaron en una guerra fratricida por la futura sucesión del trono. Se impuso Andrónico III, el mayor, que mató a su hermano -lo que provocó la muerte de su padre, Miguel- y se volvió contra su abuelo cuando éste quiso desheredarle.

Consiguió vencerle sin necesidad de combatir y proclamarse emperador en 1328. Pero su carácter violento y caprichoso no era el que necesitaba el imperio para afrontar las amenazas exteriores. Nicea y Nicomedia fueron conquistadas por Orhan I, por lo que la única ciudad bizantina que quedaba en Asia Menor era Filadelfia, más algunas plazas fortificadas menores. El problema fue que Andrónico III quiso recuperar otras en el Egeo que había tenido que ceder a los genoveses en pago por los servicios de su armada, con lo que se granjeó también su enemistad en un momento en que necesitaba aliados más que nunca, ya que búlgaros y serbios elegían asimismo la vía bélica; incluso hubo que recurrir a la ayuda de los selyúcidas.

El último aliado, el mongol, se había perdido ya al final del reinado de su predecesor. A pesar de que Andrónico II insistió en la política de lazos matrimoniales, entregando la mano de su hija a Tokta, las relaciones se deterioraron. Tokta, biznieto de Batú Kan y kan de la Horda de Oro gracias a la ayuda que le prestó Nogai -con el que acabó enfrentado luego-, no era nestoriano sino que practicaba la fe chamánica y se sentía interesado por el budismo, pero aceptó casarse con esta otra María Paleóloga, que tenía diecinueve años y le dio una hija a la que llamaron Marija, que posteriormente sería esposa de Narimantas, gran duque de Lituania, dejando patente que la atención de la Horda se centraba en los principados rusos.

Andrónico III retratado en una miniatura bizantina/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Uzbeg, sobrino de Tokta y su sucesor al frente de la Horda de Oro, se hizo musulmán adoptando el nombre de Ghiyas ad-din Mohammed (aunque aplicaba la tradicional tolerancia religiosa de los mongoles, como demuestra una carta de agradecimiento que le envió el papa Juan XXII) y continuó la política de atención al este, casando a su hermana Konchaka con el príncipe Yuri de Moscú. Sin embargo, también se interesó por el oeste y envió expediciones a Tracia, contratado por el zar búlgaro, y contra Serbia, en este segundo caso fallidas.

Andrónico III trató de atraerlo entregándole como esposa a una hija ilegítima, pero si fue así -no está claro que se consumara- eso no cambió las cosas y los mongoles tomaron el puerto bizantino de Vicina Macaria. La que era quinta esposa de Uzbeg, adoptando el nombre de Bayalun, escapó temiendo ser forzada a convertirse al islam y de ese modo rubricó definitivamente el fin de la alianza bizantino-mongola. Retomando el comienzo, una embajada tuvo que rogar a Uzbeg que desistiese de su plan de atacar la misma Constantinopla en 1341.


Fuentes

Georg Ostrogorsky, Historia del Estado Bizantino | Donald MacGillivray Nicol, The last centuries of Byzantium, 1261-1453 | Peter Jackson, The mongols and the West, 1221-1410 | Alexander A. Vasiliev, History of the Byzantine Empire, 324–1453 | Wikipedia


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