Entre los siglos XV y XVI se desarrolló en Europa un fenómeno cultural, que marcó el final de la Edad Media y la entrada en la Moderna, al que llamamos Renacimiento. Su puesta en práctica fue a través de un movimiento denominado humanismo que, en palabras de la RAE, suponía un «respaldo a un retorno a la cultura grecolatina como medio de restaurar los valores humanos» (de ahí su nombre). Así, sin renunciar a la tradición cristiana, se emprendió la afirmación de los valores del Hombre cambiando los parámetros artísticos, científicos y filosóficos para retomar los principios de la Antigüedad Clásica. Y si hubiera que centrar su historia en una sola persona, probablemente uno de los mejores candidatos sería un semidesconocido: Giovanni Aurispa.

Lo irónico es que Aurispa no era natural de Florencia, como cabría esperar puesto que en esa ciudad surgió la primera chispa renacentista bajo patrocinio de la poderosa familia Médici, sino en el otro extremo de lo que hoy es Italia: de hecho, ni siquiera en la península sino en Noto, un pequeño municipio del sur de Sicilia situado a treinta y dos kilómetros de Siracusa; la añeja aldea sícula donde, según la leyenda, Hércules descansó del esfuerzo de limpiar los establos del rey Augías en lo que fue su séptimo trabajo, y donde Dédalo habría hecho la primera parada tras su vuelo sobre el mar Jónico.

Semejante bagaje mitológico clásico parece perfecto para envolver el nacimiento de Aurispa, del que no se sabe la fecha exacta aunque se calcula en torno a 1376. Sin embargo, no permaneció mucho tiempo en la isla porque el monarca siciliano Martín I el Joven le costeó su traslado a Bolonia en 1404 para estudiar, formándose en la capital de Emilia-Romaña durante seis años. En 1413 marchó a Grecia como tutor privado de los hijos de un comerciante genovés apellidado Racanelli, estableciéndose en Quíos, una isla del mar Egeo próxima a la costa turca que pertenecía a la República de Génova.

El imperio Bizantino (color rosa) y su entorno hacia 1410, poco antes de la visita de Giovanni Aurispa/Imagen: Constantine Plakidas en Wikimedia Commons

Fue allí donde Aurispa aprendió la lengua griega y se empapó de los clásicos helenos, hasta tal punto que empezó a recopilarlos y traducirlos; entre sus piezas más destacadas figuraban libros de los dramaturgos Eurípides y Sófocles, así como textos de Tucídides, uno de los cuales consta que vendió en 1417 a otro humanista llamado Niccolò Niccoli -este sí, florentino-, cuya colección de manuscritos iba a ser la base de la Biblioteca Laurenciana. No sería la única transacción, ya que de eso vivió los años siguientes en su tierra. Y es que, pese a todo, Aurispa no permaneció mucho en Quíos porque en 1414 regresó a Italia; concretamente a Savona, la capital de Liguria, donde el dinero que obtenía en las ventas complementaba su sueldo de profesor de griego.

Eso no impidió que en 1418 realizase una visita a Constantinopla y decidiera quedarse para perfeccionar el idioma y buscar más manuscritos que traducir e incorporar a su acopio personal. Su dedicación a eso último fue tan intensa que, según explicó él mismo posteriormente, se presentó una denuncia contra él ante el emperador Manuel II Paleólogo, acusándole de adquirir todos las obras religiosas disponibles en la ciudad; tal era la cantidad que había conseguido reunir.

Busto de Aurispa en su lugar natal, Noto (Sicilia) | foto Miesh en Wikimedia Commons

Probablemente esa aparente exageración no causó su marcha, ya que Manuel, un hombre muy culto y también coleccionista (de epístolas religiosas) que, por entonces, regía un Imperio Bizantino que gozaba de un inusual período de paz acordado con el Imperio Otomano de Mehmet I, mantenía cierta amistad con él y hasta le facilitó el acceso a algunos ejemplares. Pero el caso es que, fuera por ésa u otra razón, abandonó la ciudad y se dirigió a Florencia, esta vez sí, donde se puso al servicio de la Casa Pontificia, que por entonces había establecido allí su sede.

Aurispa ejercía la docencia en el Studio Fiorentino (Estudio Florentino), fundado en 1348 como Studium Generale e incorporado a la Universidad Imperial de Carlos IV de Luxemburgo en 1364, junto con la Universidad de Pisa. Un año más tarde, esa corte retornó a Roma y Aurispa con ella, siendo en la Ciudad Eterna donde enseñó griego a unos de sus alumnos más famosos: Lorenzo Valla, que se convertiría en un prestigioso humanista considerado el pionero de la crítica histórica y filosófica, y que pretendía una de las secretarías del Papa (infructuosamente).

En 1421, el papa Martín IV asignó a Aurispa la misión de traductor de Gian Francesco Gonzaga, marqués de Mantua, quien debía encabezar una misión diplomática ante el Imperio Bizantino. Así fue cómo el siciliano volvió a pisar Constantinopla, donde ahora reinaba Juan VIII Paleólogo, el hijo de Manuel. Su relación con él resultó tan buena como con el padre y hasta fue nombrado secretario, cargo que ejerció dos años durante los cuales le acompañó en un viaje por las cortes europeas. Uno de los destinos fue Venecia, donde Aurispa decidió quedarse. Era el año 1423.

Juan VIII Paleólogo retratado por Benozzo Gozzoli en su obra La procesión de los Magos/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

A la ciudad de los canales llegó con su espléndida biblioteca de clásicos, doscientos treinta y ocho volúmenes según dijo él mismo en una carta al teólogo y humanista Ambrosius Traversarius, sin el cual nunca hubiera podido traerlos. En buena hora, cabría añadir; muchos de esos libros eran novedades en Europa occidental, puesto que buena parte de los textos griegos (Aristóteles, Jenofonte, Platón…) no serían traducidos e introducidos hasta unas décadas más tarde por el cardenal Basilio Besarión, constituyendo la base de la Biblioteca Nazionale Marciana, en la misma Venecia.

Aurispa también tenía obras de esos autores y otros como Plotino, Proclo, Píndaro, Procopio de Cesarea, Jámblico, Calímaco, Demóstenes, Heródoto, Estrabón, etc. De los dos primeros tenía la producción completa, de Platón todo lo que hoy se conserva; asimismo, su colección incluía un códice del siglo X con siete tragedias de Sófocles y seis de Esquilo, el manuscrito más antiguo de Ateneo, las Argonáuticas de Apolonio de Rodas, un epistolario de Gregorio Nacianceno… Tampoco faltaban historiadores latinos como Dión Casio, Diodoro Sículo o Flavio Arriano.

Ese fabuloso tesoro cultural tuvo que ser empeñado por valor de cincuenta florines de oro, ya que Aurispa carecía de fondos para costear su traslado y al final fue el mencionado Traversarius, decíamos, quien medió ante Lorenzo de Médici para que concediera el correspondiente préstamo. Ahora bien, Aurispa tampoco se quedó mucho tiempo en Venecia y en 1424 lo encontramos de nuevo en Bolonia, contratado como profesor universitario de griego. Efímero también, ya que al año siguiente cambia esa cátedra por su homóloga en Florencia, animado por Traversarius y el mecenazgo de los Médici.

Ambrosius Traversarius (esquina inferior derecha) retratado junto a otros humanistas por un artista anónimo/Imagen: Derbrauni en Wikimedia Commons

Gracias a ello se hicieron copias de todos los títulos de su biblioteca, la cual continuaba creciendo de forma constante (con incorporaciones como las comedias de Aristófanes, las Oraciones de Juan Crisóstomo o las Vidas de santos de Gregorio Nacianceno, entre otros manuscritos), sin que lo impidiera el hecho de que, una vez más, Aurispa tuvo que hacer el petate e irse. Fue a finales de 1427 o principios de 1428, debido a la turbulenta situación política que sufrían los florentinos por el enfrentamiento que mantenían las familias rivales Médici y Albizzi para alcanzar el poder.

El destino fue Ferrara, donde otro amigo humanista, Guarino de Verona, le consiguió un trabajo como tutor de Meliaduse de Este, hijo natural que Niccolo III de Este, marqués de Ferrara, había tenido con Caterina Abaresani. En esa ciudad, su vida tomó una nueva dimensión al adoptar el sacramento del orden sacerdotal (el que habilita para, en segundo o tercer grado, pasar a ser sacerdote), ascendiendo en la jerarquía eclesiástica. Eso, junto con sus enseñanzas de los clásicos, le confirieron renombre suficiente como para que Alfonso V el Magnánimo, rey de Aragón, Valencia, Mallorca, Cerdeña y Sicilia, y que por entonces era también pretendiente al trono de Nápoles (que consiguió en 1442), le ofreciese un puesto en su corte.

La oferta le llegó a través de Antonio Beccadelli Il Panormita, un jurista, humanista y poeta siciliano que estaba bajo la protección del monarca -mecenas de las artes y las letras- porque algunas de sus obras eran de corte erótico y el papa Eugenio IV las había prohibido. Sin embargo, Aurispa prefirió quedarse en Ferrara, continuando la docencia y el coleccionismo bibliográfico. Precisamente por entonces, en 1433, descubrió otra joya en un monasterio de Maguncia: el único manuscrito medieval que quedaba de los Panegyrici LatiniPanegíricos Latinos«), una antología de doce discursos de diversos autores (Plinio el Joven, Pacato Drepanio, Claudio Mamertino, Nazario, Eumenio y otros anónimos) que ensalzan las actividades de varios emperadores romanos y que estaban datados entre los siglos I y IV d.C.

Meliaduse de Este en un retrato anónimo/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

¿Por qué estaba Aurispa en Maguncia? Porque había acompañado a su alumno Meliaduse (a quien, pese a la muerte de su hermanastro mayor, su padre no quiso legarle el marquesado, por lo que tomó los hábitos y era abad comendatario de San Bartolo desde 1425), al Concilio de Basilea, el XVII ecuménico de la Iglesia, iniciado dos años antes con el objetivo de reformar ésta, negociar la reconciliación con la Iglesia Ortodoxa y acabar con la herejía husita. Durante el viaje, maestro y pupilo aprovecharon para visitar ciudades germanas como la citada Maguncia, Colonia o Aquisgrán, en las que consiguieron más libros olvidados o ignotos, fundamentalmente códices latinos.

En 1438, el papa Eugenio IV trasladó el concilio a Ferrara para controlarlo más de cerca, ya que planteó una seria limitación de su poder. Al año siguiente, un brote de peste obligó a un nuevo traslado, esta vez a Florencia, razón por la que a veces se lo conoce también como Concilio de Basilea-Ferrara-Florencia. Fue un fracaso parcial, puesto que no logró ninguno de los tres objetivos principales: los conciliaristas no pudieron imponerse a la autoridad del Papa; los ortodoxos admitieron la primacía de Roma, pero los monjes griegos se negaron a aceptarla y las dos iglesias se separarían definitivamente en 1472; y a los husitas hubo que reconocerlos de momento, mediante el decreto Compactata, hasta que veinte años después se inició una cruzada contra ellos.

Por contra, Aurispa sí sacó algo positivo porque llamó la atención de Eugenio IV, quien se lo llevó con él a Roma nombrándolo secretario apostólico. El siguiente en ocupar el trono de San Pedro, Nicolás V, le confirmó en el cargo y le entregó dos abadías en commendam (es decir, aquellas de las que cobraba rentas pero sin intervenir en su dirección ni disciplina monástica interna). La relación entre ambos fue positiva porque el nuevo papa también era un apasionado bibliófilo que impulsaría la traducción de clásicos como Homero, Estrabón, Tucídides y Diodoro Sículo, fundaría la Biblioteca Apostólica Vaticana en 1448, desarrollaría una vasta política de embellecimiento de Roma y, habiendo estudiado en la universidad boloñesa y tratado a los principales humanistas de su tiempo, fomentaría ese movimiento.

Aurispa tuvo su parte en todo ello, aunque no se iba a prolongar mucho más. En 1450, mayor y cansado, se retiró a Ferrara para esperar la muerte, que le llegó en 1459, con una venerable edad de ochenta y tres años. Gracias a él han llegado hasta nuestros días la mayor parte de las obras clásicas que conocemos, que tan celosamente coleccionó y se preocupó de conservar.


Fuentes

Emilio Bigi, Giovanni Aurispa (en Dizionario Biografico degli Italiani) | Giovanni Aurispa, Opere, lettere e cartegio (en BEIC, Biblioteca Europea de Información y Cultura) | Remigio Sabbadini, Giovanni Aurispa (en Treccani, Enciclopedia Italiana) | Wikipedia


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