Fecenia Hispala, la mujer que reveló al Senado romano lo que ocurría en las Bacanales

Bacanal, por Raffaello Sorbi/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

En el año 186 a.C. faltaba todavía más de siglo y medio para que Augusto impusiera en Roma una política de fomento de la moralidad y la virtud, restringiendo la libertad de los senadores para casarse (Lex Iulia de maritandis ordinibus), premiando la fecundidad (ius liberorum), penalizando la soltería, obligando a los viudos/as a contraer segundas nupcias y castigando el adulterio (Lex Iulia de adulteriis coercendis), lo que incluyó el destierro para su hija Julia por comportamiento indecoroso. Sin embargo, en ese citado año, el Senado había adoptado también una medida en ese sentido: la prohibición de las Bacanales, motivada por el escándalo homónimo que desató el testimonio de una cortesana llamada Fecenia Hispala.

Las Bacchanalia eran unas fiestas que se celebraban en honor de Baco, el dios del vino, la embriaguez y el éxtasis que venía a reflejar entre los romanos a su homólogo griego, Dionisos. Éste era objeto de un culto mistérico, el de los Misterios Dionisíacos, en el que, mediante música, danza y posiblemente alucinógenos, se pretendía inducir a un trance que permitía volver a un supuesto estado natural. Derivado de uno más antiguo en honor de Pan, dicho culto tenía un carácter secreto, exclusivo para iniciados -razón por la cual no se conoce bien su desarrollo hoy en día-, aunque se sabe que incluía procesiones nocturnas a la luz de antorchas, libaciones, y bailes con movimientos espasmódicos -siguiendo un ritmo musical muy marcado- que llevaban a identificarse con la divinidad.

Las fiestas dionisíacas eran especialmente populares entre las clases bajas y marginales (delincuentes, esclavos…) por su espíritu de libertad y su carácter igualador, ya que invertía los roles sociales tal cual hacían las saturnales romanas. Por esa razón, las autoridades no las veían con buenos ojos, considerándolas primitivas o bárbaras, y tratando de suprimirlas o, al menos, controlarlas. Pero no sólo no lo consiguieron sino que, hacia el año 200 a.C., salieron de Grecia y se extendieron a Roma a través de las colonias helenas del sur de la península itálica y Etruria (que recibía una fuerte influencia griega), posiblemente por los prisioneros de Tarento liberados de los cartagineses en la Segunda Guerra Púnica.

Sacrificio a Baco, por Massimo Stanzione/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

En la ciudad del Tíber mantuvieron ese secretismo e incluso lo aumentaron, obligando a los iniciados a no desvelar nada sobre ello. Las celebraciones se llevaban a cabo en lugares privados y únicamente presentaban una tímida cara pública que seguía el modelo griego de representaciones teatrales y publicaciones literarias. Al principio, como en el original heleno, las practicantes sólo eran mujeres, que se reunían en la arboleda de Semele (cerca del monte Aventino, donde se ubicaba un barrio marginal) durante las primeras lunas llenas de enero y marzo, así como a mediados de ese segundo mes; más tarde, se abrió la participación también a los hombres y se incrementó la frecuencia a cinco veces mensuales.

Todos esos cambios habrían sido responsabilidad de una sacerdotisa de Baco en Campania llamada Annia (o Minia) Pacula, quien dio ejemplo iniciando a sus propios hijos, Minio y Herenio Cerrinio. Así lo cuenta al menos el historiador romano Tito Livio, fuente principal sobre el tema, que además de atribuirle la introducción del culto en Roma dice que fue ella la que confirió a los fastos un nuevo carácter medio violento medio orgiástico, inferido por el exceso de vino. Estas novedades fueron las que llevaron al Senado a ver con otros ojos lo que hasta entonces no era más que una fiesta; extraña, pero tolerada.

Vista actual del Aventino desde el Tíber/Imagen: Gobbler en Wikimedia Commons

La razón de ese nuevo posicionamiento era la misma que en Grecia. Se pensaba que el culto dionisíaco, con aquellas características recién incorporadas, se volvía especialmente atractivo para las personas con leuitas animi, es decir, mentes volubles o poco educadas; en otras palabras, los plebeyos, las mujeres, los jóvenes, los afeminados, los de espíritu débil… El problema estaba en que podían contagiar a los ciudadanos y corromperlos, atacando así los tres pilares fundamentales sobre los que se apoyaba la moral tradicional romana: la virtus (virtud, un concepto inicialmente identificado con el valor pero luego enriquecido con la prudencia, la justicia, la templanza), la pietas (piedad, en el sentido de la fe) y la fides (lealtad).

La virtud corría pues un riesgo, al igual que la devoción religiosa. Pero había otro más inmediato y tangible, el que afectaba a la fidelidad, ya que el empoderamiento de los sectores marginados ponía en peligro al propio estado, al amenazar su cohesión en lo social, lo político y lo religioso. Todo ello eclosionó en el 186 a.C., cuando el Senado intervino policialmente ante el temor de que todo se desmandase y acabara en insurgencia. La chispa, eso sí, se encendió por un motivo algo más romántico: la denuncia que realizó un joven del ordo equester (la nueva clase ecuestre, que estaba inmediatamente debajo de la senatorial), cuya amante le convenció para que no se sometiera al ritual de iniciación dispuesto por sus progenitores.

El joven en cuestión se llamaba Publio Ebucio y la amante Fecenia Hispala. Ésta, quizá originaria de Hispania por el nombre, era una scortum nobile libertina («acompañante noble libertina») según Tito Livio; una esclava que habría pertenecido a la mencionada Annia Pacula hasta que ésta la manumitió, aunque otra versión dice que su dueño falleció de pronto, quedando ella desamparada y viéndose obligada a buscarse la vida. Sirviese a la sacerdotisa o no, había sido iniciada en las bacanales y sabía lo tremendo que podía ser el rito de entrada, y ahora se encontraba con que su amado estaba en esa tesitura.

Dedicatoria a Baco, cuadro de Lawrence Alma-Tadema (1889) / foto dominio público en Wikimedia Commons

¿Por que un eques iba a querer entrar en el culto? La razón estaba en que había sufrido una grave enfermedad y su madre, Duronia, que había quedado viuda y estaba casada en segundas nupcias con otro miembro de los equites, Tito Sempronio Rútilo, hizo la promesa de devoción a Baco a cambio de su curación. Cuando Ebucio le contó a Fecenia que la razón de su abstinencia sexual en los últimos días era prepararse para la iniciación, ella le manifestó su preocupación, acompañándole a escondidas hasta el santuario del dios para que viera con sus propios ojos una ceremonia y así disuadirle. Efectivamente, él resolvió no hacerlo tras ver lo tremebundo de los ritos y oír que algunos bacantes (adoradores de Baco) hablaban de que su ingreso se debía al interés de su padrastro de quitárselo de en medio para quedarse con su herencia.

Al enterarse los progenitores de la negativa de su vástago le expulsaron de casa, pues por entonces seguramente no tendría más de diecisiete años. Fue entonces a ver a su tía paterna, quien le llevó ante un poderoso amigo: el cónsul Espurio Postumio Albino Paululo. Éste quiso interrogar a Fecenia sobre todos los detalles de las bacanales y así, prometiéndole protección si le desvelaba los secretos, se enteró de las características del culto ya reseñadas, de la existencia de Annia Pacula y de otros detalles escabrosos, como que los intercambios sexuales se daban más entre hombres que entre hombres y mujeres, que si alguno se negaba podía ser sacrificado, que todo lo que quedase fuera de la ley se consideraba lícito y deseable, y que ya había unos cuantos nobles de ambos sexos entre los adeptos.

La liberta Fecenia Hispala denunciando las Bacanales ante el Senado, por Cesare Maccari/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Cabe imaginar que todo aquello horrorizó a Postumio, quien acudió a denunciarlo al Senado y recibió de él la misión de investigar las bacanales con la ayuda de su par en el consulado, Quinto Marcio Filipo. El resultado de sus pesquisas, que se prolongaron cinco años, fue demoledor: con la excusa de la religión, tanto sacerdotes como acólitos transgredían las leyes civiles, religiosas y morales, fomentaban la homosexualidad, e inducían a la estafa, la falsificación y hasta el asesinato. Es probable que buena parte de esas acusaciones fueran exageradas o inexactas, pues únicamente tenemos los testimonios de un conservador como Tito Livio, pero los senadores debieron preocuparse ante la posibilidad de una conspiración contra la República -no necesariamente armada sino moral- y tomaron medidas tan drásticas que incluso se pospuso el reclutamiento de tropas para afrontar una rebelión de celtíberos y lusitanos.

Dichas medidas se plasmaron en un decreto, el Senatus consultum de Bacchanalibus, que desmantelaba la organización del culto, ponía las fiestas bajo control de los pontífices, establecía la obligación de solicitar permiso previo para celebrarlas so pena de muerte, vetaba el acceso masculino al sacerdocio de Baco y restringía las reuniones a un máximo de dos hombres y tres mujeres. En la práctica suponía el final de las bacanales, aunque parece ser que pervivieron de forma encubierta en el sur de la península italiana, donde tenían más arraigo, pero bastante desvirtuadas, mucho más suaves; junto a las saturnalias y lupercales, acabaron convirtiéndose en lo que hoy son los carnavales.

Los historiadores interpretan el Senatus consultum de Bacchanalibus como una afirmación de la autoridad civil y religiosa de Roma en sus territorios, tras la inestabilidad política y social que había seguido a la guerra contra Cartago. Un contundente ejercicio de autoridad, si creemos a Livio cuando dice que fueron ejecutados (o incitados a quitarse la vida en el caso de los nobles) seis mil de siete mil detenidos; entre los arrestados estaban Annia Pacula y su hijo Minio Cerrino (que fue desterrado a Ardea, ignorándose qué fue de ella), así como varios líderes plebeyos: los romanos Marco y Cayo Atinio, el falerio Lucio Opiterio…. En cambio Ebucio y Fecenia fueron generosamente recompensados por sus servicios en defensa de la República, tal como quedó registrado en el llamado plebiscitum de P. Aebutio et de Faecenia Hispala.

Placa de bronce, encontrada en Calabria y conservada en Viena, con el Senatus consultum de Bacchanalibus/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Él recibió cien mil ases de bronce y una uacatio ecuestris militae, distinción que le daba diez años de ventaja sobre los demás jóvenes de su clase de cara a acceder a una magistratura (no consta que lo hiciera, por cierto). A ella le pagaron la misma cantidad de dinero y le concedieron los privilegios de gentis enuptio (casarse con alguien de otra gens sin ignominia de por medio para el posible marido), optio tutoris (derecho a elegir el tutor correspondiente que preceptivamente debía tener cada mujer para autorizar su matrimonio), datio y deminutio (autorización para disponer de sus bienes sin depender del tutor) e ingenuo nubere (derecho a que su descendencia fuera considerada legítima).

Se puede suponer que con tales prerrogativas, insólitas en las romanas de la época, contraería nupcias con su amado Ebucio, ingresando así en su familia y dando un salto de gigante en la escala social, pues además le nombró heredero en su testamento. Sin embargo, no todos los historiadores aceptan la palabra de Livio ante el enlace entre un caballero y una liberta. Algunos consideran que ella representa un símbolo, el prototipo de buen corazón que serviría para contraponer a Annia Pacula, la otra fémina, ésta de rasgos claramente negativos y posible inspiradora del personaje de Fronesia que describe Plauto en su obra Truculento, coetánea a los hechos.

En cualquier caso, Roma experimentó tal sacudida con aquella insólita persecución que dio como resultado el regreso al viejo orden moral, reforzando la autoridad del pater familias frente al movimiento que las mujeres habían iniciado para mejorar su posición social (cuando tuvieron que asumir responsabilidades al quedar solas, mientras los hombres combatían a los cartagineses). Si en el 195 a.C. ellas habían logrado, pese a la oposición de Catón el Viejo, la derogación de la Lex Opia, que restringía la imagen que podían mostrar en público en lo referente a vestuario, adornos y similares, ahora, el propio cónsul Postumio decía de los adeptos al culto báquico que «la mayoría son mujeres y éste es el origen del mal».

En suma, la reacción de las autoridades ante las Bacchanalia no tuvo parangón, en el ámbito religioso, hasta las persecuciones a los cristianos siglo y cuarto más tarde.


Fuentes

Tito Livio, Historia de Roma desde su fundación | André Aymard y Jeannine Auboyer, Historia general de las civilzaciones. Roma y su imperio | Arcadio del Castillo, Notas sobre los privilegios concedidos a Publio Ebucio y Fecenia Híspala | Pedro Ángel Fernández Vega, Bacanales. El mito, el sexo y la caza de brujas | Georges Duby y Michelle Perrot, Historia de las mujeres. La Antigüedad | Jean-Noël Robert, Eros romano. Sexo y moral en la Roma antigua | Plauto, Comedias. Gorgojo. El ladino cartaginés. Tres monedas. Truculento | Wikipedia