Si alguien tiene pensado pasar unas vacaciones en Roma y busca algo curioso que hacer puede visitar la basílica Emilia, también llamada Paulli o Fulvia, cuyos restos se ubican en la parte norte del Foro, al este de la explanada (entre la curia Julia y el templo de Antonino y Faustina).

Enfrente, en la Vía Sacra, estaba el santuario que albergaba la estatua de Venus Cloacina, sin duda la diosa más escatológica y escabrosa del panteón romano junto con Esterquilino, porque si ella presidía la Cloaca Máxima (el alcantarillado de la ciudad) y purificaba las relaciones sexuales matrimoniales, él era el señor de los desechos que arrastraba el alcantarillado y el estiércol animal.

De la basílica Emilia, construida en el año 179 a.C. (aunque sería reformada varias veces), sólo quedan ruinas que apenas permiten visualizar su planta junto con algunos elementos reconstruidos. Perduran las basas de las columnas exteriores y de la nave, así como las plantas de las tabernae novae (tiendas nuevas, que sustituyeron a las anteriores tabernae lanienae -carnicerías- y tabernae argentariae -oficinas bancarias-), pero quien pasee por el Foro difícilmente podrá hacerse una idea de cómo era el edificio, salvo que lo vea en alguna recreación digital.

Denario con la efigie de Concordia y dos estatuas de Venus Cloacina en su santuario/Imagen: CNG en Wikimedia Commons

Medía un centenar de metros de longitud por treinta de anchura y por fuera se caracterizaba por una fachada porticada, doble en altura y de orden dórico, mientras que dentro destacaba una gran sala dividida en tres naves separadas por columnas. En el extremo septentrional se abrió luego una puerta que daba al Campo Vaccino (un mercado de ganado que se emplazó en lo que antes había sido el Foro Boario), decorado con bucráneos. En la escalinata de acceso a la basílica quedó integrado el santuario de Venus Cloacina -que era anterior-, del que hoy apenas quedan sus pétreos cimientos destacando sobre la hierba. Fue descubierto en 2012.

Para saber quién era esa divinidad tenemos que remontarnos hasta los orígenes de Roma, en el siglo VIII a.C., cuando Rómulo, una vez que se deshizo de su hermano Remo, correinaba junto a Tito Tacio, con cuya hija estaba casado. Tacio no era romano sino sabino, pero ambos pueblos se habían fusionado tras la guerra iniciada por el rapto de las sabinas, adoptando como forma de gobierno una diarquía; ya lo contamos en otro artículo. El caso es que, según cuenta la leyenda, fue Tacio quien introdujo el culto a Cloacina, tras encontrar un busto suyo en la Cloaca Máxima y atribuírselo a ella pese a que no sabía de quién se trataba en realidad.

Vista actual de la salida de la Cloaca Máxima/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Aquí hay que hacer un inciso para explicar qué era la Cloaca Máxima. Se trataba del colector principal del alcantarillado de Roma, cuya construcción data del año 600 a.C., aproximadamente. Fue el rey Lucio Tarquinio Prisco quien ordenó empezar las obras -que terminaron con Tarquinio el Soberbio– para atender una necesidad cada vez más urgente: drenar el terreno sobre el que se asentaba el casco urbano, bajo y pantanoso debido a la cercanía del río Tíber, así como eliminar los desechos de una población que iba creciendo. Especialmente, convenía higienizar el vado que servía de vía de comercio entre Roma y Etruria.

Inicialmente esa cloaca era un canal a cielo abierto para un arroyo que, en los primeros tiempos, marcaba el límite entre las colinas del Quirinal y el Palatino, zonas de residencia de sabinos y romanos respectivamente. Dicho arroyo, que atravesaría más tarde el Foro, fue el que se cubrió, y en algunos tramos se soterró, siguiendo un trazado sur-norte que pasaría también a través del Velabro (un valle bajo pantanoso) y el mencionado Foro Boario, dedicado a mercado ganadero.

La mayoría de los ingenieros que diseñaron la Cloaca Máxima eran etruscos, por lo que parece lógico imaginar que tendrían siempre cerca imágenes de su panteón divino. Es ese sentido es razonable deducir que el busto de la diosa que Tito Tacio no supo identificar seguramente correspondía a una etrusca, algo que se refuerza con el hecho de que había un santuario etrusco en el mismo sitio donde sabinos y romanos firmaron su nueva alianza. Sacralizaron ésta depositando allí sus armas y purificándose con ramas de mirto, arbusto que abundaba en ese punto; una planta asociada a la iconografía de Venus, quien a su vez era una deidad protectora del amor, la paz, el matrimonio y la reconciliación (lo que acaso tuvo repercusión más tarde, como veremos).

Trazado de la Cloaca Máxima en el período imperial/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Y allí precisamente, sobre la desembocadura de un pequeño arroyo que discurría desde por el Foro, se situaría la salida principal de la Cloaca Máxima. Consecuentemente, Tacio consagró la estatuilla a Cloacina, síntesis del sustantivo cloāca y el verbo cuere, y traducible del latín arcaico como «purificadora» o, más prosaica y ajustadamente al contexto explicado, «alcantarilla». Cloacina se perfilaba así como diosa de doble cometido: purificar tanto el alcantarillado como las relaciones sexuales de los matrimonios resultantes de la unión de romanos y sabinas, pues ambas cosas nacieron en el mismo sitio.

Posteriormente, Augusto le dio un impulso extra a ese carácter catárquico con la idea de limpiar la mancha de impiedad que había caído sobre Roma con el asesinato de su pontifex maximus, Julio César. Cabe añadir que también fue allí donde el centurión Lucio Verginio (o Virginio) mató a su hija para evitarle la deshonra de acabar esclavizada por un ardid legal del decemviro Apio Claudio Craso, cuyos requiebros amorosos había rechazado ella, preservando lo más apreciado que podía tener un romano de entonces, la virtus. Un episodio enmarcado en la lucha entre entre patricios y plebeyos, motivando una rebelión de los segundos.

Por todo ello, no es de extrañar que la capilla se asentase junto a la basílica Emilia, en su escalinata de acceso, justo en el punto por donde pasa la Cloaca Máxima bajo el Foro. Su basamento de mármol, que es lo único que queda visible sobre la Vía Sacra, indica que era un espacio circular y de muy pequeño tamaño; se cree que quizá constituía una entrada a ese sistema subterráneo. Fue más tarde cuando se produjo la asimilación de Cloacina con Venus, sin que se sepa exactamente por qué, más allá de lo reseñado antes sobre la localización del santuario de la segunda en la desembocadura de la cloaca.

vista del Foro con el pequeño sacellum (santuario) circular de Cloacina en primer término/Imagen: Jordiferrer en Wikimedia Commons

Al margen de esas leyendas, recogidas por clásicos como Lactancio (Instituciones divinas), Plinio el Viejo (Historia natural) y Tito Livio (Historia de Roma desde su fundación), Plauto es la primera fuente documental que menciona el altar de Cloacina en una de sus obras, Curculio, allá por el siglo II a.C. Las otras fuentes, aparte de las ruinas arqueológicas, son numismáticas: dos denarios, acuñados durante el Segundo Triunvirato (el formado por Marco Antonio, Octavio y Lépido) por Lucio Musidio Longo en el 42 a.C., que en el anverso muestran un busto alado de la Concordia (la diosa de la armonía matrimonial) y en el reverso dos figuras de Venus en una plataforma con balaustrada metálica y la inscripción Cloacina.

Es decir, se trataba de un sacellum (un altar descubierto) que, al confrontarlo con los restos arquitectónicos citados antes, daba unas modestas medidas de dos metros y cuarenta centímetros de diámetro. Sobre el travertino de esa plataforma estaban colocadas dos estatuas y dos pilares, las primeras con una flor en la mano y los segundos rematados con un pájaro, en ambos casos elementos iconográficos de Venus. Sin embargo, no se sabe la razón de esa doble representación de la diosa; ¿la dualidad Venus-Cloacina, quizá?

Para terminar, si al hablar de la Cloaca Máxima hay que referirse a su diosa, el hacerlo sobre el contenido de dicha infraestructura también debe ir aparejado de una referencia a su divinidad porque, efectivamente, los desechos también tenían la suya. Se llamaba Esterquilino, pero también Sterquilinus, o Sterculus, todos ellos nombres derivados de la palabra en latín stercus, que significa «fertilizante» o «estiércol», ya que era el dios del olor, los retretes, las aguas residuales y los excrementos, tanto humanos como animales, razón por la cual le adoraban especialmente niños y ancianos.

Dibujo de Christian Huelsen en 1906 reconstruyendo el sacellum a partir del denario/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

De hecho, ocuparse de las heces es un indicativo de su relación con el carácter agrario de la Roma arcaica, cuando el panteón de ésta estaba lleno de deidades relacionadas con esa condición, antes de la adaptación de las griegas: Ceres (señora de las agricultura y la fecundidad), Pomona (de la fruta y los huertos), Dea Dia (cosechas y plantas), Flora (flores y jardines)… Más aun; Esterquilino tenía otro apelativo, Stercutius, que se considera un pseudónimo de Saturno, ya que bajo la influencia de este planeta supervisaba el proceso de abonar los campos de cultivo.

Y es que a Esterquilino se le suele equiparar a Picumno, dios de los cultivos, la labranza y la fertilidad. No sólo la fertilidad del campo sino también la matrimonial, por lo que, asimismo, extendía su poder a bebés y niños, algo en lo que compartía competencias con su hermano Pilumno, que cuidaba de la salud y el crecimiento, a la vez que ofrecía ayuda fraternal en el otro ámbito, enseñando a los humanos a moler el grano. Esterquilino, por su parte, mostró a los humanos cómo abonar, por eso se le llega a identificar con Picumno, como un mismo personaje que simplemente habría cambiado de nombre.

No debe resultar raro, la asociación de Esterquilino con la función de la Cloaca Máxima, puesto que los romanos tenían dioses para casi todas las cosas, aunque a menudo eran bastante abstractas, carentes de envoltura mitológica. Y conviene tener en cuenta que los autores cristianos posteriores que las describieron estaban más interesados en ridiculizar el paganismo que en ser precisos. Así, si San Agustín reducía a Esterquilino a su relación con el estiércol, obviando todo lo demás, Voltaire hacía algo similar en su Diccionario filosófico: Rumina, la protectora de los lactantes, sólo era la diosa de los pezones. Asimismo, en otras obras la versión primigenia de Venus era Caca, mientras que Crepito presidía las flatulencias, Mena el flujo menstrual, Pertunda la consumación del matrimonio, etc.


Fuentes

Tito Livio, Historia de Roma desde su fundación | Plinio el Viejo, Historia natural | Lactancio, Instituciones divinas | Plauto, Comedias. El gorgojo (Curculio) | Voltaire, Diccionario filosófico | La ciudad de Dios, San Agustín | John N. N. Hopkins, The Cloaca Maxima and the monumental manipulation of water in Archaic Rome | John Hopkins, The « Sacred Sewer » : tradition and religion in the Cloaca Maxima | Amanda Claridge, Judith Toms y Tony Cubberley, Rome. An Oxford archaeological guide | W. Hodding Carter, Flushed. How the plumber saved civilization | Wikipedia


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