Como es sabido, América se formó a partir de la disgregación que empezó a experimentar el supercontinente Pangea hace unos doscientos millones de años, desgajándose de dos de sus partes resultantes, Gondwana y Laurasia, para quedar como un continente aislado.

Eso no impidió que, a finales de la glaciación Würm, comunidades humanas entraran por su zona septentrional aprovechando el llamado Puente de Beringia (un istmo originado por la congelación de las aguas del Estrecho de Bering, que comunicaba Asia con América a través de dos islas, la Gran Diomedes y la Pequeña Diomedes). Una interesante hipótesis dice que aquellos humanos iban en pos de los bosques de algas, que formaban la base de su incipiente economía.

No vamos a hablar aquí de ese poblamiento sino de la causa que lo habría generado, los mencionados bosques de algas, que en esa zona noroeste de América eran -y siguen siendo- especialmente abundantes. Es posible que más de uno se sorprenda de saber que no sólo hay masas forestales en la superficie de la Tierra sino también bajo el mar, pero es algo frecuente en los litorales de buena parte del mundo, tanto en mares fríos como en cálidos, y además constituyen un tipo de ecosistema muy dinámico y productivo.

La luz se filtra en un bosque de algas | foto ead72 en depositphotos.com

Esos bosques no deben confundirse con las praderas marinas, pues éstas están formadas por plantas vasculares angiospermas (con flores), monocotiledóneas (de una única hoja) y rizomatosas (con tallo subterráneo a lo largo del cual crecen las yemas), caso de las famosas posidonias por ejemplo, mientras que los primeros están integrados por macroalgas. Las algas son organismos capaces de realizar fotosíntesis (obtener oxígeno y carbono de la luz del sol) y las que componen los bosques submarinos son pluricelulares, de ahí que se las denomine genéricamente macroalgas.

O sea, eucariotas que, en realidad, no se consideran plantas en sentido estricto sino protistas (el ambiguo taxón en el que se mete todo lo que no sean animales, vegetales u hongos) del orden Laminariales, al cual se adscriben géneros como Alaria, Eisenia, Lessonia y Laminaria. A este último pertenecen las algas pardas o quelpos, del orden Phaeophyceae, que son las que se crecen en esos bosques subacuáticos. Hay más de una treintena de especies y presentan un aspecto característico, con láminas largas de un color marronáceo debido a la fucoxantina (un pigmento carotenoide que usan para atrapar la luz a profundidades a las que ésta llega con dificultad).

Ejemplares de Macrocystis pyrifera/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

De las Phaeophyceae, la más abundante en los bosques es Macrocystis pyrifera, un tipo de alga parda gigante que pueden alcanzar hasta sesenta metros de longitud, habitando a unos treinta o cuarenta metros de profundidad de la zona intermareal de medio planeta, desde la costa pacífica de Norteamérica hasta Sudamérica, Sudáfrica, Australia y Nueva Zelanda, preferentemente en aguas frías por debajo de 21,5º. Es perenne y su tallo, revestido de elásticos filoides (el equivalente a las hojas, móviles, en constante búsqueda de luz), está provisto de cistos (vesículas rellenas de gas que le permiten flotar en busca de luminosidad para la fotosíntesis).

Macrocystis pyrifera se ancla en el fondo (aunque no se alimenta por ahí, lo que la diferencia de las plantas terrestres) formando un dosel en altura hasta la superficie, frente a otro género de Phaeophyceae como Sargassum, que aunque también desarrolla un considerable tamaño y también forma bosques, éstos pueden ser flotantes (el caso más conocido es el del Mar de los Sargazos, que mide unos ocho millones de kilómetros cuadrados). En cualquier caso, la clase Phaeophyceae comprende doscientos sesenta y cinco géneros (de los que únicamente seis son de agua dulce) y casi dos millares de especies, así que hay bastantes diferencias entre unas y otras, tanto en formas como en dimensiones.

En ese sentido, Macrocystis pyrifera es la más grande de todas, pudiendo crecer medio metro diario; algo que repercute en una rápida génesis boscosa, al contrario de lo que pasa en tierra, donde el crecimiento de los árboles necesita décadas para alcanzar la misma altura; ningún otro organismo crece tan velozmente. Con semejantes gigantes cabe imaginar el imponente aspecto que presentan los bosques bajo el mar para un buzo que se interne en uno. No todos, para ser exactos, pues los hay de múltiples tamaños, desde los que se extienden unos pocos metros cuadrados -conocidos como camas o lechos de algas- hasta los enormes de varias hectáreas.

Un buzo en un bosque de algas/Imagen: Ed Bierman en Wikimedia Commons

No ha de extrañar, como decíamos antes, que sean la base de hábitats en los que viven invertebrados y peces que, a su vez, atraen a aves y mamíferos marinos, funcionando como ingenieros de ecosistemas (se llama así a los organismos que crean, modifican o destruyen un hábitat más allá de lo que lo hacen las especies normalmente). El bosque mismo puede tener variedad de macroalgas coexistiendo a diferentes profundidades y creando microambientes, cada uno con su fauna propia adaptada a la frondosidad y a la luz, generando la consiguiente cadena trófica; ésta suele tener un precario equilibrio y la extinción de un depredador puede provocar una sobreabundancia de sus presas que amenace al conjunto.

Ese problema se agrava con la incidencia de determinados fenómenos naturales, que pueden destruir una parte del bosque pero favorecer otra. Así, por ejemplo, el oleaje de una tormenta fuerte arrasaría el dosel superior, pero ello permitiría la entrada de luz al sotobosque y mejoraría su crecimiento. Asimismo, un calentamiento de las aguas (por el Niño, pongamos) alteraría la dinámica ecosistémica. Peor sería la perturbación generada por la mano del Hombre, bien en forma de contaminación (vertidos de aguas residuales, de metales pesados…), bien en sobrepesca (reducción de las especies que regulan la población de herbívoros).

Distribución mundial de los bosques de algas pardas/Imagen: Maximilian Dörrbecker en Wikimedia Commons

Se infiere que la actividad humana está afectando negativamente a los bosques de algas, como pasa con los mares en general. Es curioso porque, como decíamos al comienzo, el Hombre los ha aprovechado desde tiempos inmemoriales, ya que una hectárea puede producir un millón de toneladas de algas que pueden tener muchos usos: como sustento directo (las algas comestibles, bien recogidas, bien cultivadas en algarios) o indirecto (las especies que habitan allí), en farmacología, para apaciguar las aguas, a manera de guía al navegar y, actualmente, en ese nuevo nicho económico que es el turismo.


Fuentes

Vera García, Introducción a la microbiología | David R. Schiel y Michael S. Foster, The biology and ecology of giant kelp forests | Anne Brunner, Algas. Sabores marinos para cocinar | Wikipedia


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