«Por fin el cazador sin aliento llegó tan cerca de su presa, al parecer libre de sospechas, que se hizo enteramente visible toda su abrumadora joroba, deslizándose por el mar como una cosa aislada y envuelta continuamente en un anillo giratorio de la espuma más fina, como vellón hermoso. Vio las vastas y enredadas arrugas de la cabeza levemente replegada hacia atrás. Por delante de ella, a buena distancia, en las aguas blancas como alfombra persa, iba la centelleante sombra blanca de su ancha frente lechosa, y una ondulación musical que acompañaba juguetonamente a la sombra; y por detrás, las aguas azules fluían entre el valle móvil de su firme estela; y a un lado y a otro, claras burbujas surgían y danzaban junto a ella».

De esta forma tan poética narra Herman Melville la primera visión que los tripulantes del ballenero Pequod tienen de Moby Dick, el enigmático cachalote blanco al que persiguen por obsesión de su capitán. La memorable novela homónima, que ese ex-marinero metido a escritor publicó en 1851, tuvo un resultado irregular, con buenas críticas pero con una acogida tibia por parte de los lectores hasta su redescubrimiento en el siglo XX, cuando fue unánimemente incluida entre los clásicos de la literatura estadounidense y mundial.

Melville era de familia acomodada, pero no pudo sustraerse a la llamada de la mar y dejó su empleo de maestro rural para enrolarse en un barco de pasaje. Luego renunció definitivamente a la vida sedentaria y volvió a escoger la marinera, esta vez a bordo de un buque ballenero, el Acushnet.

Melville desertó en aguas de Oceanía y, tras una estancia en las islas Marquesas reponiéndose de una lesión, pasó por otros navíos a lo largo de los casi cuatro años siguientes. Finalmente, al ver el interés que despertaban los relatos que contaba de sus peripecias, se decidió a ponerlos por escrito y dio el primer paso no sólo para reorientar su vida profesional sino también para entrar en la inmortalidad.

Herman Melville en 1847, tres años antes de escribir Moby Dick, retratado por Asa Weston Twitchell/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Sus primeras novelas reflejaban el mundo que conocía, el de la navegación y la puerta que ésta abría a múltiples aventuras, y fueron bien recibidas en general, ganándose incluso la admiración -y la amistad- de un escritor de prestigio como Nathaniel Hawthorne. En 1850, para su sexta obra, empezó a darle vueltas a la idea de Moby Dick, algo que no surgió totalmente de su imaginación ni mucho menos. Evidentemente, tuvo bien presente su propia experiencia (el accidente del grumete, la tripulación multirracial, un auténtico oficial llamado Starbuck…), pero además se basó en varias fuentes literarias que, a su vez, contaban casos reales.

Algunas eran ensayos que documentaban la caza de la ballena, como Natural history of the sperm whale, de Thomas Beale, o A whaling voyage round the globe, from the year 1833 to 1836, de Frederick Debell Bennett, entre otros. Se trataba de relatos de primera mano, ya que sus autores habían sido médicos navales embarcados en balleneros, al igual que John Ross Browne, quien en 1850 publicó una novela titulada Etchings of a whaling cruise, de la que Melville tuvo que hacer una reseña para la revista Literary World, tomando de ella tantas cosas para Moby Dick que se acercaría peligrosamente al plagio.

Ilustración de Augustus Burnham Shute para una edición de Moby Dick de 1892/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

En 1838, Edgar Allan Poe había publicado la que fue su única novela (el resto de su producción eran cuentos y poemas), La narración de Arthur Gordon Pym, cuya primera parte es la odisea extrema y dramática de un grupo de náufragos que, al agotar sus víveres, sortean la muerte de uno de ellos para poder comer. El célebre autor bostoniano se inspiró para ello en el caso del Essex, un ballenero de tres palos que, al mando del bisoño capitán George Pollard Jr. y navegando por el Pacífico en 1820, fue embestido y hundido por un cachalote de grandes dimensiones.

Melville supo también de esa historia porque conoció personalmente a William, hijo del primer oficial del Essex, Owen Chase, quien le prestó el libro que su padre había publicado en 1821 contando su impresionante vivencia y que estaba agotado en las librerías por esas fechas: Narrativa del naufragio más extraordinario y angustioso de 1821 del Whale-Ship Essex, del que el autor de Moby Dick dijo que «la lectura de esta maravillosa historia en el mar sin tierra, y tan cerca de la misma latitud del naufragio, me produjo un efecto sorprendente».

De hecho, en aquella primera mitad del siglo XIX en la que la actividad ballenera experimentó un inusitado crecimiento, con varias localidades de la costa nordeste estadounidense que vivían prácticamente de ella, se registraron unas cuantas noticias de incidentes con cetáceos. La mayoría eran meros choques casuales, como el del buque Union en 1807, pero hubo uno especial del que dieron fe muchos marinos y que el explorador y periodista Jeremiah N. Reynolds reflejó en un artículo de la revista The Knickerbocker (New-York Monthly Magazine), en 1839.

El ataque del cachalote al Essex, dibujado por Thomas Nickerson, uno de los supervivientes/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

El texto contiene bastantes elementos que se pueden comparar a la novela de Melville, entre ellos el protagonista mismo, que es un claro precedente del capitán Achab, y algunas situaciones análogas. Pero lo más significativo es el leiv motiv: la persecución obsesiva a un cachalote albino, al que Reynolds describe así:

«Este renombrado monstruo, que había salido victorioso de cien peleas con sus perseguidores, era un viejo toro, de tamaño y fuerza prodigiosos. Por efecto de la edad, o más probablemente por un capricho de la naturaleza… había resultado una singular consecuencia: ¡estaba blanco como la lana! «.

El título de ese artículo era Mocha Dick: Or the White Whale of the PacificMocha Dick o la ballena blanca del Pacífico«) y contaba un extraordinario caso real. El albinismo es un trastorno genético causado por una mutación que produce ausencia total o parcial de melanina, el pigmento de piel, ojos y pelo, tanto en humanos como en animales.

En la fauna marina no es frecuente verlo por razones obvias, pero como los cetáceos son grandes y tienen que salir a la superficie a respirar, avistar algún ejemplar de esas características resulta menos difícil. Especialmente, como decíamos antes, en la época de esplendor de la industria ballenera.

Mocha Dick fue cómo se bautizó a un cachalote macho que habitaba en aguas del Pacífico sur; en concreto cerca de Mocha, una isla chilena de cuarenta y ocho kilómetros cuadrados cuyos habitantes lafkenches (mapuches de la costa) tenían un curioso mito: el de los trempulcahue, cuatro machis (ancianas mujeres chamanes) que en cada crepúsculo se transformaban en ballenas blancas para llevar las püllü o almas de los muertos hasta el lugar del Ngill chenmaywe o reunión -la isla en cuestión-, para que pasasen a ser alwes (espíritus) y partiesen hacia un más allá occidental, previo pago de las preceptivas llancas (piedrecillas de color turquesa).

A nadie se le escapará la similitud del nombre Mocha con el de Moby, aunque se ignora de dónde sacó éste Melville (hay quien sugiere que recordó a un viejo compañero que había desertado con él del Acushnet, Richard Greene Tobias, Toby, combinando este diminutivo con Mocha).

Una edición de 1870 del artículo de Jeremiah N. Reynolds/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

En cualquier caso, el verdadero cachalote se había labrado una temible fama, pues a sus rarezas físicas (aparte de la blancura de piel y una cabeza recubierta de moluscos, tenía un tamaño descomunal, su chorro brotaba vertical en vez de inclinado, originando un sonido similar a un rugido, y en el costado exhibía restos de arpones) sumaba una insólita agresividad.

En efecto, no pocos del centenar aproximado de encuentros que tuvo con lanchas que trataban de arponearlo terminaron mal para los cazadores, pues si el animal a menudo se mostraba tranquilo o indiferente a la presencia humana, respondía a los ataques con tanta fuerza como astucia, a veces saltando encima del adversario o dándole fuertes coletazos, igual que su sosias literario. Eso le permitió ir sobreviviendo desde la primera refriega conocida, que fue en 1810, y agrandando su leyenda, si bien con la contrapartida de acentuar la tentación de cazarlo.

Porque todos los balleneros de Nantucket y New Bedford (que, ubicados en Massachussets, eran los principales puertos dedicados a ese sector) querían a Mocha Dick como trofeo y, aunque éste logró resistir sus embates hasta llegar a parecer invulnerable, en 1838 cayó finalmente ante la implacable mano del Hombre. Según contó Reynolds en su artículo, fuente principal para conocer este episodio, el formidable cachalote acudió en ayuda de una ballena angustiada porque sus crías acababan de ser arponeadas y perdió la vida en el empeño.

Perfil y ubicación de la isla Mocha/Imagen: Manuel Sanfuertes en Wikimedia Commons

Cuando lo midieron arrojó un resultado de veinticuatro metros de longitud, todo un gigante si tenemos en cuenta que los cachalotes más grandes alcanzan poco más de veinte. Por tanto, constituyó una auténtica mina para sus captores. Esa especie (Physeter macrocephalus) era una de las más apreciadas por los balleneros debido a que de su cabeza, que ocupa un tercio del total corporal, se extraía el espermaceti, un fluido que ayuda al animal a flotar (y, en caso de lucha, a embestir) y que se usaba para muchas cosas, desde combustible para lámparas a fabricación de velas, pasando por lubricante, jabón, etc.

Tal como narra Melville en Moby Dick, la cabeza del cachalote se colgaba de un costado del barco y un operario se metía dentro para sacar el espermaceti con un cubo; un ejemplar grande podía proporcionar hasta dos toneladas, que alcanzaban un precio muy alto en el mercado.

Portada de una edición juvenil de Moby Dick/Imagen: Museon-Moby Dick en Wikimedia Commons

Además, se extraía aceite -cien barriles en el caso de Mocha Dick- y, a veces, ámbar gris, una secreción biliar de los intestinos, de textura cerosa, que se cree que tiene como objeto proteger el estómago de los duros picos de los calamares; aquel infortunado gigante también dejó una muestra de ámbar gris, lo que fue una bienvenida guinda porque se vendía más caro que el oro por su demanda como fijador de perfumes.

Otras cosas obtenidas de aquel ser excepcional eran más inauditas aún, como los restos herrumbrosos de una veintena de arpones que lo habían herido sin conseguir matarlo y aún llevaba clavados, tal cual pasaba con Moby Dick. No se sabe qué edad tenía Mocha Dick, pero sí que era viejo; los cachalotes son longevos y pueden superar los setenta años. En este caso su recuerdo pervivió durante un tiempo, acorde a esa leyenda que decíamos, ya que una década después The Knickerbocker informó de un nuevo avistamiento suyo en el Ártico; era imposible, pero el titular del artículo resultaba expresivo: «¡Mocha Dick vive!».

Ya no lo hacía en el mar, pero sí en el papel (y luego en el cine). Ante el desinterés que los lectores mostraron por la novela de Melville, sus editores le recomendaron sustituir el título original, The whale («La ballena»), por otro que resultara más atractivo. Y, dado que la gente todavía se acordaba de aquel cachalote que tanta expectación había causado años atrás, el escritor hizo caso y lo cambió por Moby Dick. E hizo historia.


Fuentes

Herman Melville, Moby Dick | Jeremiah N. Reynolds, Mocha Dick: Or the White Whale of the Pacific (en The Knickerbocker) | Gilbert King, The true-life horror that inspired Moby-Dick | Laurie Robertson-Lorant, Melville, a biography | Antonio Cárdenas Tabies, Usos y costumbres de Chiloé | Wikipedia


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