Si hay una civilización que utilizó iconos artísticos de forma recurrente fue la egipcia. Las características esquemáticas del estilo que desarrollaba en su arte nos han dejado unos cuantos, como el Ureo (una cobra erguida que representaba a la diosa Uadyet), el Anj (la cruz ansada de la vida eterna), el Udyat (Ojo de Horus, amuleto de la protección), etc.

Pero, probablemente el más misterioso y antiguo de todos sea un pilar, formado por gavillas de trigo superpuestas, que simbolizaba la estabilidad y, asociado al mito de la resurrección de Osiris, tenía un papel fundamental en varios festivales rituales: el Dyed.

La vinculación del Dyed con Osiris era tan estrecha que representaba su espina dorsal, parte de la anatomía importante porque él mismo ascendería a los cielos usando la de su madre Nut como escalera. En los sarcófagos, bajo la espalda de las momias, se colocaba un amuleto con su forma para asegurar al difunto estabilidad y eternidad. Además, alrededor del cuello se enroscaba el Tyet o Nudo de Isis, símbolo de resurrección, de manera que habría un principio masculino y otro femenino, alegoría de la dualidad de la vida. Reza el Libro de los muertos:

¡Levántate, Osiris! Tú tienes (otra vez) tu espalda, tú cuyo corazón ya no late; tú tienes tus vértebras, aquél cuyo corazón ya no late. ¡Ponte de costado, déjame poner el agua bajo ti! Te traigo la columna Dyed de oro; ¡Que te alegres por ello!

Decoración del tabernáculo de Tutankamón con el Tyet y el Dyet/Imagen: Tedmek en Wikimedia Commons

Ahora bien, antes de relacionarse con ese dios lo estaba con otro, Ptah divinidad menfita (además de patrón de artesanos y constructores) a la que a veces se llamaba noble Dyed y que portaba un cetro adornado con el Anj y el Dyed. Menfis, capital del Imperio Antiguo, era el centro de una ceremonia en honor de esa divinidad y de Socar, una deidad funeraria con forma de halcón momificado que representaba la decadencia. El rito consistía en el levantamiento del Dyed, que estaba destinada a proporcionar al faraón un reinado tranquilo y estable; como su desarrollo se basaba en la recreación del mencionado mito osiríaco, y además Osiris se unió a los otros dos para formar una peculiar trinidad, acabó siendo éste el más cercano al amuleto.

Dicho mito, el más importante de la cultura egipcia por la popularidad que alcanzó al prometer un más allá eterno, tiene varias versiones, siendo las más antiguas las que aparecen en los Textos de las pirámides. En la que nos ocupa, Osiris, dios de la muerte y señor de Egipto, es muerto por su hermano menor, Seth (un dios ctónico, señor del caos y la sequía), quizá por un golpe previo que recibió o quizá porque su consorte, Neftis, le engañaba con él. Luego arrojó el cuerpo al Nilo dentro de un ataúd que, arrastrado por la corriente, llegó a las playas de Biblos (Líbano). Allí quedó varado y echó raíces, quedando el féretro dentro del tronco del consiguiente árbol. Más tarde, el rey de aquellas tierras ordenó cortarlo y colocar dicho tronco en su palacio, a manera de pilar, sin imaginar lo que contenía.

Ptha, con un Uas en forma de Dyed y delante de otro/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Entretanto, Isis, esposa de Osiris y hermana de Neftis, buscaba desesperadamente a su marido con la ayuda de Anubis y finalmente localizó su ubicación, consiguiendo convencer al monarca local para que le regalase el pilar; entonces lo abrió y extrajo el cuerpo, reviviéndolo con el Tyet y regresando a Egipto con él, también llevó consigo la columna, sacralizada con mirra y envuelta en lino. Durante el Imperio Nuevo, el mito experimentó algunos cambios en los que era Seth el que traía el sarcófago pero para diseminar los trozos de su hermano por todo el valle del Nilo, teniendo que ser reunidos y reensamblados por Isis y Neftis antes de momificarlo; luego, la primera tuvo un hijo con él, Horus. Seth había cortado a Osiris en cuarenta y dos pedazos, equivalentes al número de nomos (provincias) de que constaba la organización administrativa egipcia, por lo que el dios metaforizaba al reino mismo.

No fue ésa la única novedad de aquella etapa, ya que también se produjo la citada fusión Ptah-Socar-Osiris y, para entonces, el pilar se volvió antropomórfico, adoptando rasgos humanos: unas veces sólo parcialmente, pero otras el cuerpo entero, a menudo agarrando un Heka (cayado) y un Nekhakha (mayal para la trilla), emblemas de la autoridad real. Así se puede apreciar, por ejemplo, en los relieves del templo de Dendera, en los que se ve un Dyed con brazos; o, en el segundo caso, en los de Amenhotep III del templo de Luxor o los del Mennonium de Abidos, el templo funerario de Seti I, que muestran un Dyed con la forma de Osiris resucitado, adornado con dos Udyat y portando diversas coronas. En esa última ciudad, por cierto, se llevaba a cabo otro ritual con el Dyed en el que la estabilidad que simbolizaba buscaba favorecer la necesaria cohesión de la unión entre el Alto y el Bajo Egipto.

Y todavía había un festival más en el que el Dyed tenía un rol destacado: el Heb Sed, el más importante para los soberanos egipcios porque con él renovaban su fuerza, tanto la física como la sobrenatural, propias de su doble condición humana y divina. Documentado desde la I dinastía -aunque no hay relatos, sólo testimonios artísticos-, duraba varios días y tenía una asistencia masiva. Si bien no sabemos con exactitud cómo era el proceso, es posible deducir algunas cosas de las imágenes.

Un Dyed antropomorfo, con cuerpo y ojos de Osiris, sosteniendo el Heka y el Nekhakha/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Se sucedían diversas procesiones, así como ceremoniales de renacimiento y regeneración que incluían una carrera realizada personalmente por el faraón entre dos marcas (que representaban sus dominios), terminando con el rito del levantamiento del pilar -probablemente de madera, pues las imágenes muestran al monarca , su esposa y varios sacerdotes tirando de sogas para ello-, identificando la resurrección de Osiris con la del rey, que así recibía vitalidad para continuar su mandato.

El evento finalizaba con el lanzamiento de flechas hacia los cuatro puntos cardinales, metáfora de la defensa de las fronteras ante los posibles enemigos que intentasen invadir Egipto. Ese carácter simbólico del Heb Sed se acentuaba con el hecho de que tenía lugar en el mes del Koiak, el cuarto del calendario, que se extendía del 10 de diciembre al 8 de enero y coincidía con la época de la siembra, tras la inundación que sufría el valle periódicamente por la crecida de las aguas del Nilo.

Pero, insistimos, la ceremonia de alzar el Dyed se realizaba en otros contextos por todo el país, de la misma manera que el pilar aparece también con forma de amuleto, unas veces como tal, otras pintado o esculpido, bien en relieves, bien en objetos como el Uas (un cetro, rematado por una cabeza animal y acabado por abajo en doble punta). Unas veces en solitario y otras asociado a otros amuletos.

Pectoral y amuleto de oro en forma de Dyed pertenecientes a Tutankamón/Imagen: Jl FilPoc en Wikimedia Commons

Se deduce fácilmente que era un motivo profundamente enraizado en la cultura egipcia. Al fin y al cabo, algunos egiptólogos creen que su origen se remonta a tiempos prehistóricos, quizá relacionado con ritos agrícolas, habiendo perdurado su uso hasta el surgimiento de los primeros imperios agrarios. En ese sentido, las piezas más antiguas encontradas en Egipto (en la necrópolis de Helwan, hoy un suburbio de El Cairo) son del Período Arcaico o Tinita, de las dinastías I y II, entre el 3150 y el 2890 a. C. aproximadamente. Un poco más tarde tenemos los grabados del recinto funerario de Zóser (donde está la pirámide escalonada), cuya cercanía a Menfis y lo temprano de la época hacen que el Dyed aparezca aún asociado a Ptah y Socar.

Como decíamos, en el Imperio Nuevo se añadió a Osiris a ese binomio y fue cuando el culto al Dyed se difundió con mayor amplitud. En el Papiro de Ani, que es la versión más conocida y extensa del reseñado Libro de los muertos y está datado hacia el 1300 a.C (durante la dinastía XIX), aparece dicho dios con apariencia de Dyed, portando un disco del sol naciente y acompañado de su esposa Isis; al lado hay un Anj y varios babuinos adorándole. Asimismo, comentábamos que suele aparecer decorando en el Uas, un atributo de poder que esgrimían dioses y faraones, aunque la cosa va más lejos porque al propio Osiris se le representa a menudo con un Uas en la mano.

Pilares Dyed | foto rob koopman en Flickr

Si algunos investigadores opinan que el Dyed era un objeto relacionado con la fertilidad del campo, acaso una especie de tótem del que se colgarían -o apilarían alrededor- las gavillas de cereal o junco, como así parece apuntar su iconografía, otros resaltan el capítulo del pilar del mito osiríaco desarrollado en Biblos, pues Fenicia y Siria eran regiones de las que los egipcios importaban madera ante la insuficiencia de árboles que sufrían en su país (desértico en su mayor parte, salvo la franja ribereña del Nilo donde, no obstante, crecían sobre todo palmeras, de madera poco útil).

Precisamente el árbol es el elemento que conecta al Dyed con una hipótesis planteada hace un siglo, en 1922 (el mismo año en que se descubrió la tumba de Tutankamón), y según la cual se puede establecer un paralelismo entre las cuatro bandas horizontales que el pilar presenta en su parte superior y las cuatro que tiene el árbol sagrado asirio. Assur, dios al que, cuando alcanzaron su apogeo imperial, los asirios convirtieron en señor de la guerra, era antes señor de la vida -especialmente la vegetal- y, consecuentemente, se lo asociaba con el Árbol de la Vida (concepto común a muchas religiones), como pasaba también con el sumerio Enki y, representándoselo con frecuencia como una especie de poste. Además, Assur tiene el aspecto de un disco solar, motivo que a menudo corona al Dyed.

Otra hipótesis reciente, propuesta por Andrew Hunt Gordon y Calvin W. Schwabe, dice que los símbolos Anj, Uas y Dyed hunden sus inicios no tanto en el mundo vegetal como en el animal: el primero sería una síntesis gráfica de una vértebra de toro, el segundo un símbolo de su fuerza y el tercero plasmaría la columna vertebral del bóvido. Los egipcios creían que el semen se generaba en ella a partir de la médula y una versión local del mito osiríaco, en la ciudad de Mendes, contaba que allí se guardaba la columna vertebral de Osiris unida a su falo, el único pedazo de su marido que Isis no encontró, por lo que tuvo que hacer uno de barro para poder engendrar a Horus.

Assur flotando sobre el árbol de la vida en un relieve del palacio del rey Asurnasirpal/Imagen: Sanjar Alimov en Wikimedia Commons

Resulta curioso que en el tantrismo hindú, el Kundalini, una energía primordial de la que emerge la consciencia del mundo, reside en el muladhara, uno de los siete chacras primarios, que se ubica en la base de la columna vertebral, donde según esa filosofía se generan el líquido cefaloraquídeo, la médula espinal y el semen; los expertos debaten si ello supone una conexión entre ambas culturas.


Fuentes

Inés M. Martín y Rubén González, Egipto. El espejo del cielo | Salima Ikram, Antiguo Egipto. Introducción a su historia y cultura | Pat Remler, Egyptian mythology, A to Z | Ada Cohen y Steven E. Kangas, Assyrian reliefs from the palace of Ashurnasirpal II. A cultural biography | Katherine Anne Harper y Robert L. Brown, The roots of Tantra | Diego Kurilo, El Árbol Sagrado en el mundo indoeuropeo | Wikipedia


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