Operación Beleaguer, la última intervención de los marines de Estados Unidos en China

Marines estadounidenses en Qingdao durante la Operación Beleaguer/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Ponerle una fecha de finalización a la Segunda Guerra Mundial no es fácil porque la multiplicidad de frentes hizo que los combates terminasen más tarde en unos sitios que en otros. Si en Europa se dieron por acabados el 2 de mayo de 1945, en Asia se prolongaron hasta la rendición de Japón el 14 de agosto, sin contar la resistencia que algunas fuerzas dispersas continuaron ofreciendo algunos días en ambos casos.

Peor fue en China, donde la contienda se había solapado con la Segunda Guerra Sino-Japonesa y la civil que enfrentaba a nacionalistas con comunistas, dejando un complejo conflicto a tres bandas. EEUU intentó mediar enviando un contingente militar, en lo que se bautizó como Operación Beleaguer.

Lo que se había denominado Frente de China no abarcaba únicamente el territorio de ese país sino también Corea y parte de Mongolia, resultado de las respectivas invasiones niponas. Si unos años antes éstas ya habían instaurado un gobierno títere en Manchuria con capital en Manchukuo, firmando un pacto de neutralidad con la Unión Soviética, la incapacidad del gobierno de la República China para detener el avance enemigo le llevó a refugiarse en Chongging mientras que los comunistas de Mao hicieron otro tanto en Yenan.

Ocupación japonesa de China, 1940/Imagen: Rowanwindwhistler en Wikimedia Commons

Sin embargo, cuando Tokio entró formalmente en la Segunda Guerra Mundial se encontró con la dificultad de afrontar el potencial de los Aliados, y el tener que mantener más de millón y medio de soldados en territorio chino constituyó un debilitamiento para otros frentes. Con ayuda internacional, los chinos expulsaron finalmente a los invasores; y, cuando EEUU detonó sus bombas atómicas, los soviéticos se sumaron a esa dinámica rompiendo su pacto, barriendo a los japoneses de Manchuria y llegando hasta la actual Corea del Norte, donde se detuvieron porque los estadounidenses ya habían desembarcado en la del Sur.

Al término de la guerra, China había recuperado Manchuria, Taiwán y las islas Penghu, el gobierno del Kuomintang (Partido Nacionalista) fue reconocido mundialmente y la república entró en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. Pero internamente aún estaba lejos de alcanzar la paz porque la ayuda militar de EEUU había reforzado al PCCH (Partido Comunista Chino) y ahora contaba además con la soviética, de manera que aquella guerra civil que había sacudido el país, suspendida para luchar contra el enemigo común, se reactivó.

Chiang Kai-shek en 1945/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

El problema estaba en que entre los bandos opuestos de Chiang Kai-Shek y Mao Zedong quedaron atrapados unos seiscientos treinta mil militares y civiles japoneses (y coreanos) pendientes de repatriación, y el gobierno carecía de recursos para hacerse cargo de ese traslado. Éso fue lo que llevó al presidente norteamericano Truman a ofrecer el envío de una fuerza de intervención que, colaborando con las locales, pusiera fin a los últimos focos de resistencia japonesa en China y devolviera a los soldados a sus países. Asumía, asimismo, el compromiso de no intervenir en el conflicto entre nacionalistas y comunistas, manteniéndose neutral.

Para lo que se bautizó como Operation Beleaguer (Operación Asediador) se destinaron cincuenta mil hombres, procedentes de distintos cuerpos que habían estado adiestrándose para invadir Japón y ahora quedaban disponibles al haberse rendido éste. Eran los marines del III AC (III Amphibious Corps), la Task Force 78 de la VII Flota, el 14º de la Fuerza Aérea y los batallones de ingeniería civil y construcción 33º y 96º (U.S. Naval Construction Force, popularmente conocidos como Seabees), que fueron movilizados en apenas dos días.

La dirección de la operación se asignó al mayor general Keller E. Rockey, que había encabezado a la V División en Iwo Jima, aunque quedaba supeditado a las órdenes supremas del teniente general Albert C. Wedemeyer, quien había sido Jefe de Estado Mayor del Comandante Supremo Aliado del Comando del Sudeste Asiático (Lord Mountbatten) y ahora lo era con Chiang Kai-Shek en sustitución del general Joseph Stilwell. Acérrimo anticomunista, procuró proporcionar ayuda material, armamentística y logística al gobierno nacionalista, informando a Truman de que no veía posible un acuerdo entre las dos facciones chinas y solicitando el envío de siete divisiones, lo que le fue denegado.

Al principio las cosas fueron bien. Las tropas estadounidenses, que completaron su despliegue el 19 de septiembre, fueron entusiásticamente recibidas por la población y las autoridades locales chinas, que cooperaron con decisión para desalojar a los japoneses de sus últimos reductos en las provincias de Hopeh (actual Hebei) y Shandong. Incluso los comunistas se sumaron, logrando así la rendición de los cincuenta mil nipones de la guarnición de Tiensin, la mayoría de los cuales fueron recluidos en campos costeros a la espera de deportación mientras que a otros se los mantuvo in situ como mano de obra eventual.

El general Wedemeyer conversando con militares chinos/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Sin embargo las cosas se torcieron pronto, en poco más de dos semanas, cuando marines y comunistas tuvieron su primer enfrentamiento armado: un destacamento de ingenieros enviado a arreglar un camino fue tiroteado, sufriendo tres heridos. Los americanos se encontraron así en la siempre difícil tesitura de los contingentes en su situación de neutralidad armada: los destinados en un territorio extranjero en conflicto, con limitaciones para aplicar su fuerza (tenían orden de no intervenir en el conflicto interno y disparar sólo en defensa propia).

El panorama era peor en la otra provincia, Shandong, ya que allí los comunistas ejercían claramente el control y lograron rendir a los japoneses sin ayuda, razón por la que no sólo se negaron a colaborar con los estadounidenses sino que vetaron su desembarco en el principal puerto para ello, el de Chefoo. Los marines tuvieron que tomar tierra en aviones entre el 11 y el 16 de octubre, aprovechando el aeropuerto de Qingdao, ciudad descrita como «una isla nacionalista en un mar comunista«. Poco después empezaban los enfrentamientos, aunque no se trató de batallas propiamente dichas sino de escaramuzas.

Aviones estadounidenses F4U-4 Corsair en Qingdao/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Así, se sucedieron ataques al ferrocarril militar en Kuyeh, el apresamiento de soldados de patrulla en Peitaiho, la muerte de los primeros marines en una emboscada en Anping, el intento de asalto de un almacén de municiones que costó nuevas bajas mortales… En ambas provincias, los comunistas luchaban con táctica de guerrilla beneficiándose de su conocimiento del terreno y aprovechando las debilidades del adversario: la insuficiente cobertura aérea estadounidense (motivada por un tifón que avanzó desde Okinawa hacia China) y la drástica disminución del número de efectivos nacionalistas, pues Chiang Kai-Shek había enviado a sus tropas de Hopeh y Shandong a asegurar Manchuria, confiando en los marines.

La situación cambió, pues, respecto al plan original. Se cumplió la parte relativa al traslado de japoneses y coreanos, primero directamente por EEUU y luego por el gobierno nacionalista, terminando en el verano de 1946. A partir de ahí, éste exigió la entrega del material armamentístico incautado al enemigo y manifestó su desagrado con la política estadounidense aplicada en lo que se denominó Operación Dixie: un intento por mantener relación diplomática con los comunistas, iniciado en 1944 pero prolongado hasta 1947 ante el recelo que provocaba la corrupta administración del Kuomintang y la confianza en que Mao lideraría un cambio gradual, moderado.

Gracias a la Misión Dixie, el general George C. Marshall arrancó de todo el arco político chino un compromiso, el Acuerdo de Doble Diez: la creación de una CCPCC (Conferencia Consultiva Política del Pueblo Chino) que ponía fin al sistema de partido único, abría el Senado a todos y propiciaba elecciones libres, atrayendo incluso al Partido Comunista. Lamentablemente, Chiang Kai-Shek no lo puso en práctica, la situación se degradó, hubo asesinatos de opositores y todo quedó en nada, abocando de nuevo al enfrentamiento. El gobierno, confiado en su superioridad material y humana, se lanzó sobre los comunistas, que emprendieron la Larga Marcha hacia Manchuria, donde los soviéticos les permitieron reorganizarse.

Samuel L. Howard/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

La Misión Dixie se estrelló, pues, contra la realidad de la guerra civil y sus defensores serían luego duramente criticados, cuando no acusados de procomunistas. Truman ignoró el informe enviado por Wedemeyer recomendando volcarse en ayuda de Chiang Kai-Shek y se negó a enviarle más sostén, prefiriendo esperar a ver hacia qué lado se inclinaba la balanza. De hecho y ante cierta presión popular, a partir de la primavera de 1946 empezó a retirar tropas de China, relevando además a Rockey y nombrando en su lugar al general de división Samuel L. Howard.

Howard tenía la pesada mácula de ser el marine estadounidense de mayor rango capturado en la Segunda Guerra Mundial (en la caída de Corregidor, por lo que vivió la terrible experiencia de la Marcha de la Muerte de Bataán), pero acreditaba experiencia en China porque antes de servir en Filipinas había estado al mando del 4º de Marines en Shanghái. Llegó a Tianjin y se encargó de organizar la marcha del último contingente norteamericano en China, la 1ª División de Infantería, que se fue en junio de 1947; antes lo habían hecho otros cuerpos.

El coste final de la Operación Beleaguer fue de treinta y cinco muertos (trece infantes y veintidós aviadores) más cuarenta y tres heridos. No parece mucho, pero seguramente sus familias no estarían de acuerdo con ello, al fin y al cabo, hubo en EEUU protestas contra esa campaña, argumentando que se trataba de un asunto interno de China o, peor aún, que miles de marines habían muerto luchando contra el fascismo y ahora lo hacían defendiendo una dictadura. Respecto a las bajas chinas se carece de datos, pero las que siguieron a estos hechos en la guerra civil fueron enormes y se calcula que rondaron los dos millones y medio, incluyendo civiles (a las que habría que sumar varios millones más del período bélico y de la etapa inicial entre 1928 y 1937).

El Ejército Popular de Liberación entrando en Pekín en 1949/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Porque, entretanto, los comunistas pasaron al contraataque y empezaron a imponerse. Las medidas democratizadoras impulsadas por el gobierno a la desesperada ya eran inútiles ante el desastre de gestión económica, con una inflación desbordante, y una evidente pérdida de imagen frente al rival, que aparecía como despreciado conciliador y defensor de la CCPCC. La república se desintegraba por sus propios errores.

Tras una dura ofensiva, las fuerzas de Mao ganaron el pulso en el otoño de 1948, tal como temía Wedemeyer, proclamando la República Popular al año siguiente e iniciando la revolución. Chiang Kai-shek dimitió en enero de 1949, ocupando su puesto Li Zongren, aunque todo en vano. Los nacionalistas tuvieron que huir y se exiliaron en la isla de Formosa, originando el actual Taiwán; el conflicto permanece aún latente ochenta años después.


Fuentes

James R. Compton, Marines and mothers. Agency, activism and resistance to the American North China intervention, 1945-1946 (en Marine Corps University) | Michael Parkyn, Operation BELEAGUER: The Marine III amphibious corps in North China, 1945-49 | George B. Clark, Treading softly: U.S. Marines in China, 1819-1949 | Henry I. Shaw Jr, The United States Marines in North China, 1945-1949 | Rubén Almarza Gónzález, Breve historia de la China contemporánea | Wikipedia