La batalla de Ortona, el pequeño «Stalingrado italiano»

Tanque canadiense atravesando Ortona, obra de Charles Comfort/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

A principios de diciembre de 1943, la 1.ª División de Infantería Canadiense y la 1.ª Brigada Blindada Canadiense comenzaron la batalla más salvaje de la Campaña Italiana. En el barro y la lluvia, las tropas atacaron desde el río Moro hasta Ortona. Luego, casa por casa y habitación por habitación se libró una feroz batalla contra los decididos defensores alemanes. Con un coraje extraordinario, ganaron los canadienses y aseguraron la ciudad justo después de Navidad. Así reza una placa colocada en el año 2000 en la piazza Plebiscito de la localidad de Ortona (Italia), donde a finales de 1943 se libró uno de los combates más fieros de la Segunda Guerra Mundial, pese a sus modestas dimensiones.

Ortona es un municipio de la provincia de Chieti, en la región de Los Abruzos. Está asomada al mar Adriático, a una veintena de kilómetros al sur de Pescara, y tiene una rica historia: fundada en la Antigüedad, probablemente por los frentanos (un pueblo itálico descendiente de los samnitas), incorporada a los dominios romanos y ocupada en el Medievo por los francos primero y los normandos después, fue conquistada por la República de Venecia -que se la disputaba con Aragón- en el siglo XV, para pasar a manos españolas en el siguiente y finalmente incorporarse al Reino de Italia ya en el XIX.

Hoy es una ciudad muy pequeña que en verano multiplica su población pero que fuera de temporada apenas supera los veinte mil habitantes, el doble de los que tenía cuando la Segunda Guerra Mundial superó su ecuador y entró en la Campaña Italiana a mediados de 1943 con el objetivo de obligar a los alemanes a desviar tropas de Francia, pues ya se estaba planeando la Operación Overlord, el famoso desembarco en Normandía. Dado que la Campaña del Norte de África acababa a de terminar con éxito, la península italiana parecía ser el siguiente paso lógico para presionar al eje desde varios frentes.

Soldados indios del Octavo Ejército Británico cerca de Orsogna/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Sicilia constituyó el primer escalón y cuando las operaciones saltaron al continente, en las operaciones Avalanche, Baytown y Slapstick, el régimen italiano colapsó. En julio, Mussolini fue destituido por orden del rey Víctor Manuel III, que a continuación firmó un armisticio con los Aliados. Pero mes y medio después un comando de las Waffen SS liberó al Duce, que pasó a presidir una República Social Italiana; en realidad, más allá de su sede en la región alpina de Saló carecía de poder efectivo ante la Wehrmacht, que fue la que se hizo con el control del país de facto y se dispuso a frenar a los Aliados.

El avance de éstos por la península hacia el norte -estadounidenses por el litoral oeste, británicos por el este- no resultó fácil debido a que los germanos aprovecharon la difícil orografía para tomar posiciones. Así, tanto los Apeninos como los Abruzzos eran auténticas barreras naturales que favorecieron la creación de un conjunto de líneas defensivas que por la zona peninsular central se extendían de costa a costa, entre el Tirreno y el Adriático: de sur a norte se sucedían la Volturno, la Bárbara, la Gustav, la César y la Interruptor (en el norte se establecieron más).

Líneas de defensa alemanas en el centro de Italia/Imagen: Stephen Kirrage en Wikimedia Commons

Había otras dos de menor tamaño, la Bernhardt (o Reinhard) y la Hitler (rebautizada Senger en 1944), siendo la primera de ellas el escenario de la célebre Batalla de Montecassino, pero ambas eran complementos de la parte occidental de la Gustav, cuyo extremo este terminaba precisamente en Ortona, aprovechando otro obstáculo que proporcionaba la naturaleza, el río Sangro, del que discurría paralela en ese tramo. Entre las tres formaban la llamada Línea de Invierno, armada con búnkeres, cañones, nidos de ametralladoras, alambradas y campos minados.

A ello se sumaba el Grupo de Ejércitos C, una agrupación de tropas a cuyo mando estaba el general hessiano Heinrich von Vietinghoff, que había tomado parte en las invasiones de Polonia, Grecia, Yugoslavia y Unión Soviética, y al que se destinó a Italia ese verano desde su comandancia de Francia. A las órdenes del mariscal Albert Kesserling, comandante de las fuerzas alemanas en territorio italiano, recibió la orden de retrasar cuanto pudiera el avance del enemigo. Para defender la parte oriental de la línea designó a Richard Heidrich, general paracaidista que había luchado en Polonia, Creta y el sitio de Leningrado.

Heidrich se haría un nombre sobre todo por Montecassino, pero antes tuvo que enfrentarse en Ortona al mayor general Christopher Vokes, un oficial miembro de una familia irlandesa de tradición militar (aunque emigró a Canadá con sus padres cuando era niño) que acababa de ser ascendido para relevar en el mando de la canadiense 1ª División de Infantería a su superior, por enfermedad de éste. Vokes procedía del Estado Mayor, donde hizo una carrera fulgurante, y se le valoraba por el equilibrio que lograba entre la parte técnica (planificación y dirección operativas) y la humana (comprensión y motivación hacia sus hombres).

Mapa de la campaña en los ríos Sangro y Moro/Imagen: Kirrages en Wikimedia Commons

Las líneas Volturno y Bárbara cayeron a lo largo del mes de octubre-principios de noviembre de 1943. La ofensiva contra la Gustav, a cargo del Octavo Ejército Británico (formado por cuatro divisiones de infantería, una británica, una canadiense, una india y una neozelandesa, más dos brigadas acorazadas) y dirigida en conjunto por el general Sir Harold Alexander, empezó el 23 de noviembre. Antes de que acabase el mes, la 78ª División de Infantería del mayor general Vyvyan Evelegh ya había conseguido cruzar el Sangro, de manera que el siguiente objetivo era otro cauce fluvial menor, el Moro, que estaba a seis kilómetros y medio. Fue en ese momento cuando Evelegh, que había sufrido siete mil bajas en seis meses, entregó el testigo a Vokes.

El ataque se retomó el 5 de diciembre y, según el plan diseñado por Montgomery, en la costa debían tomarse Ortona y Pescara (ésta considerada el mejor camino hacia Roma), mientras el objetivo de los neozelandeses, algo más al interior, era Orsogna; los indios debían permanecer a la expectativa, como apoyo. Oponiéndoseles estaban la 1ª División de Paracaidistas, la 90ª Panzergrenadierdivision, la 26ª Panzerdivision y la 65ª de Infantería, apoyadas por unidades menores y por el LXXVI Cuerpo Panzer. Vokes logró llegar al Moro el 9 de diciembre, pero luego se vio detenido, al igual que los neozelandeses, razón por la que se ordenó intervenir a la división india, cuyos ingenieros tendieron un puente.

Highlanders de Canadá en el entorno del río Moro/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Sin embargo, los panzergrenadiers, que tenían orden de «luchar hasta la última casa y árbol», resistieron al recibir de refuerzo a los paracaidistas (entre los cuales estaba el teniente Harold Quandt, hijo del primer matrimonio de Magda Goebbels, que también combatiría en Montecassino). Mientras, el 23 de diciembre Montgomery dejaba Italia para centrarse en la Operación Overlord -siendo suplido por el teniente general Sir Oliver Leese-, el brigadier Howard Graham, de la 1ª Brigada de Infantería de la 1ª División Canadiense se las arreglaba para superar las inclemencias metereológicas (las lluvias convirtieron el terreno en un barrizal) y alcanzar las inmediaciones de Ortona. Allí le relevó el brigadier Bert Hoffmeister, de la 2ªBrigada, para efectuar el asalto.

No iba a ser cosa fácil, ya que los veteranos ingenieros y paracaidistas teutones habían demolido buena parte del casco antiguo para formar barricadas en las estrechas calles, donde situar sus ametralladoras, ocultar sus tanques y sembrar minas u otras trampas explosivas. Un mortal laberinto que obligaría a los canadienses a combatir de una forma un tanto atípica.

Todo empezó el día 20, con el ataque frontal del Loyal Edmonton Regiment y los Seafort Highlanders of Canada, a los que se sumó la 3ª Brigada de Infantería con un movimiento de flanqueo. Al día siguiente entraron en el casco urbano, pero allí les esperaba un infierno que a menudo se define como una versión de Stalingrado a menor escala.

Un soldado canadiense del Loyal Edmonton Regiment combatiendo en Ortona/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Y es que, aunque los Aliados estaban auxiliados por los carros del 12e Régiment blindé du Canada, los alemanes disponían de antitanques ocultos que los frenaron, obligando a las tropas a luchar casa por casa y aplicar una inusual táctica de guerra urbana en la que, renunciando a los combates por las calles, los soldados tenían que abrir boquetes en las paredes para acceder a los inmuebles y, pasando de habitación en habitación, desalojar a los defensores. Era lo que se bautizó como mouse-holing (ratonera), que ya se había practicado en Dublín durante el alzamiento de Pascua de 1916.

Así, los canadienses utilizaban sus PIAT (armas anticarro) para practicar esas aberturas y lanzar granadas al interior, para a continuación entrar y barrer las estancias y escaleras con fuego de ametralladora (incluso llegando al cuerpo a cuerpo). A menudo debían repetir la operación con los tabiques, pasando a los cuartos contiguos, como hicieron los británicos ante los zulúes en Rorke’s Drift, aunque en aquel caso era para escapar. Igualmente, era una forma de pasar de un inmueble a otro sin exponerse a recibir una ráfaga o un disparo de un francotirador al aire libre. No faltaron ocasiones en que se dinamitaba toda la casa para que se derrumbase sobre el enemigo, algo que practicaron ambos bandos.

El mayor general Christopher Vokes, a la derecha, junto al brigadier R.W. Moncel/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Los días 24 y 26 de diciembre, los alemanes llevaron a cabo contraataques que causaron un significativo número de bajas a las fuerzas canadienses en la ciudad -unos seis centenares y medio-, pero al estar carentes de suministros y ante el peligro de ser rebasados de flanco y embolsados por la 3ª Brigada, los defensores juzgaron preferible abandonar Ortona en la jornada siguiente. Por tanto, Vokes se apoderó de la ciudad tras poco más de una semana de batalla, el 28 de diciembre, aunque a costa de una sangría humana y material.

El centro histórico ortonés quedó prácticamente derruido y apenas se salvaron la catedral, el hospital y algún sitio más, gracias a que la marcha de los teutones hizo innecesaria su prevista destrucción. No obstante, lo peor fue el coste humano de lo que se conoció como Diciembre sangriento.

Los canadienses registraron un número de bajas totales que superó los quinientos muertos -mil trescientos setenta y cinco, si se cuentan las acciones previas en el río Moro- y novecientos sesenta y cuatro heridos, lo que suponía la cuarta parte de las bajas sufridas por ellos en toda la campaña italiana, a las que había que sumar cerca de cinco mil evacuados por enfermedad y/o agotamiento. Parece ser que Vokes lloró al conocer esas cifras, lo que no evitó que sus hombres le apodasen el Carnicero y que recibiera duras críticas por su poco imaginativo sistema de sacrificar batallón tras batallón (cosa que seguiría haciendo en la continuación de la marcha hacia Pescara).

Cementerio canadiense de Ortona/Imagen: Ra Boe en Wikimedia Commons

Y todo para qué, se preguntaron muchos. El impacto que la batalla tuvo en el desarrollo de la guerra no fue demasiado importante, en comparación con otras de más renombre, salvo por el hecho de que los alemanes tomaron buena nota de su táctica y la repitieron en Montecassino. De hecho, los análisis sobre el valor estratégico de Ortona difieren bastante según el bando. Los Aliados, por ejemplo, la consideraron valiosa por ser uno de los pocos puertos de aguas profundas utilizables en el Adriático para abastecer al Octavo Ejército, acortando las líneas de suministro existentes en el momento, que se extendían hasta Bari y Tarento.

Para los alemanes, en cambio, su valor era limitado debido a que habían dinamitado las instalaciones portuarias y no podían usarse, por lo que no merecía la pena el derramamiento de sangre que supuso. Además, siempre consideraron el de Ortona un enfrentamiento menor -dos batallones por cada lado- que defendieron por cumplir con su deber y amplificado por los Aliados; así pareció manifestarlo Vokes con la petulante declaración de que había aplastado y dado una lección al adversario, olvidando que éste le infligió bastantes más bajas que las recibidas.

En cualquier caso, con mayor o menor razón pero por su parecido con el desarrollo de lo ocurrido, luchando casa por casa, la batalla ha pasado a la historia con el sobrenombre de Stalingrado de Italia.


Fuentes

Fabio Toncelli, Ortona 1943: un Natale di sangue | Government of Canada/Gouvernement du Canada, The Canadians in Italy 1943-1945 (Official History of the Canadian Army in the Second World War) | Mark Zuehlke, Ortona. Canada’s epic World War II battle | David J. Bercuson, Maple leaf against the Axis. Canada’s Second World War | Wikipedia