Si se echa un vistazo al mapa de la Tercera Guerra Púnica, que representa los territorios dominados por los contendientes, se observarán tres grandes bloques: el romano, el númida -aliado del anterior- y el cartaginés. Pero aunque este último se muestra de forma uniforme, en realidad habría que situar en él algunos puntos discordantes: uno de ellos sería el de la ciudad de Hadrumeto, la actual Susa tunecina, que pese a ser púnica decidió apoyar a Roma en la contienda.

Pocos serán quienes no hayan oído alguna vez la leyenda sobre la fundación de Cartago. Cuenta que fue obra de una princesa fenicia llamada Elisa, hija de Matán I, rey de Tiro. Había sido obligada por su hermano Pigmalión a casarse con Siqueo, sacerdote del templo de Melkart, para averiguar dónde ocultaba sus vastos tesoros, pero ella, percatándose de aquella estratagema, mintió diciéndole que estaban enterrados bajo el altar. Pigmalión mandó acabar con Siqueo y excavar en el lugar, resultando que allí no había nada. Cuando vio el cuerpo de su marido, Elisa desenterró el tesoro, que estaba en el jardín y huyó de Tiro junto a su hermana Ana y un pequeño séquito.

Navegando hacia el suroeste, la flotilla llegó a la tierra de los gétulos, solicitando al rey Jarbas un poco de tierra para establecerse. El monarca le prometió tanta como pudiera abarcar una piel de buey, así que Elisa hizo cortar una en largas y finas tiras que conformaron un extenso perímetro en la colina que llamó Birsa («piel de buey»), un promontorio situado entre el lago de Túnez y la laguna Sebkah er-Riana. Aquel sitio, en el que construyó una fortaleza y reinó con el nombre de Dido, fue el germen de la futura Qart Hadašt, es decir ciudad nueva, Cartago. Corría el año 814 a.C.

Dido y Eneas en un fresco romano de Pompeya/Imagen: Stefano Bolognini en Wikimedia Commons

Según la leyenda, años después Dido recibió la visita de unos barcos que también huían de su tierra natal. En este caso de Troya, ya que se trataba de la gente de Eneas, de quien se enamoró la reina por mediación de Venus, que había llegado a un acuerdo con Juno para evitar que el troyano alcanzase la península itálica y fundase Roma. Sólo la intervención de Mercurio, enviado por Júpiter, persuade a Eneas de cuál es su destino, por lo que embarca y se va, dejando así la desolación en Dido, que se quita la vida; el rencor generado por ello preconizaba la futura enemistad de los romanos. Virgilio lo cuenta con más arte en La Eneida.

Otra versión del mito dice que Dido se quitó la vida cuando los nobles fenicios quisieron obligarla a casarse con Jarbas. No importa porque, por supuesto, los hechos históricos fueron más prosaicos. Cartago fue el fruto de la expansión por el Mediterráneo que desde finales del tercer milenio a.C. llevaron a cabo Tiro, Sidón y otras ciudades púnicas, buscando mercados hacia el oeste, alejados de la constante amenaza que suponía el imperio persa. Fue así cómo se convirtieron en diestros navegantes que establecieron rutas marítimas y pactaron con los habitantes de las tierras que encontraban la ubicación de factorías comerciales.

Con el tiempo, esas factorías crecieron y terminaron convirtiéndose en colonias. Hubo muchas en Cerdeña, Malta, Sicilia, Ibiza y península Ibérica, pero fue en la costa norteafricana donde creció Cartago, situándose su verdadera fecha de fundación entre los años 846 y 813 a.C. y pasando a ser la más pujante. Algo que la llevó a ser capital de un auténtico imperio tras la conquista de la metrópoli, Tiro, por el babilonio Nabucodonosor II en la primera mitad del siglo VI a.C.

Rutas comerciales fenicias/Imagen: Rodriguín en Wikimedia Commons

Obviamente, el creciente poder de Cartago la terminó enfrentando a los rivales que iban surgiendo, primero griegos y después romanos. Estos últimos, a su vez, habían ido desarrollándose como potencia desde aquel pequeño asentamiento en el Lacio atribuido a Eneas, de modo que acabaron chocando con los cartagineses por determinar cuál de los dos dominaba el Mediterráneo occidental. Sólo parecía haber sitio para uno.

Como sabemos, el conflicto se dirimió en las llamadas Guerras Púnicas, que fueron tres. La primera duró veinte años y terminó mal para Cartago, que fue expulsada de Sicilia y Cerdeña, además de sufrir en suelo propio otra guerra contra los mercenarios que había contratado para combatir a Roma. La segunda vino causada por la decisión púnica de incrementar su presencia en Hispania para aprovechar su riqueza minera y compensar las pérdidas, pero el sitio de Sagunto, urbe aliada de Roma, desató de nuevo el enfrentamiento; fue la de la campaña de Aníbal y también duró dos décadas, acabando con otra derrota cartaginesa.

Esta vez las condiciones impuestas por los vencedores fueron muy duras: pérdida de las posesiones hispanas, entrega de la flota -salvo diez barcos-, indemnización de diez mil talentos y prohibición de remilitarización. Sin embargo, la paz resultaba endeble porque la existencia misma de Cartago era considerada un peligro por los romanos, muchos de los cuales pedían sus destrucción (la famosa frase de Catón «Carthago delenda est»), y porque Aníbal seguía vivo, ya que había conseguido escapar tras su derrota en Zama en el 202 a.C. Aquí es donde toca hablar de Hadrumeto.

Desarrollo de las dos primeras Guerras Púnicas/Imagen: Rowanwindwhistler en Wikimedia Commons

Hadrumeto también nació como colonia fenicia y antes incluso que Cartago, pues aunque la cronología no es exacta sí sabemos que la sitúa en el siglo IX a.C., después de la fundación de una primera factoría comercial en la costa de Útica, fechada en torno al año 1100 a.C. No obstante, pese a su carácter púnico y al dominio de sus vecinos, Hadrumeto se mantuvo más o menos independiente gracias a la actividad de su dinámico puerto, tal como parecen revelar la abundancia de estelas conmemorativas en honor del dios Baal Hammon (la principal deidad fenicia, señor de los vientos y la fertilidad, asimilado a los clásicos Cronos y Saturno).

Situada un centenar de kilómetros al sur de Cartago, Hadrumeto gozaba de una posición estratégica para conectar Tiro con la colonia de Gadir y las columnas de Hércules (el Estrecho de Gibraltar), pero también con Sicilia y todas aquellas posesiones territoriales de que gozaban los púnicos antes de sus derrotas. Ahora bien, que fuera autónoma no significa que quedase exenta de estar en la órbita de influencia cartaginesa, de ahí que ya durante la tercera de las Guerras Sicilianas, la que enfrentó a Cartago con las polis de la Magna Grecia (Sicilia), Hadrumeto sufriera una invasión por parte del ejército de Agatocles.

Ubicación de Hadrumeto en el actual Túnez/Imagen: NordNordWest en Wikimedia Commons

La primera de esas contiendas, en el 480 a.C., tuvo su origen en el intento de Gelón, tirano de Siracusa, de unificar la isla bajo su mando. Cartago trató de impedírselo con una expedición dirigida por Amílcar Magón, que resultó derrotado en Himera aunque la guerra terminó en tablas; eso sí, la monarquía cartaginesa quedó debilitada y perdió poder ante un régimen republicano. La segunda guerra siciliana empezó setenta años después con el intento de una renovada y potente Cartago de controlar toda Sicilia; fracasó y quedó constreñida al extremo sudoeste insular en el 340 aC.

La tercera empezó en el 315 a.C., cuando Agatocles, tirano de Siracusa, se adueñó de todas las colonias cartaginesas de la isla y los púnicos respondieron contundentemente conquistando la mayor parte de la isla y sitiando Siracusa. Agatocles, desesperado, decidió llevar las operaciones a suelo enemigo y en el 310 conquistó Hadrumeto, que le sirvió de base para asediar Cartago. No pudo, pero se mantuvo dueño del norte de Túnez durante dos años, hasta que finalmente tuvo que reembarcar y firmar un tratado por el cual perdía Mesina y otras ciudades, aunque conservaba Siracusa.

Hadrumeto no pudo sustraerse tampoco a otros episodios posteriores, caso de las guerras Pírricas o las Púnicas. Y aquí retomamos el hilo de la derrota de Aníbal en Zama. Eligió la ciudad -igual que luego hizo Escipión- porque ya un año antes, en el 203 a.C., cuando regresó de su campaña italiana, la usó como centro donde reorganizó sus fuerzas para enfrentarse a Escipión; al fin y al cabo, era un sitio seguro, eficazmente defendido por un perímetro amurallado de seis kilómetros y medio, parte del cual aún se puede ver hoy en día y un puerto con dársena interior. El Barca pasó desde allí a Cartago para liderar su reconstrucción desde su puesto de sufeta (magistrado). Su buen hacer llevó a los romanos a exigir su marcha en el 195 a.C.

Pero eso no bastó para tranquilizar a una Roma que asistía recelosa al resurgir cartaginés, de ahí que provocase deliberadamente la Tercera Guerra Púnica. Por el tratado firmado con los romanos, Cartago tenía la doble obligación de reconocer al reino de Numidia y no llevar a cabo operaciones bélicas sin permiso, de manera que cuando un ejército al mando de Asdrúbal el Beotarca intentó repeler -sin éxito, por cierto- una incursión númida en el año 151 a.C., Roma obtuvo un etéreo pero oportuno casus belli, rechazando cualquier negociación e incluso la rendición incondicional ofrecida, exigiendo trasladar la ciudad varios kilómetros tierra adentro, lo que fue rechazado.

El Mediterráneo en el año 150 a.C., a punto de empezar la Tercera Guerra Púnica/Imagen: Goran tek-en en Wikimedia Commons

Ochenta mil hombres sumaban las legiones desembarcadas en Útica, ciudad que estaba en la desembocadura del río Medjerda, unos kilómetros por encima de Cartago y considerada la primera colonia fenicia en la región, pese a lo cual ya había apoyado a Roma en la contienda anterior por la rivalidad comercial con sus vecinos. El apoyo a los romanos le supuso a Útica el premio de extender sus dominios hasta Hipona por el norte y hasta Cartago por el sur.

Hadrumeto siguió la misma política, lo que permitió a sus habitantes librarse del terrible destino que sufrieron los cartagineses en el 146 a.C., cuando por fin cayó su ciudad. Los invasores consiguieron abrir brecha en las murallas y penetraron destruyendo casa por casa hasta alcanzar la ciudadela de Birsa, donde se llevaron el tesoro del templo y encontraron refugiados a los últimos cincuenta mil supervivientes. Todos serían vendidos como esclavos; no llegaron a ver cómo sus casas eran demolidas y, según una dudosa tradición, se salaban las tierras.

La región pasó a ser una provincia romana en la que las ciudades que aceptaron no intervenir salieron favorecidas y declaradas libres. Útica fue designada capital y Hadrumeto, incluida entre las siete civitates liberae, también amplió su zona de influencia, pudiendo elegir su propio senado y acuñando moneda. Un siglo más tarde se vio envuelta en la guerra civil que enfrentó a Julio César y Pompeyo, siendo ocupada por las dos legiones del general pompeyano Cayo Considio Longo, pero la recuperó César, de quien Suetonio cuenta una anécdota durante su desembarco: un tropezón le hizo caer al suelo y coger un puñado de arena diciendo «¡Teneo te Africa!» (¡Ahora te tengo, África!).

Provincias del África romana/Imagen: Eric Gaba en Wikimedia Commons

Hadrumeto cambió, pues de manos y siguió prosperando gracias a la fertilidad de sus tierras, convirtiéndose en un apreciado granero para la metrópoli y productor de ánforas estilo saheliano, alcanzando entre veinte y treinta mil habitantes. Así siguió, incluso a pesar de protagonizar una revuelta en el año 63 d.C. contra el procónsul Tito Flavio Vespasiano, que se dedicaba a turbios negocios y se ganó el apodo de Mulio comerciando con mulas; nadie imaginaba entonces que luego sería emperador. Sería otro posterior, Trajano, quien concediese a la ciudad el rango de colonia y a sus habitantes la ciudadanía romana.

Quedó así convertida en una urbe plenamente romanizada, como demuestra que uno de sus residentes tratara de hacerse con el trono a finales del siglo II, Clodio Albino. Para entonces ya había arraigado el cristianismo, reflejado en los numerosos mosaicos hallados en sus catacumbas, tan abundantes como los epitafios poéticos. Cien años más tarde las reformas administrativas de Diocleciano reorganizaron el África proconsular dividiéndola en tres provincias más pequeñas agrupadas en una diócesis: Zeugitana proconsularis (en el norte y gobernada por un procónsul, de ahí su desnominación), Tripolitania (en el sur) y Bizacena (en el centro). Hadrumeto fue designada capital de esta última, que tenía rango consular.

Pero todo iba a cambiar en el 434, cuando desde Hispania llegaron los vándalos asdingos de Genserico en busca de la riqueza agrícola de aquellas tierras. Cruzaron el Estrecho de Gibraltar y se adueñaron del norte africano, estableciendo su capital en Cartago y, efectivamente, obligando a Roma a comprarles el trigo, además de aprovechar la flota capturada en la antigua urbe púnica para conquistar el archipiélago Balear, Sicilia, Córcega y Cerdeña. No obstante, los vándalos apenas podrían mantener un siglo esa ventajosa posición.

El imperio romano tras la reforma administrativa de Diocleciano en su primera tetrarquía/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Y es que las revueltas bereberes y la propia debilidad del reino, envuelto en intrigas internas, animaron a intervenir a Justiniano I, que incorporó la región al Imperio Romano de Oriente y trocó el nombre de la ciudad por el de Justinianopolis. Fueron dos siglos que terminaron en el VII, cuando las mismas tribus bereberes que favorecieron la implantación bizantina insistieron, ya islamizadas. Los aglabíes, la primera dinastía de musulmanes suníes nortafricanos (llamados así por Ibrahim I ibn Aglab, el emir de Argelia que los lideraba), echaron a los bizantinos creando un califato semiindependiente del abásida.

Trasladaron la capitalidad de Hadrumeto, a la que rebautizaron con el nombre de Susa, a El Abasiya (Kairuán), lo que no impidió que viviese otro momento de esplendor comercial. Lógicamente impusieron el islam, por lo que los residentes sufrieron otro cambio traumático en el ámbito religioso. Era el tercero, pues si primero Caracalla y después los vándalos (que eran cristianos arrianos) ya habían perseguido la fe ortodoxa originando los primeros mártires locales, Mavilo, Félix de Hadrumento y Victoriano, Susa permaneció musulmana definitivamente, como todo el norte de África excepto el reino mauritano de Altava, que siguió siendo cristiano un siglo.

Tras el histórico renacimiento urbano (hoy supera ampliamente el cuarto de millón de habitantes), dejó sus ruinas antiguas a unos diez kilómetros de la urbe actual, siendo descubiertas durante el dominio colonial francés la acrópolis, el tofet (área sagrada) y una necrópolis con cámaras sepulcrales excavadas en la roca, mientras que el puerto original sigue ignoto. Hoy, el Museo Nacional de Túnez (el más importante del país tras el del Bardo capitalino) conserva y exhibe las numerosas piezas encontradas de todas las culturas que se sucedieron.


Fuentes

Virgilio, La Eneida | Suetonio, Vida de los doce césares | Salustio, Guerra de Jugurta | Julio César (et al.), Guerra de África | Javier Martínez-Pinna y Diego Peña Domínguez, Breve historia de las Guerras Púnicas | Gabriel Maldonado López, Las ciudades púnicas en el norte de África. Datos para su información y comunicación | Wikipedia


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