En el invierno del año 330 a.C., tras una rutilante victoria en Gaugamela, Alejandro Magno controlaba de facto la mayor parte del Imperio Aqueménida y perseguía al rey Darío III, quien refugiado en Ecbatana trataba de organizar un nuevo ejército con el que resistir. Pero necesitaba tiempo y el designado para proporcionárselo fue el sátrapa Ariobarzanes, que preparó una emboscada en un lugar denominado la Puerta Persa. Era un estrecho desfiladero en el que, emulando paradójicamente a los espartanos de Leónidas en las Termópilas, logró resistir un mes, hasta que, como hizo Efialtes en aquel episodio, un pastor desveló al macedonio una ruta para rodear el peligro.

Efectivamente, la batalla de la Puerta Persa guarda más de una similitud con la de las Termópilas, aunque fuera con los contendientes inversos: resistencia a una invasión, entretenimiento para preparar una defensa más consistente en otro sitio, un reducido número de soldados frente a un contingente muy superior, la traición de un pastor local… En realidad, se trata de elementos típicos y recurrentes que, más allá de lo que más o menos tengan de cierto, se repiten a lo largo de la historia en esos contextos militares; recordemos que lo mismo pasó en las Navas de Tolosa, por ejemplo.

En este caso, hablamos de aquella sempiterna campaña macedonia que el hijo de Filipo II inició contra Persia con un doble propósito: vengar los antiguos intentos persas de invasión de Grecia y unir a todos los helenos en una empresa común contra un enemigo extranjero -otro recurso clásico en la historia bélica-, a lo que habría que añadir tanto el interés político-económico -hacerse con las rutas comerciales en el Egeo y el interior de Asia Menor- como la ambición personal y el deseo de gloria del protagonista.

El Imperio Aqueménida con sus satrapías y el Camino Real Persa/Imagen: Rowanwindwhistler en Wikimedia Commons

Alejandro cruzó el Helesponto en el 334 a.C. y fue derrotando uno tras otro a todos los ejércitos aquémenidas que le salieron al paso en el Gránico, Issos y Gaugamela, apoderándose a su paso del territorio del imperio desde la Grecia anatolia hasta Babilonia, pasando por Egipto, Fenicia y Judea. Avanzando por el Camino Real Persa (una calzada construida por Darío I dos siglos antes para conectar los puntos neurálgicos de sus dominios), alcanzó Susa, la capital religiosa, y puso en su punto de mira Persépolis, la política. Antes estaba Pasargada, la antigua capital de Ciro el Grande, cuya toma dejaría la mayor parte del territorio bajo su control.

Así lo veía también Darío III, quien, en fuga hacia el Este desde el desastre de Gaugamela, se había establecido en Ecbatana (región situada medio millar de kilómetros al oeste de la actual Teherán), donde estaba inmerso en la labor de reclutar hombres para formar un nuevo ejército con el que frenar al invasor -la vasta extensión del Imperio Aqueménida suponía una cantera prácticamente inagotable-, para lo cual debía entretener a Alejandro cuanto tiempo fuera posible. La misión recayó en un hombre de su total confianza, Ariobarzanes, sátrapa de la región de Persia (lo que hoy son las provincias iraníes de Fars y Bushehr).

Alejandro y Darío III en la batalla de Issos, según el mosaico homónimo pompeyano/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Ariobarzanes, nacido en una fecha incierta en torno al año 368 a.C., estaba al frente de esa satrapía desde el 335, algo que sorprende un poco a los historiadores porque dicha unidad administrativa no existía hasta entonces, lo que les hace deducir que el monarca quería tener a alguien cercano -se cree que eran parientes o amigos- ocupándose de esa zona en su ausencia; al fin y al cabo, allí se ubicaban dos de las urbes más importantes del imperio, las mencionadas Persépolis y Pasargada. Además, Ariobarzanes tenía experiencia en enfrentarse a los macedonios porque participó en la batalla de Gaugamela al mando de un contingente de soldados del Golfo Pérsico.

Entre él y Alejandro se alzaba un obstáculo natural, los montes Zagros, la cadena montañosa más larga de los actuales países de Irán e Irak: mil quinientos kilómetros que van desde el Kurdistán iraquí hasta el estrecho de Ormuz. Esas características impedían rodear los Zagros, obligando a cruzarlos, algo de considerable dificultad si se tiene en cuenta que la altitud media en la zona de Fars ronda los cuatro mil metros. Ariobarzanes, conocedor de la región, estudió el terreno y concluyó que el enemigo elegiría la Puerta Persa para pasar.

La Puerta Persa (o Puertas Persas) es el nombre de un angosto desfiladero situado en la parte meridional del monte Dena (Kuh-e-Dinar), el techo de la cordillera con cuatro mil cuatrocientos nueve metros. Hoy pasa por allí una carretera de montaña construida en 1990, pero antaño había que hacer el camino a pie en medio de la nieve y las bajas temperaturas -la campaña de Alejandro estaba en pleno enero-, con el interés extra para el sátrapa de que la anchura apenas superaba los dos metros en su parte más angosta. Un punto idóneo, pues, para tender una emboscada con pocos efectivos; Ariobarzanes pensaba que Alejandro no tendría otro remedio que pasar por allí porque los otros puertos resultaban peores.

Mapa orográfico de Irán mostrando los montes Zagros al oeste, en gris. La Puerta Persa estaba cerca de Yasuj/Imagen: Rowanwindwhistler en Wikimedia Commons

Para atravesar las Puertas Persas, los habitantes del lugar exigían un peaje en concepto de autorización de paso, privilegio concedido por el Rey de Reyes para asegurarse la movilidad de sus tropas y correos. Se trataba de los uxii, un pueblo no iranio, quizá procedente de Juzistán (el suroeste de Irán) y probablemente relacionado con los elamitas, que constituía una confederación tribal dividida en dos grupos: uno sedentario afincado en las llanuras y otro nómada que vivía en las montañas, aunque ambos dedicados al pastoreo ovino.

En el año 330 a.C., su jefe era Madiates, quizá no uxii de nacimiento sino persa y seguramente familiar de Darío III; de hecho, estaba casado con una sobrina de la madre del rey, la célebre Sisigambis, que sí parece que era uxii. Por todo ello, tenía el deber de hacer frente a Alejandro y así lo dispuso todo, si bien el pueblo, por lo visto, no lo veía tan claro y se mostraba reacio a enfrentarse a un adversario invencible hasta entonces.

Meryan, posible lugar del campamento de Alejandro | foto Marco Prins en livius.org

Y eso que el macedonio no llegaba con todas sus fuerzas. Había dividido sus tropas en dos, entregando el mando de una a Parmenión, general a toda prueba que ya sirvió a Filipo y, consecuentemente, lideró el flanco izquierdo en Gránico, Issos y Gaugamela, además de ser padre de Filotas, mano derecha de Alejandro como hiparco, es decir, comandante de la caballería de los Heitaroi, la élite de aquella tropa (irónicamente, padre e hijo serían acusados de traición poco después y ejecutados). Parmenión debía continuar por el Camino Real Persa con el tren de bagaje, mientras Alejandro dirigía al resto -entre catorce y diecisiete mil hombres- algo más al norte, para pasar a través de los Zagros.

Esa partición resultaba habitual en los movimientos del Magno por países ocupados, ya que con ello esperaba facilitar el avituallamiento. Pero Ariobarzanes era consciente de ello y también escindió a los suyos, enviando una columna a interceptar a Parmenión. Al menos es lo que se deduce de la tardanza del veterano macedonio en recorrer la distancia entre Susa y Persépolis, que normalmente era de tres semanas por aquella calzada pero él necesitó bastante más. Eso sí, con ello el ejército persa se veía, asimismo, mermado; su jefe confiaba en que el terreno lo compensara, jugando a su favor.

Los enviados de Alejandro pactaron con los uxii reunirse en un sitio para realizar el pago del peaje, pero no era más que una maniobra para que se confiaran. Esa misma noche, guiados por gentes locales de otras etnias, ocho mil macedonios cayeron sobre el poblado y capturaron a las familias de los guerreros, que estaban ausentes porque se habían desplazado al lugar acordado. A continuación, Alejandro desató un ataque contra ellos, empujándolos hacia las tropas del general Crátero, quien previamente y aprovechando la oscuridad, se había situado detrás, rodeándolos.

El lugar del campamento de Ariobarzanes | foto Marco Prins en livius.org

Los uxii fueron vencidos y los que no cayeron luchando se rindieron siguiendo la orden de Madiates. Antes, envió un correo a su suegra Sisigambis para que intercediese ante Alejandro, tal como había hecho por su familia al caer prisionera después de la derrota en Issos. La reina madre, en efecto, medió y consiguió que los macedonios perdonasen a los uxii y les dejaran sus tierras a cambio de un tributo anual, consistente en un centenar de caballos, medio millar de bueyes y treinta mil ovejas.

Invirtiendo los papeles inmediatamente anteriores, el que se confió ahora fue Alejandro, que pensó que aquella era toda la fuerza enviada por Darío contra él. Así, creyendo que no encontraría más obstáculos en su camino, reemprendió la marcha sin tomar medidas de precaución ni adelantar exploradores, internándose despreocupadamente por el desfiladero pese a que éste iba estrechándose cada vez más hasta alcanzar apenas dos metros en su tramo medio, justo donde había una curva hacia el sureste, el actual Tang’e Meyran. Y precisamente allí, en lo que hoy es la aldea de Cheshmeh Chenar, había tomado posiciones Ariobarzanes.

Entrada de Tang’e Meyran en la actualidad | foto Marco Prins en livius.org

Los soldados persas se desplegaron por las cimas de las verticales paredes, teniendo al enemigo a su merced en el fondo. Lucio Flavio Arriano dice que eran cuarenta mil infantes y setecientos jinetes, Quinto Curcio reseña veinticinco mil y Diodoro Sículo algo menos de dieciocho mil más trescientos jinetes, aunque los historiadores creen ver en ellas una exageración para incrementar el mérito de Alejandro y rebajan el número de infantes a unos dos mil, como máximo. Ariobarzanes esperó a que el grueso del enemigo alcanzara la Puerta Persa, donde se iba a encontrar que no podía seguir avanzando, ya que había mandado construir una muralla o barricada.

El ejército macedonio se había adentrado casi cinco kilómetros por aquella peligrosa garganta y sus hombres empezaban a acumularse desordenadamente ante la inesperada barrera cuando Ariobarzanes dio la orden de ataque. Una lluvia de piedras y flechas cayó de improviso sobre los griegos, causándoles cuantiosas bajas y amenazando con desbaratarlos de un solo golpe, habida cuenta que ellos no podían responder. Viendo imposible adoptar una formación adecuada, debido a la curva y al caos formado por la fusión entre vanguardia y retaguardia, Alejandro ordenó la retirada, que se convirtió en un sálvese quien pueda en el que muertos y heridos quedaron olvidados en el campo de batalla.

Mapa de las operaciones en la Puerta Persa/Imagen: Wikimedia Commons

La situación quedó estancada un mes. Fue entonces cuando apareció el providencial pastor, que otras versiones convierten en simples prisioneros persas. Si aceptamos la primera, aquel hombre resultó ser de madre persa pero de padre licio (Lidia era un reino heleno de Anatolia), por lo que no tuvo problema en mostrar a los macedonios un sendero situado una veintena de kilómetros atrás que les permitiría rodear al enemigo y sorprenderlo por la espalda. Esa noche, Alejandro dejó a Crátero en la Puerta Persa con el grueso de la tropa y la indicación de que encendiera muchas antorchas para simular que todos acampaban allí, mientras él retrocedía con una columna ligera para tomar la nueva ruta.

Una vez completado el rodeo, subdividió a los suyos en dos grupos, uno dirigido por él mismo y otro por Filotas que, al amanecer, atacaron simultáneamente a los persas por la retaguardia y un flanco, mientras Crátero, debidamente advertido mediante un toque de trompeta, hizo otro tanto de frente. La triple pinza y, sobre todo, la sorpresa, supusieron una catástrofe para Ariobarzanes, que vio cómo sus soldados sufrían una inesperada derrota; entre los que cayeron estaba su propia hermana, la guerrera Youtab.

Viendo desbaratado su plan y perdida la batalla, el sátrapa se lanzó valientemente en una carga desesperada contra las líneas macedonias antes que rendirse. Unas fuentes dicen que pereció en el intento, mientras que Arriano cuenta que logró escapar con apenas cuarenta de los suyos y se entregó más tarde. Otros creen que buscó refugio en Persépolis, donde Tiridates, el gobernador de la ciudad, le negó la entrada, bien porque entendió que toda resistencia era inútil, bien por haber llegado a un acuerdo con los enviados de Alejandro, y falleció combatiendo ante las murallas de la urbe. Para sustituirle, Alejandro designó a Frasaortes, hijo de Reomitres (veterano del Gránico e Issos -en esta última batalla murió-, que ya había sido sátrapa).

La famosa curva a la izquierda, en la actualidad | foto Marco Prins en livius.org

Los macedonios se hicieron con un rico botín, ya que en Persépolis se custodiaba el tesoro real, para cuyo traslado hicieron falta cientos de camellos. Una porción sirvió para pagarle treinta talentos al pastor como recompensa; otra, para resarcir a casi un millar de griegos que vivían en la ciudad y a los que Darío III había mandado cortar una mano a manera de ejemplo, algo que enfureció a Alejandro y seguramente le llevó a permitir que fuera incendiada, lo que oficialmente se presentó como una venganza por la destrucción de Atenas.

No pocos autores consideran la batalla de la Puerta Persa como la victoria más decisiva de Alejandro, por cuanto se apoderó de Persépolis y sus recursos económicos, dando un golpe de efecto con su destrucción. También fue la más crítica, ya que estuvo un mes inmovilizado y rozando el desastre… del que, una vez más, se las arregló para salir con su característica combinación de genio y suerte.


Fuentes

Lucio Flavio Arriano, Anábasis de Alejandro Magno | Plutarco, Vidas paralelas | Diodoro Sículo, Biblioteca histórica | Quinto Curcio Rufo, Historia de Alejandro Magno | Ruth Sheppard, Alejandro Magno. Su ejército. Sus batallas. Sus enemigos | Krzysztof Nawotka, Alexander the Great | A. B. Bosworth, Alejandro Magno | Wikipedia


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