La asiriología es una especialización de la arqueología centrada en Mesopotamia, fundamentalmente, como indica su nombre, en las civilizaciones asiria y babilonia, pero también la sumeria, la acadia y en general todas las que empleaban la escritura cuneiforme. Se trata de una disciplina que inmediatamente vinculamos a arqueólogos decimonónicos de apellido inglés, francés o alemán; sin embargo, uno de sus principales representantes resulta poco conocido por tratarse de un iraquí de origen asirio, aunque naturalizado británico: Hormuzd Rassam, entre cuyos méritos figura haber descubierto las tablillas con el Poema de Gilgamesh.

Se podría decir que la asiriología dio sus primeros pasos precientíficos en el siglo XII, de la mano del judío sefardí Benjamín de Tudela, al que siguió en el XVI el musicólogo romano Pietro della Valle, quienes identificaron las ruinas de Nínive y Babilonia respectivamente.

En la segunda mitad dieciochesca, cuando la arqueología empezó a convertirse en objeto de atención para los sabios ilustrados, el matemático danés Carsten Niebuhr y el botánico francés André Michaux ampliaron el interés que monopolizaba la Antigüedad Clásica, romana y griega, con sus viajes por tierras mesopotámicas, en las que empezaron a excavar poco después Abbé Beauchamp y Claudius James Rich.

Extensión del Imperio Asirio por la Mesopotamia de los siglos IX-VII a.C./Imagen: Rowanwindwhistler en Wikimedia Commons

Aquellas primeras primeras piezas desenterradas dieron el impulso definitivo, especialmente cuando se estableció que los signos cuneiformes eran un tipo de escritura. A partir de ahí se sucedieron las misiones arqueológicas, que fueron sacando a la luz los restos de ciudades como Ur, Persépolis, Nimrud, Susa, Uruk, Nippur, Lagash o las citadas Nínive y Babilonia, entre otras. En el contexto de esa fiebre exhumadora se enmarca la vida de Hormuzd Rassam que, como decíamos al comienzo, se diferenciaba de sus colegas en el hecho de no ser occidental sino nativo.

Nació en 1826 en Mosul, antigua Mesopotamia Superior, que hoy constituye el norte de Irak pero en aquel tiempo formaba parte del Imperio Otomano. Por parte paterna descendía de representantes de la Iglesia Caldea, una de las veinticuatro sui iuris (autónomas) que componen la Católica, en este caso siguiendo el rito litúrgico caldeo, que emplea como lenguas el siríaco oriental y el árabe, y bajo presidencia del Patriarca de Bagdad. Por parte materna descendía de un ilustre linaje de Alepo, lo que facilita entender por qué el hermano de Hormuzd lograría ser nombrado vicecónsul británico en su ciudad natal.

Retrato de Austen Henry Layard, autor desconocido / foto Dominio público en Wikimedia Commons

El cargo fraterno permitió a Hormuzd conocer a Austen Henry Layard, un diplomático británico de familia hugonote cuya vida viajera le había aficionado al arte, la literatura y la arqueología y que ya en su primer viaje había recalado en Persia, donde el embajador sir Stratford Canning le envió en 1845 a explorar Asiria.

Eso le hizo visitar Mosul y allí se produjo el encuentro; Layard contrató al veinteañero Hormuzd como pagador y empezaron a excavar en Kuyumjik y Nimrud. La capacidad de trabajo de su nuevo empleado deslumbró a su jefe, que al acabar se lo llevó consigo a Inglaterra para proporcionarle la formación académica adecuada.

El centro elegido para ello fue el prestigioso Magdalen College, de la Universidad de Oxford, sitio de postín donde también estudiaron -o lo harían- varios premios Nobel y personajes famosos como Oscar Wilde, Eduardo VII y Andrew Lloyd-Weber, por ejemplo.

Hormuzd permaneció allí año y medio, hasta que Layard, que tras publicar el relato de su experiencia con el título Nineveh and its remains estuvo un tiempo destinado en Constantinopla como agregado de la embajada, le reclamó en 1849 para una segunda expedición.

Plano del palacio de Senaquerib realizado por Austen Henry Layard/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

El éxito anterior, refrendado con la concesión de la medalla de oro de la Royal Geographical Society, permitió contar esta vez con más presupuesto, por lo que el ámbito de excavaciones se extendió a Babilonia; allí, en las ruinas del palacio de Senaquerib descubrió la biblioteca del nieto de ese rey, Asurbanipal, en forma de miles de tablillas con escritura cuneiforme, que envió a Inglaterra para engrosar la colección mesopotámica del British Museum. La misión duró hasta 1851, año en que Layard publicó un nuevo libro contando la aventura, Discoveries in the ruins of Nineveh and Babylon y aprovechó el viento a favor para entrar en política con el Partido Liberal.

Dejó a su pupilo al frente de la labor arqueológica, al considerarlo ya plenamente capacitado. Así pues, Hormuzd continuó excavando dos años más en Nimrud y Nínive mano a mano con William Kennett Loftus, otro de los patrocinados por Layard. Fruto de ello fue el hallazgo de más tablillas; dado que la escritura cuneiforme aún no había sido completamente descifrada, no se supieron identificar.

El inglés Henry Rawlinson y el irlandés Edward Hincks llevaban trabajando en esa labor más de una década y habían logrado traducir dos centenares de signos; con la nueva remesa y la ayuda de otros dos investigadores, el alemán Julius Oppert y el también inglés William Henry Fox Talbot, se conseguiría desentrañar el misterio, allá por 1857.

Quince años más tarde, el asiriólogo George Smith traduciría la undécima de esas tablillas en cuestión y leyó los resultados en la Society of Biblical Archaeology, ante un público en el que estaba el mismísimo primer ministro, William Gladstone. Se trataba de la narración escrita más antigua del mundo, la Epopeya (o Poema) de Gilgamesh, una narración acadia, en verso y basada en cinco poemas independientes sumerios, sobre las andanzas del heroico rey homónimo.

Su importancia se sublimaba en la sociedad decimonónica con el hecho de que varios relatos del Génesis bíblico estuvieran inspirados en esa obra -un milenio anterior-, caso del Diluvio Universal, el Arca de Noé (ahí llamado Ziusudra), el engaño de la serpiente en el árbol o la Creación.

Hormuzd regresó a Inglaterra en 1855 y, al igual que su padrino -y por mediación suya- aparcó la asiriología para iniciar una carrera diplomática, siendo destinado al consulado británico en Adén (ciudad del actual Yemen). Allí trabajó para mejorar las relaciones del imperio con los locales y, en 1866, fue enviado a Abisinia para negociar ante el emperador Teodoro II la liberación de unos ciudadanos británicos (el cónsul, sus ayudantes y varios misioneros protestantes), tomados como rehenes para exigir ayuda militar con que afrontar las rebeliones generalizadas en el país.

La tableta del Diluvio, hoy en el Museo Británico / foto Mike Peel en Wikimedia Commons

Teodoro II había apelado inútilmente a las potencias occidentales para proteger el cristianismo contra la amenaza islámica, de ahí que adoptase una medida tan drástica como desesperada. La misión se prolongó más de un año debido a la tardanza de Hormuzd en llegar a la capital, Magdala.

Pero, si bien empezó de forma prometedora, luego se torció y él mismo acabó también prisionero. Aquel embrollo se solucionó manu militari, con una épica expedición punitiva dirigida por sir Robert Napier en 1868 que rescató a los rehenes.

Hormuzd describió su odisea personal en una memorias que publicó al año siguiente y no impidieron que recibiera duras críticas en la prensa hacia su inoperancia, pero tanto la corona como el gobierno defendieron su gestión y hasta fue compensado en metálico por la reina Victoria.

Era el final de una etapa cuyo colofón se puede considerar su boda con una cantante inglesa de ópera llamada Anne Eliza Price, con la que tuvo dos hijas, Theresa (1871) y Annie Ferida (1878). Hablamos de nuevo período porque parece que aquel fracaso abisinio le hizo ver cuál era su verdadera vocación: aunque continuó colaborando con el gobierno esporádicamente, retomó su trabajo de arqueólogo.

Hormuzd Rassam (segundo por la izquierda) junto a los demás prisioneros del emperador Teodoro II/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Buen ejemplo de esa complementariedad fueron las cuatro expediciones que llevó a cabo para el British Museum entre 1877 y 1882, durante la primera de las cuales tuvo que viajar a Anatolia y Armenia para elaborar un informe sobre la incidencia de la Guerra Ruso-Turca en las comunidades cristianas griegas y armenias. Algo que combinó con excavaciones en Mesopotamia, donde realizó notables descubrimientos: en Nimrud, el templo de Asurnasirpal II; en Nínive, el cilindro de Asurbanipal; en Balawat, las gigantescas puertas de bronce con bajorrelieves de los reinados de Asurnasirpal II y Salmanasar II; en Borsippa, el palacio de Nabucodonosor II.

En Babilonia también tuvo éxitos notables, como localizar la ubicación de los famosos Jardines Colgantes de Semíramis o encontrar el cilindro de Ciro II mientras trabajaba en el templo de Marduk. Y en Sippar halló el templo solar, en cuyo interior estaban enterrados el cilindro de Nabónido y la estela de Nabu-apla-iddina, junto a unas cincuenta mil tablillas con escritura cuneiforme.

Buena parte de esas piezas fueron trasladadas al British Museum gracias a que su antiguo jefe, Layard, era embajador en Constantinopla y lo negoció con el sultán otomano, bajo cuya autoridad estaban aquellos territorios.

Las Puertas de Balawat, conservadas en el British Museum/Imagen: M.Chohan en Wikimedia Commons

La llegada a Inglaterra de aquel rosario de tesoros arqueológicos le dio a Hormuzd prestigio internacional, ingresando en las citadas Royal Geographical Society y Society of Biblical Archaeology, además de ser premiado por la Accademia delle Scienze di Torino (Turín). Ahora bien, la fama también generó las envidias y cainismos propios de una disciplina tan poco corporativista como la arqueología.

Así, el mencionado Rawlinson reclamó para sí el mérito de buena parte de los hallazgos, aduciendo que cuando se produjeron él era embajador británico en Bagdad y estaba al mando de las excavaciones, atribuyendo a Hormuzd un papel de mero operario sobre el terreno.

El cilindro de Ciro/Imagen: Mike Peel en Wikimedia Commons

Layard le defendió pública y contundentemente, pero todavía le quedaban por vivir los momentos más amargos de su vida. Fue en 1893, habiendo publicado ya cinco libros, cuando el egiptólogo y filólogo orientalista Ernest Wallis Budge, conservador del Departamento de Antigüedades Egipcias y Asirias del British Museum, le acusó de utilizar a sus parientes de Oriente Próximo para traficar con antigüedades y remitir a Inglaterra sólo piezas menores, a pesar de que todavía hoy constituyen la base de la colección asiria del museo.

Y es que cuando Hormuzd había sustituido a Layard en 1851, los arqueólogos ya empezaban a excavar de forma más lenta y científica, mientras que él lo hacía a la vieja usanza, de forma menos cuidadosa.

En cualquier caso, pese a que al enterarse de las denuncias de Budge ya tenía sesenta y siete años, le demandó ante los tribunales y ganó, si bien la sentencia fue algo agridulce por ambigua. Debería esperar un poco más para que el mundo académico le reconociese plenamente; eso sí, apenas pudo disfrutarlo porque falleció en 1910. Hoy, en cambio, se le recuerda como el pionero que fue; el cilindro de Asurbanipal se llama oficialmente Cilindro Rassam y el propio British Museum conserva efectos personales suyos, entre ellos alguno tan curioso como las cadenas de su calabozo en Abisinia.


Fuentes

Samuel Noah Kramer, La historia empieza en Súmer | Mogens Trolle Larsen, The conquest of Assyria. Excavations in an Antique land 1840-1860 | Eckart Frahm (ed.), A companion to Assyria | Alan Moorehead, El Nilo Azul | George Stephen Goodspeed, History of the Babylonians and Assyrians | Wikipedia


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