Cómo Pompeyo acabó con los piratas cilicios que dominaban el Mediterráneo

El triunfo de Pompeyo, cuadro de Gabriel de Saint-Aubin (1765) | foto dominio público en Wikimedia Commons

Alanya es una ciudad de la provincia turca de Antalya, un encantador enclave que por su combinación de patrimonio arqueológico, paisajes naturales y clima mediterráneo constituye un atractivo destino turístico, motor económico actual de la urbe. Alanya es más conocida entre los aficionados a la historia porque allí fue donde el famoso Pompeyo puso fin a la recalcitrante piratería cilicia que, en su creciente osadía, había llegado a las costas romanas. Fue en una batalla que ha sido bautizada con el antiguo nombre del lugar, Coracesio.

Cilicia, el litoral de Anatolia, era una antigua satrapía persa que había sido objeto de disputas por parte de los diádocos, los sucesores de Alejandro Magno, quedando primero bajo dominio de los lágidas (la dinastía de Ptolomeo) y después de los seleúcidas (la de Seleuco). Los primeros construyeron allí importantes fortificaciones que convirtieron su puerto en un sitio perfecto y seguro para numerosos piratas, algo que no sólo continuó sino que aumentó con los siguientes gracias a que ampliaron y perfeccionaron esas defensas, ya de por sí fuertes gracias a los acantilados que dificultan los desembarcos y la escasez de otros núcleos habitados.

De ese modo, la Cilicia Traquea (o sea, la que se situaba entre el mar y los montes Tauro, frente a la Cilicia Pedias llana, preferentemente interior), pasó a ser el refugio por excelencia de la piratería en el Mare Nostrum. Y, como decíamos, ésta alcanzó tales proporciones que sus correrías se extendieron a la península itálica sin que Roma pudiera hacer nada por evitarlo, debido a que descuidó la protección marítima al creerse a salvo. Al fin y al cabo, el pretor de Cilicia, Marco Antonio Orator, había llevado a cabo una campaña contra los piratas en el 103 a.C., desbaratándoles la base que tenían en Creta (pese a que su hijo Marco Antonio Crético estropeó la labor paterna en el 71 a.C.), lo que remató en el 68 a.C., Quinto Cecilio Metelo Crético.

Vista general de Alanya, antigua Coracesio/Imagen: Ozgurmulazimoglu en Wikimedia Commons

Pero eso acabó con los piratas cretenses, no con los cilicios, quienes aprovecharon esa falta de vigilancia por parte de los romanos, consecuencia de la citada errónea percepción de seguridad y de las recientes guerras civiles, para reorganizarse y volver a operar cada vez más atrevidamente, según explica Dión Casio:

Porque como las guerras contra potencias rivales absorbían los esfuerzos de Roma, floreció gran número de piratas que circundaban abundantes tramos de la costa (…) Pues bien, una vez terminó aquello no depusieron su actitud, sino que ellos solos causaron grandes y graves daños a los romanos y sus aliados. Navegaban no en pequeños grupos sino a bordo de grandes flotas y tenían generales, llegando la cosa al extremo de que algunos de ellos adquirieron considerable renombre (…) De esta manera, puesto que el éxito coronaba sus empresas, empezaron a adentrarse en tierra firme, donde causaban grandes daños incluso a aquellos que no tenían relación con el mar. Y ello sufrían no sólo los aliados de otras tierras sino la misma Italia

La provincia romana de Cilicia, ya en época de Trajano | foto Caliniuc en Wikimedia Commons

Su avistamiento en una zona tan delicada como la desembocadura del Tíber hizo saltar todas las alarmas, ya de por sí alteradas por el descontento que cundió entre la población a causa de la subida del precio del pan, consecuencia de la escasez de grano provocada por los asaltos a los barcos mercantes. Así lo explica Dión Casio:

Ciertamente los romanos recibían noticia de lo ocurrido e incluso presenciaban algunas de sus consecuencias (en efecto, como no les llegaba ningún artículo de importación, también los envíos de trigo habían sido cancelados.

Es decir, la amenaza era múltiple: bélica, económica y social. No resultaba menor la humillación que se sentía en Roma, tal como reseña Plutarco:

Música de flautas, tañido de cuerdas y embriaguez en cada orilla, raptos de personas importantes y rescates de ciudades hechas prisioneras eran una vergüenza para el gobierno romano. Las naves piratas llegaron a ser más de mil y las ciudades tomadas por ellos cuatrocientas (…) Esta fuerza se había distribuido a la vez por casi todo el mar que está junto a nuestra tierra, de modo que resultó innavegable para cualquier clase de comercio.

Relieve en mármol de galeras romanas/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

De hecho, tampoco ningún otro estado mediterráneo había adoptado medidas al respecto porque las incursiones en la griega Delos, principal mercado de esclavos en aquella época, desplomó el precio de la mercancía humana permitiendo que fluyera en grandes cantidades esa mano de obra a las grandes villas y minas. Fueron las humillaciones sufridas por los notables romanos apresados -a los que ridiculizaban en burlas grotescas cuando reivindicaban su linaje- los que finalmente saturaron la paciencia de Roma.

Corría el año 67 a.C. cuando Aulo Gabinio, tribuno de la plebe, retomó un plan del Senado nunca llevado a la práctica para, por ley (la Lex Gabinia), designar a un promagistrado con imperium proconsular durante tres años, facultado para intervenir en todos los territorios del Mediterráneo desde las Columnas de Hércules hasta el mar Negro hasta una distancia de cincuenta millas aguas adentro (unos ochenta kilómetros), con capacidad para nombrar quince legados del rango de pretor y armar doscientas naves; todo ello financiado con cargo al erario público, calculado en ciento cuarenta y cuatro millones de sestercios. En la práctica, se trataba de un mando omnímodo que abarcaba no sólo todos los dominios romanos sino también los de otros estados.

Era previsible que el Senado se opusiera a la concesión de tanto poder a un solo hombre y así fue; el único que apoyó la rogatio de Gabinio fue Julio César, que tiempo atrás había sido rehén de los piratas cilicios y tuvo que pagar un rescate para obtener la libertad, aunque luego marchó contra ellos y los castigó. Por eso Gabinio presentó su iniciativa directamente en los comicios, en el Foro (lo que Cicerón denominó popularis ratio), sin necesidad de proponer un candidato porque sabía que la gente aclamaría a su pariente Cneo Pompeyo Magno, a cuyas órdenes había servido en la Tercera Guerra Mitridática.

Un quinquerreme romano/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Pompeyo, en efecto y pese a las críticas senatoriales (una broma de la época hablaba de un Pompeyo navarca como preludio al Pompeyo monarca), primero fingió no estar interesado pero luego consiguió su imperium, reunió un ejército de ciento veinte mil infantes y cinco mil jinetes (una treintena de legiones, aproximadamente), nombró veinticuatro legados y dos cuestores, y los embarcó a todos en medio millar de barcos, poniendo proa al este. Los números son exagerados a todas luces pero lo importante es que, cuenta Plutarco, ello tuvo un efecto balsámico instantáneo en la economía:

Los precios de los víveres, habiendo caído inmediatamente, proporcionaron una razón al pueblo de estar contento por pensar que el solo nombre de Pompeyo había terminado la guerra

Y es que lo primero que hizo fue limpiar de piratas los mares Tirreno (el que baña la costa occidental de Italia y las islas de Cerdeña, Córcega y Sicilia) y el Líbico (el que se ubica entre el sur de Sicilia y el norte de África) en apenas cuarenta días. A continuación, reunió su flota en Bríndisi y tras dejar a sus hijos, Sexto y Cneo, vigilando el Adriático, zarpó de nuevo con rumbo a Atenas, donde se estableció para preparar su estrategia. Dividió el Mediterráneo en trece áreas, cada una al mando de un legado con una escuadra asignada, de modo que la presencia de barcos romanos fuera constante y disuasoria. Aparte, reservó doscientos barcos a sus órdenes directas.

Busto de Pompeyo/Imagen: Alphanidon en Wikimedia Commons

El plan, que según Dión Casio combinaba mano dura con invitación a pasarse a su bando, dio buen resultado. Los piratas, acostumbrados a no encontrar resistencia, se vieron superados en todas partes y eran derrotados u obligados a huir; como no encontraban puertos en los que refugiarse, escapaban a su base de Coracesio, donde estaba claro que se iba a dirimir la contienda. La batalla naval que lleva ese nombre fue rápida y acabó con una contundente victoria romana, pues, a pesar de su inferioridad numérica (aunque la relación de fuerzas que reseña Plutarco parece exagerada), Pompeyo barrió al enemigo. La narración de Plutarco en ese punto es más bien lacónica:

La mayor parte de los piratas tenía situados a sus familias, riquezas y a la gente inútil en fortificaciones y ciudadelas en torno al Tauro y, después de haber equipado sus barcos, ellos mismos recibieron cerca de Coracesio de Cilicia a Pompeyo, que venía al ataque. Habiéndose trabado batalla, fueron vencidos y sitiados. Finalmente, enviaron súplicas y se entregaron ellos mismos, sus ciudades y las islas que dominaban tras haberlas fortificado, difíciles de ser tomadas al ataque e incluso de acercarse a ellas.

La guerra había terminado con una duración récord, inferior a tres meses, con un éxito espectacular. Según las diversas crónicas clásicas (Estrabón, Plinio, Apiano…), Pompeyo acabó con diez mil piratas, ocupó ciento veinte plazas fuertes, se apoderó de ochocientos cuarenta y seis barcos e hizo veinte mil prisioneros. Por supuesto, la historiografía actual considera imposibles esas cifras, pero son una expresión evidente del triunfo de la República.

En esta ocasión, la tradicional dureza de la justicia romana no fue tanta, quizá porque ejecutar a dos mil prisioneros podía resultar excesivo. Se había hecho con los rebeldes de Espartaco poco antes, pero eso fue en Italia; en tierra extraña podría resultar contraproducente. Ahora bien, Pompeyo tampoco podía permitir que se dispersaran para después volver a juntarse, teniendo en cuenta que carecer de recursos y ser belicoso es una combinación perfecta para tomar las armas. Por eso la dispersión se hizo de forma programada y bajo control, por sitios de Asia y la región griega de Acaya. Volvamos a Plutarco:

Como [Pompeyo] pensaba que por naturaleza el Hombre ni ha sido ni es un ser salvaje e insociable, sino que degenera contra su natural por el uso del vicio y que también se domeña con las costumbres y el cambio de lugar y de género de vida, pues incluso las fieras, al participar de un régimen más benigno, se desprenden de su crueldad y dureza, decidió que se trasladaran estos hombres del mar a tierra y que gozaran de una vida adecuada, acostumbrándose a vivir en ciudades y cultivar el campo. A algunos los aceptaron las ciudades pequeñas y más desiertas de Cilicia y los mezclaron con ellos, tras haber recibido terrenos

La guerra de Pompeyo contra los piratas | foto dominio público en Wikimedia Commons

Todo un proyecto de reinserción que no tardó en quedar relegado a un segundo plano porque, si bien «la guerra terminó y la piratería de todos los lugares fue expulsada del mar», en palabras del autor de Vidas paralelas, en esos momentos se imponía otro problema de actualidad que se arrastraba desde el año 74 a.C.: la mencionada Tercera Guerra Mitridática, un conflicto intermitente, que brotaba y se apaciguaba temporalmente para retomarse, por el empeño del rey del Ponto, Mitrídates VI, en enfrentarse a la República de Roma… para lo cual se había aliado con los piratas esporádicamente.

Y de nuevo fue Pompeyo el destinado a ponerle fin de una vez por todas, al aceptar otra vez el imperium, en esta ocasión por una rogatio presentada por el tribuno de la plebe Cayo Manilio, quien imitó a su predecesor dictando la Lex Manilia. Lo cual es ya otra historia.


Fuentes

Plutarco, Vidas paralelas: Sertorio y Pompeyo | Dión Casio, Historia romana | Sergei Ivanovich Kovaliov, Historia de Roma | Francisco Javier Lomas Salmonte y Pedro López Barja de Quiroga, Historia de Roma | Arturo S. Sanz, Imperium Maris. Historia de la Armada romana imperial y republicana| Javier Cabrero Piquero y Pilar Fernández Uriel, Historia Antigua II. El mundo Clásico. Historia de Roma | Pierre Grimal, El mundo mediterráneo en la Edad Antigua. La formación del Imperio Romano | Wikipedia