Nellie Bly, Alexandra Davis-Néel, Florence Baker, Isabel Godin des Odonais, Isabelle Eberhardt… No es la primera vez que contamos aquí las aventuras de mujeres viajeras y exploradoras, pero hasta ahora todas tenían como nexo común el haber vivido en la Edad Contemporánea. Hoy tenemos de protagonista a otra que se sitúa mucho más atrás en el tiempo, la Antigüedad, y recorrió buena parte del mundo conocido entonces, aquella que quedaba bajo la órbita del Imperio Romano: Egeria, una hispana de Gallaecia.

Conocida también como Ætheria, entre otras variantes nominales, la escasez de fuentes hace difícil entrar en detalles biográficos sin caer en la especulación. De hecho, sólo hay un documento que nos hable de ella y ni siquiera es original: la copia de una carta en la que ella misma relata, a un reducido círculo de mujeres, la peregrinación que realizó a Tierra Santa en el último cuarto del siglo IV d.C., fecha que convierte a la narración en la más antigua de un viaje en el ámbito cristiano.

El problema es que carece de firma, título ni data, y ni siquiera se conserva íntegra sino de forma fragmentaria. El inicio y el final se han perdido, mientras que la parte central sobrevivió gracias a que fue copiada en el Codex Aretinus por un monje de Montecasino en el siglo XI. Hubo que esperar hasta 1884 para que el arqueólogo y bibliófilo italiano Gian Francesco Gamurrini, un experto en la civilización etrusca, lo encontrase en la Biblioteca Della Confraternità dei Laici, en su Arezzo natal. Era un códice sobre pergamino en treinta y siete folios, escrito en latín vulgar, en la letra beneventana típica de su tiempo medieval.

La Abadía de Montecasino/Imagen: Radomił en Wikimedia Commons

Estaba estructurado en dos partes. La primera contenía un célebre tratado sobre himnos y misterios escrito por San Hilario de Poitiers, obispo de dicha ciudad y Doctor de la Iglesia, apodado Malleus Arianorum («Martillo de arrianos») y comparado a menudo con Atanasio de Alejandría. La segunda, incompleta, que había sido llevada al monasterio de Santa María de Arezzo por el abad del citado cenobio de Montecasino entre 1599 y 1602, cuando le trasladaron (y de allí pasó a la Biblioteca Della Confraternità dei Laici en 1801, después de que Napoleón clausurase el cenobio arezzano), narraba un viaje por Tierra Santa.

Hablábamos antes del problema de no subsistir inicio ni final y es que ello complicaba la datación cronológica y la identificación del autor. Gamurrini atribuyó la carta a Silvia de Aquitania, una santa que vivió entre los siglos IV y V, famosa por dos razones: ser hermana de Rufino, prefecto del pretorio de Teodosio y Arcadio (los emperadores romanos de Oriente), y haber peregrinado por Constantinopla, Egipto y Jerusalén cuando ya superaba los sesenta años de edad, lo que, junto a sus ascéticas costumbres, le valió la canonización. Así lo contaba el monje Paladio de Galacia en su Historia Lausíaca, en la que explica cómo empezó el monacato cristiano en suelo egipcio.

La atribución se dio por buena hasta 1903, año en que el erudito hispanista francés Marius Férotin (que además era un monje benedictino establecido en el monasterio de Santo Domingo de Silos huyendo del anticlericalismo que convulsionaba su país) rebatió la obra de Gamurrini con la publicación de un artículo en la Revista de Cuestiones Históricas, en la que cambiaba el título Peregrinatio Silviae al trocar la autoría para dársela a Egeria. Se basaba para ello en una carta escrita por el monje San Valerio del Bierzo, un santo cenobita del siglo VII (discípulo del obispo visigodo de Braga, San Fructuoso), quien aportaba datos del viaje en cuestión desconocidos hasta entonces, como la fecha (entre el 381 y el 384 d.C.), el punto de partida, etapas, duración, etc. Incluso imitaba el estilo de Egeria.

Manuscrito del Viaje de Egeria conservado en la Biblioteca Comunale de Arezzo | foto Lameiro en Wikimedia Commons

En 1909, la teoría de Férotin fue cuestionada por el alemán Karl Meister, basándose en argumentos filológicos para argumentar que el francés había confundido la Gallaecia con la Galia, siendo de esta última de donde sería originaria la autora del relato -frente a la opinión del otro de que allí sólo empezó el viaje- y además con una cronología más tardía. El clérigo anglicano irlandés John Henry Bernard suscribió esto último haciendo hincapié en que dos iglesias de Jerusalén mencionadas en las obras Breviarium y Peregrinatio Theodosii, San Pedro en la Casa de Caifás y Santa Sofía en el Pretorio, ambas datadas en torno al año 530, no aparecen en el relato de Egeria.

En cualquier caso, la carta de San Valerio sirvió para que apareciera por primera vez el nombre de la hispana, a la que identifica como monja por dirigirse a varias «sorores» (hermanas, en latín: «Mis venerables señoras, mis hermanas, dueñas de mi alma, luz mía…»), si bien los historiadores señalan que en el siglo IV era costumbre llamar así a los miembros de la comunidad cristiana y parece improbable que una monja tuviera tanta libertad para moverse. La peregrinación que realizó, por cierto, no tiene por qué vincularse a una religiosa formal, por cuanto entonces se había puesto de moda hacer ese tipo de viajes de fe; recordemos, por ejemplo, el que hizo Helena de Constantinopla, madre del emperador Constantino, en busca de reliquias (fruto del cual trajo las de la Vera Cruz, los Reyes Magos o el apóstol Matías).

En realidad, lo que quizá demuestra el periplo de Egeria es su adscripción a una clase media o alta, con capacidad económica para afrontar los gastos consiguientes y acceso a un cursus publicus (un salvoconducto con derecho a alojamiento y manutención). De hecho, hubo otras viajeras de la Antigüedad tardía (criticadas en tono paternalista por los hombres léase, San Jerónimo o el obispo Gregorio de Nisa), caso de la mencionada Silvia de Aquitania, Paula de Roma, Melania la Mayor o Melania la Joven (que también era hispana), y todas pertenecían a la aristocracia, al margen de que llevasen una vida más o menos austera conforme a sus creencias.

Tierra Santa (Diocesis Orientis) a principios del siglo V d.C./Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Porque el itinerario que narra Egeria no era precisamente una escapada de fin de semana. Lo que se ha dado en titular Itinerarium Egeriae (o Peregrinatio Aetheriae o Itinerarium ad Loca Sancta, entre otras combinaciones) empieza contando el inminente ascenso al Monte Sinaí, después de haber visitado lugares sagrados de la Biblia como Galilea -estuvo una temporada alojada junto al lago Tiberíades-, Belén, Hebrón, Samaria, Jericó, Nazaret y Cafarnáum; también, por supuesto, Jerusalén, donde se estableció una temporada. Asimismo conoció otros sitios anecdóticos, caso de aquel donde Eliezer se reunió con Rebeca, el enterramiento de Harán (el hermano de Abraham), el Monte Nebo (donde murió Moisés, según la tradición) y la tumba de Job, ubicados en las actuales Jordania y Siria respectivamente. Al mismo tiempo, comenta tradiciones locales como la de la multiplicación de los panes y los peces.

Antes de todo eso, habría iniciado la peregrinación desde la Galia meridional (Burdeos, Arlés… bien es cierto que ella sólo menciona el Ródano, al que compara con el Éufrates, por eso Meister la consideraba gala), pasando a la península itálica (Milán y Aquilea) para atravesar el Adriático, desembarcar en Sirmium (la actual localidad serbia de Sremska Mitrovica) y alcanzar Constantinopla en el 381 d.C. Desde allí pasaría a Tierra Santa y, tras ésta, al año siguiente, a Egipto: Alejandría, Tebas, el Mar Rojo y la península del Sinaí. Transcurrido un bienio por aquellas latitudes, decidió regresar y lo hizo primero por Mesopotamia, por el río Éufrates, siendo sus siguientes escalas en Asia Menor: Antioquía, Tarso, Edesa, Bitinia y Seleucia Isauriae (actual Silifke turca), en esta última porque allí estaba el santuario de Santa Tecla, muy venerado por las mujeres.

Dado que, decíamos, se perdieron el comienzo y el final, la información hay que complementarla con lo aportado por el Liber de locis sanctis , obra de Pedro el Diácono (el benedictino bibliotecario de Montecasino). Finalmente Egeria llegó a Constantinopla, donde se planteó un nuevo viaje a Éfeso. Ahí empieza una segunda parte del relato, que es muy diferente: una descripción de los ritos litúrgicos de Oriente, la vida monástica y el calendario eclesiástico en la Tierra Santa de aquel tiempo -probablemente coincidente con la etapa obispal de Cirilo de Jerusalén-, en el que aún no se celebraba la Navidad. Una prueba tanto de su religiosidad como de su espíritu curioso; ella misma lo admitía («ávida de conocerlo todo»), aunque eso implicara creerse todo lo que le decían sus guías, por disparatado que resultase (por ejemplo, le mostraron unas presunta correspondencia por carta entre el rey Abgar de Edesa y ¡Jesucristo!).

Los dominios de Teodosio I el Grande, divididos a su muerte en Imperio Romano de Occidente (en rojo) e Imperio Romano de Oriente (morado)/Imagen: Geuiwogbil en Wikimedia Commons

Decíamos antes que Itinerarium Egeriae está escrito, lógicamente, en latín; el vulgar, el idioma hablado en el imperio, carente de las pretensiones artísticas del clásico, culto. Un análisis filológico revela jugosa información sobre su evolución desde aquella Antigüedad, en la que se equipara a un protorromance del que saldrán las lenguas romances. Algo contrapuesto a esa posición acomodada que, según alguna hipótesis podría ser más elevada aún, por encima de la nobleza (si se acepta la teoría -otra- de que estaba emparentada con la emperatriz Elia Flacila, consorte de Teodosio el Grande, ambos de familia hispanorromana). Otras, con bastante imaginación, la suponen hermana de Gala Placidia, hija de Teodosio, o de otra Gala, la esposa de Prisciliano.

Imposible saberlo, como también ignoramos fecha y lugar de su óbito, aunque todo parece indicar que murió sin poder ver de nuevo Gallaecia. Sus últimas palabras escritas parecen dar a entender que sufría una enfermedad y se sentía cercana a fallecer:

«Desde este lugar, dueñas mías y luz de mi vida, mientras escribía esto a vuestra caridad ya tenía el propósito de ir en nombre de Cristo nuestro dios a Éfeso, en Asia, para orar en el sepulcro del santo y bienaventurado apóstol Juan. Si después de esto estaré viva, y si además podré conocer otros lugares, lo referiré a vuestra caridad; o yo misma presente, si Dios se digna concedérmelo, o ciertamente os lo comunicaré por escrito, si otra cosa me viene al espíritu. Entretanto, señoras mías y luz de mi vida, dignaos acordaros de mí, sea que esté viva, o sea que haya muerto».


Fuentes

Eteria, Itinerario | Rosa María Cid López, Egeria, peregrina y aventurera. Relato de un viaje a Tierra Santa en el siglo IV (en Arenal. Revista de Historia de las Mujeres) | M. L. Herbert McClure y Charles Lett Feltoe, The pilgrimage of Etheria | Cristina Morató, Viajeras intrépidas y aventureras | Wikipedia


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