Calisto, el liberto que asesoraba a Calígula y Claudio y cuya fortuna superó a la de Craso

La tienda de Licinio, cuadro de Gustave Boulanger (1885) | foto dominio público en Wikimedia Commons

Aparte de integrar el Primer Triunvirato junto a Julio César y Pompeyo, Marco Licinio Craso ha pasado a la posteridad como epítome del hombre acaudalado, en cuya fortuna se apoyó César para alcanzar el poder y que ha dejado su cognomen como sinónimo de gordura, algo que podría aplicarse tanto a su patrimonio como al fatal error militar que le costaría la vida ante los partos. Sin embargo, en la antigua Roma hubo un hombre que logró sobrepasar su riqueza, a decir de Plinio el Viejo; se llamaba Cayo Julio Calisto y tuvo un mérito especial si se tiene en cuenta que se trataba de un liberto y que sobrevivió al temible reinado de Calígula.

De Calisto se ignora prácticamente toda la vida previa a su manumisión, salvo que era de origen griego: no se sabe dónde nació exactamente ni cuándo, como tampoco la razón por la que había sido esclavizado. No aparece en la historia hasta que lo reseña Séneca en sus Epístolas morales a Lucilio, al hablar del trato a los esclavos:

Lucilio, conforme pide la sabiduría, trata con bondad a sus esclavos. No como aquellos a los que humilla su compañía, que no les dejan hablar. A los esclavos los hacemos enemigos por abusar de ellos, exigiéndoles servicios humillantes. Pero a veces se invierten los puestos -caso de Calisto- (…).

Mercado de esclavos en la antigua Roma, obra de Gustave Boulanger/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Séneca narra cómo el griego fue presentado en subasta con una tablilla que se ponía colgando del cuello de los esclavos, indicando su país de procedencia, sus cualidades y sus defectos; por tanto, es una lástima que el célebre escritor no entrara en más detalle, ofreciéndonos la información que nos falta. Por otra parte, dice que se trataba de uno de los «esclavos de desecho», es decir, los que sobraban, aquellos por los que no hubo puja, ya que los otros se vendían conforme a la categoría que ostentaban. De ello se deduce que Calisto carecía de valor, al menos a primera vista. De hecho, insiste Séneca:

Correspondía así a su favor el que siendo esclavo suyo había sido relegado al lote de la primera decuria con la que el pregonero pone a prueba su voz: él mismo le repudió a su vez y no le consideró digno de su casa. El dueño vendió a Calisto, pero ¡cuánto le hizo pagar Calisto a su dueño!

Aquel griego despreciado fue adquirido para el servicio en palacio, quizá como servus publicus, modalidad con cierta cualificación que a menudo era objeto de manumisión, por lo que es posible que los asistentes a la subasta hubieran buscado otro perfil en sus compras; al fin y al cabo, los esclavos griegos solían tener formación intelectual, de ahí que fueran muy cotizados para trabajos administrativos o, casi tópicamente, como maestros y tutores.

Reinaba entonces un joven emperador llamado Cayo Julio César Augusto Germánico, más conocido por el apodo de Calígula que los legionarios le habían puesto debido a las pequeñas botas que usaba durante las campañas militares de su padre. Calígula, adoptado oficialmente por su predecesor, Tiberio, subió al poder al fallecer éste en el año 37 d.C. y tras anularse su testamento para excluir al otro heredero, su nieto Gemelo.

Réplica policromada de un busto de Calígula/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Los primeros siete meses de mandato fueron prometedores, con el nuevo imperator aclamado por todos al dictar indultos para los numerosos acusados por Tiberio, permitir regresar a los exiliados, respetar al Senado, devolver a los comicios el derecho a elegir magistrados, gratificar a los pretorianos, ofrecer vistosos espectáculos en el anfiteatro y, sobre todo, el mero hecho de ser vástago de un héroe tan querido y añorado como Germánico.

En ese contexto, acaso por buenos servicios, Calígula concedió a Calisto la libertad y con ella obtuvo el prenomen (Cayo) y el nomen (Julio) de su benefactor, al que, por lo visto, fascinaba lo suficiente como para ejercer una considerable influencia sobre él, asesorándole en los asuntos políticos y sugiriéndole soluciones para los problemas surgentes. Se deduce pues que gozaba de una inusitada autoridad, hasta el punto de que obligaba a su amo anterior a esperar de pie o incluso le vetaba en las audiencias que solicitaba con el emperador. Retomando las palabras de Séneca:

De pie ante el umbral de Calisto, ví al antiguo amo de éste y cómo el rótulo que el mismo le había atado para venderlo y le había expuesto entre los esclavos de desecho era echado fuera, en tanto los otros entraban.

Calisto también aprovechó ese omnímodo poder para lucrarse a través de la venalidad, un sistema de adjudicación de cargos públicos a cambio de un precio tasado que se había vuelto común desde el siglo I a.C. De ese modo, adquirió un fastuoso nivel de vida, descrito por Plinio el Viejo en su Naturalis historia, concretamente en los libros XXXIII (Tratado de los metales y su naturaleza, donde compara a Calisto con Craso) y XXXVI (Del arte de esculpir la piedra, en el que menciona el espléndido comedor del liberto, que tenía una treintena de columnas de ónice). Ahora bien, no fue el único beneficiario de esa ventajosa posición.

Otro privilegiado respondía al nombre de Cneo Domicio Afro, aunque en su caso no se trató de un provecho económico. Era un letrado, natural de Nemausus (Nimes, en la Galia Narbonense), que en el año 25 había logrado celebridad y el puesto de pretor por haber delatado ante Tiberio a Claudia Pulcra (prima segunda de Agripina la Mayor, nieta de Augusto), acusándola de adulterio y uso de artes mágicas contra el emperador. Domicio Afro, que se ganó merecida fama de gran orador, tuvo luego una disputa con Calígula, quien le acusó de traición en el Senado; la astuta recomendación de Calisto de fingir derrota ante el mandatario en el duelo oratorio, más la capacidad disuasoria que demostró con el emperador, no sólo le salvaron la vida sino que le permitieron ganarse el cargo de consul suffectus (interino).

Y gracias a aquello y al liberto Calisto, al que Cayo apreciaba y al que Domicio se había ganado, olvidó su cólera. Cuando, pasado el tiempo, Calisto lo censuró por haber acusado a aquel hombre en primer lugar, el emperador le contestó: «¡No debía guardarme para mí aquel discurso!»

Historia romana (Dión Casio)
Manumisión de dos esclavos que llevan píleo/Imagen: Ad Meskens en Wikimedia Commons

Es imposible saber hoy el porqué del ascendiente del liberto sobre el gobernante. Cuenta Plutarco que su nieto, Cayo Ninfidio Sabino, prefecto de la Guardia Pretoriana durante el reinado de Nerón (compartido con Ofonio Tigelino), lo explicaba aduciendo que su madre Ninfidia, hija de Calisto, había sido amante de Calígula (quien, por tanto, sería su padre natural). El problema, ausencia de pruebas aparte, es que Sabino lo desveló en un contexto muy conveniente para él: tras animar a los pretorianos a abandonar a Nerón y participar en su derrocamiento, se postuló como sucesor legítimo al trono frente a otros candidatos como Vindex y Galba (este último, a la postre, se proclamó después de lograr que los pretorianos asesinaran a Sabino).

Ahora bien, aquel primer período de Calígula terminó bruscamente, coincidiendo con una enfermedad indeterminada (¿encefalitis, epilepsia, hipertiroidismo?) que cambió su personalidad volviéndole un demente, según describieron autores como Séneca, Flavio Josefo o Filón de Alejandría. Lo cierto es que las fuentes principales, las obras de Suetonio y Dión Casio, son parciales por haber sido escritas muy posteriormente y pertenecer ellos al patriciado, clase social enemistada con el emperador. Al fin y al cabo, el telón de fondo era el enfrentamiento entre la autoridad del princeps y la del Senado.

En cualquier caso, la historiografía habla de una nueva etapa, un «régimen de terror», en palabras de Kovaliov, que supuso un rosario de excentricidades, escándalos y asesinatos. Uno tras otro, fueron cayendo su suegro, Marco Silano; su primo, Tiberio Gemelo; el antiguo prefecto del pretorio, Nevio Sutorio Macrón; su cuñado, Marco Emilio Lépido; el gobernador de Germania, Cneo Cornelio Léntulo Getúlico; el prefecto de Egipto, Aulo Avilio Flaco… Sus hermanas, Agripina la Menor y Julia Livila, tuvieron más suerte y sólo sufrieron destierro.

Se comprende, pues, que el propio Calisto dejara de sentirse seguro; máxime después de que un conspirador que atentó fallidamente contra la vida del emperador citara su nombre como parte del complot. Calígula atendió las súplicas de su antiguo esclavo, pero éste entendió que era cuestión de tiempo que le llegara el turno y se sumó al magnicidio perpetrado por Casio Quereas y los pretorianos en el año 41. Lo explica Flavio Josefo en su Antigüedades de los judíos, dejando un retrato de Calisto poco favorecedor:

Entre los conjurados se encontraba Calisto, liberto de Cayo, que había llegado a la cima del poder, igual al del tirano, gracias al miedo que inspiraba a todos y a la gran fortuna que había acumulado. Se apoderaba de todo lo que podía y era insolente con todos, usando su poder con injusticia. Sabía que Cayo era implacable y tan terco que nunca desistía de lo que había decidido; por esto y muchas otras cosas se sentía en peligro, especialmente por su gran fortuna.

Los pretorianos proclaman emperador a Claudio tras matar a Calígula y su esposa Cesonia, obra de Lawrence Alma-Tadema/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Claudio, tío de Calígula, que fue proclamado sucesor, ordenó perseguir y ejecutar a los asesinos. Sin embargo, Calisto se libró porque no había obedecido la orden del anterior emperador de envenenar a Claudio; bien es cierto que Flavio Josefo pone en duda tal aseveración:

Por eso servía a Claudio, habiéndose pasado secretamente a su lado, pensando que éste obtendría el imperio si Cayo desaparecía y que él encontraría, en un poder similar al que ocupaba, un pretexto para obtener favores y honores, si tomaba la precaución de conquistar la gratitud de Claudio y la reputación de que le había sido fiel. Incluso había llegado su audacia a decir que había recibido del emperador la orden de envenenar a Claudio, y había diferido su ejecución con mil pretextos. Pero creo que Calisto debe de haber fraguado este cuento para congraciarse con Claudio, pues en el caso de que Cayo hubiese realmente decidido librarse de Claudio, no habría tolerado las tretas de Calisto; y si este último hubiera recibido orden de eliminarlo, no habría podido diferir su incumplimiento sin recibir inmediatamente su castigo. Debe sólo atribuirse al poder divino la protección de Claudio contra el furor de Cayo; y Calisto simulaba un hecho que no era tal como lo presentaba.

Al igual que su malhadado sobrino, Claudio se vio influido por el liberto. Para ser exactos, no sólo por Calisto sino también por otros antiguos esclavos griegos, como Marco Antonio Palas -o Palante- (manumitido por Antonia la Mayor, hija de Marco Antonio, de ahí el nombre que le dieron) y Narciso (liberado por el propio Claudio, quien le nombró pretor). Si Palas se encargó de la officia a rationibus (finanzas), Narciso ocupó la ab epistulis (secretariado general imperial) y Calisto la a libellis (justicia, solicitudes, quejas…) compartida con otro heleno, Polibio; se les sumaba una cuarta cancillería, a patrimonio, dirigida por un equipo que administraba los bienes inmuebles de la casa imperial. Ellos mismos disponían de esclavos y libertos en los que delegaban parte de sus amplias funciones y negocios particulares.

Porque, como supervisor de juicios y tribunales, Calisto tuvo acceso a nuevas vías de enriquecimiento, gracias a lo cual aumentó aún más su patrimonio; algo en lo que tampoco era único, ya que Juvenal también evoca a Creso y a los reyes persas al hablar de Narciso y cifra su capital en torno a cuatrocientos millones de sestercios, mientras que Suetonio menciona que Polibio solía pasear con los cónsules. Calisto, además, reprodujo con Claudio la trayectoria que había seguido con Calígula, asesorándole en múltiples aspectos. Por ejemplo, fue él quien recomendó al emperador los servicios de su amigo Escribonio Largo como médico personal (a instancias del griego, por cierto, Largo realizó una vasta recopilación de recetas farmacológicas a la que tituló De compositione medicamentorum).

Los tres helenos, protagonistas de lo que a veces se alude en la historiografía como el «régimen de los libertos», tuvieron que actuar más allá de lo estrictamente administrativo cuando se vieron inmersos en la trama de conspiraciones que se extendió por palacio a raíz del adulterio de Valeria Mesalina, la esposa del emperador. Fueron ellos quienes se percataron del asunto y decidieron denunciarlo a Claudio, aunque, según explica Tácito en su obra Anales, Calisto prefirió mantenerse al margen y dejó que fuera Narciso quien informase a su señor, lo que le haría a éste ganarse el cargo de cuestor:

Y en un primer momento, Calisto, a quien ya he mencionado en relación a la muerte de Cayo César, Narciso, el inductor del asesinato de Apio, y Palas, que gozaba de muchísima influencia por aquel entonces, estuvieron tratando si podrían apartar a Mesalina del amor de Silio empleando amenazas secretas y sin mencionar todo lo demás. Después dos de ellos desisten por miedo a fraguarse ellos mismos su propia ruina, Palas por cobardía y Calisto por haber conocido también el reinado anterior y saber que el poder se conserva mejor con los métodos prudentes que con los tajantes.

La muerte de Valeria Mesalina, obra de Georges-Antoine Rochegrosse/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Mesalina, forzada a quitarse la vida, fue incapaz de hacerlo por su propia mano y un centurión la decapitó. Para sustituirla, Calisto propuso a Claudio una nueva esposa: Lolia Paulina, hija de un senador y a la que conocía desde hacía años. Había estado casada anteriormente dos veces, primero con el cónsul sufecto Publio Memmio Regulo, del que se divorció por orden de Caligula para contraer breve matrimonio con éste, que la repudió por infértil, prohibiéndole que conociese más hombres. El hecho de no tener hijos era considerado una ventaja por Calisto porque, según Tácito, ella «estaría libre de emulación y para sus hijastros ocuparía el lugar de una madre».

Sin embargo, tanto la candidata de Calisto como la de Narciso, Elia Petina (que ya había estado casada con Claudio, pero él se divorció en favor de Mesalina), resultaron descartadas por el emperador, que prefirió la propuesta por Marco Antonio Palas: su sobrina, Julia Agripina la Menor, que parecía augurar una descendencia digna de la estirpe de Germánico (su hermano, Calígula, también era hijo de Germánico pero se le consideraría una anomalía, pervertido por Tiberio en su degenerada etapa de autorreclusión en Capri).

Es posible que esa elección determinase el final de la carrera de Calisto, ya que Agripina resultó ser tremendamente ambiciosa; se hizo con las riendas del poder, logrando que se la nombrase emperatriz y conspirando para que su hijo Nerón se situara en la sucesión por delante del legítimo heredero, Británico, el único vástago varón que tuvo Claudio con Mesalina (tenía una hermana, Claudia Octavia).

Ignoramos si, una vez que se hizo con el control del estado, Agripina actuó contra el liberto, pero parece probable que no quisiera obstáculos. Así que Calisto se convirtió en el primero de los griegos en caer («murió en la cumbre de su poder», en palabras de Dión Casio); Narciso fue ejecutado por orden de Agripina poco después de fallecer Claudio (presuntamente envenenado por ella) y Palas, que la habría ayudado a deshacerse de su marido y de Calisto para salvarse, terminó asesinado por Nerón cuando éste quiso borrar todo recuerdo de su posesiva madre y, de paso, quedarse con su fortuna.


Fuentes

Séneca, Epístolas morales a Lucilio | Plinio el Viejo, Historia natural | Flavio Josefo, Antigüedades de los judíos | Tácito, Anales | Dión Casio, Historia romana | Plutarco, Vidas paralelas: Galba | Sergei Ivanovich Kovaliov, Historia de Roma | Stanford Mc Krause, Esclavitud y economía en la antigua Roma | André Aymard y Jeannine Auboyer, Historia general de las civilizaciones. Roma y su imperio | Fergus Millar, El mundo mediterráneo en la Edad Antigua. El Imperio Romano y sus pueblos limítrofes | Wikipedia