Es difícil imaginar una mayor sensación de libertad que la de subir a cubierta, soltar amarras y zarpar alejándose de la tierra firme, dejando que el viento hinche las velas y te impulse aguas adentro. Por supuesto, es una imagen clásica que no todo el mundo puede experimentar, ya sea por miedo, mareo, desconocimiento o cualquier otra causa; toda ellas salvables si en vez de navegar por la inmensidad del mar se hace por un cauce fluvial, de aguas tranquilas, sin peligro y, atención, sin ni siquiera necesidad de tener una embarcación en propiedad ni licencia. Porque quizá muchos no sepan que, para ello, se puede recurrir simplemente al alquiler de barcos.

Depende del lugar pero, por ejemplo, en Francia la legislación permite pilotar sin carnet las naves que midan menos de quince metros de eslora y que no excedan los doce kilómetros por hora. Eso hace especialmente interesante la posibilidad de plantearse hacer un crucero fluvial por cuenta propia, estando uno mismo al timón y habiendo recibido en media hora unas instrucciones básicas sobre el manejo de los instrumentos de a bordo, que normalmente son más sencillos que los del automóvil: llave de contacto y dos marchas, una hacia adelante y otra hacia atrás, sin temer que la velocidad se dispare porque el motor está previamente regulado para ello.

Luego, únicamente es cuestión de elegir el plan que más apetezca, si ruta de ida y vuelta o sólo ida. En el primer caso será posible ir haciendo paradas y hasta escalas, en los lugares con especial atractivo turístico (las empresas de alquiler facilitan información ad hoc), para comer o para pernoctar (está prohibido navegar de noche). En el segundo, habrá que realizar el trayecto establecido entre dos embarcaderos (salida y llegada) en el tiempo acordado y tener en cuenta que, curioso, resulta más caro. Por lo demás, uno puede despreocuparse porque el servicio incluye seguro y chalecos salvavidas, además de contar con servicio técnico diario; algunas embarcaciones también cuentan con barandilla protegiendo la cubierta, algo recomendable si se va a viajar con niños.

Decíamos que Francia es un sitio idóneo para esta fascinante modalidad vacacional, pero no sólo por la laxa normativa sino también porque tiene una red de canales que parecen hechos a propósito para ello. Algo que, en realidad, se puede hacer extensible a otros países, como Holanda (país de canales por excelencia, con los tulipanes y molinos como precioso telón de fondo), Alemania (la región de Brandemburgo tiene más de ciento setenta ríos, canales y lagos, siendo de éstos últimos los Ruppin y los Mecklenbourg las estrellas), Portugal (el Duero a su paso por el Alentejo) o Hungría (la región de Tokaj y el río Tisza). Pero vamos a quedarnos, no obstante, con el caso francés para verlo un poco más detenidamente; merece la pena.

Quien se decante por territorio galo dispondrá de una decena de regiones para navegar. Por ejemplo Alsacia y Lorena, que permiten visitar desde el agua ciudades como Estrasburgo, Niderviller (con sus túneles kilométricos) y Lützelbourg (donde hay un insólito ascensor para barcos); o Bretaña (con un canal que enlaza las urbes de Nantes y Brest y un paisaje moteado de castillos); o Anjou, fácilmente accesible desde París y dotada de trescientos kilómetros de ríos navegables adaptados para ese tipo de turismo; o Aquitania, donde el armañac y el foie-gras se paladean de otra forma meciéndose sobre la corriente del Garona.

Foto Nicols

También Camarga y sus ochenta y cinco mil hectáreas de parque pantanosos atravesados por el Canal de Rhône à Sète; Charente, cuna del coñac y el pineau homónimos, donde navegación y gastronomía forman un binomio perfecto; Lot, con setenta y cuatro kilómetros fluviales tachonados de esclusas y rodeados de acantilados, bosques y cuevas; Franche Conté-Dous, cerca ya de Suiza, que ofrece tres centenares de kilómetros; y los valles del Loira y del Saona, el primero con el canal del río que lo nombra más el del Nivernais, el segundo por un río pesquero circundado por la tierra del champán.

Hay muchos canales más para elegir: el Canal de Borgoña, que une París y Lyon (síntesis perfecta de turismo enológico, artístico y cultural, al alojarse muchas bodegas en abadías y castillos); el Canal del Este, que une el Ródano con el Mosela y el Metz; el Canal del Marne-Rin, que enlaza ambos ríos comunicando París y Estrasburgo; los canales du Centre, Lateral del Loira, de Briare y de Loing, que recorren el centro de Francia y desembocan en el Sena facilitando la entrada en París… Algunos incluso trascienden las fronteras, caso del Canal del Rin-Ródano, que permite navegar desde el Mediterráneo hasta Alemania, o varios en los que se pasa de territorio francés a Bélgica, como el del Norte (desde París), el de Dunkerque-Estaut, el de Saint-Quentin, el del Sambre al Oise o los del Marne.

Mención aparte merece el Canal du Midi (Canal del Mediodía) por ser histórico, ya que se construyó entre 1666 y 1681 por orden de Luis XIV para favorecer el comercio entre las regiones mediterráneas y atlánticas sin necesidad de atravesar el Estrecho de Gibraltar, salvando el largo itinerario que suponía bordear la Península Ibérica. Parte desde la laguna Ètang de Thau (Sète) y, después de recorrer doscientos cuarenta kilómetros, termina en Toulouse, al no haber fondos suficientes para continuarlo en su época. Pero allí enlaza con el decimonónico Canal de Garona, que llega hasta Burdeos y juntos forman el llamado Canal des Deux Mers (Canal de los Dos Mares).

Lo realmente bueno es que, actualmente, el Canal du Midi está dedicado exclusivamente al turismo fluvial (es Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO), debiendo los barcos atravesar sesenta y tres esclusas, ciento veintiséis puentes y seis presas. Y fuera miedo, que la profundidad no pasa de dos metros, por eso sería una buena elección para quienes viajen con niños y no quieran renunciar a darse un baño (el tono verde del agua no debe engañar; es natural).

En ese mismo sentido transnacional que apuntábamos antes, se puede añadir que quien busque una auténtica odisea aventurera puede plantearse atravesar Europa en un largo crucero fluvial. Zarpando de Burdeos podrá arribar a sitios tan lejanos como el Mar Negro, el Báltico o el Mar del Norte o el Danubio, conociendo ciudades y capitales tan reseñables como París, Ámsterdam, Viena, Praga, Budapest o Kiel.

En total, Francia acredita ocho mil quinientos kilómetros navegables por ocho ríos navegable, que son el Garona, Sena, Ródano, Saona, Oise, Marne y Rin, más la cuenca baja del Loira. Todo ello constituye la red fluvial más extensa de Europa, que se puede considerar una verdadera alternativa a quien desee conocer esos parajes de una forma más fácil, cómoda y relajada que el coche. Y libre, cabría añadir, retomando el comienzo.


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