Jaxa, el estado independiente creado por polacos en el corazón de Asia

Albazino (Jaxa) en 1894 | foto dominio público en Wikimedia Commons

¿Se imaginan un estado enclavado en el extremo oriente del territorio ruso, donde el escaso medio millar de habitantes hablaba polaco y que apenas duró veinte años antes de terminar anexionado por China? Pues existió en el siglo XVII. Se llamaba Jaxa y su origen se debe a un noble de Polonia cuya vida parece sacada de una novela, pues le llevó de la guerra a renegar de su patria por amor a una mujer, para después tratar de volver, ser detenido, perder su estatus, matar al gobernante que violó a su hija y escapar para fundar el mencionado estado con un grupo de cosacos. Se llamaba Nikifor Chernigovsky.

No se sabe gran cosa de él antes de estos hechos, salvo que nació en Cherniakhiv, una urbe del actual óblast ucraniano de Zhyomyr, que por entonces formaba parte del voivodato de Kiev, en el margen este del río Dniéper. Dicho voivodato había pertenecido al Gran Ducado de Lituania entre entre 1471 y 1569, pero a partir de ese año y hasta 1793 estuvo en manos del Reino de Polonia, fusionado con Lituania, por lo que Chernigovsky era de nacionalidad polaca. Se ignora la fecha de su nacimiento y cómo transcurrió su vida hasta 1633.

Miguel I en un retrato anónimo | foto dominio público en Wikimedia Commons

¿Por qué 1633? Porque ése es el año en que su nombre aparece por primera vez documentado en la historia, en la crónica rusa Razriad, al ser reseñado como prisionero de guerra junto a su padre y hermanos en Volinia, tras la batalla de Nóvgorod-Síverski del año anterior. Esa localidad había sido la capital del principado homónimo, creado en 1139 y finalmente conquistado por Lituania en 1519; en 1617 fue entregado al príncipe Iván Andréyevich Jovanski por el zar Miguel I de Rusia (el primer Romanov).

Éste se había lanzado a una campaña para expulsar a los extranjeros de tierra rusa, fruto de la cual fueron el Tratado de Stolboco con Suecia en 1617 y la Paz de Deúlino con la Mancomunidad de Polonia-Lituania en 1618, por los que Miguel tuvo que renunciar a los voivodatos de Smolensko y Chernígov. Eso le costó el trono, al ser desplazado por su propio padre, Fiódor Nikítich Romanov, un boyardo al que el zar Boris Godunov había obligado a hacerse monje para evitar su candidatura al zarato. Padre e hijo establecieron una diarquía de facto y en 1632 vieron la oportunidad de recuperar los territorios perdidos, marchando de nuevo al campo de batalla.

Fiódor Nikítich en una pintura de Nikanor Leontievich Tyutrumov | foto dominio público en Wikimedia Commons

Lo que se conoce como Guerra de Smolensko no terminó como esperaban; dos años más tarde, el Tratado de Poliánovka obligó a los rusos a retornar al statu quo ante bellum y pagar una indemnización de veinte mil rublos de oro, aunque a cambio -único logro- de que Vladislao IV Vasa, príncipe de la Mancomunidad lituano-polaca, renunciase a cualquier aspiración al trono de Rusia. El acuerdo también sirvió para que Nikifor Chernigovsky, capturado en ese contexto y recluido en el óblast de Vólogda (Siberia), obtuviera su liberación. Para ello, sólo tenía que jurar lealtad al zar. No tuvo problema en hacerlo por una poderosa razón.

Durante su cautiverio, que se presupone bastante cómodo debido a su posición social, se enamoró de una mujer moscovita con la que contrajo matrimonio y ambos decidieron asentarse en Moscovia (el limitado zarato que por entonces constituía el territorio de Rusia, ya que el resto se iría incorporando a lo largo de los siglos siguientes). Así que Nikifor se convirtió a la fe ortodoxa e hizo el juramento correspondiente en 1635. En su nueva condición, y con ciertos altibajos, iba a servir al país durante dos décadas en diversos destinos de ese extremo noroccidental.

Lo de los altibajos se debió a un intento de regresar a su tierra natal que hizo en 1636, en compañía de siete compañeros. Es posible que lo hiciera sin mala intención, simplemente ignorando que con ello ponía en duda su lealtad al zar; en cualquier caso, le supuso ser detenido y confinado junto a su esposa en Yaniseisk, la ciudad principal de la cuenca del río Yenisei, donde tuvo ocasión de ayudar a Yeroféi Jabárov (un aventurero famoso por explorar la región del río Amur) en establecer unas colonias agrícolas.

La cuenca del río Yenisei/Imagen: Rowanwindwhistler en Wikimedia Commons

Permaneció en ese lugar como comandante de cosacos hasta 1649, año en que se le redestinó, con el mismo cargo, al ostrog (fortaleza) de la hoy abandonada localidad de Ilimsk y posteriormente a Kirensk, cerca de Irkutsk, donde tenía la misión de proteger las importantes rutas comerciales que discurrían por el curso del alto Lena. En 1650 estuvo como tesorero en la prisión de Chechuisky, en Chechenia. dos años después fue nombrado director de Ust’-Kut, importante puerto fluvial en el que el citado Yeroféi Jabárov había descubierto yacimientos minerales y salinas.

Su mujer le acompañó todo ese tiempo, por lo que la familia fue creciendo: tuvieron tres hijos y dos hijas que debieron alegrar tanto su vida como el hecho de que aquel desliz anterior pareciera caer en el olvido al ser Nikifor puesto al mando de todos los cosacos de la región. Únicamente hubo dos puntos disonantes. Uno fue en 1657: la falta de respuesta del zar ante su petición de que le fuera devuelto su título de nobleza. El otro se haría esperar un poco más, hasta 1664, cuando acaeció uno de esos incidentes que determinan el futuro de una persona.

Estatua en memoria de Yeroféi Jabárov/Imagen: Hardscarf en Wikimedia Commons

El desarrollo de los hechos no está claro porque las fuentes difieren; unas dicen que el voivoda de Ilimsk, Lavrenti Obuhov, secuestró a la hermana de Nikifor; otros que violó a su esposa o a su hija, Pelagia, que ya tenía marido (Foma Kirylow, se llamaba). En cualquier caso, eso llevó a Nikifor a buscar venganza; encabezando una rebelión en la que tuvo el respaldo de sus cosacos, alcanzó a Obuhov cuando intentaba escapar por el río Lena y lo mató. Eso suponía la ruptura definitiva con el zar, evidentemente; ya no había vuelta atrás. Corría el año 1665 y había que buscar una salida.

Con su familia, ochenta y cuatro cosacos, más un monje ortodoxo que se le unió, emprendió un exilio bajando hacia el este por el río Amur, cauce fluvial que servía de frontera natural con China y desemboca en el Mar de Ojotsk tras recorrer cuatro millares y medio de kilómetros. Así llegó aquella pintoresca comitiva a un territorio de Manchuria, región limítrofe y, por tanto, en eterna disputa entre rusos y chinos. Allí, a unos doscientos kilómetros de la confluencia del Argun y el Shilka, había un antiguo fortín construido en 1651 por Yeroféi Jabárov tras derrotar a los daur (una etnia autóctona de cultura mongola, probablemente descendiente de los nómadas kitanos), bautizado con el nombre Albazino (o Albazin) en honor del príncipe Albaza, que dirigió las operaciones militares.

Albazino sólo era un montón de ruinas cuando llegó el grupo de Nikifor, ya que los rusos se desplazaron río abajo para acceder a mejores tierras de cultivo de cereal y los chinos aprovecharon para demolerlo al año siguiente.

La cuenca del río Amur/Imagen: Kmusser en Wikimedia Commons

Pero en 1655 parecía un buen sitio para empezar de nuevo, lejos de la justicia zarista y aprovechando la confusión inherente al cambio de dinastía en China (los Ming fueron derrocados por los manchúes Qing en 1644), así que los recién llegados reconstruyeron el edificio principal y las tres torres semiderruidas, además de reparar la empalizada de madera reforzándola con defensas de tierra. No era un sitio muy grande, unos cuarenta metros por treinta, pero sí un comienzo.

De todos modos, tampoco sería necesaria demasiada protección porque se establecieron relaciones muy cordiales con los daur, gracias a que el benigno trato hacia ellos contrastaba con el agresivo de los rusos tiempo atrás (antes de Jabárov hubo otra expedición previa liderada por Vassili Poyarkov).

Mapa chino del área dominada por Jaxa/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Tanto así que los pueblos locales no sólo no hicieron nada por impedir el asentamiento, sino que permitieron que a éste se fueran sumando otros más pequeños en los alrededores. Incluso se mantuvo correspondencia diplomática con Pekín, que en sus documentos se refiere a aquel estado neonato con el nombre de Jax o Jaksa, en alusión al antepasado creador del linaje de Nikifor, el cruzado Jaksa Gryfita.

Apenas reunía medio millar de habitantes polaco parlantes para una extensión de no más de quinientos kilómetros, hasta la confluencia del río Zey, pero prosperó lo suficiente como para crecer con nuevos núcleos, hacer tributarios a los pueblos autóctonos (daur y solons, que pagaban con pieles) y llegar a contar con su propio código legislativo, redactado por el mencionado Hermógenes. Ni China ni Rusia lo reconocían (sí lo hicieron Francia y Países Bajos; este último hasta envió un embajador, Nicolaes Witsen), pero mientras los Qing no podían hacer gran cosa, al tener el grueso de su ejército en el sur preparando la conquista de Taiwán, y no querer incitar a los rusos a intervenir en Manchuria, Moscú sí envió algunas razias de castigo.

Grabado holandés del siglo XVII mostrando el asedio de Albazino por los Qing en 1686/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Fueron rechazadas, aunque Nikifor debió percatarse del peligro y ofreció pagar un tributo al zar. La propuesta no fue aceptada hasta 1669, relajando así la tensión entre ambos países. De hecho, cuando en 1672 los tribunales condenaron a Nikifor a pena de muerte por el asesinato de Obuhov, el gobierno ruso no tardó ni dos días en emitir un indulto para él y sus compañeros, nombrándole voivoda de Albazino. Ahora bien, eran tiempos turbulentos y la paz rara vez duraba. En 1675, los daur, que habían sido deportados por los chinos y reasentados en Manchuria Interior, pidieron ayuda a Jaxa para regresar como tributarios. Nikifor organizó una expedición… y ahí desaparece de la historia, sin que se sepa qué pasó, si bien parece probable que falleciera en campaña.

A modo de epílogo, cabe decir que en 1680 sus tres hijos varones, Fiodor, Anezyma y Vassili, decidieron obviar la tregua de Andruszów de 1667, que ponía fin a la contienda ruso-polaca y les permitía marchar a la tierra de su padre, prefiriendo instalarse en Krasnoyarks, una ciudad fundada medio siglo antes a orillas del Yeniséi, en Siberia. La razón de que tampoco se quedaran en Jaxa fue que el emperador Kangxi, deseando restablecer su autoridad en el norte y recuperar los tributos que había perdido, comenzó a hostilizar las posiciones rusas en el Amur, gracias a que ya tenía las manos libres al concluir su conquista de Taiwán. Fruto de ello fue el sitio y destrucción de Albazino en 1685; los rusos volvieron, pero hubo un nuevo asedio que terminó en 1689 con el Tratado de Nérchinsk, por el que Jaxa pasaba a ser dominio chino.


Fuentes

Herbert Franke y Rolf Trauzettel, El imperio chino | Gerhard Friedrich Müller y Peter Simon Pallas, Conquest of Siberia | W. Bruce Lincoln, The conquest of a continent. Siberia and the Russians | Dominic Ziegler, ABlack Dragon River. A journey down the Amur river between Russia and China | Michal Lubina, Russia and China. A political marriage of convenience – stable and successful | Wikipedia