Edward Bruce, el hermano de Braveheart que se proclamó Rey Supremo de Irlanda

Bruce exhortando a sus tropas antes de entrar en batalla, obra de Edmund Leighton/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Seguramente el lector recordará que hace tiempo dedicamos un artículo a Robert the Bruce, rey de Escocia que fue el verdadero Braveheart, pese a lo que mostró la película de Mel Gibson. Pues bien, Robert tuvo varios hermanos y uno de ellos no sólo le ayudó a conseguir el trono sino que él mismo reinó también, aunque no lo hizo en su tierra natal sino en Irlanda, donde se había criado. Se llamaba Edward Bruce (o Edubard a Briuis, en la lengua gaélica medieval) y fue el último Ard Ri o Rey Supremo de ese país.

El padre de Edward y Robert fue Robert the Brus, sexto señor de Annandale, conde de Carrick y señor de Hartness, Writtle y Hatfield Broad Oak; un noble fronterizo, pues, que tomó parte en varias contiendas de la época, como la Novena Cruzada, la Segunda Guerra de los Barones, las Guerras de Gales o la propia independencia de Escocia. En 1267 se casó, sin permiso real, con la viuda condesa Marjorie de Carrick, con la que tuvo cinco hijos y cuatro hijas; una de éstas, Christina, fue la primogénita, pero la sucesión correspondió a Robert, el segundo (cuya herencia estuvo a punto de perderse porque a la familia se le confiscaron sus propiedades como sanción por ese matrimonio sin autorización, aunque las recuperaron pagando una multa).

Edward fue el quinto en nacer, si bien se desconoce la fecha exacta, calculándose en torno a 1280 porque en 1307 ya aparece en crónicas bélicas al mando de una tropa. No participó en el litigio que Robert mantuvo con su madre por la titularidad de la herencia, lo que apoya la teoría de que siendo niño fue enviado a Irlanda para criarse allí, siguiendo una vieja tradición gaélica tanto escocesa como irlandesa; se apunta que fue en el Ulster con los O’Neill o en Glens of Artrim con los Bissett.

Monumento a Robert The Bruce / foto Shadowgate en Flickr

Lo que sí hizo fue combatir al lado de Robert en su lucha por llegar al trono, una vez que éste se desligó sucesivamente de sus dos juramentos de fidelidad, primero respecto al rey escocés John Balliol (de una rama de su misma familia que se impuso a los Bruce) y segundo respecto al inglés Eduardo I, que derrocó al anterior y se adueñó definitivamente de Escocia en 1304, venciendo y ejecutando a William Wallace. Robert asumió entonces su candidatura, se deshizo de su rival John Comyn y dos años más tarde fue coronado en Scone (cuya famosa piedra había sido llevada a Londres como botín de guerra). Era un desafío abierto a Inglaterra.

La guerra no había sido fácil, alternándose victorias con derrotas (de hecho, los hermanos Bruce cayeron prisioneros y los tres menores, Niall, Thomas y Alexander, fallecieron en cautiverio). Pero Eduardo I también falleció y su sucesor, Eduardo II, dejó en libertad a los otros, que aprovecharon para reanudar la rebelión. Edward Bruce se fajó con brillantez, tomando varios castillos del suroeste, entre ellos el de Rutherglen en 1313. Incluso la suerte se inclinaba de su lado: un oscuro pacto que acordó con el gobernador del castillo de Stirling y permitió a éste pedir ayuda al monarca inglés pudo acabar en desastre y, por contra, desembocó en la batalla de Bannockburn, librada al pie de la fortaleza en junio de 1314.

En ese choque, Edward dirigió un flanco, al que organizó como un schiltron, igual que hicieron Robert y Thomas Randolph en la retaguardia y vanguardia respectivamente. Se trataba de una formación similar a una falange, un muro de escudos y picas, bien circular (estático), bien rectangular (móvil), que ya había puesto en práctica William Wallace en la batalla de Falkirk (1297), probablemente inspirándose en la antigua táctica guerrera picta. Pero si en aquella había fracasado ante los arqueros y la caballería del enemigo, en Bannockburn supuso la victoria y la adjudicación para Edward del condado de Carrick.

La batalla de Bannockburn/Imagen: Andrei nacu en Wikimedia Commons

Unos meses después, a comienzos de 1315, los ingleses empezaban a recuperarse del duro golpe (nueve mil bajas) y a proyectar una nueva invasión. Efectivamente, en enero se adueñaron de la isla de Man, lo que constituía un peligro para los escoceses al abrirse la posibilidad de usarla como cabeza de puente. Era necesario crear una distracción y a Robert se le ocurrió abrir un segundo frente en Irlanda, pues tenía al hombre adecuado para ello: su propio hermano que, recordemos, se había criado allí. Edward se puso en marcha acompañado de Randolph, aprovechando que Domnhall Mac Brian O’Neill, rey de Tyrone, había pedido ayuda al ser atacado por los ingleses asentados en el Ulster.

Tyrone era el nombre anglosajón de lo que en gaélico se llamaba Tír Eóghain (Tierra de Éogan), reino fundado por el monarca homónimo de la dinastía Cenél nEógain, del clan Uí Néill, y hermano de Niall Noígíallach, uno de los reyes supremos de Irlanda. La isla estaba entonces dividida en cinco reinos pequeños que tenían como autoridad superior al Ard Rí na hÉireann (Rey Supremo o Gran Rey), un título de raíces medio históricas medio míticas que inicialmente era más honorífico que práctico, un primus inter pares sin verdadero poder, aunque luego devino en un puesto ambicionado por todos.

Los reinos y señoríos de Irlanda en el siglo XI. Posteriormente, el Ulster expandiría sus dominios por todo el norte/Imagen: Rowanwindwhistler en Wikimedia Commons

El último Ard Rí na hÉireann, antes de que la invasión normanda pusiera fin a ese cargo, había sido Ruaidrí Ua Conchobair (Rory O’Connor), rey de Connacht, que estuvo en el trono supremo entre 1166 y 1198, si exceptuamos el intento de resurgimiento de Brian Ua Néill (Brian O’Neill) de 1258 a 1260, fracasado al morir en la batalla de Downpatrick contra los normandos, por no haber obtenido un apoyo unánime. Cuando Robert aceptó acudir en socorro de Tyrone, lo hizo exigiendo a cambio apoyo para que su hermano Edward fuera coronado Rey Supremo. El plan era que el primero recuperaría Man y el segundo atacaría Gales, de modo que entre los dos formarían una gran alianza gaélica contra Inglaterra.

Domnhall Mac Brian O’Neill aceptó, ya que, al fin y al cabo, los Bruce eran descendientes de la princesa Aoife MacMurrough (Eva de Leinster), el rey supremo Brian Boru (quien probablemente puso fin a la dominación vikinga de Irlanda) y el soberano vikingo Olaf Cuaran, entre otras complejas ramificaciones dinásticas ancestrales. Antes de partir, Edward fue designado sucesor legal de su hermano, ya que éste no tenía hijos legítimos; fue en Ayr, en abril de 1315, donde también se reunió la flota que debía transportar al ejército desde Escocia al punto previsto de desembarco, entre Larne y Glendrum.

Para entonces, la noticia de esa operación ya había llegado a Inglaterra, que envió al conde de March, Roger Mortimer, con el cargo de Gran Juez y Lugarteniente de Irlanda, organizando una defensa. Curiosamente, Mortimer había sido apresado por los escoceses en Bannockburn, aunque le liberaron en un intercambio por el sello real que retenía Eduardo II… de cuya esposa, Isabel de Francia, sería amante posteriormente. Edward y Randolph, en efecto, desembarcaron al frente de seis mil hombres y no tardaron en enfrentarse a Richard Og de Burgh, conde del Ulster, al que derrotaron en la batalla de Connor, iniciando ese verano una marcha triunfal que iba empujando al enemigo hacia el sur.

Irlanda en el siglo XIV, con sus territorios repartidos entre irlandeses y anglo-irlandeses/Imagen: Rowanwindwhistler en Wikimedia Commons

El mejor momento llegó con la conquista de la ciudad de Carrickfergus, donde se reunieron con una docena de reyes irlandeses para la coronación de Edward como Ard Rí na hÉireann y el juramento de vasallaje correspondiente. Nadie manifestó oposición, pero tampoco obtuvo la adhesión absoluta prevista, de modo que no alcanzó el poder que esperaba. Para solucionarlo cometió un error estratégico: intentar someter por la fuerza a los ambiguos. Eso se tradujo en ataques a la ciudad de Dundalk y a Castle Roche para aislar el Ulster, a costa de ganarse nuevas antipatías. Sin embargo, tampoco conseguía dar un golpe decisivo a los ingleses, vencidos en todos los choques (Connacht, Louth, Coleraine), pero aún operativos, con el castillo de Carrickfergus -que había resistido- como refugio.

Poco a poco, Edward empezó a sufrir el abandono de algunos aliados, pero en noviembre todavía obtuvo un nuevo éxito ante Mortimer en Kells, gracias a que Randolph, que había viajado a Escocia en busca de refuerzos, regresó con medio millar de soldados y provisiones. Mortimer tuvo que huir a Dublín y allí, ante el inminente asalto de su adversario, se embarcó para Inglaterra para, a su vez, pedir más tropas. Edward tomó e incendió la ciudad, repitiendo a continuación con Granard y Angaile. Como se echaba encima el invierno, se estableció en Loughsewdy (Ballymore), que también demolería antes de irse. Buena parte de Irlanda quedaba bajo su control, pero se avecinaban tiempos duros.

Y es que la destrucción bélica de la isla más una meteorología adversa, identificada con el inicio de la llamada Pequeña Edad del Hielo (que, con altibajos, duraría hasta mediados del siglo XIX, aunque afectando exclusivamente al Atlántico Norte), acabaron con las cosechas y dejaron sin víveres a ambos bandos, provocando una hambruna que se abatió sobre todos, agravada por las consecuentes epidemias. El período 1315-1317 fue terrible en ese sentido, pero el último año con especial virulencia porque el frío mató a la mayor parte del ganado y lo remataría una peste bovina que empezó al siguiente y se prolongó hasta 1320. La altísima mortalidad causó un desplome demográfico. 1319 daría un respiro, pero efímero; como compensación, a lo largo de la década habría una importante mejora.

Los reyes supremos de Irlanda se coronaban en la colina de Tara, en el condado de Meath, donde había un menhir conocido como Lia Fáil o Piedra del Destino/Imagen: JohnJDuncan en Wikimedia Commons

Había que sobrevivir como fuera y, para retener a sus hombres, Edward tuvo que recurrir al saqueo, poniéndose en contra a gran parte de la población. Por eso él y sus aliados juzgaron conveniente subrayar la legitimidad de su reinado sobre Irlanda solicitando al papa Juan XXII la revocación de la bula Laudabiliter; ese documento (del que únicamente se conservan referencias, lo que ha llevado a cuestionar su existencia real o, al menos, la exactitud de su contenido), promulgado por Adriano IV en 1155, reconocía como rey de la isla al inglés Enrique II, lo que sirvió de justificación para que éste la invadiera a cambio de hacer efectiva la reforma gregoriana en la Iglesia cristiana irlandesa semiautónoma. Sin embargo, el pontífice no quiso aprobar la reclamación de Edward -hasta excomulgó a los clérigos que le apoyaban-, que así siguió reinando sólo en zonas septentrionales.

Entretanto, lo ingleses se reorganizaron y a finales del verano de 1318 habían reunido unos veinte mil hombres que, al mando de Sir John de Bermingham, noble irlandés yerno del conde del Ulster, marcharon al encuentro del ejército enemigo en busca de una batalla decisiva. El choque se produjo el 14 de octubre en Faughart, una localidad cercana a Dundalk (de ahí que a veces también aparezca con ese nombre en la historiografía) y el desequilibrio de fuerzas resultó, efectivamente terminante. No hay mucha información sobre la batalla, salvo que el monarca escocés tuvo parte de la culpa al aceptar el desafío en vez de esperar refuerzos de su hermano, cuentan los Anales de Clonmacnoise (una crónica irlandesa, hoy perdida, cuyo nombre alude al monasterio donde se encontró).

Tumba de Edward Bruce en el cementerio de Faughart (Irlanda) | foto Davidmc5585 en Wikimedia Commons

Edward ocupó una posición elevada y situó a sus aliados irlandeses en retaguardia, como castigo por mostrarse partidarios de una prudente retirada. De ese modo, la vanguardia se redujo a los dos millares de escoceses, a los que, según la Crónica de Lanerscot (una historia de Inglaterra centrada en el período 1201-1346 y presuntamente hecha por frailes franciscanos ingleses), el rey ordenó en tres líneas pero demasiado separadas entre sí, de modo que el adversario pudo rebasarlas sucesivamente sin que pudieran auxiliarse unas a otras.

Aunque no hay cifras de bajas, la derrota de Edward fue catastrófica y le costó la vida, siendo su cuerpo descuartizado y repartido por Irlanda para servir de ejemplo, mientras que la cabeza le fue entregada a Eduardo II. La causa murió con él, puesto que también cayeron otros mandos como Alexander MacDonald, rey de Argyll, y Alexander MacRuari, rey «de las islas» (posiblemente las Hébridas); además, John de Bermingham conquistó el castillo de Carrickfergus el 2 de diciembre, por lo que se le premió con el nombramiento de conde de Louth .

El castillo de Carrickfergus/Imagen: Richard Luney en Wikimedia Commons

Muy pocos lamentaron el final de aquella aventura; tal era la hostilidad que habían despertado los saqueos. No obstante, sí se puede considerar que cumplió el objetivo primigenio de distraer a los ingleses de una invasión de Escocia desde el oeste, pues en la siguiente campaña, que se desarrolló de 1318 a 1319, Robert the Bruce logró romper el sitio de Berwic, último bastión inglés en Escocia, y en 1320 lograba que el Papa suspendiera su excomunión y reconociera su autoridad en el país, en detrimento de las pretensiones inglesas. En la práctica, era una legitimación de la independencia escocesa, aunque en 1322 Eduardo II todavía intentaría otra invasión que se estrelló en la batalla de Old Byland y su sucesor, Eduardo III, también sufriría un revés en 1327.

El Tratado de Northampton refrendó dicha independencia y reconoció la realeza de Robert, que murió de lepra dos años más tarde; al ser su primogénito aún menor, se encargó de la regencia Thomas Randolph. En cuanto al hijo de Edward, Alexander the Brus (al que tuvo con su difunta esposa, Isabel de Strathbogie, hija del conde de Atholl), heredó sus títulos salvo el de Ard Rí na hÉireann. De hecho, no volvió a haber ningún Rey Supremo de Irlanda.


Fuentes

John Ranelagh, Historia de Irlanda | The Four Masters, The Annals of Ireland (versión de Owen Connelland) | Edmund Curtis, A history of Medieval Ireland. From 1086 to 1513 | Brendan Smith, Ireland and the English world in the Late Middle Ages | Art Cosgrove (ed.), A new history of Ireland. Medieval Ireland 1169-1534 | Luis Moreno, Escocia, nación y razón (Dos milenios de política y sociedad) | Colm McNamee, The wars of the Bruces. Scotland, England and Ireland 1306 – 1328 | Wikipedia