Cuando los países anglosajones rechazaron la cláusula de igualdad racial propuesta por Japón en 1919

Comisión de la Sociedad de Naciones en la Conferencia de París de 1919/Imagen: Garitan en Wikimedia Commons

Suele decirse que la Segunda Guerra Mundial tuvo buena parte de sus raíces en el final de la Primera, en el Tratado de Versalles de 1919. Es un análisis centrado en las duras condiciones impuestas a la Alemania derrotada, pero lo que no resulta tan conocido es que también Japón se alejó entonces de Occidente, poniendo fin cuatro años después a la alianza que tenía firmada con Gran Bretaña para acercarse progresivamente a las que iban a ser las potencias del Eje, algo especialmente notorio en el ejército. Y una de las razones fue el rechazo de los países anglosajones a su petición de incluir en el tratado una cláusula que reconociese la igualdad racial de todos los pueblos.

El 11 de noviembre de 1918 se firmó en un vagón ferroviario el Armisticio de Compiègne, por el que se acordaba un alto el fuego en la Gran Guerra y los ejércitos de ambos bandos se retiraban a sus posiciones.

Era la culminación de una serie de armisticios menores, firmados individualmente con algunos contendientes como Bulgaria, el Imperio Otomano y el Imperio Austrohúngaro, que en este caso añadía al Imperio Alemán y los Aliados. Las negociaciones transcurrieron rápidamente y, tras la firma de los contendientes, se procedió a la ocupación de Renania poniendo fin al conflicto.

Los Cuatro Grandes en la conferencia de París de 1919: David Lloyd George (Gran Bretaña), Vittorio emanuele Orlando (Italia), Georges Clemenceau (Francia) y Woodrow Wilson (EEUU)/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Llegaba el momento de negociar la paz, lo que se llevó a cabo en la Conferencia de París, que se desarrolló entre 1919 y 1920 con la participación de treinta y dos países, encabezados por los líderes políticos de los llamados Cuatro Grandes: George Clemenceau por Francia, David Lloyd George por Gran Bretaña, Vittorio Emmanuele Orlando por Italia y Woodrow Wilson por EEUU. Japón, que también se había alineado con los vencedores, porque desde su victoria ante el Imperio Ruso en 1905 era una potencia ascendente que además tenía una alianza estratégica bilateral con los británicos y el gobierno de Hara Takashi propugnaba una ōbei kyōchō shugi (política prooccidental), había renunciado inicialmente a ser incluido en ese selecto grupo debido a su desinterés por los asuntos europeos.

Sin embargo, la delegación nipona, compuesta por el exministro de Relaciones Exteriores Makino Nobuaki, el exprimer ministro Saionji Kinmochi y el embajador de Japón en Londres Chinda Sutemi, cambió de postura cuando el primero sucedió al segundo al mando efectivo y aspiraba a ser ubicada en un sitio de honor en aquella larga mesa instalada en la Sala de los Espejos del Palacio de Versalles, llevándose una decepción cuando quedó relegada a un puesto secundario. Únicamente fue consultada en temas relacionados con Asia y el Pacífico, en los que su país tenía intereses directos al reclamar territorios de las antiguas colonias germanas: Shantung y Kiaochow, en la costa china, más las islas del Pacífico al norte del ecuador (Micronesia y los archipiélagos de las Carolinas, las Marshall y las Marianas).

Reparto colonial de Asia y Oceanía: en marrón, territorios alemanes; en azul, franceses; en rojo, británicos; en naranja, japoneses; en amarillo, holandeses; en verde oscuro, portugueses; en verde claro, rusos; en rosa, estadounidenses/Imagen: Chrischerf en Wikimedia Commons

No sólo eso sino que los japoneses se percataron de los humillantes comentarios de sus colegas occidentales sobre ellos, en principio humorísticos pero tintados de racismo, como el que hizo Clemenceau sobre tener que estar junto a los feos orientales en una ciudad llena de bellezas rubias. Por eso cuando en la conferencia se empezó a tratar la creación de la Sociedad de Naciones, un organismo internacional que regulase las relaciones internacionales ejerciendo arbitraje sobre problemas y evitando así el riesgo de una nueva guerra mundial, la delegación de Japón propuso la inclusión de una cláusula que reconociera «el principio de igualdad de todos los países y el trato justo de sus nacionales».

El proyecto de la Sociedad de Naciones se basaba en uno de los Catorce Puntos enunciados por Woodrow Wilson en 1918 para crear unos nuevos objetivos bélicos que resultaran defendibles moralmente para la Triple Entente, a la vez que pudiesen servir de base para negociar con los Imperios Centrales. De hecho, la exposición de motivos del Pacto por la Sociedad de Naciones decía textualmente:

El presidente estadounidense Woodrow Wilson en 1919/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Las Altas Partes contratantes: considerando que para fomentar la cooperación entre las naciones y para garantizar la paz y la seguridad, importa: aceptar ciertos compromisos de no recurrir a la guerra; mantener a la luz del día relaciones internacionales, fundadas sobre la justicia y el honor; observar rigurosamente las prescripciones del Derecho internacional, reconocidas de aquí en adelante como regla de conducta efectiva de los Gobiernos; hacer que reine la justicia y respetar escrupulosamente todas las obligaciones de los Tratados en las relaciones mutuas de los pueblos organizados; Adoptan el presente Pacto.

La Jinshutekisabetsu teppai teian (Propuesta para abolir la discriminación racial) que hicieron los japoneses, no pretendía entrar en detalles sino ser una declaración general y rezaba así:

Siendo la igualdad de las naciones un principio básico de la Sociedad de Naciones, las Altas Partes Contratantes acuerdan conceder lo más pronto posible a todos los extranjeros nacionales de otros estados, miembros de la Sociedad, un trato justo e igual en todos los aspectos, no haciendo distinciones, ni legales ni de hecho, en razón de su raza o nacionalidad.

Makino Nobuaki (que era el jefe de facto de su delegación debido a que Saionji Kinmochi estaba gravemente enfermo) lo argumentó aludiendo al hecho de que soldados de razas diferentes habían luchado juntos en el mismo bando, aunque, obviamente, la verdadera razón de esa iniciativa era geoestratégica: evitar que a su país se le asignara un estatus inferior que le perjudicase en el futuro orden internacional. De hecho, el propio Japón mantenía una política discriminatoria hacia chinos y coreanos, por ejemplo (en Corea, el Movimiento Primero de Marzo o Samil contra la ocupación japonesa, había sido duramente reprimido, con miles de muertos, ese mismo año 1919).

Los jefes de la delegación japonesa en París: sentados, de izquierda a derecha, Makino Nobuaki, Saionji Kinmochi y Chinda Sutemi/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

El verdadero problema de la Jinshutekisabetsu teppai teian radicaba en que, sin pretenderlo, cuestionaba los fundamentos del colonialismo y con ello el funcionamiento exterior de las grandes potencias, como demostró el que otros países se adhiriesen a la propuesta. Por tanto, el británico Robert Cecil, que tomó la palabra tras Nobuaki, advirtió de que quizá sería mejor no tratar un asunto tan controvertido. Le apoyó el griego Eleftherios Venizelos, que también quería eliminar la cláusula que prohibía la discriminación religiosa, siendo contestado de inmediato por un diplomático portugués que aseguraba no haber firmado nunca un tratado que no mencionase a Dios.

Para evitar esas discusiones, Cecil (futuro Nobel de la Paz en 1937), descartó del documento las prohibiciones de discriminación, tanto racial como religiosa. Ahora bien, en realidad se trataba de un tema de bastante actualidad porque los países anglosajones (EEUU, Canadá, Australia y Nueva Zelanda) estaban inmersos en una política de restricción de la inmigración oriental que los japoneses calificaban de «vergüenza», hasta el punto de que otros afectados como los chinos, con los que estaban agriamente enfrentados al ambicionar ambos las excolonias alemanas de Tsingtao y Shandong, apoyaron la cláusula antidiscriminación de Nobuaki.

Lord Robert Cecil en 1915/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Lo cierto es que la cuestión racial no se fundamentaba sólo en causas genéticas sino también económicas. El primer ministro australiano, Billy Hughes, rechazaba la igualdad porque él procedía del mundo sindicalista, que en el ámbito anglosajón se oponía a la entrada de inmigrantes chinos, coreanos, japoneses y polinesios porque aceptaban salarios ínfimos, de ahí que se alineara con la política de Australia Blanca (que, basada en la Inmigration Restriction Act de 1901, dio preferencia a los inmigrantes británicos sobre los demás hasta 1949) y hasta se uniera a los chistes racistas.

Las opiniones estaban divididas. El primer ministro neozelandés William Massey también se posicionó en contra de la cláusula y el británico Arthur James Balfour declaró que no creía que «un hombre de África central fuera creado igual que un europeo», poniendo en un compromiso al gobierno de Lloyd George porque se tambaleaban tanto la alianza que mantenía Gran Bretaña con Japón desde 1902 como la unión del Imperio Británico si desautorizaba la política de exclusión inmigratoria de Australia y Nueva Zelanda.

Los primeros ministros de Sudáfrica y Canadá, Jan Smuts y Robert Borden, intentaron mediar entre los nipones y Hughes, convocándolos a una reunión para acercar posturas. Fue un desastre. Los primeros no pudieron ocultar su desagrado ante alguien a quien consideraban un campesino simple y zafio, y éste les vino a dar la razón quejándose de que ellos estuvieron todo el tiempo haciendo reverencias. No obstante, aceptó admitir la cláusula si se excluía de ella la emigración… cosa que los japoneses se negaron a aceptar.

Billy Hughes en julio de 1919, a su regreso a Australia tras la Conferencia de París/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Faltaba saber la opinión de EEUU, si bien no resultaba difícil de imaginar. Woodrow Wilson era un segregacionista convencido que además de ver peligrar la política de inmigración, que restringía el acceso de asiáticos a la costa oeste de EEUU, necesitaba de los votos de los supremacistas blancos -demócratas del sur, fundamentalmente- para que el Senado aprobase el ingreso en la Sociedad de Naciones. Como asimismo, tenía a Gran Bretaña como aliada y no quería perderla, ya que buena parte de su gabinete de colaboradores eran WASP (White Anglo-Saxon Protestant, es decir, blancos anglosajones protestantes), la oposición de Australia a la propuesta japonesa le vino como anillo al dedo.

Por eso fue él quien protagonizó uno de los momentos más tensos de aquellos días, el de la votación final. Tuvo lugar el 19 de abril de 1919, después de los alegatos de cada representante. Votaron diecisiete delegados, de los cuales once lo hicieron a favor de incluir la Jinshutekisabetsu teppai teian (Japón, Francia, Italia, Brasil, China, Grecia, Serbia y Checoslovaquia), frente a las abstenciones de los demás (Imperio Británico, EEUU, Portugal y Rumanía) y la no comparecencia de Bélgica. O sea, nadie votó en contra, a pesar de lo cual Wilson decidió anular el proceso por la oposición manifestada, considerando que debía haber unanimidad.

A cambio, el presidente estadounidense prometió a los japoneses apoyarles en sus reivindicaciones territoriales sobre las colonias alemanas en China y ratificar su administración, en nombre de la Sociedad de Naciones, sobre las de los archipiélagos del Pacífico que habían ocupado en 1914, como así ocurriría. No fue suficiente para contentar a los nipones, que aspiraban a una anexión plena, por lo que terminaron abandonando París. Eso no tuvo incidencia inmediata, ya que la conferencia había llegado a su fin y el Tratado de Versalles se firmó el 28 de junio, pero sí a medio plazo.

Mandatos establecidos por la Sociedad de Naciones en 1919. Wilson discutió con el australiano Billy Hughes porque sólo representaba a cinco millones de personas; el australiano le contestó que representaba a sesenta mil muertos/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Y es que la opinión pública japonesa empezó a destilar antiamericanismo, especialmente patente en sus fuerzas armadas después de que, en 1922, el Tratado de Washington impusiera a la Armada Imperial un tope de unidades por debajo del asignado a la Royal Navy y la flota de EEUU. Se abandonó la anglofilia en favor de una germanofilia que ya había calado en el ejército durante la Primera Guerra Mundial y, en pocos años, se instalaron bases militares en aquellas islas cedidas por la Sociedad de Naciones, que ahora pasaron a ser gobernadas de forma directa por cuanto Tokio anunció en 1933 que salía de dicho organismo. Lo hizo junto a la Alemania nazi (Italia les imitó en 1936), al albur de primeros ministros simpatizantes como Fuminaro Konoe o Hideki Tōjō.

Entretanto, EEUU se vio sacudido ese mismo 1919 por lo que se conoció como Red Summer (Verano Rojo), unos disturbios entre ciudadanos blancos y negros que asolaron una treintena de ciudades de EEUU. A Wilson no le salió bien la jugada; aunque ganó el Nobel de la Paz ese año, sufrió un derrame cerebral que le dejó hemipléjico y no pudo defender adecuadamente su postura, por lo que los demócratas del sur votaron en contra de entrar en la Sociedad de Naciones. Se dio así la paradoja de que su principal impulsor no formaría parte de ella, abocándola a un fracaso que se plasmó trágicamente en su inoperancia ante la Guerra Civil Española y la inmediata Segunda Guerra Mundial.


Fuentes

Naoko Shimazu, Japan, Race and Equality. The racial equality proposal of 1919 | Paul Gordon Lauren, Power and prejudice. The politics and diplomacy of racial discrimination | David Stevenson, 1914-1918. Historia de la Primera Guerra Mundial | Margaret MacMillan, Peacemakers. Six months that changed the world | Wikipedia