Mandato del Cielo, la filosofía china que legitimaba el poder del gobernante, pero también su derrocamiento

El Trono del Dragón del emperador de China, en el Palacio de la Pureza Celestial de la Ciudad Prohibida (Pekín)/Imagen: Vaiz Ha-transmongolie 676 en Wikimedia Commons

En 2014, dos grandes oleadas de protesta fueron noticia internacional al constituir la llamada Primavera Asiática: el Movimiento Estudiantil Girasol en Taiwán y la Revolución del Paraguas en Hong Kong. Aparte de ser en el mismo año, ambos tuvieron elementos en común como ser protagonizados por estudiantes y jóvenes, y guiarse por un antiquísimo principio filosófico confucianista denominado Tianming, es decir, Mandato del Cielo, según el cual es el orden natural el que otorga el poder al gobernante y puede retirárselo si se muestra indigno de él.

En otras palabras, aunque el Cielo haya otorgado su favor a un mandatario, resulta legítimo deponer a éste cuando no ejerce su cargo de forma correcta y justa porque, en realidad, detrás de ese proceso late una voluntad del universo, el Cielo, que trasciende a la Humanidad misma. De ese modo, se da una curiosa paradoja: el principio que primero sirvió para legitimar al gobernante se utiliza también para destituirle, transfiriendo a otro más adecuado el poder que le había concedido. Cabe señalar que la dinastía china Zhou introdujo ese principio sustituyendo a Shangdi (el dios supremo tradicional) por el Tian (Cielo), del que se declararon tianzi (hijos del Cielo) con el mandato de gobernar Tianxia (la tierra bajo el Cielo).

Si bien ese concepto se remonta a la Edad Antigua de China, hace tres milenios y medio, en realidad no nos es totalmente ajeno en el mundo occidental. Recordemos que en la Europa medieval se desarrolló la doctrina del derecho divino de los reyes, (con antecedentes en reinos de la Antigüedad, como Egipto) por la que era la voluntad de Dios la que legitimaba las monarquías y por eso sus representantes únicamente podían responder ante Él, de manera que cualquier intento de derrocarles constituía un desafío a los designios divinos. Como decía la divisa de Ricardo Corazón de León, que todavía es la de la actual corona del Reino Unido, «Dieu et mon droit» (Dios y mi derecho).

China durante la dinastía Zhou/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Es lógico, pues, que siendo el Papa el máximo exponente de esa teoría, fueran religiosos católicos los principales críticos; no contra la Iglesia, obviamente, sino contra las autoridades surgidas de la Reforma Protestante, que se habían abonado rápidamente a la idea. Defendiendo que sólo el Papa acreditaba ese derecho divino y era el intermediario entre Dios y el rey, jesuitas como Juan de Mariana, Roberto Belarmino y Francisco Suárez aportaron la novedad del pacto social y la facultad legítima del pueblo para exigir cuentas al soberano. Incluso recuperaron la posibilidad del tiranicidio (concepto griego adaptado por la escolástica) para los casos de despotismo.

El Mandato del Cielo tiene unos principios parecidos, en otra prueba de generación simultánea en culturas y épocas distintas. Como decíamos antes, surgió para justificar el ascenso de una dinastía, la Zhou, sobre otra anterior, la Shang, en torno al año 1046 a.C. Los Shang habían estado en el poder desde el 1600 a.C. y aunque la mayor parte del tiempo favorecieron un período de paz y prosperidad, la decadencia y corrupción que caracterizaron su última etapa precipitaron su caída. Ésa fue, al menos, la explicación que dio Wu de Zhou para su rebelión y usurpación victoriosas. También fue la que esgrimió el Estado de Qin ocho siglos después para levantarse contra los Zhou.

Confucio visto por el artista japonés del siglo XVII Kanō Sansetsu/Imagen: ColBase en Wikimedia Commons

Y así sucesivamente, claro. De hecho, el Mandato del Cielo también permitió explicar por qué ocuparon el trono los Han (206 a.C.-220 d.C.) o los Ming (1368 d.C.-1344 d.C.), que eran de origen plebeyo. El éxito de las insurrecciones que les encumbraron era considerado otra prueba de la legitimidad de esas acciones y la consecuente aprobación divina, más allá de las leyes humanas. En la práctica, se trataba básicamente de la justicia del vencedor, lo que los chinos definen en su refrán «El que gana se convierte en rey, el que pierde se convierte en proscrito». Dicho de otra forma, el triunfador imponía su discurso, confeccionado a medida.

Debidamente adornado, evidentemente. Por eso las crónicas chinas suelen resaltar quién y cómo ganó el Mandato del Cielo y quién lo perdió, en detrimento de otros factores. En síntesis, era el Cielo el que otorgaba el derecho a gobernar, pero sólo a un monarca cada vez y siempre que demostrara ser digno de la confianza depositada en él, en cuyo caso, además, podría legar el poder a su hijo; de lo contrario, el propio Cielo le apartará y encontrará un sucesor. Las hambrunas, los desastres naturales y las revueltas consiguientes eran indicativos de pérdida del favor divino.

Los pensadores chinos interpretaban el Mandato del Cielo y el derecho a la rebelión como un método no escrito con el que afrontar los abusos gubernamentales, en un régimen que carecía de otros controles políticos. Mencio (o Mengzi), un filósofo chino del siglo IV a.C. y el seguidor más eminente de Confucio (con cuyo nieto se formó), dejó escrito un breve resumen del procedimiento y sus causas:

«La gente es de suma importancia; después vienen los altares de los dioses de la tierra y el grano; por último viene el gobernante. Por eso, quien se gane la confianza de la multitud será Emperador (…) Cuando un señor feudal ponga en peligro los altares de los dioses de la tierra y el grano, debería ser reemplazado. Cuando los animales del sacrificio están listos, las ofrendas están limpias y los sacrificios se observan a su debido tiempo y, sin embargo, vienen inundaciones y sequías [por parte del cielo], entonces los altares deben ser reemplazados».

El Wu Xing o ciclo de los Cinco Elementos (madera, fuego, tierra, metal y agua)/Imagen: chris en Wikimedia Commons

El papel del confucianismo es importante en esta historia porque era un sistema de pensamiento basado en la práctica de unas normas de vida acordes armónicamente con la ley del Cielo y una moral sagrada. Confucio, que precisamente vivió en tiempos de la dinastía Zhou, entendía el Cielo como el Tian, un principio trascendente equivalente a la providencia suprema y que impregna todos los aspectos de la existencia cotidiana. El Mandato del Cielo también estaba relacionado con la Escuela de Naturalistas, asimismo conocida como Escuela del Yin-yang, cuya filosofía combinaba el pensamiento que le daba nombre (la dualidad existente en todo el universo, opuesta, pero complementaria, que proclamaba el taoísmo) con el Wu Xing (los Cinco Elementos, teoría clasificatoria de los fenómenos naturales y sus interrelaciones cíclicas causa-consecuencia).

Puesto que China ejerció una considerable influencia en su entorno durante la Edad Media, el concepto del Mandato del Cielo se extendió a otros países de Extremo Oriente. Fue el caso de Goguryeo, uno de los tres reinos que había en la península de Corea en el siglo IV (junto con los de Baekje y Silla), si bien no aparece documentado hasta la dinastía Joseon (instaurada en el siglo XIV), cuando fue asimilado por el estado. También Vietnam lo adoptó, con el nombre de Thiên mệnh, especialmente cuando se implantó el confucianismo como ideología oficial y se imitó el sinocentrismo del vecino.

Jinmu, el primer emperador de Japón, junto a sus hombres; grabado decimonónico de Ginko Adachi/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

El caso más peculiar fue el de Japón, donde el Código Taihō (una reorganización administrativa), establecía en el 701 d.C. el confucianismo como base ética del comportamiento gubernamental, imitando el modelo de la China de los Tang. Diecisiete años después se retocó para adaptarlo a la idiosincrasia japonesa, siendo rebautizado como Código Yōrō. Esos cambios se plasmaron, fundamentalmente, en dos cosas: primero, era el nacimiento el que determinaba el estatus de clase y , por ello, el acceso a los puestos gubernamentales; segundo, el poder del emperador no dependía de su rectitud sino de su ascendencia, por lo que no podía perderlo. En consecuencia, se evitó hacer referencia explícita al Mandato del Cielo.

Es más, para fortalecer la posición imperial, tiempo después se hizo descender a sus titulares de la diosa solar Amaterasu a través de su nieto Ninigi, el enviado al Yamato (nación nipona) para enseñar el cultivo del arroz y que fue abuelo de Jinmu, el legendario primer emperador. Irónicamente, los emperadores perderían su poder efectivo durante siglos a manos de los shogunes, pasando a ser meros representantes, y no lo recuperarían hasta la Revolución Meiji. La ironía es doble si se tiene en cuenta que dichos shogunes se sucedían y derrocaban recurriendo a un argumento similar al del Mandato del Cielo.


Fuentes

Charles Holcombe, Una historia de Asia oriental. De los orígenes de la civilización al siglo XXI | Antonio José Doménech del Río, Ramon N. Prats y Antoni Prevosti i Monclús, Pensamiento y religión en Asia Oriental | Kallie Szczepanski, What is China’s Mandate of Heaven? | Jiang Yongling, The Mandate of Heaven and The Great Ming Code | Federick W. Mote, Imperial China: 900-1800 | Neil MacGregor, Vivir con los dioses. Pueblos, objetos y creencias | Wikipedia