Diez Grandes Campañas, las guerras que doblaron el territorio del imperio chino en la segunda mitad del siglo XVIII

Diversas unidades del ejército chino en 1759: mosqueteros, arqueros y artillería montada en camellos/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

La clásica expresión «Edad de Oro», que suele emplearse para definir un período de esplendor, tiene un origen muy antiguo (griego, para ser exactos, pues fue Hesíodo el primero en usarla) y, consecuentemente, se ha aplicado a muchas civilizaciones y movimientos culturales a lo largo de la historia. Entre los países que tienen una figura la China dieciochesca, durante el apogeo de la dinastía manchú Qing y, más concretamente, el reinado del emperador Qianlong. Ello se plasmó en prosperidad económica, florecimiento de artes y ciencias, una acusada expansión demográfica y el emprendimiento de una política exterior bastante agresiva, cuya mejor muestra fueron las denominadas Diez Grandes Campañas militares.

Qianlong, nacido en Pekín en 1711 con el nombre de Hongli, era el cuarto hijo del emperador Yongzheng y fue entrenado para el trono desde niño con un intenso programa de estudios. Sucedió a su padre, a la muerte de éste, en 1735, y desde el primer momento reveló su carácter al alejar a todos sus parientes y excluirles de cargos en la administración para evitar injerencias en su política. De hecho, continuó la línea reformista de su predecesor, que trataba de anular el legado tradicional Ming, extendiéndola a casi todos los niveles: prohibición de la servidumbre hereditaria, reducción drástica de los impuestos, incentivación del comercio internacional…

El emperador Qianlong/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Además, protegió la cultura manchú, promovió las artes (él mismo era poeta) y fomentó tanto el budismo como el confucianismo. Todo ello redundó en el progreso de China hasta tal punto que la concepción nacional del propio Qianlong era que su país estaba por encima del resto del mundo, de modo que no podía mantener relaciones de igualdad con otros sino que éstos deberían rendirle vasallaje.

Por supuesto, los demás no pensaban igual y eso provocó la aplicación del llamado Sistema de Cantón, una política mercantilista de control exhaustivo de los cargamentos a través del puerto homónimo.

El recelo del emperador era, sobre todo, hacia las potencias occidentales, algo especialmente notorio desde 1757, cuando el Imperio Mogol cayó en manos de la Compañía Británica de las Indias Orientales y ésta, junto con las otras naciones, empezaron a presionar a China para que les abriera más puertos comerciales.

La reacción de Qianlong fue la contraria: cerrarlos todos excepto Cantón, lo que, paradójicamente, dejó satisfechos a los demandantes y llevó a esa ciudad a vivir una época de bonanza económica.

Mosquetero chino del ejército de Qianlong hacia 1793, por William Alexander/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

La otra gran punta de lanza del reinado fue la de las guerras exteriores. En realidad también las hubo interiores, como la Rebelión Miao, heredada de los tiempos de su padre y protagonizada por minorías étnicas del suroeste, a la que se puso final en 1736.

Pero la mayoría fueron contra el extranjero, ya que la descomunal superficie china hacía que sus fronteras fueran muy difíciles de controlar y resultaban frecuentes los ataques en puntos diversos que había que atajar, tanto por el norte como por el sur. Para ello se desarrollaron las mencionadas Diez Grandes Campañas.

La primera abarcó de 1747 a 1749, destinada a reprimir la Rebelión Jinchuan, una etnia tibetana del occidente de Sichuan. Lo que en un primer momento pareció una victoria fácil y rápida se estropeó al no dejar tropas para asegurarla, con la idea de que fueran los jefes tribales, que habían jurado vasallaje, quienes se ocupasen de mantener el orden.

No fue así y ello obligó a una nueva movilización. Aún así, el conflicto permaneció latente por la presión que ejercían los colonos chinos y rebrotó en 1771, no pudiendo ser aplacada hasta cinco años después en una segunda campaña.

Escena de la campaña contra la Rebelión Jinchuan. Como las siguientes imágenes, es una obra realizada por un grupo de artistas chinos y misioneros jesuitas del siglo XVIII/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

En 1755, Qianlong emprendió la conquista del janato de Zungaria, situado entre China, Kazajistán y Rusia, alcanzando Siberia, mediante tres nuevas campañas. Los zúngaros, mongoles eleutas, rendían vasallaje a los Qing desde el siglo XVII, pero al estar en una guerra civil sucesoria el emperador decidió intervenir en apoyo a uno de los candidatos, Amursana. Finalmente logró su propósito, pero a continuación dividió el janato en cuatro y eso provocó la insurrección de Amursana. Éste terminó derrotado en 1758 y el janato fue incorporado al imperio, integrándose en la provincia de Xinjang; así se aseguró la frontera occidental, ya que los zúngaros huyeron a Rusia.

Las operaciones tuvieron un epílogo ese mismo año. Si la Mongolia Interior había sido incorporada a China por los Qing en 1635 y sus habitantes estaban integrados en la sociedad manchú, la Exterior, donde vivían los jaljas (mongoles nómadas, etnia principal del país en la actualidad), sólo rendía vasallaje y no estaba dominada directamente. Qianlong aprovechó la campaña zúngara para someterla totalmente un año más tarde y sumarla a su imperio, ejecutando a la familia de los jefes jaljas junto al citado Amursana y poniendo al frente a un gobernador y un amban (delegado imperial).

Batalla de Oroi-Jalatu entre chinos y zúngaros, 1756 | Foto dominio público en Wikimedia Commons

El siguiente en la lista fue el Tíbet, otro estado vasallo desde 1720, cuando el padre de Qianlong lo sometió por haberse aliado con los zúngaros. En 1750, una revuelta expulsó al Dalái Lama y China envió un ejército para prevenir la inestabilidad, restaurándolo en su puesto aunque supervisado por un amban. El nuevo levantamiento zúngaro llevó a los chinos a altercados fronterizos con nepalíes y gurkhas, a los que al final sometieron. Tíbet mantuvo cierta autonomía tutelada, con lo que parecían acabarse los problemas; sin embargo, únicamente estaban dormidos temporalmente.

En efecto, los gurkhas volverían a las andadas en 1788, incitados por una Gran Bretaña deseosa de abrir una ruta comercial interior. El ejército chino se impuso una vez más y los sancionó con impuestos, que al no ser satisfechos según lo acordado, llevaron a Qianlong a ordenar una invasión del Tíbet en 1791, poniendo al mando de la expedición a su propio primo, Fuk’anggan. Al año siguiente, éste ya había ocupado el país y poco después entraba en Nepal, tomando Katmandú, convirtiéndolo en un país tributario y prohibiéndole que mantuviera relaciones diplomáticas con británicos y rusos, lo que llevó a la región al aislamiento hasta el siglo siguiente.

Toma de Xiebulu durante la campaña contra los gurjas/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

En 1765 le llegó el turno a Birmania. Aprovechando que este país estaba en guerra con Siam y había desplegado su ejército en la frontera, y esperando que fuera una campaña rápida y sencilla, un contingente menor de tropas chinas invadió su territorio… para encontrarse que los birmanos les rechazaban contundentemente, no una sino dos veces. Escarmentado, en 1767 Qianlong envió a los Ocho Estandartes, su fuerza de élite, cuyos solados pusieron las cosas en su sitio en un primer momento; después, el clima y las enfermedades tropicales empezaron a hacer mella en ellos, por lo que en menos de un año tuvieron que replegarse.

Entonces fueron los birmanos los que llevaron la guerra a suelo chino. Aquel intercambio de golpes se acabó en 1768, tras una negociación en la que el emperador desistía de su plan de conquista, si bien mantenía sus efectivos cerca de la frontera en espera de mejor ocasión. Pero ésta no llegó y en 1790 se regularizó la relación diplomática, algo que Qianlong interpretó interesadamente como un acto de sumisión y en consecuencia, mandó glosar su victoria. Aquellas cuatro campañas contra Birmania dejaron un inesperado beneficiario, Siam, que recuperó los territorios que había perdido antes.

No todas las guerras chinas de ese período transcurrieron en el continente; también hubo una insular, contra Taiwán. El gobernador de los Qiang había reprimido ferozmente una conspiración de la Tiandihui (Sociedad del Cielo y la Tierra, una secta secreta simpatizante de los derrocados Ming); sin embargo, eso provocó una rebelión masiva en 1787 que coronó rey a Lin Shuangwen y se adueñó de la mitad meridional de la isla. Qianlong volvió a recurrir a Fukang’an, que a costa de un gran esfuerzo logró restablecer la autoridad imperial y detener al monarca en 1789.

La flota china regresa victoriosa de Taiwán/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Por último, las Diez Grandes Campañas se remataron con la desatada contra Vietnam, que transcurrió paralela a la anterior y empezó debido a una petición de ayuda que el rey Lie Cheu Thong hizo a Qianlong. Thong era soberano de Cochinchina, reino del sur, y acababa de ser derrocado por los tres señores Nguyen del norte, quienes azuzaron una revuelta campesina para ello usando como nombre común Tay Son. Las tropas chinas enviadas a tal efecto fueron derrotadas y nunca pudieron devolver su trono a Thong, quien se tuvo que quedar exiliado mientras el emperador, en un ejercicio de realpolitik, terminaba reconociendo a Nguyen Hue (Quang Trung en chino) como monarca vietnamita y pactaba una alianza matrimonial.

Como hemos visto, esa belicosa política de Qianlong le permitió doblar la extensión territorial de su imperio y asegurar la frontera occidental, pero no siempre le dio buenos resultados y fue una sangría continua de dinero no sólo costear las operaciones militares sino retener luego las tierras obtenidas, con el agravante de que éstas, por regla general, no tenían demasiado valor por estar prácticamente despobladas y carecer de desarrollo agrícola adecuado, lo que repercutía en la imposibilidad de recaudar lo suficiente para compensar. Sobrevino entonces una crisis económica y con ella un aumento importante de la corrupción.

Máxima extensión del imperio chino en 1765, durante la dinastía Qing, en el reinado de Qianlong/Imagen: Rowanwindwhistler en Wikimedia Commons

Por otra parte, el ejército se vio debilitado por las bajas -tanto las sufridas en combate como las derivadas de enfermedades- y por la necesidad de mantener guarniciones en los lugares ocupados para garantizar su lealtad. Ello devino en desánimo por parte de las élites que debían nutrir las escalas de mando, que tendieron a desentenderse de ese deber prefiriendo acceder a la burocracia administrativa, de forma similar a lo que había pasado en la España del siglo XVII. Aún así, el crecimiento demográfico hizo que la estructura funcionarial resultara insuficiente.

Por eso en 1794 la Rebelión del Loto Blanco (un alzamiento protagonizado por la sociedad secreta homónima, de carácter budista, milenarista y tradicionalista) puso en serios aprietos al nuevo emperador, Jiaqing, que no pudo sofocarla hasta 1804 porque su política de contención de gasto público había afectado gravemente al ya de por sí decadente ejército. Qianlong, su padre, había fallecido en 1799 y con él declinaban su dinastía y aquella edad de oro en la que, queda patente, no todo lo que relucía era el metal precioso.


Fuentes

Flora Botton Beja, China. Su historia y su cultura hasta 1800 | Marvin C. Whiting, Imperial Chinese military history, 8000 B.C.-1912 A.D. | Evelyn Sakakida Rawski, The last emperors. A social history of Qing imperial institutions | Frederick W. Mote, Imperial China, 900-1800 | Wikipedia