Como cada uno es un mundo, es difícil saber si todos los moteros se identifican o sienten una empatía especial con Johnny Blaze, alias el Motorista Fantasma, uno de los personajes más insólitos de los cómics Marvel. Pero si vieron la adaptación cinematográfica estrenada en 2012 con el título Ghost Rider. Espíritu de venganza y protagonizada por Nicolas Cage, seguramente quedaron prendados de una fascinante y sinuosa carretera que aparece en una de las escenas remontando montañas peladas. Se trata de la DN7C, más conocida como Transfăgărășan, que discurre por Rumanía conectando las regiones de Valaquia y Transilvania.

Desde luego, esos sitios le vienen al filme como anillo al dedo por las concomitancias de ultratumba del protagonista con otro aún más famoso, el conde Drácula, vampiro literario transilvano basado en un personaje histórico, Vlad el Empalador. Pero seguramente a los moteros todo esto les parecerá secundario al lado de esos 90 kilómetros de asfalto que empiezan en Pitești y terminan en Sibiu, atravesando los Cárpatos de sur a norte hasta alcanzar una cota máxima de 2.034 metros de altitud, lo que la convierte en la vía más alta del país.

No es broma, lo de los moteros. Hace tiempo conocí a un entusiasta del motor a dos ruedas que había proyectado este viaje con unos amigos y, al estropearse su vehículo en el último momento y no querer renunciar a la experiencia, recurrió a la venta de motos de segunda mano online para hacerse con una moto sustituta y salvar la situación. Aquella improvisación podía parecer temeraria, pero finalmente todo resultó bien y regresó encantado, hasta el punto de que fue él quien me dio la idea para este artículo y quien me puso geográficamente en situación con la Transfăgărășan.

Hablemos ahora del entorno. Pitești, asentada junto al río Arges, es una ciudad comercial que en otros tiempos sirvió de residencia extraoficial a los príncipes valacos y posteriormente vio mancillado su nombre por acoger una siniestra prisión, en la que el régimen comunista aplicaba lo que se dio en conocer como Fenomenul Pitești, las «tecnicas de reeducación política» para disidentes. Hoy destaca más por su actividad industrial (la fábrica de los automóviles Dacia, una refinería petrolífera) y, atención para quienes le hagan una visita aunque sea con motos de ocasión, la actividad vinícola: su entorno está lleno de viñas y ciruelos, elaborándose con estos últimos el tuica, un licor espirituoso tradicional.

El nombre de Sibiu, el punto de llegada de la Transfăgărășan, resultará más familiar porque hoy constituye una referencia turística importante en el país junto a la otra gran urbe de la región, Brasov. Fundada por sajones, fue capital del Principado de Transilvania en el siglo XVIII y no pasó a formar parte de Rumanía hasta 1918. Hoy es el centro económico y cultural de Transilvania (en 2007 fue designada Capital Europea de la Cultura) y constituye un lugar apacible y tranquilo gracias al sistema de plazas que articula las dos partes de su peatonalizado casco antiguo (Ciudad Baja y Ciudad Alta), en las que se suceden palacios, iglesias, museos y fortificaciones, siempre bajo la escrutadora mirada de esas peculiares ventanas alargadas, típicas de sus edificios, denominadas ojos de gato.

La carretera también tiene su historia, a pesar de que es relativamente joven. La construyeron las fuerzas armadas rumanas en un tiempo récord (cuatro años entre 1970 y 1974, durante el régimen de Ceaucescu, lo que tuvo un elevado coste en vidas humanas por accidentes con la dinamita empleada), a raíz del recelo que provocó en 1968 la invasión soviética de Checoslovaquia. La idea era proporcionar un acceso rápido de tropas hacia la frontera septentrional en caso de que el Ejército Rojo intentara hacer lo mismo en Rumanía, dado que, si bien ya había otros pasos montañosos preexistentes en los Cárpatos meridionales, la DN1 y la Transalpina DN67C (ésta igualmente espectacular), resultaban difícilmente defendibles por hallarse en valles fluviales.

La Transfăgărășan se extiende a lo largo de 151 kilómetros que discurren por las montañas Făgăraș, las más altas de los Cárpatos del Sur (su techo es el pico Moldoveanu, de 2.544 metros), dibujando un zig zag por sus laderas muy parecido a esos otros que tan familiares nos resultan, como ese Paso Stelvio de los Alpes orientales al que también dedicamos un artículo. Las Făgăraș están protegidas como parque nacional desde 2016 y son muy populares como destino vacacional nacional por su oferta de senderismo, trekking y esquí, para disgusto de aquellos vecinos que prefieren el aprovechamiento económico de siempre (madera y otros usos forestales).

El trayecto resulta especialmente atractivo para los ciclistas (suele ser una etapa del Tour de Rumanía), pero también para los amantes de las motos, ya que, pese a que la velocidad media no superará los 40 kilómetros por hora, lo compensa la profusión de curvas, rampas, túneles y viaductos. De hecho, allí se encuentra el túnel más largo del país, el de Bâlea: 884 metros que además carecen de iluminación, pero a cuyo final el viajero puede solazarse con la contemplación del lago homónimo, una belleza natural de 4,7 hectáreas situada a 2.034 metros de altitud y a la que se pude llegar también en teleférico.

Otro punto de interés se halla a medio camino, ideal pues para hacer una parada: Curtea de Argeș, la que fue primera capital del Principado de Valaquia hasta el traslado de la corte a Târgoviște (precisamente curtea significa «corte»); en 1886, el rey Carol I le devolvió parte de esa vinculación con el trono al designarla necrópolis real. Fundada en el siglo XIII, según unas fuentes por el voivoda Basarab I y según otras por el príncipe Radu Negru. Conserva monumentos de gran valor acordes a su condición, como la catedral, la Biserica Domnească (Iglesia Real), la Iglesia Metropolitana Ortodoxa o las ruinas del complejo palaciego, entre otros.

Hablando de ruinas, en el tramo sur de la ruta están las del Castillo de Poienari, encaramadas en lo alto de un farallón. Esa fortaleza, erigida en el siglo XIII y que en el siguiente pasó a ser residencia de los gobernantes de Besarabia (la parte oriental de Moldavia), fue reformada en el XV por el ya citado Vlad el Empalador para convertirla en su bastión personal, aunque posteriormente quedó abandonado. Cuentan las crónicas que Vlad mandó trabajar en las obras a los boyardos que habían asesinado a su padre, mientras que otras leyendas hablan de misteriosas bajadas de temperatura y sensación de incomodidad de quienes se adentran entre sus muros.

En fin, que si a eso le sumamos la posibilidad de pernoctar en alguno de los pintorescos cabanes (hostales) que hay a lo largo del itinerario, recorrer la carretera Transfăgărășan se perfila como una interesante posibilidad, sobre todo a aquellos que prefieren hacerlo a lomos de una moto. Eso sí, hay que tener en cuanta que no sirve cualquier época del año: entre octubre y junio suele estar cerrada al tráfico debido a las intensas nevadas, aunque la meteorología a veces da sorpresas y lo mismo puede permitir subir en noviembre que impedirlo ocasionalmente en la temporada estival.


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