Cómo los romanos evacuaron de África a los supervivientes de sus legiones en 255 a.C., tras ser derrotados por los cartagineses

Grabado decimonónico de un relieve romano del Templo de Fortuna Primigenia en Praeneste: legionarios a bordo de un birreme/Imagen: Internet Archive Book Images en Wikimedia Commons

Hace tiempo, le dedicamos un artículo a Jantipo, el general espartano al servicio de Cartago que rechazó el intento de invasión romana con una brillante táctica en la batalla de Bagradas frente a las legiones de Marco Atilio Régulo. El desastre sufrido por éste fue de tal calibre que perdió la mayor parte de sus quince mil hombres y únicamente sobrevivieron dos millares. Su evacuación la llevó a cabo una flota dirigida por Servio Fulvio Petino Nobilior y Marco Emilio Paulo, de forma tan brillante que por el camino incluso aplastaron a la escuadra cartaginesa que les salió al paso. Sin embargo, un inexorable y fatídico destino amargaría aquella primigenia versión de la Operación Dinamo de Dunkerque.

A mediados del siglo III a.C., Roma estaba en plena expansión como potencia emergente; tras derrotar al rey Pirro en Sicilia y adueñarse de casi toda la península itálica, se volvió contra la otra gran dominadora del Mediterráneo occidental, Cartago, que hasta entonces era aliada pero con la que el choque por la primacía resultaba tan previsible como inevitable. El punto de fricción fue precisamente Sicilia, donde los púnicos controlaban buena parte del territorio y vieron con recelo cómo los romanos empezaban a ocupar las colonias griegas insulares, perfilándose como siguientes objetivos otros lugares bajo dominio cartaginés como Córcega, Cerdeña y la costa levantina de la Península Ibérica.

Dominios romanos y cartagineses al comienzo de la Primera Guerra Púnica/Imagen: Rowanwindwhistler en Wikimedia Commons

Así empezó , en el año 264 a.C., la Primera Guerra Púnica, en la que poco a poco las legiones fueron derrotando y arrinconando en el oeste de la isla siciliana al ejército mercenario contratado por el Senado de Cartago. El último bastión de resistencia fue la ciudad de Lilibea, que resultaba tan inconquistable por tierra como difícil de bloquear por mar por la superioridad de la flota enemiga, de ahí que los romanos decidieran llevar las hostilidades a territorio enemigo y abrir un segundo frente que, con suerte, hasta podría permitir la conquista de la propia capital cartaginesa.

Para ello se construyó una gran escuadra compuesta por un centenar de quinquerremes a los que se sumó una veintena de trirremes; como las naves romanas eran más lentas y menos maniobrables, les incorporaron una especie de pasarela móvil que se podía abatir sobre la cubierta del adversario, facilitando la lucha de los legionarios como si estuvieran en tierra, medio en el que resultaban superiores, compensando la mayor veteranía naval del adversario. Y, efectivamente, el corvus, como se denominó a ese invento por el pico que se clavaba en el maderamen, jugaría un papel fundamental en las primeras batallas en que se utilizó (Milas y Sulci), poniendo en alerta a los púnicos.

Proa de un trirreme romano dotado de corvus/Imagen: Lutatius en Wikimedia Commons

Sus comandantes, Hannón el Grande y Amílcar (no el Barca), reunieron trescientos cincuenta barcos -la mayoría quinquerremes- con los que pensaban reforzar la defensa de Lilibea. Mientras, los cónsules Marco Atilio Régulo y Lucio Manilio Vulsón Longo, embarcaron un poderoso ejército con el objetivo de desembarcar en lo que hoy es Túnez. Las dos flotas se encontraron a la altura del Cabo Ecnomo, en la que se considera una de las batallas navales más grandes de la Historia. Ya le dedicamos también un artículo, por lo que baste decir que los cartagineses sufrieron una severa derrota, con enormes bajas humanas y materiales.

Eso dejó expedita la ruta a África para los cónsules. Régulo desembarcó a sus tropas sin oposición y tomó la ciudad de Aspis (hoy Kélibia), emprendiendo la marcha hacia Cartago con quince mil infantes y quinientos jinetes. Cuando llegó, al ser rechazada su exhortación a rendirse, le puso sitio. Pero, como explicábamos al principio, la caballería y los elefantes de Jantipo vencieron al ejército consular en los llanos de Bagradas, acabando con el ochenta por ciento de los romanos y haciendo prisionero al mismo Régulo junto a cinco centenares de los suyos. Su compañero, Vulsón, estaba ausente, en Roma, celebrando el correspondiente triunfo por su victoria naval.

La campaña en Túnez de Marco Atilio Régulo. En rojo, movimientos romanos; en verde, los cartagineses/Imagen: RedTony en Wikimedia Commons

Corría el año 255 a.C. y los dos mil legionarios que no perecieron o cayeron cautivos se atrincheraron en Apsis. Por suerte para ellos, Jantipo se hartó de los desplantes de los generales púnicos y, tras cobrar sus emolumentos, decidió regresar a Grecia; durante el trayecto, aceptó la petición de los sufetas de auxiliar Lilibea y allí fue muerto o se hundió con su barco (según una versión, pues otra dice que el faraón Ptolomeo III le nombró gobernador de una provincia recién conquistada a los seleúcidas). En cualquier caso, Roma tenía que organizar la evacuación de los supervivientes de Régulo, que únicamente contaban con cuarenta barcos.

No era una misión sencilla porque implicaba cruzar el mar, embarcar a esa gente y retornar a terreno seguro con la flota enemiga patrullando; todo ello, sin contar las dificultades propias de reunir, planificar, coordinar y abastecer a la escuadra encargada. El esfuerzo se plasmó en una fuerza naval de trescientos cincuenta quinquerremes más otros tantos transportes diversos, que se puso al mando de los nuevos cónsules: Servio Fulvio Petino Nobilior y Marco Emilio Paulo. Durante el viaje, aprovecharon para apoderarse de Cossyra (actual Pantelaria), una pequeña isla de estratégica ubicación por quedar a medio camino entre Túnez y Sicilia (en época imperial se usaría para el destierro de personajes importantes).

Localización de Cartago (en rojo) y la batalla del Cabo Hermeo (en verde)/Imagen: NordNordWest en Wikimedia Commons

Por supuesto, la preparación de aquella flota no pasó desapercibida a los cartagineses, que se dispusieron a interceptarla con dos centenares de quinquerremes. Se encontraron frente al Cabo Hermeo (hoy llamado Cabo Bon o Ras ed-Dar, en la península tunecina homónima) y la consiguiente batalla terminó de forma sorprendente: con una aplastante victoria romana, obtenida paradójicamente al volver en su provecho la táctica enemiga de combatir cerca de la costa. En efecto, los cónsules rodearon a los púnicos y empujaron sus naves hacia las playas, haciéndolas varar y facilitando el uso del corvus una vez más.

El desarrollo de la batalla es algo incierto. Se cree que los cartagineses llevaban pocos soldados a bordo y eso pudo pasarles factura; el caso es que perdieron casi tres cuartas partes de los barcos mientras que, según la posible aunque improbable tradición, los romanos no sufrieron ninguna pérdida. Acto seguido, los cónsules arribaron a Apsis, desembarcaron a sus legiones y pusieron en fuga a los sitiadores, Tras hacer acopio de agua y provisiones, reembarcaron con los supervivientes de Régulo y pusieron rumbo a Sicilia, cuya costa sudoeste alcanzaron sin contratiempos.

Recreación digital de distintos tipos de barcos cartagineses/Imagen: EmjeR en Wikimedia Commons

Pero no todo había terminado para los malparados legionarios de Bagradas y sus proverbiales rescatadores; todavía no había dicho su última palabra la mateorología. A pesar de que estaban en el ecuador del verano, al llegar al extremo sureste insular, a la altura de Camarina, se desató una fuerte tormenta que se abatió sobre la flota romana. Únicamente se salvaron ochenta de las cuatrocientas sesenta y cuatro naves que la componían (parte de ellas cartaginesas capturadas); el resto se fue a pique, arrastrando a cerca de cien mil hombres, entre marineros, soldados y prisioneros.

Buena parte de los fallecidos eran tropas aliadas latinas, pero es probable que hubiera también muchos de los rescatados de Apsis, que no pudieron librarse de su negro destino. Cabe la irónica posibilidad de que los mismos corvi que les permitieron ganar a los púnicos desestabilizasen los barcos y quizá por eso nunca más volvieron a utilizarse, al menos que se sepa. Y continuando la ironía, aquello no privó a los cónsules -que evidentemente sobrevivieron- de su derecho a celebrar un triunfo en Roma cuando finalmente la pisaron de nuevo y erigieron un rostrum (una columna adornada con espolones de barcos enemigos) en el Capitolio, igual que había hecho antes Vulsón.

Reproducción actual de una columna rostral: la de Cayo Duilio/Imagen: Lalupa en Wikimedia Commons

Y todo pese a que el naufragio dejaba a la república en una delicada situación, sin flota de guerra ante la amenaza cartaginesa, sin que los púnicos hubieran tenido que hacer nada. En ese sentido, éstos liberaron a Régulo en el 250 a.C. para que llevase a Roma una oferta de paz. Después, él cumplió su palabra de retornar a Cartago como prisionero, donde el Senado, al enterarse de las desgracias sufridas por su gente y el rechazo romano a su propuesta de negociar, fue ejecutado: le cortaron los párpados y fue expuesto así al sol, sin protección para los ojos, para luego ser introducido en un féretro con clavos en el interior. Al saberse en Roma, se entregaron a sus familiares dos generales cartagineses cautivos para que se vengaran con ellos.

Al menos eso cuentan los historiadores romanos -excepto Polibio-, lo que quizá no sea más que una de esas historias para ensalzar la virtus a las que tan aficionados eran. Lo que sí es cierto es que se puso en marcha una febril política de construcción naval que le permitiría disponer de doscientas nuevas naves. Pero llevó siete largos años, en los que Cartago pudo imponerse en las batallas de Drepanum y Phyntias, en el 249 a.C. Los romanos tuvieron que volver a empezar de cero y al final consumaron la conquista total de Sicilia precisamente en la mar, venciendo en las islas Egadas en el 241 a.C. Era el fin de la contienda, aunque las duras condiciones impuestas a Cartago llevarían a la Segunda Guerra Púnica.


Fuentes

Dion Casio, Historia romana | Polibio, Historias | Silio Itálico, La Guerra Púnica | Adrian Golsworthy, La caída de Cartago: las Guerras Púnicas, 265-146 A.C. | Sergei I. Kovaliov, Historia de Roma | Javier Martínez-Pinna y Diego Peña Domínguez, Breve historia de las Guerras Púnicas | Pierre Grimal, El helenismo y el auge de Roma. El mundo mediterráneo en la Edad Antigua | Wikipedia