Cómo los Estados Unidos obligaron a Japón a comerciar tras dos siglos y medio de aislacionismo

Llegada del comodoro Perry a Kanagawa (Yokohama) en 1854 (Wilhelm Heine)/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

El 8 de julio de 1853, una escuadra estadounidense fondeó en la bahía japonesa de Edo y apuntó con sus cañones hacia Uraga, el puerto que servía de entrada a una ciudad que quince años más tarde sería rebautizada con el nombre de Tokio. Su oficial al mando, el comodoro Matthew C. Perry, envió un ultimátum instando a las autoridades a abrir su país al comercio internacional, poniendo final a una política de aislacionismo que llevaba vigente desde la primera mitad del siglo XVII. Esa política se conoce como Sakoku (literalmente, cierre del país), aunque el término es reciente, decimonónico.

Japón había entablado sus primeros contactos con el mundo occidental en el último tramo del período Sengoku Jidai o era de los estados combatientes, una larga etapa que se extendió desde 1467, cuando terminó el período Muromachi a causa de la Guerra de Ōnin (una contienda civil que duró una década y se originó por el enfrentamiento entre varios daimyōs o señores feudales por hacerse con el título de shōgun, que había quedado vacante al retirarse el octavo titular de dicho cargo, Ashikaga Yoshimasa), hasta 1568, en que empezó el período Azuchi-Momoyama.

Japón durante el período Azuchi-Momoyama/Imagen: Zakuragi en Wikimedia Commons

En concreto, la fecha clave fue 1543, pues ese año naufragó ante la isla de Tanegashima (en el extremo occidental del archipiélado Osumi) un barco portugués y los supervivientes se convirtieron en los primeros occidentales en pisar la tierra del sol naciente. A partir de ahí, Japón fue visitado por comerciantes lusos, ingleses, españoles y holandeses, a los que no tardaron en sumarse misioneros de diversas órdenes como la jesuita, la franciscana y la dominica. Pese a que los locales se referían a los extranjeros con el apelativo de nanban (bárbaros del sur), debido a que solían viajar desde los territorios coloniales del sudeste asiático, también se interesaron por dos elementos tan diferentes como las armas y el crsitianismo.

Unas y otro se extendieron rápidamente, de manera que si los arcabuces fueron protagonistas poco después, en la batalla de Nagashino (1575), los religiosos procuraron difundir la fe católica entre las clases dirigentes para servir de modelo al pueblo en general, convirtiendo a algunos daimyōs en kirishitan, o sea, cristianos. Por supuesto, el intercambio cultural no se limitó a eso y lo que se conoce como Nanban-bōeki-jidai (período de comercio Namban) alcanzó muchos más aspectos aparte de las mercaderías y la fe, desde el arte decorativo a la gastronomía, pasando por el idioma.

Pero después de los mandatos favorables en ese sentido de Oda Nobunaga y su sucesor, Toyomi Hideyoshi -salvo en su última etapa, en la que empezó a recelar de los españoles al verlos apoderarse de Filipinas-, el panorama cambió. El Bakufu (shogunato) había sido unificado manu militari y entraba en su tercera fase histórica, la Edo, con Tokugawa Ieyasu al frente. En la práctica, se trataba de una dictadura militar dinástica sólo sometida al emperador.

Comercio Namban: extranjeros desembarcando en Japón a principios del siglo XVII/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Desde 1605, Ieyasu estuvo asesorado por el marino inglés William Adams, quien le convenció del peligro que representaban España y Portugal, así como la Iglesia Católica, poniendo como ejemplo su conquista de América. Algo especialmente grave en un momento en el que, por fin, Japón había logrando entrar en una época de paz y el surgimiento de un daimyō demasiado poderoso podía ponerlo todo en peligro. Y es que los daimyōs cristianos de Kyūshū mantenían una boyante relación comercial con los europeos, lo que los fortalecía ante el shōgun, de ahí que éste decidiera finalmente empezar a emitir decretos restringiendo esas actividades: en 1610 expulsó a los misioneros y en 1615 prohibió el cristianismo.

Fruto de esa política, que frustró el establecimiento de una posible legación en Europa (la llamada Embajada Keichō, que llegó a España y Roma), fue la ejecución en 1622 de centenar y cuarto de sacerdotes y conversos, rematada dos años más tarde con la expulsión de los españoles y portugueses (los ingleses se fueron voluntariamente en 1613, ante el inesperado cariz que tomaba el asunto), más una nueva persecución anticristiana en 1629 que produjo miles de víctimas. Al mismo tiempo, se obligó a la población a registrarse en templos budistas o, en algunos casos, shintoístas. A cambio, se incentivó el comercio interno con concesiones y monopolios a los gremios artesanos, de manera que a la larga, la población urbana creció, absorbiendo el excedente rural.

El shōgun Tokugawa Ieyasu/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Pero antes, paradójicamente, en 1632, 1633 y 1635 hubo varios levantamientos campesinos, culminados en la llamada Rebelión Shimabara de 1637-38, en la que la mayoría de los insurrectos eran católicos. Aunque la causa de su descontento no era tanto el acoso a su fe como la dramática hambruna generada por una serie de malas cosechas, aquello sirvió al shōgun para extender la proscripción religiosa al ámbito general. Así, en 1639, la veda ya no se limitó a los misioneros y alcanzó también a todos los comerciantes y forasteros; asimismo, los japoneses que vivían fuera (sobre todo en China, Corea y Filipinas) tampoco pudieron regresar, mientras que a los residentes en Japón se les negó el permiso para salir y se castigaba con la pena capital a quienes mantuvieran contacto con forasteros.

No faltaron intentos -fallidos- de romper ese bloqueo: en 1640 y 1647, galeones de Portugal; en los siglos XVIII y primera mitad del XIX, un rosario de mercantes rusos, estadounidenses y británicos. En realidad, contra lo que se cree, el cierre impuesto no fue total sino que dejó algunos puentes tendidos para evitar un colapso económico. Eran excepcionales y estaban lo suficientemente alejados, eso sí, controlados por clanes concretos como los Matsumae de Ezo (Hokkaido), los Sō de Tsushima y los Shimazu de Satsuma, que se encargaban de gestionar el comercio con el pueblo Ainu y los reinos de Chosen (Corea) y Ryūkyū respectivamente.

Aparte, el Bakufu monopolizaba el comercio exterior administrando directamente dos únicos puertos abiertos, Hirado y Nagasaki, si bien de forma muy limitada y vigilada, con China y Países Bajos. A este último se le cedió la isla de Dejima (separada de Nagasaki por un estrecho) para instalar una factoría porque también los holandeses habían aconsejado contra los ibéricos, deseando hacerse con su hasta entonces ventajosa posición comercial. Gracias a ello pudieron desarrollar el Rangaku (literalmente aprendizaje holandés), un tímido proceso de culturización a la occidental -fundamentalmente en temas tecnológicos, cartográficos, agrícolas y médicos- que, si bien bajo estricto control, pudo pervivir hasta 1839.

Carraca portuguesa del siglo XVII en Nagasaki/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Ese año sufrió un revés temporal a causa del edicto Bansha no goku, originado por el llamado Incidente Morrison: el barco mercante homónimo, de Estados Unidos, fue expulsado a cañonazos cuando intentaba comerciar con la excusa de repatriar a siete marineros japoneses naufragados en Macao. El Rangaku fue repuesto en 1842, volviendo a la situación anterior de privilegio holandés y continuando la labor cultural que posteriormente facilitaría la rápida modernización de la Era Meiji. Y lo que precipitó el fin del Rangaku y la abolición del Sakoku fue la llegada de la escuadra estadounidense.

Matthew Calbraith Perry había nacido en Newport (Rhode Island) en 1794. Hijo de marino, heredó la vocación de su padre y empezó a navegar en 1809, adquiriendo experiencia bélica en las guerras de 1812 y Berbería, sirviendo a las órdenes del famoso Stephen Decatur. Ascendido a comodoro en 1840, tomó el mando del Home Squadron que colaboraba con la Royalk Navy en las patrullas antiesclavistas por la costa atlántica de África y tomó parte en la Guerra contra México, todo lo cual decidió al presidente Millard Fillmore a éncargarle la misión de forzar la apertura de los puertos nipones, algo necesario para los balleneros que faenaban en esas latitudes y para establecer estaciones carboneras, que en Asia estaban en manos de las potencias europeas.

Siguiendo la doctrina del destino manifiesto y la moda de la occidentalización, se le autorizaba al uso de la fuerza si fuera necesario, de ahí que se pusiera a sus órdenes el East Indian Squadron, del que dos buques, el USS Columbus y el USS Vicennes, ya habían intentado entrar sin éxito en la bahía de Edo en 1846. Esta vez, Perry contaba con cuatro naves, el Mississipi, el Plymouth, el Saratoga y el Susquehanna. Después de una travesía de más de siete meses, durante la que hicieron varias escalas (dos de ellas en islas bajo control japonés, donde adquirió terrenos), los kurofune (barcos negros, como los nipones llamaban a las naves extranjeras, quizá por el color de su casco, quizá por el humo que despedían sus chimeneas) llegaron a Uraga el 8 de julio de 1853.

Dos barcos holaneses y varios juncos chinos en la bahía de Nagasaki, junto a la isla de Dejima/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

El shōgun, Tokugawa Ieyoshi, estaba advertido, tanto por los antecedentes como por los holandeses, pero, pese a que los norteamericanos llevaron a cabo algunos disparos intimidantes y un tenso desembarco, no cedió. Lo que sí hizo fue aceptar la carta que le envió Perry, quien acto seguido se retiró a Hong Kong para dar tiempo al bakufu a tomar una decisión, ya que Ieyoshi estaba enfermo. De hecho, falleció y fue su hijo, Tokugawa Iesada, quien le sucedió ayudado por un Rōjū (consejo de ancianos) dirigido por el consejero Abe Masashiro. Éste consideraba imposible resistir y tomó la insólita iniciativa de consultar a todos los daimyōs, pero la opinión estaba repartida, por lo que los debates duraron un mes.

Así estaban las cosas cuando, el 13 de febrero de 1854, regresó Perry con una escuadra ampliada a diez barcos, asegurando que no se iría hasta llegar a un acuerdo. Le permitieron fondear cerca de la actual Yokohama, donde, tras largas negociaciones, el 31 de marzo se firmó la Convención de Kanagawa. Redactado en inglés, holandés, chino y japonés, formalmente era un tratado de paz y amistad, yendo más allá del firmado entre Estados Unidos y China en 1846, y de una negociación primigenia llevada a cabo en 1848 por el capitán James Glynn (que fue quien recomendó al presidente forzar las cosas con Japón).

El comodoro Matthew C. Perry/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Las clásusulas de la Convención de Kanagawa incluían la apertura de los puertos de Shimoda y Hakodate (lo único en lo que Perry tuvo que admitir, frente a su propuesta de todos los puertos), asistencia a los náufragos estadounidenses (hasta entonces, solían matarlos), libertad de circulación para los residentes extranjeros, ventajas comerciales para Estados Unidos frente a cualquier otro país en Japón, licencia para comerciar y establecimiento de cambio de moneda, apertura de un consulado… En la praćtica se trataba de una claudicación del Bakufu a casi todas las exigencias y, de hecho, el emperador Kōmei lo firmaría luego a regañadientes (el primer signatario nipón, como plenipotenciario del shōgun, fue el comisionado Hayashi Akira).

Sin embargo, el episodio se desarrolló en medio de cordialidad, con intercambio de regalos, lejos del tono tenso de los primeros encuentros, cuando los estadounidenses habían ofrecido a los atónitos japoneses una demostración de tecnología occidental mientras asistían a un espectáculo de sumo que Perry definió despectivamente de «repugnante exhibición (…) de cualidades salvajes». El Bakufu había salvado la situación, pero a costa de mostrar una imagen de debilidad tan patente que se ganó la defección de los fudai daimyō, es decir, los daimyōs vasallos del clan Tokugawa, que copaban los puestos de la alta administración.

El Bakufu se escindió. Los exégetas negaban que Masashiro representante realmente al shōgun y se alinearon con los nostálgicos del Sakoku, mientras el shogunato, a través de la Reforma Ansei (modernización del ejército, creación de la marina imperial), trataba de asegurar su permanencia incrementando su relación con los occidentales mediante sucesivos tratados con Estados Unidos y Gran Bretaña en 1858, aunque también Holanda y Francia se sumaron a ese intervencionismo, todos enviando armas y asesores militares. Como esa política se hizo sin consentimiento del trono, los opositores a los Tokugawa se alinearon con él en un movimiento derivado del neoconfucionismo y denominado Sonnō jōi (Lealtad al Emperador y rechazo de los extranjeros), frente a los aperturistas (Kaikoku).

Tal como había temido en su día Tokugawa Ieyashu, aunque por motivos más distintos y complejos que los de entonces, la guerra civil se cernía sobre el Japón y el Sakoku, que fue la xenófoba herramienta de paz durante más de dos siglos, ahora se desmoronaba para dar paso a una nueva y turbulenta era, el Bakumatsu, que nacía con dolor para culminar en la Revolución Meiji.


Fuentes

Brett L. Walker, Historia de Japón | Historia de Japón. Economía, política y sociedad | Michiko Tanaka, Historia mínima de Japón | Louis Michael Cullen, A history of Japan, 1582-1941. Internal and external worlds | Matthew C. Perry, Narrative of the expedition of an American Squadron to the China Seas and Japan | Wikipedia