Cómo los Estados Pontificios fueron una república durante cinco meses

Proclamación de la República Romana en una ilustración de Antonio Balbiani/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Si decimos que este artículo va a tratar sobre la República Romana, todo lector pensará invariablemente en el período anterior al Imperio Romano, aquel que se sintetizaba en las siglas SPQR (Senatus Populusque Romanus). Pero hubo otra muy posterior, efímera y de naturaleza diferente: la que instauró el liberalismo itálico en los Estados Pontificios al año siguiente de la Revolución del 48. Apenas duró cinco meses, pero provocó la intervención de potencias internacionales, desató la primera guerra de independencia italiana y alentó el Risorgimento, el movimiento que sentó las bases intelectuales de la futura unificación del país.

La mencionada Revolución de 1848 es conocida como la Primavera de los Pueblos, al tratarse de un estallido que protagonizaron los liberales y la burguesía de casi toda Europa contra aquel absolutismo que imperaba desde el final de la era napoleónica, restaurado por el Congreso de Viena desde 1815. En París había supuesto la caída de la monarquía de Luis Felipe en favor de la Segunda República; en Austria, Metternich perdió el poder; en Nápoles, la insurgencia tomó un cariz antiborbónico que obligó al rey Fernando II a jurar una constitución; y en Roma, el papa se vio obligado a conceder un estatuto similar. Únicamente España, Portugal, Rusia y los países escandinavos escaparon a esa sacudida, pues Gran Bretaña también experimentó una versión local, el cartismo.

Las Cinco Jornadas de Milán, nombre con que se conoce la sublevación contra la ocupación austríaca en 1848, en un cuadro de Baldassare Verazzi/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Pero donde prendió realmente la revolución fue en Milán, entonces capital del Reino Lombardo-Véneto, un estado títere creado por los austríacos como parte de su Cuadrilátero (un sistema defensivo llamado así al ser sus vértices cuatro fortalezas: Verona, Legnago, Mantua y Peschiera), donde se llamó a la insurrección, extendiéndose la chispa a otros lugares. Cerdeña, que lindaba con ese territorio (no era sólo la isla sino también Piamonte, Saboya, Liguria y Niza), envió un contingente militar y lo mismo hicieron Nápoles y Roma, inicialmente con el visto bueno del Papa; después, ante el cariz que tomaban los acontecimientos, Pío IX lanzó su famosa alocución contra la guerra.

El ejército pontificio desplazado, liderado por Giovanni Durando, hizo caso omiso y continuó operando en el Véneto y únicamente las tropas napolitanas se retiraron. Pero esa división interna debilitó a los insurgentes, que acabaron derrotados por los austríacos del mariscal Josef Radetzsky. Durando tuvo que devolver Treviso y Vicenza, además de aceptar retirarse al otro lado del Po. Los sardos, ya en minoría, también fueron cediendo terreno y terminaron por firmar un armisticio en Salasco por el que también devolvían urbes capturadas: Ferrera, Bolonia, Módena… que pertenecían a los Estados Pontificios.

Estados italianos a mediados de los años 40 del siglo XIX. Las fechas en rojo aluden a anexiones posteriores por parte de Francia y el Imperio Austrohúngaro/Imagen: Rowanwindwhistler en Wikimedia Commons

La protesta del Papa no sirvió de nada porque su posición en la misma Roma se había vuelto precaria desde la alocución. Una crisis de gobierno, con la dimisión de siete ministros, dio paso a un nuevo gabinete presidido por el conde Terenzio Mamiani. Éste escribió una carta al emperador Fernando de Habsburgo exhortándole a abandonar Lombardía-Véneto, pero, al no recibir respuesta, también renunció, siendo sucedido por Odoardo Fabbri. El fracaso de éste en la restitución del orden público llevó a un nuevo relevo en la persona del conde Pellegrino Rossi.

Rossi, antiguo embajador de Francia, trató de hacer algunas cesiones a los liberales, pero, como suele pasar, no fue suficiente para contentarles y a cambio se enajenó el apoyo de los conservadores. La pugna ideológica se materializaba en las opuestas visiones de ambos bandos: los primeros eran partidarios de una unificación nacional de estados italianos y reanudar la guerra contra Austria; los segundos preferían una liga confederal que dejase independientes los Estados Pontificios, manteniendo su poder terrenal además del espiritual.

En noviembre de 1848, Rossi caía asesinado y los patriotas, liderados por Angelo Brunetti Ciceruacchio, marcharon hacia el Palacio del Quirinal exigiendo democracia y la expulsión de los austríacos. Hubo un intercambio de disparos con la Guardia Suiza y el atemorizado Pío IX cedió, nombrando un nuevo ejecutivo a cargo del sacerdote Carlo Emanuele Muzarelli, que tenía fama de flexible, mientras él huía de Roma disfrazado de simple sacerdote; fue acogido en Gaeta, protegido por el Reino de las Dos Sicilias, y desde allí pidió a los países católicos que intervinieran en los Estados Pontificios.

El papa Pío IX con el rey Francisco II, en 1859/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Huelga comentar que Muzarelli no siguió en el poder, ocupado por el autodenominado Círculo Popular, el cual, no obstante, invitó al Papa a regresar. La delegación enviada ad hoc fue rechada y, entretanto, se nombró un Consejo de Estado provisional, presidido por Muzarelli otra vez, que convocó una Asamblea Constituyente. De nada sirvió la excomunión de sus miembros dictada por Pío IX y en enero de 1849 se celebraron las correspondientes elecciones. Ganaron los demócratas, en parte debido a la escasa participación de los conservadores, saliendo elegidos ciento setenta y nueve diputados.

Esa misma línea habían seguido otros estados italianos, de modo que el 9 de febrero, a sugerencia de Quirico Filopanti, se aprobó un decreto que proclamaba la República Romana, dirigida por un triunvirato que formaban los abogados Carlo Armellini y Aurelio Saffi, más el periodista Giuseppe Mazzini. Dicho decreto se comprometía a admitir la independencia del poder espiritual del Papa, pero no el terrenal, y animaba a alcanzar una nacionalidad común con las demás repúblicas italianas. Sorprendentemente, ese verano el Reino de las Dos Sicilias fue sacudido por un movimiento similar, sólo que Fernando II lo reprimió con dureza. En cambio, en Florencia triunfó, proclamándose también un régimen republicano.

La constitución de la nueva República Romana era la más democrática de Europa en esos momentos. Bajo el lema Dio e popolo (Dios y el pueblo), proclamaba la igualdad, la libertad y la fraternidad, sin títulos de nobleza ni privilegios; aprobaba la división de poderes; establecía la libertad de opinión, el sufragio universal (masculino) y el derecho a una vivienda; respetaba todas las nacionalidades; reconocía la libertad de culto (en realidad parcial, pues los ciudadanos sólo podían ser católicos o judíos, pudiendo los extranjeros practicar la fe que tuvieran); abolía la pena de muerte y la tortura, así como el servicio militar obligatorio; suprimía la censura; promulgaba una reforma agraria; abría la puerta a una incautación de bienes de la Iglesia; etc.

Reconstrucción de la bandera de la República Romana hecha por el Museo del Risorgimento de Milán/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Entretanto, Austria dio por finalizado el armisticio y, atendiendo una petición de ayuda del Gran Duque de Toscana, envió un cuerpo expedicionario dirigido por el mariscal Konstantin D’Aspre. En su poder fueron cayendo, por citar sólo las ciudades más importantes, Lucca, Pisa, Livorno, Florencia y Bolonia; los austríacos ya no se irían hasta la década siguiente. Entretanto, Radeztsky entró en los Estados Pontificios ocupando Ferrara y derrotando a las tropas piamontesas sardas; fruto de esto último fue la abdicación del rey Carlos Alberto de Saboya, que cedió la corona a su hijo, Vittorio Emanuele II.

Éste obtuvo el visto bueno del austríaco al comprometerse a romper con la política contemporizadora de su padre y volver al absolutismo. Irónicamente, fue el único gobernante que mantuvo un texto constitucional -el Estatuto Albertino- en toda la península italiana, entendiendo la necesidad de colaborar con su ministro liberal, el conde de Cavour, lo que le hizo ganarse el apodo de Re galantuomo (Rey galante). Únicamente quedaba por resolver la cuestión del exilio del Papa, quien, recordemos, solicitó a los países católicos que acudieran a socorrerle. La llamada fue atendida por Francia y España (en la que el gobierno del general Narváez había abortado fácilmente el tímido intento revolucionario).

El recién elegido Luis Napoleón (que luego se proclamaría emperador con el nombre de Napoleón III), envió una fuerza de siete mil hombres al mando del general Charles Oudinot. Fueron trasladados en una decena de buques de guerra desde Toulon hasta Civitavecchia, sin declaración ni ultimátum; los franceses se presentaron en el Lazio asegurando estar dispuestos a respetar la forma de gobierno que eligieran los romanos. Sin embargo, no tardaron en cambiar de discurso y admitir que estaban allí para defender sus intereses estratégicos y evitar la intervención de Austria, España y Nápoles. Se trataba de un grave error porque el sentimiento popular italiano, a esas alturas, era abiertamente patriótico.

Tropas francesas marchando hacia Roma. ilustración anónima de The Illustrated London News/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Por eso se llevaron la sorpresa de encontrar una inesperada resistencia en la que tomó parte una fuerza que iba a pasar a la historia: los seiscientos veteranos Bersagleri lombardos, que se unieron a los diez mil defensores atricherados en Roma -entre ellos el luego famoso Giuseppe Garibaldi– y entre todos rechazaron el primer ataque francés. Los galos tuvieron que retroceder, pero la suerte se alió con Oudinot en forma de realpolitik: dado que ningún estado del mundo había reconocido a la República Romana, Giuseppe Mazzini, líder de facto del triunvirato gobernante, consideró aconsejable no cebarse con el enemigo y acercarse diplomáticamente a la Francia republicana.

En efecto, Luis Napoleón aceptó negociar, pero sólo para ganar tiempo, pues paralelamente preparó refuerzos para Oudinot. Difícilmente podía hacer otra cosa, teniendo en cuenta que en esas fechas se celebraron las elecciones legislativas francesas y los monárquicos obtuvieron una importante mayoría. El embajador galo, Ferdinand de Lesseps (el mismo que en pocos años iba a impulsar la construcción del Canal de Suez), propuso la posibilidad de colaborar con los ejércitos napolitano y austríaco para proteger Roma, algo que el gobierno romano vio con buenos ojos.

Fotografía de Garibaldi en 1866/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Y es que la situación se iba complicando. Efectivamente, tras la represión de los demócratas que antes reseñamos, Fernando II, rey de las Dos Sicilias, tuvo las manos libres para atender la petición de Pío IX y enviar un cuerpo expedicionario de ocho mil quinientos hombres en mayo. Garibaldi trató de detenerlo con apenas dos millares y medio de efectivos, pero no pudo. El lío de beligerantes se agravó con el desembarco en Gaeta, a finales de mes, de una fuerza expedicionaria española mandada por el general Fernández de Córdova: unos nueve mil soldados apoyados por una escuadra de cinco buques de guerra.

Todos los intentos negociadores fracasaron, por lo que Lesseps volvió a casa frustrado -renunció a seguir en el cuerpo diplomático- y Oudinot reemprendió el sitio de Roma, contando ahora con treinta mil hombres y considerable artillería de asedio (setenta y cinco cañones). Luis Napoleón ya sólo contemplaba ganar prestigio con una victoria militar, para lo cual debía precindir de sus presuntos aliados. Consecuentemente, se las arregló para que los españoles no se acercaran a la ciudad, desviándolos hacia Umbría para, en teoría, guarnecerla de un posible ataque austríaco.

Los franceses bombardearon Roma durante todo el mes de junio y finalmente asaltaron el Janículo, poniendo en fuga a las tropas de Garibaldi. Éste responsabilizó a Mazzini de la derrota por no haber aceptado su propuesta de concederle poderes dictatoriales -en 1860, durante el definitivo proceso unificador, los asumiría- y, aprovechando una tregua para negociar la capitulación, abandonó la ciudad con cuatro mil de los suyos, dispuesto a llevar la guerra a todas las regiones. Perseguido por el general d’Aspre, se refugió en la República de San Marino (que era neutral), y en la costa incautó una flota de pesqueros para ir a Venecia. Pero les interceptó una escuadra austríaca, que mató o apresó a la mayoría (incluyendo la mujer y un hijo de Garibaldi), si bien él logró escapar al Reino de Cerdeña.

Litografía del artista Melchiorre Fontana mostrando el asalto francés a Roma en 1849/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Oudinot entró en Roma el 3 de julio e impuso la ley marcial. El gobierno de Mazzini -quien se exilió en Londres- no se había rendido formalmente, por lo que la República Romana seguía existiendo en términos legales y, en cierta forma, así continuó cuando Pío IX regresó el 12 de abril de 1850: aunque derogó la constitución, no convocó elecciones y, por tanto, el gobierno saliente no había agotado su legislatura (entretanto, el ejecutivo había descansado en tres cardenales, de ahí que se conociera como Triunvirato Rojo, para distinguirlo del predecesor). El Papa tardó tanto en volver porque no quería injerencias de los franceses, a los que irónicamente consideraba liberales. Cuando se fueron en 1870, a causa de la guerra Franco-Prusiana, Roma fue anexionada por el naciente Reino de Italia.


Fuentes

J.A. Grenville, La Europa remodelada 1848-1878 | Carlos Marx y Federico Engels, Las revoluciones de 1848 | Jean Baptiste Duroselle, Europa de 1815 a nuestros días. Vida política y relaciones internacionales | Jacques Droz, Europa: restauración y revolución 1815-1848 | Priscilla Robertson, Revolutions of 1848. A social history | Giuseppe Monsagrati, Roma senza il papa. La Repubblica romana del 1849 | Wikipedia