Digby Tatham-Warter, el oficial británico que dirigió a sus soldados con paraguas y bombín en la batalla de Arnhem

Fotograma de la película Un Puente Lejano (1977)

Situémonos en la Segunda Guerra Mundial. En el fragor del combate contra los germanos por el control de un puente, zumbando tiros por todas partes, se produce una escena inaudita cuando un comandante británico, tocado con bombín, abre un paraguas y con él protege del fuego enemigo al reverendo Egan, capellán castrense que trataba de llegar hasta unos heridos. Al advertirle un compañero de que eso no servirá de nada contra las balas, contesta con toda la seriedad del mundo: «Oh, Dios mío, Pat, pero ¿y si llueve?». Aunque esto parezca un sketch de los Monty Python, se trató de un episodio real y ese excéntrico oficial se llamaba Allison Digby Tatham-Warter.

Tuvo lugar en septiembre de 1944, durante la batalla de Arnhem, disputada en el contexto de la Operación Market-Garden, que había sido diseñada por el mariscal Montgomery y aceptada entusiásticamente por Eisenhower, comandante supremo Aliado en Europa. Con ella, los Aliados pretendían tomar los puentes de los Países Bajos para asegurar el avance de sus blindados y crear un corredor que permitiera cruzar el río Rin, rodeando la Línea Sigfrido por el norte y entrando así en Alemania.

Christopher Good interpretando al mayor Carlyle, un trasunto de Digby, en el film Un puente lejano

Una misión imaginativa y osada que, sin embargo, resultó fallida por ser demasiado compleja y dependiente de detalles, pero gracias a la cual, exactamente tres décadas después, el periodista y escritor Cornelius Ryan publicó otro de sus exitosos libros sobre aquella contienda. Si en 1956 había escrito El día más largo, en 1974 -el mismo año de su fallecimiento- salió a la venta Un puente lejano, en el que narraba la Operación Market-Garden.

La referencia literaria no es gratuita. La obra sirvió de base al guionista William Goldman para adaptarla al cine, en la que fue una de las mejores películas de género bélico: A bridge too far, dirigida por Richard Attemborough en 1977. Y, claro, la anécdota protagonizada por el comandante Digby era demasiado jugosa para dejarla pasar, de modo que queda reflejada -aunque más sobriamente que en la realidad, quizá por parecer demasiado increíble- en el reconocimiento que el personaje del mayor Carlyle hace de uno de los puentes, paseándose por él con el inaudito paraguas como si estuviera en Oxford Street, expuesto a recibir un posible disparo.

Como veremos, no fue ésa la única anécdota que protagonizó Digby, un tipo singular, de clase acomodada, nacido en Atcham, una villa del condado de Shropshire (Inglaterra) en 1917. Era hijo de un terrateniente que murió cuando él apenas tenía once años, probablemente arrastrando las secuelas de haber estado expuesto a los gases químicos arrojados sobre las trincheras durante la Primera Guerra Mundial; algo que quizá influyó en su vástago para el destino que elegiría.

Porque en 1935 Digby ingresó en el Royal Military College de Sandhurst, la famosa academia militar en la que estudiaron ilustres nombres como el citado mariscal Bernard Montgomery (diseñador, como decíamos, de la Operación Market-Garden), el también mariscal Edmund Allenby (que tuvo a sus órdenes a Lawrence de Arabia), el futuro premier Winston Churchill, el escritor Ian Fleming (creador de James Bond), el actor David Niven, y el futuro rey de España Alfonso XII.

Tras graduarse en 1937, el flamante nuevo segundo teniente fue destinado al regimiento Oxfordshire and Buckinghamshire Light Infantry, que estaba acantonado en la India. Durante un tiempo, Digby llevó una plácida existencia entregado a la afición cinegética característica de su hacendado origen, labrándose cierto prestigio en dos deportes típicos de la nobleza local pero adoptados por los británicos: la caza del tigre y la pigsticking, como se denominaba a la cacería de jabalíes a caballo y con lanza (que casualmente también dio lugar a un film en el que participó Richard Attemborough, en este caso sólo como actor: Culpable sin rostro).

Esa indolente etapa terminó con el estallido de la Segunda Guerra Mundial, pero no al comienzo, pues Digby no viajó a Europa hasta que recibió la noticia de la muerte de su hermano John en El Alamein, en lo que era la segunda pérdida familiar porque otro hermano, Kit, había perdido antes la vida en la Campaña del Desierto Occidental. Ante aquella tragedia fraterna, Digby se alistó como voluntario paracaidista en el Segundo Batallón del Parachute Regiment, que se encontraba en Italia, recibiendo el mando de una compañía.

Plan de la Operación Market-Garden/Imagen: Sergio en Wikimedia Commons

El adiestramiento se llevó a cabo en Lincolnshire, lo sufientemente cerca de Londres como para que él empezara a forjar su leyenda invitando a todos los oficiales a una fiesta en el Ritz, a donde se trasladaron en un avión Dakota estadounidense. Es un ejemplo del singular carácter de aquel tipo espigado (era de complexión delgada y superaba los 1,82 metros), independiente y bronco, que solía meterse en frecuentes peleas por su afición al alcohol -a pesar de que siempre se presentaba a revista con aspecto impecable- y estaba ansioso por entrar en combate.

Esa combinación de audacia y desfachatez no sólo no le costó disgusto alguno sino que convenció al teniente coronel John Dutton Frost para ponerle al frente de la Compañía A, del Segundo Batallón, que encabezaría el asalto de setecientos cuarenta y cinco paracaidistas de la Primera División Aerotransportada británica al puente de Arnhem. La misión era tomar el puente y mantenerlo hasta que llegase allí, por tierra, el XXX Cuerpo del teniente general Brian Horrocks (papel que asume Edward Fox en la gran pantalla), combinando así las dos partes del plan, Market y Garden. Frost, interpretado en la película por Anthony Hopkins, estaba bajo el mando superior del mayor general Roy Urquhart, al que encarna Sean Connery.

Estaba previsto que todo durase cuarenta y ocho horas, pero, como ya dijimos, la cosa no salió como estaba prevista porque Horrocks se iría demorando cada vez más al encontrar obstáculos por el camino (una carretera muy estrecha rodeada de terreno inundado, puentes intermedios no capturados, falta de apoyo aéreo, inesperada presencia de tanques alemanes…). Consecuentemente, el XXX Cuerpo no pudo llegar a Arnhem y el pequeño contingente de paracaidistas que defendían el puente tuvieron que resistir allí, en solitario, cinco desesperados días, hasta que agotaron sus municiones, comida y agua. Durante ese tiempo, Digby entró en el anecdotario histórico con letras de oro.

Para empezar, no se fiaba de los aparatos de radio, así que entrenó a sus tropas para identificar los clásicos toques de corneta con los que pensaba enviar las órdenes si la tecnología no respondía y, en efecto, buena parte de las acciones se indicaron de esa forma al fallar con frecuencia las comunicaciones. Asimismo, dada su dificultad para memorizar las contraseñas, decidió que era mejor que los soldados le identificasen visualmente y fue ahí cuando empezó a llevar paraguas; algo lógico porque, como él mismo dijo, «sólo un maldito tonto inglés» haría algo así. De modo que allí estaba aquel oficial, enarbolando el insólito objeto de pie ante sus hombres, haciendo gala de unos nervios de acero al permanecer impasible al fuego de mortero que caía alrededor.

Con ese accesorio en una mano y el revólver reglamentario en la otra, dirigió una carga a la bayoneta -fallida- sobre los seiscientos metros que medía el puente, intentando desalojar al enemigo del otro extremo y, como no debió parecerle suficiente aditamento, además sustituyó el casco y la boina color burdeos por un bombín que encontró entre los escombros, llevando al extremo su extravagancia británica. Más tarde, el paraguas le sirvió también como improvisada arma para herir en el ojo, introduciendo la punta a través de la rendija de observación al conductor de un blindado alemán, rematando esa inefable actuación con la anécdota que explicamos al principio.

La batalla de Arnhem/Imagen: Ranger Steve en Wikimedia Commons

Si aún podía sublimarse el esperpento, una ráfaga de metralla le hirió en el trasero, dejándole sin la parte posterior de sus pantalones. Eso sí, que el divertido árbol no impida ver el bosque: habiendo tomado tierra lejos del objetivo, Digby recorrió con sus paracaidistas ocho millas en siete horas, matando o capturando a centenar y medio de enemigos. Luego, supo guiarlos magistralmente por la ciudad, pues al encontrar las calles bloqueadas por los alemanes, dio un rodeo para llegar al puente sin que les localizasen, atravesando los jardines que se sucedían en la parte de atrás de las viviendas. Todo con una sola baja mortal hasta ese momento.

Finalmente el grueso de la División fue evacuada, pero registró tres cuartas partes de bajas entre muertos, heridos y prisioneros. Entre los que quedaron cautivos, al no recibir el socorro previsto, estaban los defensores supervivientes del puente de Arnhem, casi todos heridos. Pero Digby no debió resignarse a poner fin a su leyenda e, ingresado en el hospital de Santa Isabel, en Arnhem, escapó por una ventana junto a su segundo (y no fue el único; también lo haría el general Gerald Lathbury). Ambos viajaron hacia Mariendaal, guiándose con una brújula fabricada con un botón y una aguja, siendo socorridos por una anciana granjera. Disfrazados de pintores, lograron contactar con la resistencia holandesa en Ede.

Increíblemente tuvieron éxito y los holandeses le dieron a Digby una bicicleta con la que, bajo la falsa identidad de Peter Jensen (el hijo sordomudo de un abogado de La Haya), fue visitando a aquellos paracaidistas de la División que habían podido huir y permanecían ocultos en viviendas particulares. Engordando la susodicha leyenda, se permitió el descaro de ayudar a unos oficiales de la Wehrmacht a empujar su coche para sacarlo de una zanja donde había caído y hasta pernoctó en la misma casa que ellos sin que en ningún momento sospecharan de su identidad; paradójicamente, una disputa por ver quién pasaba primero por una puerta, sirvió para ganar del todo su confianza.

Vista aérea del puente de Arnhem con tropas británicas y restos de tanques alemanes en la parte norte/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Así fue cómo logró reunir a más de un centenar, a los que pensaba dirigir en acciones tras las líneas alemanas en la creencia de que los Aliados intentarían cruzar el Rin en breve. Cuando supo que no sería así, para no comprometer a la población, se decidió su evacuación en lo que el MI9 (la inteligencia militar británica) bautizó como Operación Pegaso, que tuvo una extensión en Bélgica con la Línea Cometa. Digby y los suyos salieron en la primera fase con éxito, tras vadear el río haciendo señales en morse con una antorcha para advertir a los británicos del XXX Cuerpo, que controlaban la ribera sur (los de la segunda fueron descubiertos y hubo varios muertos).

Así regresó a su país donde se le condecoró con la Distinguished Service Order (Orden de Servicio Distinguido), siendo él mismo el responsable de avalar -mediante la redacción de un informe- que uno de sus tenientes, John Grayburn, recibiera la Cruz Victoria. Este oficial había caído en una actuación heroica, al cerrar el paso a los alemanes en el puente y dirigir personalmente a los Royal Engineers para desactivar los explosivos con que pretendían dinamitarlo. En la película es adaptado como el mencionado mayor Carlyle, interpretado por Christopher Good, y se sincretiza su personaje con el de Digby, siendo él quien enarbola el paraguas.

Terminada la guerra, Digby sirvió fuera de Europa. Primero, en el recién creado Mandato Británico de Palestina; después, el KAR (King’s African Riffles) que operaba en Kenia. Este protectorado le sedujo lo suficiente como para comprar un par de granjas, que tuvo que defender unos años más tarde, cuando se produjo la Rebelión Mau Mau (un levantamiento anticolonial de las etnias kikuyu, embu y meru que se extendió desde 1952 hasta 1960). Para ello, Digby organizó y financió una fuerza de voluntarios montados con los que tuvo ocasión de entrar en acción otra vez.

La insurrección terminó fracasando, pero Kenia obtuvo su independencia al poco, en 1963. Para entonces, el excéntrico británico había abandonado definitivamente las armas, incluso moderando su afición cinegética (al menos la caza mayor; continuó con la menor), que sustituyó con un nuevo concepto cuya invención se le atribuye: organizar safaris fotográficos. Sus inefables andanzas terminaron finalmente en 1993, dejando tres hijas (que tuvo con su esposa, Jane Boyd, hija de un acaudalado y aristocrático colono y con quien se casó en 1949)… y, seguramente, un paraguas.


Fuentes

Cornelius Ryan, A bridge too far | Jon E. Lewis, The Mammoth Book of Heroes | Anthony Beevor, La batalla por los puentes: Arnhem 1944. La última victoria alemana en la Segunda Guerra Mundial | Stephen Badsey, Operación Market-Garden. Arnhem, septiembre de 1944 | Rebecca Skinner, British Paratrooper 1940–45 | Mark Hickman, Major Allison Digby Tatham-Warter | Wikipedia