La empresa más antigua en funcionamiento es japonesa y lleva en activo casi milenio y medio

Kongō Yoshie, el 38º maestro carpintero de Kongō Gumi, y sus empleados en 1930/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

En 2006 quebró Kongō Gumi Co., Ltd., empresa japonesa que fue adquirida entonces por Takamatsu Construction Group, para la que continuó operando como subsidiaria. Eso no tendría mayor trascendencia, más allá de la peculiar actividad a la que se dedica (construcción y mantenimiento de templos budistas), de no ser porque Kongō Gumi es -o era- la empresa más antigua que existe en funcionamiento: en el momento de su liquidación cumplía la venerable edad de mil cuatrocientos veintiocho años.

El príncipe Shōtoku con sus hijos/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Se fundó, pues, en el 578 d.C. En Osaka, para más señas, y por iniciativa del príncipe Shōtoku, también conocido por los nombres de Umayado y Kamitsumiya. Hijo de Yōmei Tennō, el trigésimo segundo emperador, al que sucedió tras su muerte en circunstancias inciertas -no se sabe si de enfermedad o asesinado, en el confuso contexto de la lucha entre budistas y sintoístas-, Shōtoku no sólo ocupó la regencia -su madre sólo era una concubina- sino que se convirtió en una figura reverencial por su protección del budismo, iniciando un período artístico dedicado a esa fe denominado Asuka.

De hecho, surgieron leyendas sobre él, como la de su encuentro con un mendigo gravemente enfermo al que acogió hasta su fallecimiento y que resultó ser Bodhidharma (un monje persa, que predicó en China y fue fundador del budismo zen) o la que identificaba al príncipe con el mismísimo Buda reencarnado, de ahí que abunden las estatuas suyas con esa apariencia. En cualquier caso, se trató de un notorio adalid de esa religión, a la que consideraba buen instrumento en su objetivo de acabar con los regionalismos y unir al país en torno al trono. Ello resultaría determinante para la aparición de Kongō Gumi.

Los Tres Reinos de Corea en el último cuarto del siglo IV d.C./Imagen: Chris 73 en Wikimedia Commons

En realidad, Kongō era un apellido coreano; concretamente el de una familia originaria de Baekje, uno de los tres reinos de Corea (el situado en el suroeste de la península, con centro en lo que hoy es Seúl), que entre los siglos VI y VII constituyó un foco irradiador de misioneros budistas y de la cultura china en general que Shōtoku quería imitar. Los Kongō, o algunos de sus miembros, encabezados por Kongō Shigemitsu, viajaron a Japón contratados por Shōtoku para que construyeran el primer templo del país dedicado al budismo, ya que su oficio era la carpintería y ese tipo de trabajos se hacían de madera.

Dicho templo es el de Shitennō-ji, que quedó terminado hacia el año 593 y todavía sigue en pie en Osaka, si bien es cierto que ha tenido que ser restaurado varias veces y la mayor parte de su estructura actual corresponde a la última intervención que se le hizo, en 1963. El príncipe quedó tan satisfecho que hizo más encargos a los Kongō y a ellos se debe, al menos en parte, otros célebres edificios nipones, como el Hōryū-ji (un templo-monasterio ubicado en Okaruga -prefectura de Nara- y protegido como Patrimonio de la Humanidad) o las estructuras más antiguas del fotogénico ‘Ōsaka-jō (el Castillo, uno de los grandes atractivos turísticos de la ciudad).

Por tanto, aquellos coreanos no regresaron a su país sino que se establecieron en Japón dando origen a una empresa familiar, la Kongō Gumi, que, como era habitual en la época, fue creciendo mediante la vía matrimonial. Los varones que se casaban con las mujeres del clan pasaban a adoptar el patronímico, incorporándose como unos miembros más de la empresa. De este modo se garantizaba la pervivencia de la Kongō Gumi cuando no había descencencia masculina en alguna generación. Un pergamino de tres metros de longitud, datado en el siglo XVII, reseña los nombres de los integrantes de esas generaciones, que hoy suman cuarenta.

El templo de Shitennō-ji con su torre exenta/Imagen: Taro Nagoya en Wikimedia Commons

Por supuesto, esa estructura no habría sobrevivido tanto tiempo de no realizar un buen trabajo y aprovechar la coyuntura favorable. Las obras de la Kongō Gumi contaban con el patrocinio imperial y el beneplácito de los budistas japoneses, cada vez más numerosos tras haber superado la oposición armada de los sintoístas (de hecho, la tendencia fue que ambas corrientes se integrasen armónicamente), lo que impulsó su crecimiento. Eso sí, no faltaron momentos de crisis.

Uno de los más importantes llegó en el siglo XIX, durante la Restauración Meiji, cuando el emperador promovió el Shinbutsu bunri, la separación entre las dos corrientes religiosas en favor de un sintoísmo estatal. Eso desató en algunas zonas el Haibutsu kishaku, una ola violenta contra todo lo relacionado con el budismo que obligó a intervenir al gobierno para poner orden, aclarando que la separación no equivalía a destrucción. De ese modo, el budismo, que se aferraba a sus formas tradicionales negándose a adaptarse a la modernidad al estilo occidental, perdió influencia social y cayó en cierto descrédito.

Destrucción de campanas budistas durante el Haibutsu kishaku/Imagen: dominio público en Wikimedia commons

Fruto de esa situación, muchos templos budistas sufrieron una reconversión y se dedicaron al culto sintoísta, lo que repercutió en el negocio de Kongō Gumi al tener que dejar la construcción de templos por la de casas. Pero no hay mal que cien años dure y renació en 1912, a la muerte del emperador Meiji, recuperando el Shokuke kokoroe no koto (una especie de manual de empresa que explicitaba su filosofía, metodología de trabajo, comportamiento de la plantilla, etc.) que había escrito Yoshisada Kongō, el trigésimo segundo dueño.

Dicho manual detallaba desde cómo vestir a la obligación de los empleados de estar alfabetizados, pasando por establecer en una década el período de formación para llegar a ser un sho daiku (maestro carpintero, título otorgado sólo a miembros del clan) o la exigencia de un buen trato al cliente. Por encima de todo, eso sí, había que preservar la titularidad familiar, por lo que si era necesario romper alguna tradición se hacía. Por eso cuando la Crisis de 1929 afectó gravemente al negocio, su dueño en ese momento, Haruichi Kongō, se quitó la vida y tuvo que coger las riendas una mujer por primera vez, Yoshei Kongō.

El complejo monástico de Hōryū-ji/Imagen: z tanuki en Wikimedia Commons

Yoshei, que asumió el control en 1934, consiguió salvar la delicada situación gracias al contexto internacional. La Segunda Guerra Mundial, en la que Japón fue una de las principales potencias beligerantes, provocó un gran incremento de mortandad y la consiguiente demanda de ataúdes y eso constituyó la salvación para Kongō Gumi, que cambió eventualmente el sentido de su producción en madera: de levantar templos pasó a fabricar féretros para el ejército. Tuvo demanda de trabajo asegurada hasta 1945. Terminados los efectos de aquella pesadilla bélica, en 1955 se registró oficialmente como empresa, con el nombre Kongō Gumi Co., Ltd.

Sede de Takamatsu Construction Group Co. Ltd. en Osaka/Imagen: Tokumeigakarinoaoshima en Wikimedia Commons

Para entonces ya no limitaba su actividad a templos y jardines sino a la construcción en general, pero todo lo que superó en tiempos anteriores palideció al lado de la dura competencia del siglo XX, quizá porque seguía aferrada a su vieja concepción empresarial: la plantilla se dividía en kumis o grupos de cinco a ocho personas, que competían entre sí por presentar el mejor proyecto cuando recibían un encargo. La cúpula, dirigida por un maestro o presidente (no hereditario por primogenitura sino por aptitud), valoraba cuál era mejor y le adjudicaba la obra.

Poco a poco, la compañía fue acumulando pérdidas y endeudándose en la compra de bienes raíces. En la década de los noventa, cuando estalló la burbuja inmobiliaria japonesa y la religiosidad disminuyó, Kongō Gumi Co., Ltd. quedó herida de muerte. En 2005 tenía ochenta empleados y unos ingresos anuales de siete mil quinientos millones de yenes (unos setenta millones de dólares aproximadamente), pero con una deuda que superaba los cuatro mil millones. Su último presidente, Masakazu Kongō, tuvo que tirar la toalla.

Como decíamos al principio, en enero de 2006 la compañía entró en fase de liquidación y en diciembre fue absorbida por Takamatsu Construction Group Co. Ltd., un conglomerado de empresas de construcción con subsidiarias especializadas en los diferentes apartados del sector de la construcción y la ingeniería. Integrada en la estructura de esa entidad y asumiendo dicha especialización, la vieja Kongō Gumi, ahora ya con otro nombre, ha recuperado la antigua dedicación y vuelve a encargarse de construir y mantener templos artesanalmente. Quince siglos no son nada.


Fuentes

Historia mínima de Japón (Michiko Tanaka)/A history of Japan (R.H.P. Mason y J.G. Caiger)/Shōtoku: ethnicity, ritual, and violence in the Japanese Buddhist tradition (Michael Como)/Of heretics and martyrs in Meiji Japan: Buddhism and its persecution (James Edward Ketelaar)/The end of a 1.400-year-old business (James Olan Hutcheson en Bloomberg Business)/Japan’s oldest company defies time with merit-bassed succession (Yasuhiko Nakazawa en Nikkei Asia)/Wikipedia