La búsqueda del río Níger y el explorador que nunca supo que ya lo había encontrado

Gracias a libros y películas se ha hecho bastante conocido el empeño decimonónico de la Royal Geographical Society de descubrir las fuentes del Nilo. Pero un poco antes, en el siglo XVIII, la atención se centraba en otro río, el Níger, como referencia de la hasta entonces ignota ciudad de Tombuctú. Ese objetivo, que fue el que abrió la puerta a la exploración de África, lo impulsó la African Association y uno de sus miembros, Henry Nicholls, protagonizó la historia más curiosa y anecdótica al remontar un río sin saber que era precisamente el que estaba buscando.

La Association for Promoting the Discovery of the Interior Parts of Africa, que tal era el nombre completo de esa institución, fue fundada en Londres en junio de 1788 por una docena de ilustrados de clase acomodada, a cuyo frente estaba el famoso Sir Joseph Banks. El nombre resultará familiar: se trataba del naturalista que había acompañado a James Cook en su primer viaje, gracias al cual había alcanzado un enorme prestigio, convirtiéndose en consejero del rey Jorge III y patrocinando la expedición de George Vancouver a la costa noroeste de América, así como la de William Blight a Tahití (la que fracasó estrepitosamente al amotinarse parte de la tripulación de la fragata HMS Bounty).

Joseph Banks retratado por Joshua Reynolds en 1773/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

El objetivo de la African Association, como se la conocía para abreviar, quedaba patente en dicho nombre. Entrada ya la Edad Contemporánea, América era un continente del que quedaba poco por saber -geográficamente hablando-, al igual que pasaba con Asia; Oceanía no contaba al tratarse fundamentalmente de islas, así que sólo quedaba África. Algo insólito porque estaba más cerca de Europa que los otros y llevaba ahí desde siempre, pero únicamente se conocían la franja mediterránea y las factorías litorales atlánticas; prácticamente nada del interior.

Es decir, apenas se había avanzado desde la Antigüedad Clásica; griegos, romanos y púnicos circunnavegaron sus costas, como después hicieron los portugueses, pero cuando uno se alejaba del mar se encontraba en un ambiente completamente desconocido y sin cartografiar, incluso después de algunas famosas expediciones romanas como la de Nerón a Etiopía o las que atravesaron el Sahara, de ahí que a África se la conociera como el Continente Oscuro. Había llegado el momento de solucionar eso y, de paso, asumir la nueva corriente abolicionista que abogaba por combatir el esclavismo en su lugar de origen.

Cada socio del club aportaba cinco guineas anuales, que debían servir para financiar viajes científicos con el objetivo declarado de explorar el África Occidental. Era ésta una vasta región del continente que, pese a la diversidad de etnias, tenía -y tiene-bastantes afinidades culturales. Abarcaba aproximadamente lo que hoy son los países de Benín, Burkina Faso, Cabo Verde, Costa de Marfil, Gambia, Ghana, Guinea, Guinea-Bisáu, Liberia, Malí, Níger, Nigeria, Senegal, Sierra Leona, Togo y Mauritania, aparte de la isla de Santa Elena.

Mapa francés del Níger realizado por Guillaume Delisle en 1707. Muestra el curso fluvial pero no la desembocadura. También reseña el Reino de Tombuctú/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Ahora bien, había un nombre que flotaba en el ambiente constituyendo una sugestiva llamada para cualquier explorador, un poco a la manera que lo hiceran antaño El Dorado, Quivira o las Siete Ciudades de Cíbola para los conquistadores españoles. Se trataba de Tombuctú, una urbe situada en algún punto desconocido del Manden Kurufaba, es decir, el Imperio de Malí, estado medieval de los mandinga que había florecido entre los siglos XIII y XV, alcanzando una enorme riqueza gracias al comercio de oro y esclavos.

El Imperio de Malí se terminó y el hueco fue ocupado durante un siglo más por su vasallo, el Imperio Shongái, y éste sustituido por el Reino Dendi, que aunque terminó por desintegrarse en 1901 y ser sometido por los franceses, a finales del siglo XVIII todavía se mantenía, aunque de forma bastante inestable y con el poder atomizado en feudos. Nada de eso impidió que Tombuctú siguiera siendo un ilusionante reclamo, existiendo en Europa una idea sobre esa urbe bastante fantasiosa, rebosante de riquezas y con cúpulas de oro.

Tombuctú desde la terraza de un viajero, a principios del siglo XIX. Litografía de Martin Bernatz a partir de un boceto de Heinrich Barth/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

La explicación es que todo resultaba misterioso en ella y había que fiarse únicamente de los rumores, ya que sólo los musulmanes podían entrar; de hecho, ningún europeo había visto Tombuctú (salvo el diplomático León el Africano, que era un andalusí granadino, en el siglo XVI) ni lo haría hasta el siglo XIX (serían Alexander Gordon Laing y Mungo Park -de este último hablaremos en breve-, que fallecieron y no pudieron contarlo, y finalmente René Caillé, que sí pudo regresar).

Sin embargo, no todo el interés se centraba en esa ciudad. En 1769, el redescubrimiento de las fuentes del Nilo Azul por parte del escocés James Bruce (el jesuita español Pedro Páez se le adelantó en 1618 y el portugués João Bermudes incluso antes, en 1565, pero sus relatos cayeron en el olvido) avivó el interés por hacer otro tanto con el Níger, un cauce fluvial que los musulmanes de esa zona occidental de África conocían muy bien desde siglos atrás pero que resultaba completamente ignoto para los blancos, que se habían limitado a pisar las regiones costeras sin penetrar en el interior.

Ubicación de Tombuctú en el curso del río Níger/Imagen: Rowanwindwhistler en Wikimedia Commons

Del Níger se desconocían, pues, tanto su lugar de nacimiento como su curso. Se suponía que sus fuentes eran dos lagos sucesivos situados en el ecuador africano y que fluía de este a oeste atravesando otras masas lacustres para terminar desembocando en los ríos Senegal y Gambia como afluente. Todos esos conceptos resultaban erróneos, en parte por los contradictorios datos proporcionados por Plinio el Viejo, Al Idrisi o el mencionado León el Africano; ello, a pesar de su enorme longitud (cuatro mil doscientos kilómetros), la tercera más grande del continente tras el Nilo y el Congo. Pero sí se sabía que era navegable y una importante vía comercial, por eso se consideró interesante explorarlo.

Apenas tres semanas después de la fundación de la African Association, ésta financió la primera expedición en ese sentido, dirigida por el veterano explorador estadounidense John Ledyard, que había acompañado a Cook en su tercer viaje cuando aún era un infante de Marina y que luego desertó para unirse a la Revolución Americana y protagonizar una travesía por toda Rusia. En el caso africano, Ledyard proponía cruzar el continente desde el Mar Rojo hasta el Atlántico en línea recta, pero murió en El Cairo accidentalmente al ingerir demasiado vitriolo (ácido sulfúrico), que tomó para medicarse.

Retrato de un humanista, por Sebastiano del Pombo. Algunos expertos consideran que se trata de León el Africano/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Mientras Ledyard viajaba a Egipto, la African Association organizó otra expedición que debía partir de Trípoli y adentrarse en el desierto libio en dirección sur. Se encomendó a Simon Lucas, un diplomático inglés que llevaba más de década y media en Marruecos como vicecónsul y que reclutó un grupo de dieciocho guías. Pese a que tenía un salvoconducto de un jefe, la inestabilidad política de la región le obligó a dar la vuelta en Misrata tras recorrer menos de doscientos kilómetros. Se quedó a cargo del consulado tripolitano, según rumores participando en el negocio esclavista con las autoridades locales.

Su puesto de explorador de la asociación pasó al irlandés Daniel Houghton, un exmilitar con experiencia en el mundo musulmán (estuvo en misión diplomática en la corte marroquí, por lo que hablaba árabe pero también tenía conocimientos de mandingo) y que buscaba la forma de solucionar sus apuros económicos. Fue él quien propuso remontar el río Gambia para alcanzar el Níger, trazar su curso en un mapa y localizar Tombuctú. El viaje empezó en octubre de 1790 y tres meses después había llegado hasta la frontera del Reino de Wuli (Gambia), donde fue bien recibido.

Lamentablemente, un incendio destruyó todo su equipo -armas incluidas- y anotaciones, pero no se amilanó y emprendió la marcha hacia Tombuctú, alcanzando el Faleme, un afluente del río Senegal. Nadie había penetrado tanto y se encontraba a sólo quinientas millas de la ansiada ciudad. No dudó en aceptar cuando un comerciante local le ofreció guiarle, pero no se volvió a saber de él a partir de Simbing; al parecer, sus hombres desertaron y terminó muriendo de hambre hacia septiembre de 1791.

Ese año, la African Association ya sumaba noventa y cinco miembros, lo que incrementaba también las aportaciones económicas y, consecuentemente, el presupuesto disponible. En 1794, se apuntó su primer gran éxito gracias al viaje que realizó el naturalista escocés Mungo Park, que se había presentado voluntario para buscar al desaparecido Houghton. Llegó a la desembocadura del Gambia, aprendió la lengua mandinga y se adentró en el territorio, llegando al reino musulmán de Ludamar. Allí fue esclavizado pero pudo escapar, atravesar el desierto y, ayudado por los fulani, encontrar el Níger a su paso por Segou (en la actual Malí).

Remontó entonces un centenar de kilómetros, hasta Silla, donde las luchas tribales le obligaron a dar tumbos de un sitio a otro. Finalmente se unió a una caravana esclavista con la que volvió a la costa, embarcándose para América primero e Inglaterra después. Aquellos siete meses de aventuras quedaron reflejados en su exitoso libro Travels in the Interior Districts of Africa. Park retornaría al Níger en 1803, esta vez con un pequeño contingente militar, pero las enfermedades acabaron con casi todos y al final, a los tres años, fueron exterminados por los indígenas cuando navegaban por el río.

Johann Ludwig Burckhardt con ropas árabes, retratado por Maurice Babey/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Mientras el escocés estaba en su primera expedición, la African Association contrató al joven alemán Friedrich Hornemann para que intentara abrir una ruta a Tombuctú desde Egipto, a través del Sahara. Tran un tiempo estudiando árabe, Hornemann se estableció en el país de los faraones, que al poco fue invadido por los franceses. Napoleón, no obstante, le permitió seguir y, disfrazado de mameluco, se unió a una caravana que cruzaba Libia, recopilando información por el camino. En el verano de 1799 dejó Trípoli para ir a Murzuk y desapareció. Circuló la leyenda de que se había retirado como morabito (líder religioso), pero luego se supo que había logrado atravesar el Sahara y llegar a Nupe (actual Níger), donde murió de disentería.

Ignorando qué había sido de él, en 1809 la African Association encargó su búsqueda al suizo Johann Ludwig Burckhardt. Debía seguir sus pasos, por lo que también estudió árabe y religión islámica a conciencia para hacerse pasar por un mercader, aparte de entrenarse en andar descalzo, sin protección del sol y comiendo frugalmente. Esa preparación la llevó a cabo en Alepo (Siria) y durante el proceso descubrió las ruinas de Petra, la ciudad rocosa de los nabateos que hay en Jordania. Perdió la vida, víctima de la disentería, cuando se disponía a iniciar la expedición desde El Cairo, simulando ser el jeque Ibrahim Ibn Abdallah.

Así llegamos al episodio más estrambótico de esta historia, el que protagonizó Henry Nicholls. En realidad ocurrió un lustro antes que lo de Burckhardt, en 1804, pero esta vez había una importante novedad: el viaje no se efectuaría siguiendo los itinerarios empleados hasta entonces, ya que habían resultado imposibles. Ledyard, Hornemann y Burckhardt habían fracasado partiendo desde el este; Lucas no tuvo suerte desde el norte; Houghton y Park tampoco triunfaron -al menos plenamente- desde el oeste. Era el momento de dar una vuelta de tuerca y probar desde el sur.

Ubicación de Calabar en el Golfo de Guinea / foto dominio público en Wikimedia Commons

Nicholls tenía que trasladarse a la factoría comercial que había en el Golfo de Guinea; concretamente a Calabar (en la actual Nigeria), el lugar de origen de la etnia ijaw del reino Elem Kalabari, que en la lengua ifak se llamaba Akwa Akpa. Tradicionalmente la economía local se basaba en el tráfico de esclavos y, sabiendo que los británicos estaban empezando a perseguir ese negocio en África, el líder de los negreros locales advirtió a Nicholls de que si iba de parte de William Wilbeforce (un destacado político abolicionista) le matarían. Dado el motivo de la presencia del explorador allí, la cosa no tuvo mayor trascendencia.

Nicholls desembarcó en Calabar en enero de 1805. Se trataba de una ciudad situada en la parte occidental de un enorme delta que debía convertirse en punto de partida de su empresa, remontando aquel río con rumbo septentrional hasta dar con el Níger. No pudo; la malaria lo mató tres meses más tarde, mientras todavía estaba reuniendo información y haciendo los preparativos, por lo que sólo pudo enviar una carta informando de que había llegado. Lo irónico era que aquella enorme desembocadura no correspondía a un río cualquiera sino al mismísimo Níger que tenía que buscar, por lo que hubiera tenido éxito antes de empezar.

La gran cantidad de datos geográficos recopilados a lo largo de aquellos años no evitaron una sensación de fiasco reiterado, lo que provocó un languidecimiento de la African Association, que poco a poco fue desplazada en la iniciativa por el propio gobierno para evitar que los franceses se adelantasen. De ese modo, en 1831 el club acabó absorbido por la Royal Geographical Society, que se había fundado el año anterior, y el interés en esa parte del continente se desvió a la persecución del esclavismo, como vimos en el artículo dedicado al West African Squadron. Eso sí, África no tardaría en recuperar la obsesión de exploradores y geógrafos con un nuevo reto: descubrir las fuentes del Nilo Blanco.


Fuentes

Fernando Ballano Gonzalo, Exploraciones secretas en África | Dane Kennedy, The last blank espaces | Dane Kennedy, Imperial parasitism: British explorers and African Empires | Frank T. Kryza, The race for Timbuktu. In search of Africa’s City of Gold | Fergus Fleming y Annabelle Merullo, comp., La mirada del explorador. Relatos de aventuras y descubrimientos | Jack Donahue, La exploración de África | William Sinclair, The African Association of 1788 | Wikipedia