Las cuatro claves de la evolución humana

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En su libro Del mono al Hombre, el naturalista y escritor Herbert Wendt decía que «uno de los descubrimientos más grandes, fascinantes y quizá decepcionantes que el hombre ha conseguido es el esclarecimiento de su propio origen», a pesar de que el campo de investigación que lo estudia es uno de las más recientes, no aparecido científicamente hasta el siglo XIX. Pero nuestra especie se remonta muy atrás en el tiempo, pues es fruto de 3.500 millones de años de evolución que dieron como resultado otras muchas, la mayoría extinguidas. Por consiguiente, es obvio el interés de determinar cuáles fueron las claves de la evolución del hombre prehistórico.

Aquí conviene aclarar conceptos. Frente a lo que se suele creer, el término prehistoria se refiere sólo a la etapa anterior a la historia y cuya principal característica es la ausencia de documentos escritos. Por tanto, es un período que abarca únicamente el devenir de los primeros humanos y sus ancestros inmediatos; los dinosaurios y demás se quedan fuera, en el ámbito de la geología, la paleontología, la biología, etc. Eso no le quita un ápice de interés; sólo lo centra en su especificidad, obligando a recurrir al registro fósil -con sus limitaciones- y, de un tiempo a esta parte, la genética.

La revolución gastronómica

Actualmente, los humanos no somos carnívoros exclusivamente sino omnívoros. Eso significa que a nuestra dieta vegetariana primigenia le incorporamos la carne en un momento dado; hace un millón de años, aproximadamente, de la mano de Homo erectus (la llamada hipótesis del cazador dice que eso le distinguió de otros homínidos). Se trata de una generalización, claro, ya que muchos animales que en principio son sólo carnívoros pueden tomar también hierbas (como los felinos) y, a la inversa, muchos que se alimentan de hierba, fruta, hojas o grano pueden hacer excepciones si encuentran huesos secos (caso de los camélidos) o incluso cazan presas (como los chimpancés).

La ingesta de carne resultó decisiva para el desarrollo evolutivo humano, al aportar un gran incremento de proteínas que determinó el crecimiento del cerebro -al suministrarle más energía- y la mejora del habla. Por otra parte, comer carne requería menos tiempo de masticación y, por tanto, proporcionaba más libertad de movimientos, además de estimular un cambio a menos en el tamaño de la dentición y, consecuentemente, de la fisionomía general: dientes más pequeños requerían menos músculo, dejaban más espacio de capacidad craneana y alargaban el rostro. Asimismo, ese ahorro de tiempo permitía emplear el sobrante en la búsqueda de otros nutrientes complementarios -fruta, bayas…- que mejoraban la dieta.

Ahora bien, la carne cruda tampoco es de bocado y digestión fáciles, lo que llevó a practicar el proceso de cortarla -estimulando la fabricación de herramientas de piedra- y a asarla -dominando el uso del fuego y matando en el proceso los gérmenes y toxinas que hubiera-. En el registro fósil hay coincidencia entre la aparición del utillaje de piedra, la domesticación del fuego -la creación deliberada de éste todavía no- y la nueva alimentación carnivora. El biólogo evolucionista Faustino Cordón Bonet lo resumió en el divertido título de un célebre libro que publicó sobre el tema en 1980: Cocinar hizo al hombre.

La revolución taxonómica

Según los paleoantropólogos, la familia Hominidae sufrió una escisión hace unos 16 millones de años en dos líneas evolutivas distintas. Una fue la Ponginae, de los que hoy quedan sólo los orangutanes; 8 millones de años después la otra, la Homininae, se dividió a su vez entre las tribus Gorillini (gorilas y otros géneros extintos) y Hominini; estos últimos también experimentaron una evolución en doble dirección, una de las cuales dio lugar al género Pan (chimpancés) y la otra al género Homo (humanos).

Pertenecemos, pues, al orden de los primates, descendientes de pequeños mamíferos placentados que hace unos 70 millones de años avanzaron hacia los primeros prosimios. La competencia de los roedores impulsó a éstos a sobrevivir en los árboles adaptando su anatomía a ese medio. Ese proceso se desarrolló desde finales del Cretácico, el Paleoceno y el Eoceno, cuando los dos grandes continentes, Laurasia y Gondwana, se estaban separando.

Hace 40 millones de años, aparecieron los antropoides, que en el Mioceno se diversificaron y colonizaron África, Eurasia y la América tropical. Su flexible alimentación y resistencia al frío -al tener un cuerpo más grande que conservaba mejor el calor- les llevó a sobrevivir, mientras los prosimios desaparecían. Ocurrió en un segmento cronológico entre 25 y 5 millones de años atrás, y fue cuando apareció la citada superfamilia Hominoidea. Pero hace 3,5 millones de años, el clima cambió y con él todo el panorama.

Se acababa la Edad del Hielo y las praderas empezaron a sustituir a los bosques, lo que produjo un efecto dominó en la fauna, multiplicándose los grandes rumiantes y provocando que algunos primates homínidos abandonasen los árboles, liberasen las manos y caminasen erguidos (gracias al adelantamiento del foramen magnum, la inserción de la columna vertebral en el cráneo), algo muy útil para otear presas o peligro entre las hierbas altas de la sabana.

Era el género Australopithecus, cuyos ejemplares perdieron algo de pelo y adquirieron glándulas sudoríparas (útiles para soportar el calor de la sabana). Ellos utilizaron los primeros instrumentos, si bien ese honor se adjudica más apropiadamente a un nuevo habitante del lugar, que fue quien aportó la novedad de fabricarlos hace unos 2 millones de años: Homo habilis. Como los australopitecos, este primer hombre propiamente dicho elaboraba utillaje, los que favorecía la coordinación mano-ojo (conveniente para cazar) y construía refugios.

Pero, además, mantenía unas relaciones sociales más estrechas con su grupo y experimentó un crecimiento de la capacidad craneana que redundó en una mayor complejidad encefálica, lo que sentaba las bases para mejorar la comunicación y el aprendizaje. Hace millón y medio de años le pasó el testigo a Homo erectus, que todavía tenía más centímetros cúbicos de cerebro y una pelvis reducida para caminar plenamente erguido, además de hacer otra aportación crucial: el dominio del fuego, hara 500.000 años.

La revolución cognitiva

Se le puede considerar el primer emigrante, ya que algunos grupos dejaron África para establecerse en Asia y Europa, originando varias subespecies. Algunas quedaron aisladas y se extinguieron; otras terminaron constituyendo nuevas especies como Homo antecessor, Homo ergaster y Homo heidelbergensis, por citar las más conocidas. Fueron los antepasados de Homo neardenthalensis, que se adaptó muy bien a una Europa helada hace 300.000 años y vivió hasta hace relativamente poco, unos 30.000, extinguiéndose precisamente por dos razones: esa superespecialización adaptativa al frío resultó un lastre cuando el clima se calentó y tuvo que competir con otra especie nueva mejor preparada, Homo sapiens.

En realidad, aunque esto se cuente linealmente, erectus, neandertales y sapiens convivieron bastante tiempo, lo cual ha llevado a plantear qué hubiera pasado de no haberse extinguido los dos primeros. ¿Una Humanidad multiespecie? ¿Qué repercusiones tendría eso no ya en la historia universal sino en la religión, la cultura, la política…? Ucronías aparte, y frente a la hipótesis del exterminio de los neandertales por una especie más inteligente (que, por tanto, dispondría de mejores armas, habilidad estratégica y adaptación al medio), la genética ha demostrado la existencia de un pequeño porcentaje de sus genes en nuestro ADN, así que algo de mestizaje sí que hubo.

Los neandertales, decíamos, tuvieron que afrontar un clima distinto al africano, más frío, lo que constituyó un estímulo evolutivo. Por supuesto, éste se origina siempre por mutaciones exitosas (durante la secuenciación del ADN se suelen producir pero, salvo casos concretos, tienden a pervivir en la especie las que resultan provechosas) y en ese caso se plasmó en la mencionada adaptación que al final les pasó factura pero que, entretanto, les llevó a otro aumento de centímetros cúbicos de cerebrales (más que el sapiens, de hecho), al uso de ropa para protegerse e incluso al primer pensamiento abstracto.

Efectivamente, el hombre de Neandertal no sólo fue el primero en fabricar una industria lítica muy característica -el Musteriense-, habitar de forma estable cuevas y cabañas construidas con huesos y pieles, y organizarse socialmente en clanes, sino también en tomar consciencia de su propia humanidad, protegiendo a los enfermos y heridos del grupo, concebir conceptos simbólicos, practicar el enterramiento ritual de los muertos y desarrollar las primeras manifestaciones artísticas. No hay consenso sobre si podía hablar como el sapiens pero sí, probablemente, de una forma más tosca, lo que implicaría un lenguaje.

La extinción de los neandertales hace unos 39.000 años dejó la Tierra en manos de los sapiens. Fueron ellos lo que protagonizaron la gran revolución cognitiva hará unos 50.000 años; la que alumbró la aparición de arcos y flechas, lámparas de aceite, el arte con mayúsculas y la navegación primigenia, que permitió alcanzar tierra allende los mares como Australia. El utillaje lítico se perfeccionó originando diversos tipos, cada vez más especializados y el fuego, por fin, fue dominado plenamente, al igual que la comunicación hablada gracias a la confluencia de faringe y laringe, que dotaba al hombre de una ventaja enorme sobre los animales al favorecer la coordinación y la estrategia.

La revolución agrícola

Como vimos, el clima se había suavizado desde la última ola de frío que cerró el Pleistoceno, aquella durante la que el hombre pasó de Asia a América por el llamado Puente de Beringia (un corredor de tierra en el Estrecho de Bering) en un largo lapso de tiempo entre 70.000 y 12.000 años. Los hielos septentrionales empezaron a fundirse hace unos 15.000, provocando una subida del nivel del mar y que emergieran nuevas tierras, algunas auténticos vergeles como el Sáhara, mientras las temperaturas bajas se retiraban a zonas norteñas y de montaña.

Eso supuso dos cosas. La primera, las adaptaciones físicas al diferente clima de cada región, que dieron lugar a los diferentes fenotipos dentro de la misma especie: una piel oscura protegía contra el exceso de exposición a las radiaciones ultravioletas del sol tropical, mientras que una pálida favorecía lo contrario en lugares nublados (algo necesario para sintetizar la vitamina D); asimismo, un cuerpo alto y delgado resultaba ideal para mantenerse fresco ante el calor extremo, frente a uno fornido y rechoncho, mejor para retener ese calor en un medio frío.

La segunda cosa que supuso fue que las nuevas condiciones climáticas y el desarrollo intelectual trajeron una revolución que, para algunos autores, quizá fue la más importante que ha vivido el ser humano: la agricultura. Ocurrió hace unos 13.000 o 10.000 años, en pleno Neolítico, y por multigénesis, en varios sitios simultáneamente, a menudo en torno a grandes ríos (Tigris, Éufrates, Nilo, Indo, Amarillo…). Los pioneros fueron Mesoamérica, donde se cultivaron maíz, judías, calabazas y algodón; el Creciente Fértil, donde se trabajaban trigo, cebada, guisantes y lentejas; y el sudeste chino, con mijo, arroz, habas y ñames; luego siguieron Sudamérica, India, el Sahel…

Eso supuso un incremento de población porque una tierra cultivada permitía alimentar más y mejor que la actividad cazadora-recolectora, no dependiendo del azar ni de los caprichos de la Naturaleza. Y si la recolección de comida había desembocado en la agricultura, la caza lo hizo en la domesticación de animales, originando la ganadería. Combinadas ambas, había una nueva situación que llevaba inevitablemente al sedentarismo, con todo lo que éste implicaba: perfeccionamiento técnico del utillaje, arquitectura, cerámica, artesanía, comercio, especialización laboral, urbanismo…

También leyes, cultos religiosos y estratificación social. Civilización, en suma, que para poder gestionarse alumbró un invento fabuloso: la escritura. Con ella se acababan la prehistoria y el proceso de hominización para dar paso a la historia y la humanización.


Fuentes

The Cambridge guide to prehistoric man (David Lambert)/Cocinar hizo al hombre (Faustino Cordón)/Del mono al hombre (Herbert Wendt)/La especie elegida. La larga marcha de la evolución humana (Juan Luis Arsuaga e Ignacio Martínez)/Breve historia del Homo Sapiens (Fernando Diez Martín)/Understanding Prehistory (Cher Yi Tan)