Es un dicho muy popular que la historia se repite, y otro que nadie tropieza dos veces en la misma piedra. A ellos habría que sumar aquello de que de la historia se aprende, y entonces ya resulta bastante insólito que hasta tres gobernantes de tres épocas diferentes hayan podido cometer el mismo error, sin haber aprendido, aparentemente, nada en absoluto de sus predecesores.

Nos estamos refiriendo, como el lector ya habrá deducido, a la invasión del territorio de la actual Rusia en diferentes ocasiones y con el mismo resultado. No solo eso, sino que se podría decir que las causas del fracaso fueron las mismas: el empleo de la táctica de tierra quemada, y el invierno.

No vamos a hablar del intento napoleónico en 1812 ni del germano durante la Segunda Guerra Mundial, de los que ya hemos escrito anteriormente, sino del primero de todos, el del rey persa Dario I en el año 513 a.C., el que debió servir (y no sirvió) de lección a los que vinieron después.

La campaña de Darío / foto Anton Gutsunaev en Wikimedia Commons

La diferencia estriba en que Dario no invadió Rusia, porque todavía no existía, aunque sí territorio que hoy forma parte de ese país. Su campaña iba dirigida contra los escitas, un grupo de pueblos (de lengua iraní) que habitaban en el sur de las actuales Ucrania y Rusia, entre las orillas del Mar Negro y los ríos Danubio y Don.

La causa de la decisión aqueménida de ir contra los escitas es que estos habían invadido Media (al suroeste del Mar Caspio) unos años antes, amenazando constantemente al imperio Persa y su comercio con el mar Negro. A pesar de las advertencias en contra, Dario comenzó a organizar la campaña.

Mientras Darío hacía preparativos contra los escitas, y enviaba mensajeros para que unos proveyeran de infantería y otros de barcos, y otros para que volvieran a tender un puente sobre el Bósforo tracio, Artabano, hijo de Histaspes y hermano de Darío, no quería de ninguna manera que hiciera una expedición contra los escitas, diciéndole lo difícil que era tratar con ese pueblo. Pero cuando, a pesar de todos sus buenos consejos, no pudo disuadir al rey, Artabano dejó de aconsejar, y Darío, con todos sus preparativos hechos, dirigió su ejército desde Susa

Heródoto, Historia IV.83

Dario cruzó el Bósforo con su ejército utilizando un puente de barcas que el ingeniero Mandrocles de Samos había diseñado para él, conquistando todas las tierras hasta el Danubio. Luego, cruzó este río y se adentró en el territorio escita con la intención de presentar batalla. Pero los escitas tenían una idea muy diferente de la lucha.

Encuentro entre la flota jonia y el ejército persa / foto dominio público en Wikimedia Commons

Evitando la confrontación directa, conscientes del poderío del ejército aqueménida, retrocedieron internándose hacia el Este, mientras quemaban todos los pastos a su paso, inutilizaban los pozos de agua, y procuraban no dejar nada que sirviese de alimento.

Dario persiguió a los escitas, pero no consiguió que se detuviesen a luchar. Además, al ser un pueblo esencialmente nómada, no tenían ciudades ni asentamientos permanentes, y Dario no pudo encontrar suministros ni refugio para sus tropas. Pero quizá eso era algo que ya sabía.

Cuando Darío y el ejército de tierra que le acompañaba llegaron al Istro (el Danubio) y todos cruzaron, hizo que los jonios rompieran el puente y le siguieran en su marcha por tierra firme, junto con los hombres de la flota. Así que los jonios se preparaban para romper el puente y cumplir la orden de Darío; pero Coes hijo de Erxandro, el general de los Mitilenos, tras preguntar primero si Darío estaba dispuesto a escuchar el consejo de quien quería dárselo, dijo: «Ya que, oh rey, estás a punto de marchar contra un país en el que no encontrarás tierras cultivadas ni ciudades habitadas, deja que este puente permanezca donde está, dejando a los que lo hicieron que lo guarden. De este modo, si encontramos a los escitas y hacemos lo que queremos, tendremos un camino de regreso; y aunque no los encontremos, al menos nuestro camino de vuelta es seguro; pues mi temor nunca ha sido el de ser vencidos por los escitas en el campo, sino el de no poder encontrarlos y extraviarnos para nuestro mal. Ahora bien, tal vez se diga que digo esto por mí, porque quiero quedarme atrás; pero no es así; sólo declaro públicamente la opinión que me parece mejor para vosotros, y os seguiré y no quiero quedarme aquí.» Darío quedó muy satisfecho con este consejo

Heródoto, Historia IV.97
Los escitas están representados en las tumbas reales aqueménidas en Naqsh-e Rostam / foto A.Davey en Wikimedia Commons

Como los escitas seguían huyendo hacia el Este y se negaban a presentar batalla, Dario decidió enviar una carta a su rey Idantirso, diciéndole que si no pensaba luchar haría bien en rendirse y someterse a su autoridad. Mientras esperaba la respuesta inició la construcción de una serie de fortalezas, de las cuales Heródoto afirma que todavía se encontraban en pie en su época.

La respuesta de Idantirso fue que, a menos que los persas encontrasen las tumbas de los antepasados de los escitas y las saqueasen, no iban a presentar batalla, pues no tenían tierras ni nada que perder.

Como esto continuó durante mucho tiempo y no se detuvo, Darío envió un jinete a Idantirso, el rey escita, con este mensaje: «Loco, ¿por qué siempre corres, cuando puedes hacerlo de otra manera? Si te crees lo suficientemente fuerte como para resistir mi poder, ponte de pie y lucha y deja de correr; pero si sabes que eres el más débil, entonces deja de correr de esta manera y acude a tu amo, trayendo regalos de tierra y agua.

Idantirso, el rey escita, respondió: «Así es conmigo, persa: nunca antes huí de ningún hombre por miedo, y no huyo de ti ahora; no hago nada distinto de lo que suelo hacer también en tiempos de paz. En cuanto a por qué no lucho contigo de inmediato, te diré por qué. Nosotros, los escitas, no tenemos ciudades ni tierras cultivadas, por lo que, por miedo a que nos tomen las unas o las otras, nos enfrentaríamos antes a vosotros en la batalla. Pero si lo que queréis es llegar a eso rápidamente, tenemos las tumbas de nuestros padres. Vamos, buscadlas y tratad de destruirlas: entonces sabréis si lucharemos contra vosotros por las tumbas o si no lucharemos. Hasta entonces, a menos que tengamos motivos, no nos enfrentaremos a vosotros. En cuanto a la lucha, basta; en cuanto a los amos, reconozco a Zeus mi antepasado y a Hestia reina de los escitas solamente. En cuanto a ti, en lugar de regalos de tierra y agua te enviaré los que deban venir a ti; y por tu jactancia de que eres mi amo, te digo: «¡Llora!». Tal es el proverbial «discurso escita».

Heródoto, Historia IV.126-127

Abandonando la construcción de las fortalezas, y tras perseguir a los escitas un mes más el ejército de Darío empezaba a sufrir las consecuencias de la fatiga, el hambre y las enfermedades. El invierno ya había llegado, así que el rey mandó detener la marcha al llegar a la orilla del río Volga y dar media vuelta de regreso a Tracia.

Los griegos custodiando el puente sobre el Danubio / foto dominio público en Wikimedia Commons

Los escitas, que vieron la maniobra, se le adelantaron y mandaron mensajeros a los griegos que custodiaban el puente de Darío sobre el Danubio (el Istro para los griegos en la Antigüedad), para convencerlos de destruirlo y cortar así la retirada persa. Aunque en un primer momento los griegos les aseguraron a los escitas que destruirían el puente, luego no se pusieron de acuerdo entre ellos, y finalmente Darío pudo cruzar con su ejército.

Cuando éstos aceptaron el punto de vista de Histieo, decidieron actuar de la siguiente manera: romper la mayor parte del puente del lado escita que llevara un tiro de arco desde allí, para que pareciera que hacían algo cuando en realidad no hacían nada, y para que los escitas no trataran de forzar su paso por el puente sobre el Istro; y decir mientras rompían la parte del puente del lado escita, que harían todo lo que los escitas desearan. Este fue el plan que adoptaron; y entonces Histieo respondió por todos ellos, y dijo: «Habéis venido con buenos consejos, escitas, y vuestra urgencia es oportuna: nos guiáis bien y os hacemos un servicio conveniente; pues, como veis, estamos rompiendo el puente, y seremos diligentes en ello, ya que queremos ser libres

Heródoto, Historia IV.139

No obstante Darío dejó parte de su ejército en Europa bajo el mando de su más importante general, Megabazo, con el fin de pacificar Tracia y proteger su retirada. Nunca más volvió a intentar someter a los escitas ni conquistar su territorio.

Aun así, en las inscripciones de la tumba de Darío en Naqsh-e Rostam se menciona entre los pueblos conquistados por él a los escitas al otro lado del mar.


Fuentes

Historia (Heródoto) / Ancient Greece from Homer to Alexander: The Evidence (Joseph Roisman) / From Cyrus to Alexander: A History of the Persian Empire (Pierre Briant) / Darius the Great: Makers of History (Jacob Abbott) / Wikipedia


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