WASP, el cuerpo de aviadoras estadounidenses de la Segunda Guerra Mundial

Cuatro aviadoras del WASP tras pilotar un B-17: Frances Green, Margaret Kirchner, Ann Waldner y Blanche Osborn/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

No hace mucho que hablamos aquí de las Brujas de la Noche, el regimiento de aviadoras soviéticas de la Segunda Guerra Mundial. Hoy vamos a ver la historia de otra unidad formada por mujeres pero en Estados Unidos, similar pero con la diferencia de que su actividad fue en el ámbito civil y sus integrantes no recibieron el mismo reconocimiento que sus homólogas de la Unión Soviética. Se trata de las chicas del WASP (Women Airforce Service Pilots).

En el verano de 2009, el presidente Barack Obama entregó la Medalla de Oro del Congreso a tres de las mujeres que formaron parte del WASP, en representación de las más de trescientas que aún vivían y que recibieron la suya al año siguiente, en el Capitolio y de manos de la presidenta de la Cámara de Representantes Nancy Pelosi. Era la culminación de una serie de reivindicaciones que habían estado realizando desde 1972, reclamando que se las considerase veteranas de guerra.

Barack Obama firma la concesión de la Medalla de Oro del Congreso a las WASP en presencia de algunas de ellas/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Fue lo que se denominó la Batalla del Congreso, pues hubo varias solicitudes e incluso proyectos de ley en ese sentido, pero todas las iniciativas terminaban rechazadas al considerar que el servicio WASP fue exclusivamente civil, a pesar de que la disciplina que seguían era militar y hasta se les encomendaron misiones secretas, aunque no de combate. Las asociaciones de veteranos también se manifestaron en contra y no se avanzó nada hasta que, en 1977, Jimmy Carter dio el primer paso concediendoles el certificado de baja honorable y la medalla American Campaign.

Pero se les seguían negando otras cosas, como el derecho a ser enterradas en el Cementerio de Arlington, algo que no conseguirían hasta 2002, teniendo que superar una apelación en 2015 que determinó que se pueden inhumar sus cenizas pero no el cuerpo directamente. Era el último coletazo de una discriminación en trance de extinción porque, para entonces, la mentalidad de la sociedad estadounidense ya había cambiado lo suficiente como para que se recordase a las aviadoras en museos y se las homenajease abiertamente.

Aviadoras en la pista/Imagen: dominio público en Wikiemdia Commons

Y es que no fue fácil romper los prejuicios que se revelaron en los años treinta y cuarenta, cuando se creó el cuerpo y muchos pilotos varones lo vieron con desagrado (en algún caso hasta el extremo de sabotear aviones o tratar despectivamente a las aviadoras). Algo que se hizo más común de lo que debería en mútiples aspectos: ausencia de instalaciones específicas a bordo, salarios un tercio menores, suspensión de actividades durante la menstruación, establecimiento del tope de edad en 35 años por pensarse que la menopausia volvería irracionales a las pilotos…

Jacqueline Cochran en 1940/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Esta historia había empezado en septiembre de 1940, cuando una extraña sugerencia llegó a manos de Eleanor Roosevelt: reclutar mujeres en EEUU para colaborar con los británicos pilotando sus aviones de transporte. Gran Bretaña estaba inmersa en la Segunda Guerra Mundial y aunque EEUU aún era neutral, había una organización llamada Wings for Britain que enviaba aeronaves estadounidenses a las islas. La aviadora Jacqueline Cochran, que formaba parte de ella, fue la autora de la propuesta a la Primera Dama.

Cochran, nacida en Pensacola en 1903, sufrió una doble experiencia traumática: se divorció de su marido en 1924 y perdió a su hijo en un terrible accidente doméstico. Entonces dejó su trabajo de peluquera y tomó lecciones de vuelo, obteniendo la licencia de piloto. Cada vez más aficionada al mundo aeronáutico, consiguiendo récords de velocidad, distancia y altitud, fue la primera mujer en atravesar el Atlántico a los mandos de un bombardero Lockheed Hudson V para la citada Wings for Britain, enrolándose luego en la ATA (Air Transport Auxiliar) junto a otras veinticinco mujeres.

Cartel de Dan W. Smith mostrando a una controladora aérea del WAAC. Abajo a la izquierda se ve el símbolo de este cuerpo, la efigie de la diosa griega Palas Atenea/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Su trabajo allí era pilotar en vuelos de transporte, lo que le dio la idea de formar una unidad femenina que sustituyera a los pilotos varones, permitiendo que éstos pudieran centrarse en los aviones de combate; eran los tiempos de la Batalla de Inglaterra, cuando, en palabras de Churchill, la RAF tuvo que derrochar sangre sudor y lágrimas para frenar a la Luftwaffe. Seguía el ejemplo de Oveta Culp Hobby, que intentaba hacer lo mismo en otro ámbito y terminaría siendo directora del WAAC (Women’s Army Corp), dado que para muchos era inevitable la entrada del país en la contienda.

De hecho, otra mujer intentaba lo mismo que Cochran en paralelo. Se trataba de Nancy Harkness Love, una joven nacida en Houghton en 1914 que se había aficionado a la aeronáutica en su adolescencia, consiguiendo la licencia de piloto con sólo 16 años. Casada con un comandante del USAAC (United States Army Air Corps, Cuerpo Aéreo de EEUU), junto al que fundó una empresa de aviación mientras participaba en carreras y pruebas de prototipos, en mayo de 1940 ofreció los servicios de medio centenar de mujeres piloto que podían llevar los aviones de las fábricas a las bases.

La idea fue rechazada pero en el verano de 1942, con EEUU ya beligerante, se creó el mencionado WAAC, no limitándolo a auxiliares sino también a pilotaje, esto último después de que Eleanor Roosevelt lo apoyase en una columna de prensa. Nancy fue puesta al frente de la iniciativa y empezó a reclutar aviadoras, a las que se exigía una edad entre 21 y 35 años, diploma de enseñanza secundaria, licencia de piloto comercial, 500 horas de vuelo en aviones con motores de más de 200 CV. Se empezó con 28 pilotos, aumentándose la plantilla progresivamente hasta formarse cuatro escuadrones.

Nancy Harkness Love en la cabina de un Fairchild PT-19/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Acababa de nacer el WASF (Women Airforce Service Pilots). Los contratos eran por 90 días, con un salario de 250 dólares mensuales. La base estaba en New Castle (Delaware), donde las mujeres tenían alojamiento, aunque debían pagarlo, al igual que la comida. También corría a su costa el uniforme (diseñado por el marido de Nancy), razón por la cual la mayoría únicamente empleaba el de vuelo (que incluía mono, cazadora, bufanda, gafas y paracaídas), obviando el de paseo.

Al mes siguiente, Jackie Cochran regresó de Inglaterra para ofrecer un proyecto de adiestramiento de mujeres para pilotaje. Fue aceptado y así se fundó el WFTD (Women’s Flying Training Detachment), con ella como directora y base en el Aeropuerto Municipal de Houston (Texas). Si a las anteriores se las bautizó popularmente las Originales, a estas otras recibieron el apodo de Guinea Pigs (Conejillos de Indias) porque la enseñanza se hacía con aviones obsoletos. Por contra, no recibieron uniformes ni se les facilitaron alojamientos.

Cornelia Fort ante un avión PT-19A/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

El objetivo, tal como lo formuló el general Hap Arnold, jefe de la Fuerza Aérea, era formar medio millar de pilotos. Sin embargo, no tardaron en producirse los primeros accidentes mortales y los problemas consiguientes: en marzo de 1943, Margaret Oldenburg se estrelló con su instructor y, dado que se trataba de un servicio civil, no había presupuesto previsto para las bajas, por lo que la propia Cochran tuvo que costear el funeral de su bolsillo.

Pocos días después fallecía Cornelia Fort, después de que un piloto varón le destrozara el ala con su tren de aterrizaje al pavonearse volando demasiado cerca (iban en formación). Fort, que se había alistado antes que nadie, también había sido la primera en ver a la escuadrilla japonesa que atacó Pearl Harbor mientras hacía un entrenamiento, escapando de sus ametralladoras por poco, de ahí que su pérdida fuera especialmente sentida.

La aviadora Ola Mildres Rexroat era mestiza, de padre blanco y madre lakota/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Cuatro meses más tarde se decidió fusionar la WASF y la WFTD a instancias de Cochran, que fue puesta al mando del organismo resultante, la citada WASP, con Nancy Harkness Love encargada de las operaciones de transporte. Básicamente, se mantuvieron las condiciones de la primera para las voluntarias pero reduciendo el número de horas de vuelo exigido a 35, así como añadiendo una estatura mínima (1,60) para asegurase que todas alcanzarían a cualquier mando.

Y es que no fueron pocas las que se presentaron: 25.000, nada menos, si bien únicamente se seleccionaron 1.830; de ellas, completaron el adiestramiento 1.074. Casi todas eran de clase acomodada, al fin y al cabo la que se podía permitir pagar cursos de pilotaje; por tanto, mayoritariamente blancas y anglosajonas, lo que no impidió que hubiera dos de ascendencia hispana (Verneda Rodríguez y Frances Dias), otras dos chinas (Hazel Ying Lee y Maggie Gee) e incluso una de padre blanco y madre lakota oglala, Ola Mildred Rexroat.

Dorothy Kocher-Olson luciendo en su cazadora un parche con Fifinella/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Las afroamericanas fueron rechazadas, pese a que una de ellas, Mildred Hemmons Carter, la primera piloto negra de Alabama, había conseguido superar el curso. De hecho, sufrió discriminación por partida doble: por su piel y por su sexo, ya que tampoco fue admitida entre los Tuskegee Airmen, un grupo de pilotos negros que lograría combatir en la guerra formando dos escuadrones, el 332º Expeditionary Operations Group y el 477º Fighter Group. Mildred no consiguió reconocimiento hasta el siglo XXI.

El caso es que, curso tras curso, empezaron a salir promociones de woofteddies (como también se llamaba a las chicas de la WFTD), superando la penuria de medios con que contaban, que afectaban a material (23 tipos diferentes de aviones, asistencia médica elemental), personal (faltaban instructores) e incluso al ámbito jurídico (carecían de seguro de vida). Los cursos duraban cuatro meses que suponían 560 horas de enseñanza teórica y 210 de prácticas de vuelo; eran básicamente iguales a los que se impartían a los varones (pilotaje, navegación, mecánica, código morse, derecho militar…), salvo que no había prácticas artilleras; sí, en cambio, técnicas de evasión.

Un detalle curioso fue la autorización para adoptar una mascota oficial en los parches de sus cazadoras: Fifinella, una duendecilla creada por el famoso escritor Roald Dahl para su cuento Los gremlins a la que el mismísimo Walt Disney había dado forma -una especie de aviadora con cuernos y alas- para una película que nunca se llegó a rodar. Muchos pilotos de combate también la pintaron en los fuselajes de sus aviones, en su caso a horcajadas sobre una bomba.

Varias WASP en un entrenamiento/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Las 1.074 aviadoras que lograron finalizarlos se repartieron por 122 bases aéreas, siendo lo más frecuente de su cometido el pilotar aviones desde las fábricas hasta los hangares: 12.652 unidades -más o menos la mitad del total fabricado- llegaron así a esas bases entre septiembre de 1942 y diciembre de 1944, permitiendo que casi un millar de pilotos masculinos pudieran ser redestinados al frente. En ese sentido, otra importante misión era remolcar objetivos para prácticas de tiro, tanto antiáereo como en vuelo; dado el riesgo, sólo se pedían voluntarias -todas lo fueron siempre- y más de una vez les costó recibir ráfagas de ametralladora en el fuselaje.

De hecho, el WASP registraría bajas; hemos reseñado algunas pero hubo más: 27 de ellas fueron en acto de servicio y 11 durante el adiestramiento, sumando un total de 38. En esos casos no se les rendían honores, como se hacía con sus colegas masculinos, porque eran civiles. En septiembre de 1943 se presentó un proyecto de ley de militarización, pero no salió adelante; un segundo intento en junio de 1944 también resultó baldío. Tanto Cochran como el general Arnold fracasaron en su propuesta de incorporar a las mujeres a la Fuerza Aérea, al encontrarse con la oposición de los pilotos varones y la sociedad en general.

Un grupo de aviadoras escuchando a Jackie Cochran (en el centro)/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Según avanzó la contienda, las WASP pasaron a probar también nuevos modelos como el B-29 (que despertaba cierta desconfianza entre los pilotos hombres y sólo lo aceptaron cuando vieron que dos mujeres, Dorothea Johnson y Dora Dougherty Strother, se atrevían a probarlo) e incluso prototipos a reacción, caso del Bell P-59. Pero la guerra ya estaba virtualmente ganada y el programa WASP empezaba a considerarse no sólo innecesario sino caro, pues había supuesto una inversión de 50 millones de dólares, así que en diciembre de 1944 se decidió su cancelación.

Esta foto de Elizabeth L. Gardner a los mandos de un B-26 Marauder se convirtió en un icono. Al acabar la guerra, Elizabeth siguió volando como piloto de pruebas y falleció en accidente durante una de ellas /Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

La última promoción, de 71 pilotos, había salido dos semanas antes y una veintena de sus integrantes se ofrecieron para seguir con el programa por un salario simbólico de un dólar al año. Sin embargo, ya no hacían falta tantos pilotos en primera línea y se imponía el retorno de muchos. Por tanto, la idea fue rechazada y las mujeres tuvieron que regresar a sus casas; la mayoría, por cierto, por su cuenta.

Algunas fundaron una organización, Order of Fifinella, para ayudar a las ex-aviadoras a buscar trabajo, ya que muchas querían seguir volando pero las líneas aéreas las rechazaban; un pequeño grupo hasta se ofrecieron a la ROCAF (Fuerza Aérea de la República de China), que aún combatía contra los japoneses. Otras, como Cochran, sí pudieron dar continuidad a su sueño y fue la primera mujer en romper la barrera del sonido (con el legendario Chuck Yeaguer de copiloto), además de la primera también en atravesar el Atlántico a los mandos de un jet, entre otros muchos récords.

No obstante, el capítulo se había cerrado para aquellas pioneras. A partir de ahí, se fijaron otra meta a batir: el reconocimiento a sus servicios, cuyo proceso de desarrollo explicamos al comienzo. Tuvieron que luchar mucho tiempo, pero también lo lograron.


Fuentes

Women Airforce Service Pilots of World War II. Exploring military aviation, encountering discrimination, and exchanging traditional roles in rervice to America (Kathleen Cornelsen)/Clipped wings. The rise and fall of the Women Airforce Service Pilots of the World War II (Molly Merryman)/The women with silver wings. The inspiring true story of the Women Airforce Service Pilots of World War II (Katherine Sharp Landdeck)/Wikipedia