Murcia, un cambio de aires para cualquier momento del año

Foto pixabay.com

La hermosura de Murcia va más allá del famoso título televisivo. Es una realidad patente y, lo mejor de todo, comprobable, especialmente ahora que se acerca el verano y empezamos a rastrear el mapa de España en busca de un lugar donde ir de vacaciones. Un cambio de aires, como dice la propia publicidad institucional de la Costa Cálida, nombre turístico adoptado por la región murciana.

Quien haya elegido Murcia para una escapada meses atrás habrá tenido ocasión de asistir a ese bello espectáculo natural que es la floración de los almendros, que se puede ver cada año entre finales de enero y principios de marzo, sobre todo en la zona noroeste, la Sierra de la Espuña y el municipio de Mulas: hectáreas y hectáreas tapizadas en esa época con el característico color blanco-rosáceo que adquieren las copas de esos árboles, continuando lo iniciado a finales de enero por el cuernecillo de mar, flor amarilla típica de las dunas del Parque Regional Arenales y Salinas de San Pedro..

No son las únicas bazas naturales que se basan en un espectáculo cromático. En marzo también florecen los melocotoneros de Cieza, que así, además de otros puntos de interés paisajístico (Cañón de los Almadenes), arqueológico (yacimientos paleoliticos y neolíticos con arte rupestre Patrimonio de la Humanidad), monumental (Balcón del Muro, Basílica de la Asunción, Ermita del santo Cristo del Consuelo) y museístico (museos de la Semana Santa, de cofradías, del esparto…), refuerza su oferta visual.

En el mismo mes llega el turno del llamado árbol del amor, tiñendo de rosa durante dos semanas el entorno de la Via Verde del Nororeste (una antigua vía férrea entre Murcia y Caravaca reconvertida en senda natural). Y en abril, la citada sierra de la Espuña, protegida como Paqrue Regional, enriquece su colorido con el florecimiento de las orquídeas, un decorado perfecto para los senderistas junto con otros elementos como los Pozos de la Nieve, la Ermita de la Santa y el Valle del Leiva.

Para completar el efímero arco iris murciano, en julio pasamos al color lila de los campos de lavanda que ofrecen los campos de Moratalla; una localidad muy atractiva, por otra parte, con su laberíntico casco extendido por un cerro y coronado por un castillo. El interés se acrecienta sabiendo que todos los escenarios de ese peculiar espectáculo, más otros que se les pueden sumar, constituyen rutas acondicionadas y recorribles de diversas formas.

Es el caso de las Vías Verdes, de la que ya reseñamos una pero hay más, caso de las de Campo de Cartagena, Mazarrón, Almendricos y Chicharra Cieza, que se pueden recorrer a pie (Barranco de Gebas, Esputrek) o en bicicleta (Espubike). Quien prefiera el agua, puede probar a hacer rafting por las gargantas del río Segura o descender el Cañón de Almadenes en kayak o balsa neumática (lo que, de paso, permite visitar las pinturas rupestres de la Cueva de los Monigotes).

Si se es de los que no pueden renunciar a la majestuosa presencia del Mediterráneo, tampoco faltan opciones. En el Parque Regional de Calblanque, Monte de las Cenizas y Peña del Águila, las velas de kitesurf aportan el toque cromático artificial bailando sobre las olas. Y luego está el Mar Menor, la laguna salada más grande de Europa con ciento setenta kilómetros cuadrados de aguas cálidas, tranquilas y poco profundas, que merece un apartado específico porque no en vano es uno de los grandes atractivos de referencia de toda Murcia.

La separa del Mediterráneo una atípica franja de tierra que abarca desde el Cabo de Palos a la Punta del Mojón: veintidós kilómetros de longitud y no más de mil quinientos metros en su punto más ancho. Hablamos, por supuesto, de La Manga, el gran icono turístico que reúne playas, hoteles, restaurantes, locales de ocio y actividades para todo tipo de visitantes, desde deportes náuticos a golf, pasando por baños de lodo y talasoterapia.

La gastronomía es una de las bazas a tener en cuenta y resulta difícil sustraerse al poder de sugestión de un caldero de arroz, salazones como la mojama, el mojete (ensalada) elaborado con productos de la famosa huerta murciana o los michirones (guiso de habas con compango), aparte de pescados y mariscos. Mención especial para el remate perfecto: el café asiático, que en realidad es una creación original del Campo de Cartagena y consiste en un combinado de carajillo, coñac y Licor 43 con canela y ralladura de limón.

A propósito, por el Campo de Cartagena, en dirección suroeste y dejando atrás San Javier, La Unión (interesante enclave de arqueología industrial y minera) y el citado Cabo de Palos (con su faro decimonónico erigido sobre un torreón del siglo XVI y una reseva marina cuyos fondos están tapizados con praderas de posidonia y pecios ideales para amantes del submarinismo), llegamos a la capital comarcal homónima, Cartagena, ciudad fundada por el cartaginés Asdrúbal el Bello (cuñado de Aníbal) hace dos milenios y medio.

Consecuentemente, rebosa ruinas arqueológicas (muralla púnica, foro y teatro romanos, Augusteum, anfiteatro, villa, canteras) que, junto con el patrimonio monumental posterior (muralla bizantina, castillo medieval, catedral, fortalezas y baterías costeras, arquitectura modernista), los museos (Histórico Militar, Naval, Etnográfico) y el siempre vistoso submarino de Isaac Peral, garantizan la satisfacción a los turistas culturales.

Pero no todo es cultura, especialmente si se viaja con niños. No hay que desesperar. El parque de Tentegorra, a pocos minutos del centro urbano, ofrece instalaciones variadas que incluyen pistas deportivas y piscinas, un ecoparque de aventuras (Puentes, tirolinas, lianas, tubos), un enorme laberinto vegetal, tres mil metros cuadrados de columpios, cinco castillos hinchables, un tobogán gigante de diecisiete metros, un paintball láser…

Siguiendo el litoral se llega a Mazarrón, de cuyas aguas se rescató una pieza de valor inestimable: un barco fenicio que hoy se exhibe en el Museo Nacional de Arqueología Subacuática de Cartagena, si bien en el puerto mazarronero hay un centro de interpretación. El mar juega un papel fundamental en la historia y presente del municipio; sus amantes, ésos que lo combinan con el sol, pueden elegir entre más de una treintena de playas; otras tantas continúan al sur, en Águilas, aunque allí su seña de identidad sería el Carnaval, Fiesta de Interés Turístico Internacional (¡con una versión promocional estival!).

¿Y la Murcia interior? Ahí está Lorca, cuyos casco histórico y castillo medieval han resistido desde la Edad Media incluso a los terremotos y donde la Semana Santa también es de Interés Turístico Internacional. O Totana, donde están uno de los poblados de la Edad del Bronce más importantes del continente (La Bastida de Totana) y un santuario de precioso interior (La Santa). O Caravaca, que puede presumir no sólo de la famosa cruz de cuatro brazos sino también de un puñado de celebraciones, de las que cabe destacar los Caballos del Vino porque han sido declarado Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad.

Lo más significativo de Calasparra es su arroz con D.O., pero un visitante, aparte de deleitarse probándolo, también querrá acercarse al Santuario de la Virgen de la Esperanza por su rareza, excavado en la roca. Ya hablamos antes de Cieza y sus pinturas rupestres (Cueva de la Serreta, Barranco de los Grajos), que también son Patrimonio de la Humanidad. Desde allí se puede dar un salto a Jumilla, donde es muy conocido el vino homónimo con D. O. (y una ruta enológica, así como una Fiesta de la Vendimia), pero no tanto la presencia de un volcán, nada menos: La Celia, que forma parte de un extenso campo volcánico extendido por toda la región.

El extremo septentrional lo ocupa Yecla, localidad que también tiene yacimientos arqueológicos (arte rupestre en Cantos de la Visera y Abrigo del Mediodía, villa romana de Los Torrejones) entre otro rico patrimonio. A él hay que añadir la característica riqueza gastronómica, común en muchas cosas a la de sus vecinos; un tour por todos esos sitios nos irá dando ocasión de probar las variedades locales de gazpacho, gachamigas, queso frito con tomate, empanada de patata, líbricos, fritillas, pelotas, michirones, zarangollo, peras al vino…

Acabamos con Murcia capital, fundada por los musulmanes sobre un asentamiento romano y que tiene algunos iconos como su singular catedral de exterior barroco e interior gótico, un casco antiguo repleto de rincones interesantes, trece museos (atención especial al del escultor Francisco Salzillo) y varias áreas verdes que, combinadas con el cauce del río Segura, proporcionan frescor…. y recuerdan la importancia de la huerta, con sus cultivos de regadío, que dio origen al Consejo de Hombres Buenos, otra institución protegida por la UNESCO como Patrimonio Cultural Inmaterial.

La Región de Murcia, con su privilegiado clima mediterráneo, espera con los brazos abiertos la llegada de invitados este verano tanto como nosotros deseamos hacer nuestra escapada. Y encontrar hotel en Murcia a precio económico tampoco supone una dificultad, tanto si se viaja por placer como si se hace por negocios. En ese sentido la relación calidad-precio tiene un buen ejemplo en el B&B Hotel Murcia, que se ubica a sólo cinco kilómetros del centro urbano murciano pero junto a un completo centro comercial que ofrece restauración variada, en un lugar tan estratégico como la salida de la autovía A-7 (lo que facilita el acceso al resto de la región), a diez minutos de la estación ferroviaria y media hora del aeropuerto.