La historia de William McGonagall, considerado el peor poeta que ha existido

Placa en el cementerio de Geyfriars / foto Son of Groucho en Wikimedia Commons

Dante, Shakespeare, Baudelaire, Milton, Neruda, Whitman, Yeats, Lorca… Determinar quién ha sido el mejor poeta que ha existido no es tarea fácil porque al considerable número de ellos habría que sumar las distintas épocas, estilos e incluso gustos personales de quienes juzguen. Pero si de lo que se trata es de escoger al peor, al menos en Gran Bretaña lo tienen claro: el escocés William McGonagall. Fracasó literariamente y murió arruinado, pero logró pasar a la posteridad.

William McGonagall/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

William Topaz McGonagall nació oficialmente en Edimburgo, la capital de Escocia, en 1825. Digo oficialmente porque su apellido parece una adaptación de Mag Congail, muy típico del condado irlandés de Donegal, de donde procedían sus padres, Charles y Margaret. Es posible que William falseara su localidad natal posteriormente para aprovechar los beneficios de la Poor Law de 1845, una ley que, como indica su nombre, se promulgó para ayudar a los pobres de nacionalidad escocesa. Y él fue pobre la mayor parte de su vida.

El caso es que la familia se estableció en Escocia; concretamente en Dundee, hacia 1840 y tras breves pasos por Glasgow y South Ronaldsday. Allí fue donde el joven William aprendió el oficio de su progenitor, tejedor en un telar manual, actividad que no tenía mucho futuro ante la creciente implantación de máquinas que traía la Revolución Industrial. No obstante, la adaptación llevaba tiempo y mientras tanto pudo ganar un sueldo que le permitió dos cosas. La primera, contraer matrimonio en 1846 con Jean King, hija de un compañero de trabajo, con la que tuvo nada menos que siete vástagos, cinco varones y dos féminas.

La segunda fue comprar libros (sobre todo de Shakespeare, del que abundaban las ediciones baratas), para obtener la educación que sus padres no pudieron darle y disfrutar del placer de la lectura. Eso fue lo que, a la postre, determinó el cambio de rumbo que experimentaría en su vida profesional, ya que los versos del Bardo le entusiasmaron tanto que solía recitarlos para entretener a sus colegas del taller. Algo que llevó a éstos a pagar a un teatro local para que le diera el papel de protagonista en una función de escenas sueltas de MacBeth. Ahí fue donde empezó la leyenda de William McGonagall, para lo bueno y para lo malo.

Y es que amigos, familiares y conocidos llenaron las butacas dispuestos a ver la actuación de su amigo y, dicen las malas lenguas, esperando divertirse ante el previsible desastre. Dicho y hecho; al final del acto V, cuando se revela lo engañoso de la profecía de las brujas y MacDuff se dispone a matar a MacBeth, los espectadores obtuvieron lo que esperaban: William estaba convencido de que el actor que interpretaba a MacDuff le tenía envidia y se había pasado la representación tratando de eclipsarle, por lo que se negó a caer muerto a manos suyas a pesar de que ya le había traspasado la espada.

Cartel de la película

Igual que Peter Sellers emulando, corneta en mano, a un tiroteado pero inmortal Gunga Din en la descacharrante escena inicial de El Guateque. Lo que, por cierto, tiene doble gracia porque ese actor interpretó a la reina Victoria (luego veremos la relación) en una comedia cinematográfica de 1974 sobre la vida del poeta, The Great McGonagall, en la que el rol del protagonista corrió a cargo de Spike Milligan. Éste, que además era aficionado a escribir poesía cómica, envió una vez al príncipe Carlos y su esposa Diana de Gales un rollo de pergamino con versos ridículos firmados con el seudónimo MacGoonical.

Volviendo a William, entró en los anales de la anécdota como «el peor MacBeth de la Historia«. Lo demás vendría rodado, si bien fueron necesarios otros factores contextuales para inclinar definitivamente la balanza hacia la poesía. Uno fue que su hija mayor, Margaret, quedó embarazada sin estar casada, todo un estigma en la estricta sociedad victoriana, incluso entre la clase humilde; otro, que habría un miembro más en la familia que mantener justo cuando los telares industriales ya se imponían frente a los obsoletos artesanos, lo que suponía ver aparecer en el horizonte la negra sombra del desempleo.

Corría 1877, -él ya tenía cincuenta y cinco años- y esa situación, insistimos, debió ser la chispa que encendió la mecha lírica, aunque McGonagall prefirió dar una explicación más poética, nunca mejor dicho: su vocación se había revelado al encenderse la misma llama interior que Lord Byron describió una vez, aturdiéndole durante unos minutos e impulsándole a coger papel y pluma mientras una voz le instaba «¡Escribe, escribe!». Y escribió, alumbrando el que fue su primer poema, An address to the Rev. George Gilfillan.

El destinatario de esos versos era un sacerdote protestante, editor y ensayista, pero también aficionado a la poesía; de hecho, se le encuadra entre los llamados poetas espasmódicos, un grupo de autores decimonónicos bautizado de esa despectiva forma por el rapsoda William Edmosntoune Aytoun (aunque otros atribuyen el epíteto al mismo Byron) al considerarlos menores y del que la estrella absoluta acabaría siendo, por supuesto, McGonagall. Gilfillan leyó el texto que le dio su amigo y embargado de felicidad/vanidad, le dejó un juicio tan positivo como ridículamente exagerado: «Shakespeare nunca escribió nada como esto».

Si guardaba alguna duda sobre su nueva afición, quedaba resuelta. Ahora necesitaba un mecenas, ya que a un neófito le resultaba difícil publicar sin él. Y ya puestos ¿por qué no tirar lo más alto posible? Escogió para amadrinarle ni más ni menos que a la reina Victoria, a quien escribió una carta de solicitud que, como cualquiera imaginará, no superó el corte burocrático y fue devuelta, aunque con una nota de agradecimiento redactada por el funcionario de turno. Algo que McGonagall interpretó a la inversa, como un elogio de la soberana y una prueba de haber despertado su interés. Por eso no sólo no desesperó sino que decidió insistir, yendo un paso más allá: en lugar de contactar por correo con su Graciosa Majestad, lo haría en persona.

El reverendo George Gilfillan en un grabado de GJ Stodart/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

En efecto, una noche de 1878 el tenaz rapsoda recorrió los noventa y siete kilómetros que separan Dundee del Castillo de Balmoral (la residencia real de invierno), sin arredrarse ante el montañoso terreno y una fuerte tormenta que descargó litros de agua sobre él. ¿Resultado¿ el mismo de antes, pues aunque se anunció como poeta de la reina, la guardia sabía que ese honor correspondía a Alfred Tennyson, el autor de la famosa oda a la carga de la Caballería Ligera («Media legua, media legua/media legua ante ellos./Por el Valle de la muerte cabalgaron los seiscientos»). Y se le cerró el paso terminantemente a aquel chiflado de ropas empapadas.

Pero tampoco eso le desanimó. Sólo se imponía un cambio de estrategia: remitir sus composiciones a la prensa, gracias a lo cual logró labrarse cierto renombre… sin renunciar al pretendido real aval, por supuesto. Es más, cuando visitó Dumferline al año siguiente, el maestre de la IOGT (International Organisation of Good Templars, una fraternidad organizada de forma similar a la de la masonería, pero dedicada a promover la abstinencia de alcohol), de la que McGonagall era miembro, se rió de su poesía calificándola de mala, y él respondió asegurando lapidariamente que Su Majestad le había agradecido lo mismo que él descalificaba.

Como se ve, McGonagall era abstemio y participó en las campañas antialcohólicas de los Good Templars, que se sumaban a las diversas entidades de ese tipo que menudearon en el siglo XIX, declamando versos sobre el tema en pubs y cervecerías. Alguna que otra vez se ganó los abucheos de los parroquianos, pero a cambio amplió su fama, lo que le abrió las puertas de teatros y salas para recitar. También vendía copias de sus poemas por las calles. No obstante, nada de ello bastó para suplir la precariedad económica que sufría y que frecuentemente le obligaba a vivir de prestado.

Ésa fue la razón por la que lió el petate para probar suerte en otros sitios. En 1880 marchó a Londres y siete años después se embarcó rumbo a Nueva York, dispuesto a hacer las Américas, literariamente hablando. Ninguna de esas aventuras mejoró su situación y sólo encontró fortuna, por fin, en el Royal Circus, un circo local de Dundee. A priori no parecía muy alentador, ya que el trabajo consistía en leer sus versos mientras el público le arrojaba huevos podridos y harina, cuando no trataba de agredirle directamente… o pasearle a hombros; sin embargo, estaba muy bien pagado y durante un tiempo vivió con más holgura.

Lamentablemente, el espectáculo resultaba demasiado ruidoso y el ayuntamiento terminó prohibiéndolo. McGonagall se vengó escribiendo unos ripios contra las autoridades (Lines in protest to the Dundee magistrates), pero la decisión era definitiva y volvieron los problemas financieros. En 1890, sus amigos tuvieron que sufragar a escote una edición de los poemas, recopilados bajo el título Poetic gems, y, de esta manera, el tenaz autor pudo seguir tirando un tiempo, que prolongó redactando textos en prosa para empresas. La antología publicada incluía el que fue su poema más famoso: The Tay Bridge Disaster (El Desastre del Puente Tay), sobre el trágico accidente ferroviario ocurrido cuando un vendaval derribó el puente en cuestión al paso del tren.

Thibaw Min, rey de Birmania/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Eso sí, algo pareció torcerse, puesto que tres años más tarde respondió a las continuas burlas con la amenaza de dejar la localidad. No le tomaron en serio (un periódico incluso dijo que lo reconsideraría al descubrir que Dundee rimaba con 1893, evidentemente en inglés), pero lo cierto es que al año siguiente se trasladó con su esposa a Perth (no la ciudad australiana sino la del centro de Escocia). Fue allí donde tuvo lugar uno de los episodios más estrambóticos de su ya de por sí peculiar biografía, al recibir una carta de presuntos representantes de Thibaw Min.

El personaje existía realmente. Era rey de Birmania, el último de la dinastía Konbaung, que subió al trono en 1878 pero que, acusado de masacrar a todo aquel que pudiera amenazar su corona -familiares incluidos- y de planear aliarse con los franceses para arrebatar al Imperio Británico la Baja Birmania, fue derrocado en 1885 por el general Sir Harry Prendergast en la Tercera Guerra Anglo-Birmana y desterrado a la India.

Sin embargo, lo que decía la misiva era claramente una broma: Thibaw Min nombraba al poeta Gran Caballero de la Sagrada Orden del Elefante Blanco de Birmania. Su obvia falsedad y que no fuera la primera vez que sufría una burla así no le importó lo más mínimo a McGonagall, que desde entonces adjuntó el título a su nombre. Algunos biógrafos consideran que esa aparente ausencia de complejos a la hora de asumir el ridículo podría ser un indicativo de que sufría el síndrome de Asperger, que le conferiría una percepción de la realidad distinta a la de los demás.

William McConagall fotografiado hacia 1900, dos años antes de su muerte/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Porque el nuevo título incrementó un aura estrafalaria que ya era bastante estentórea y quién sabe si tuvo que ver con el hecho de que, tras una nueva mudanza en 1895, esta vez a Edimburgo, viviera un lustro rutilante, en el que alcanzó la consideración involuntaria de genio. Fueron los últimos momentos de brillantez, el canto del cisne, ya que en 1900 de nuevo vinieron mal dadas y tuvo que sobrevivir, una vez más, a costa de sus amigos.

De hecho, falleció dos años más tarde prácticamente en la indigencia; irónicamente, el óbito le llegó en un bar de la calle South College (una placa le recuerda in situ). Fue enterrado en el cementerio de Geyfriars, un camposanto que hoy es un rincón turístico muy popular por la estatua del perro Bobby que hay a su entrada (un can que se quedó junto a la tumba de su dueño hasta morir él mismo) y los sepulcros cubiertos por rejas para protegerlos de los ladrones de cadáveres. Un sitio lo suficientemente singular como para acoger a un extraño más estrambótico aún..

No se sabe exactamente donde yacen sus restos, así que, como homenaje (uno de los muchos que recibiría, entre ellos el que le rindió J.K. Rowling al poner su apellido a un personaje de la saga Harry Potter), se colocó una lápida en su recuerdo con una inscripción; en verso, por supuesto:

«Soy Su Graciosa Majestad
siempre fiel a Ti,
William McGonagall, el Pobre Poeta,
que vive en Dundee».


Fuentes

William McGonagall. Collected Poems (Chris Hunt)/Bard of the Silv’ry Tay (James Campbell en The Guardian)/William Topaz McGonagall-The Bard of Dundee (Ben Johnson en Historic UK)/Poet McGonagall. A biography (Norman Watson) /McGonagall Online/Wikipedia